Thirkell | Fresas silvestres | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 280 Seiten

Thirkell Fresas silvestres


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-17109-82-0
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 280 Seiten

ISBN: 978-84-17109-82-0
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La atractiva Mary Preston, una joven perteneciente a una buena familia venida a menos, es invitada a la espléndida y lujosa finca de los Leslie en Rushwater. Allí, Mary perderá la cabeza por el apuesto seductor David Leslie. Sin embargo, su tía Agnes y la madre de David, la excéntrica Lady Emily, planean emparejarla con otro hombre al que consideran un buen partido. En el espectacular baile de Rushwater, la felicidad de Mary, suspendida entre los imperativos del corazón y las maquinaciones de su familia, penderá de un hilo... Fresas silvestres (1934) forma parte de un ciclo de veintinueve novelas ambientadas en el condado ficticio de Barsetshire, que Angela Thirkell tomó prestado de Anthony Trollope. Con una mirada afilada y permanentes alusiones y guiños a los clásicos, desde Lord Byron y R. L. Stevenson hasta Ovidio y Virgilio, Thirkell da vida a una galería de personajes cómicos que se debaten entre lo sublime y lo prosaico, sin abandonar jamás una muy británica obsesión por el estatus social.

(1890-1961) nació en Londres en el seno de una familia ilustrada. Entre sus parientes figuraban el artista prerrafaelita Edward Burne-Jones, Rudyard Kipling y Stanley Baldwin, y su padrino fue el novelista J. M. Barrie. Se educó en Londres y París, y empezó a publicar artículos y relatos en los años veinte. En 1931 apareció su primer libro, unas memorias de infancia tituladas Three Houses. Gatopardo ediciones ha publicado dos de sus novelas cómicas ambientadas en el ficticio condado de Barsetshire, que tomó prestado de Anthony Trollope, Fresas silvestres (2019) y Bienvenidos a High Rising (2023), que obtuvo un gran éxito. A partir de entonces y hasta su muerte publicó veintinueve novelas que transcurren en el mundo de Barsetshire.
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2. Los Leslie a la hora del almuerzo

Rushwater House era una gran casona de estilo semigótico que había hecho construir el abuelo del señor Leslie. Su único mérito exterior era que podía haber resultado peor de lo que era. Sus méritos interiores consistían en cierta amplitud confortable y el ancho pasillo que recorría toda la planta superior, donde podía tenerse a los niños sin que se los viera ni oyera y campando a sus anchas. Todas las habitaciones principales daban a una terraza de gravilla desde la que se accedía a unos jardines delimitados por un riachuelo y rodeados de bosques y campos.

Gudgeon, el mayordomo, daba los últimos retoques a la mesa del almuerzo cuando entró una mujer baja y de mediana edad ataviada con un vestido gris oscuro a rayas.

—Buenos días, señog Gudgeon —dijo con acento extranjero—. Vengo pog el bolso de milady, como siempge.

—El señor Leslie llevaba un bolso cuando han vuelto de la iglesia, señorita Conk —respondió el mayordomo—. Es probable que esté sobre la mesa de la biblioteca. Walter, ve a ver si el bolso de milady está en la biblioteca, ¿quieres?

El lacayo salió a hacer dicho recado. El señor Gudgeon continuó con sus supererogatorios toques definitivos mientras la señorita Conk miraba a través de la ventana. La doncella de lady Emily había llegado muchos años atrás con el nombre de Amélie Conque, pero la integradora genialidad de la lengua inglesa, la determinación del señor Leslie de no ceder ante los extranjeros en cuestiones de pronunciación y lo profundamente convencido que estaba el señor Gudgeon de la pureza de su acento francés se habían combinado para dar forma al apellido «Conk», que sonaba a sartenazo. Por él la habían conocido, con terror y desagrado, los hijos de lady Emily, y con cariño y falta de respeto sus nietos. No sabríamos decir si Conk se había ablandado con los años o si la nueva generación pisaba más fuerte que la anterior. Probablemente ambas cosas.

Por lo que se sabía, Conk no tenía un hogar, ni parientes, ni interés alguno más allá de Rushwater y la familia. Por vacaciones siempre iba a ver a una ama de llaves de los Leslie retirada, una dama anciana y con mal genio, la señora Baker, que vivía en Folkestone. Y desde allí, tras su pelea anual con la señora Baker, tenía por costumbre hacer una excursión de un día a Boulogne; tras haber vislumbrado su tierra natal, siempre volvía llorosa por lo mucho que había echado de menos Inglaterra.

Walter regresó con el bolso y trató de dárselo a Conk, pero ésta, ignorando su mera existencia, aguardó con aire de sufrimiento espiritual a que Gudgeon lo asiera de manos de Walter y se lo tendiera a ella.

—Llegaremos tarde al almuerzo —declaró Conk, que tenía tendencia a utilizar el plural mayestático cuando hablaba de su señora.

—Eso no es ninguna novedad, ¿verdad, señor Gudgeon? —comentó Walter cuando Conk hubo salido de la habitación.

Gudgeon le dirigió una mirada a Walter que hizo a éste batirse en retirada a toda prisa hacia la antecocina, y recolocó todo lo que el lacayo había tocado. Luego fue a hacer sonar el gong.

Aunque habría preferido morir antes que confesarlo, hacer sonar el gong era uno de los grandes placeres en la vida de Gudgeon. El alma de artista, de poeta, de soldado, de explorador, de místico que dormitaba en algún lugar oculto tras su alta y digna apariencia se liberaba cuatro veces al día para alcanzar empíreas alturas desconocidas e insospechadas por sus patrones, sus iguales (de los cuales no había más que dos, Conk y la señora Siddon, el ama de llaves actual) y sus subordinados. Hubo un tiempo aciago, el otoño anterior, cuando el señor Leslie, solícito para con los nervios de su esposa tras una larga enfermedad, le había ordenado a Gudgeon anunciar las comidas de viva voz. Sólo la devoción que sentía por su señora lo había sostenido durante aquella ordalía. No le provocaba ningún placer entrar en el salón, con un empaque capaz de avergonzar al invitado más distinguido; ningún placer anunciar que la cena estaba servida con una voz que, de no ser por una leve vacilación con las consonantes aspiradas iniciales, podría haberlo encumbrado al más alto cargo que pueda ofrecer la Iglesia. En su fuero interno, se sentía mudo y víctima de una privación. Cierto día, en el transcurso de una conversación con Conk, tanteó el terreno con la sugerencia de que milady era un poco menos puntual en las comidas desde que el señor Leslie había abolido el uso del gong.

—Milady es la misma de siempge —repuso Conk—. Nunca oye el gong. Si está en su dogmitogio, suele decigme: «Conque, ¿ha sonado el gong?».

Esos comentarios hicieron reflexionar a Gudgeon. Un día se arriesgó a tocar el gong, con suavidad y brevemente, para anunciar el almuerzo. Al cabo de un par de días, viendo que nadie le decía nada, lo hizo sonar a la hora del té, y luego en la cena, pero siempre con brevedad y contención. Finalmente, aprovechando que el señor Leslie se encontraba en la ciudad, dio rienda suelta a su alma en rebatos, alarmas y fanfarrias de retumbante sonido. Hacia finales de semana, cuando el señor Leslie volvió, lady Emily comentó en la cena:

—Gudgeon, ¿ha tocado el gong esta noche? No lo he oído.

—Sí, milady, pero puedo tocarlo un poco más en el futuro, si la señora así lo desea.

—Sí, hágalo —concluyó lady Emily.

El señor Leslie, ocupado en la cuestión de reparar el techo del pabellón de críquet con el señor Macpherson, no oyó esa conversación, y absorto como estaba en aquel momento en una feria de ganado en la que era probable que Rushwater Robert hiciera un buen papel, ni se percató de que el gong había empezado a sonar de nuevo.

Ver a Gudgeon golpeando el gong a la hora de cenar equivalía a ver a un artista en plena tarea. Asía el mazo, con aquel esférico extremo bien acolchado con gamuza que tanto lo enorgullecía reemplazar con sus propias manos de vez en cuando, y ejecutaba un par de florituras preliminares a la manera de un tambor mayor, o de un león frenético por alcanzar el legendario cepo en su cola. Luego dejaba caer el extremo acolchado en el centro exacto del gong para arrancarle una nota grave y resonante. Y entonces lo hacía sonar con fuerza creciente, moviendo el macillo en círculos cada vez más amplios por la oscura y rugosa superficie, hasta que el sonido llenaba la casa entera y retumbaba en los pasillos, vibraba en cada viga; hacía que los niños de Agnes en el piso de arriba, en la cama, se llevaran un agradable susto; que David soltara en la bañera: «Maldito sea ese gong, pensaba que tenía cinco minutos más»; que el señor Leslie, en el salón, dijera: «Supongo que ya llegan todos tarde otra vez», y que lady Emily, mientras Conk le recogía el cabello, preguntara: «¿Ha sonado ya el gong, Conque?».

Ese día, el eco retumbante apenas se había extinguido cuando el señor Leslie entró con el señor Macpherson, el capataz, y el señor Banister. Tras ellos venían Agnes y James, que bajaba a almorzar los domingos, y David y Martin.

—No vamos a esperar, Gudgeon —dijo el señor Leslie—. La señora llegará tarde.

—Muy bien, señor —repuso el mayordomo con cierto desdén. Había pocas cosas de la familia que Gudgeon no supiera antes incluso que ellos mismos.

—¿Cuándo se espera a su sobrina, señora Graham? —quiso saber el señor Macpherson.

—Mañana a la hora de almorzar. Hoy despedía a su madre.

—Déjeme ver —dijo Macpherson, que se enorgullecía de conocer todas las ramificaciones de la familia Leslie—, ella tiene que ser la hija de la hermana mayor del coronel Graham, digo yo…, la que se casó con el coronel Preston, el que mataron en la guerra.

—Sí, así es. Mi hermano mayor estaba en su mismo regimiento, recordará, como oficial de un rango inferior. Murieron los dos casi al mismo tiempo, pobrecitos míos. La señora Preston nunca ha estado muy bien desde entonces.

—Sí, ahora me acuerdo —repuso el señor Macpherson—, y tenían sólo una hija, la tal señorita Mary. La vi una sola vez, aquí, cuando no era más que una chiquilla.

—Es un verdadero encanto, todos la adoramos. Es muy triste para ella que su madre deba irse al extranjero, de modo que a mi madre y a mí se nos ocurrió que lo mejor para ella sería que se viniera a pasar el verano aquí.

—¿Y para qué quiere la señora Preston marcharse al extranjero? —quiso saber el señor Leslie.

—Creo que ha sido decisión de su médico, padre —respondió Agnes.

—¡Estos médicos! —exclamó el señor Leslie borrando al Colegio Real de Médicos entero de la faz de la tierra con este hiriente comentario.

—¿Y cuándo espera usted de vuelta a su marido, señora Graham? —continuó Macpherson, decidido a poner al día sus conocimientos sobre la familia.

—Pues no lo sé muy bien… Es un verdadero fastidio —contestó Agnes con tono suavemente quejumbroso—. Los del Ministerio de la Guerra dijeron que dentro de tres meses, pero nunca se sabe. Y volver desde Sudamérica lleva su tiempo, desde luego. Pero lo bueno es que allá abajo ha visto el toro de mi padre.

—No será Rushwater Robert, ¿no? —soltó Macpherson.

—Pues sí. Quedó campeón en Buenos Aires, y Robert, me refiero a mi Robert, no al toro, lo vio en el concurso. Pero no lo reconoció.

—¿Cómo supo entonces que se trataba de Robert? —quiso saber el...



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