E-Book, Spanisch, 328 Seiten
Pym Amor no correspondido
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-17109-21-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 328 Seiten
ISBN: 978-84-17109-21-9
Verlag: Gatopardo ediciones
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(1913-1980) nació en Oswestry, Shropshire. Se licenció en literatura inglesa en St. Hilda's College,en Oxford. En la Segunda Guerra Mundial prestó servicio en el Cuerpo Auxiliar Femenino de la Armada británica. Posteriormente trabajó en el Instituto Internacional Africano de Londres. A lo largo de su vida escribió varias novelas, de las que Gatopardo ediciones ha publicado Mujeres excelentes (2016), Amor no correspondido (2017), Un poco menos que ángeles (2018), Extranjeros, bienvenidos (2019), Cuarteto de otoño (2021) y Jane y Prudence (2022). Tras su muerte, en 1980, se publicó su diario, A Very Private Eye (1985). Junto con Elizabeth Taylor está considerada una de las escritoras inglesas más importantes de la segunda mitad del siglo xx.
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Capítulo 1
Existen diversas maneras de arreglar un corazón roto, pero tal vez asistir a un congreso especializado sea una de las más insólitas.
Cuando Dulcie Mainwaring se dio cuenta de que, después de todo, su prometido no quería casarse con ella —o, en palabras de él, no se consideraba digno de su amor—, durante varios meses soportó en silencio aquella desventura hasta que por fin se sintió capaz de despertar de aquel estado. Cuando le llegó el programa del congreso, lo vio justo como el tipo de actividad recomendable para mujeres en su situación: una oportunidad de conocer gente nueva y entretenerse con la observación de vidas ajenas, aunque sólo fuese durante un fin de semana y en unas circunstancias algo excepcionales.
Pues ¿qué podía ser más peculiar que un montón de personas adultas, la mayoría de mediana edad o incluso ancianas, reunidas en un internado femenino de Derbyshire con el propósito de debatir una serie de eruditas sutilezas insignificantes para el resto de la humanidad? Hasta las habitaciones —por suerte no las hacinarían en dormitorios colectivos— parecían antinaturales, con sus dos camas gemelas de armazón de hierro y la perspectiva de compartir con extraños un espacio tan reducido.
Dulcie comenzó a hacer conjeturas sobre quién sería su compañera de habitación —porque sin duda sería una mujer, ¿no era así?— y a desear que hiciese su entrada, no sin cierto recelo. Con todo, al menos sería interesante compartir cuarto con una desconocida, se dijo, animosa, y al oír los pasos que se aproximaban por el pasillo, se armó de valor y se preguntó qué se dirían la una a la otra cuando se abriese la puerta. Pero los pasos siguieron adelante y se detuvieron un poco más allá. Entonces, al mirar de nuevo la segunda cama, se percató de que tenía un aspecto sospechosamente plano, y cuando levantó la colcha descubrió que no estaba hecha. Sintió a la vez alivio y decepción. En cuanto reuniese el valor necesario, iría a comprobar quién ocupaba la habitación de al lado.
Venir había sido un error. Viola Dace se daba cuenta ahora, mientras inspeccionaba el cuarto, pequeño como una celda, con una consternación que rozó el pánico al constatar que había una segunda cama, cubierta igual que la suya con una colcha de hexágonos blanca. Así que cabía la posibilidad de que tuviese que compartir ese triste cuartucho con una desconocida… ¡La mera idea le resultaba insoportable! Levantó una esquina de la colcha con cuidado para comprobar si la cama estaba hecha; para su alivio no lo estaba, ya que debajo sólo había una almohada dentro de una funda de cutí de rayas y un montón de mantas grises. Por lo menos así tendría toda la habitación para ella sola, y quizá podría soportarlo durante tres noches.
Encendió un cigarrillo y se asomó a la ventana. Justo debajo había un arriate con un surtido de dalias espléndido, manzanas y peras en abundancia colgaban de los árboles y, a lo lejos, los páramos se extendían hasta lascolinas y lo que era claramente el mundo exterior y la libertad.
Al oír un golpecito en la puerta, Viola se dio media vuelta, sobresaltada, y de forma bastante brusca dijo: «Adelante». Vio en el umbral a una mujer de treinta y pocos años, más bien alta, de rostro agradable y cabello rubio. Vestía un traje de tweed y unos zapatos bajos de piel calada que parecían demasiado pesados para sus delgadas piernas.
Le faltaba muy poco para convertirse en una insulsa solterona inglesa, pensó Viola, consciente de «cómo contrastaba» ella con su vestido negro, su rostro pálido, más bien demacrado, y su pelo oscuro y despeinado.
—Soy Dulcie Mainwaring —se presentó la mujer rubia—. Resulta que mi habitación está al lado de la suya. Me preguntaba si podríamos bajar a cenar juntas.
—Como guste —respondió Viola con bastante displicencia—. Me llamo Viola Dace, por cierto. ¿Sabe qué hay que hacer y cómo hay que vestirse?
—Realmente creo que nadie lo sabe —contestó Dulcie—. Puede que sea como la primera noche a bordo de un barco, en la que nadie se cambia para la cena. Me parece que es la primera vez que se celebra aquí un congreso de este tipo. A veces acogen «organizaciones religiosas» y también a escritores, creo. Supongo que en cierto modo nosotras somos escritoras.
—Sí, podríamos llamarnos así —sentenció Viola.
Había sacado la barra de labios y se los estaba pintando con avidez, como si se hubiese propuesto a toda costa que su aspecto fuese lo menos parecido posible al de alguien que trabajaba en la periferia más gris del mundo académico.
Dulcie se quedó mirando el resultado fascinada, aunque aquella boca luminosa de color coral en medio de aquel rostro cetrino tenía sin duda un aire estrafalario y llamativo, y la hacía sentirse ligeramente insatisfecha de su discreto maquillaje «natural».
—Es poco habitual que organicen un congreso de gente como nosotras —comentó Dulcie—. ¿Acaso no nos dedicamos a corregir pruebas, confeccionar bibliografías e índices, y ahorrarles todas esas tareas ingratas y más bien anodinas a personas más brillantes que nosotras?
Daba la impresión de que paladeaba estas palabras casi con deleite, pensó Viola, como si se empecinase en dar una imagen de la sosería más absoluta.
—Ah, mi vida no es así, para nada —se apresuró a aclarar ella—. Yo investigo por mi cuenta y ya he empezado una novela. En realidad, he venido porque conozco a uno de los ponentes y…
Vaciló; aquel sentimiento de consternación afloraba de nuevo en ella, estaba claro que venir había sido un error. No obstante, aquella respetable señorita Mainwaring, a la que nadie podría imaginar más que haciendo todas las monótonas tareas que acababa de describir, era el tipo de persona a la que jamás en la vida se le ocurriría tener como confidente.
—Yo sólo hago trabajitos sueltos e índices —declaró Dulcie alegremente—. Me venía mejor trabajar en casa cuando mi madre estaba enferma, y desde que murió no me he planteado aceptar un trabajo a tiempo completo.
El tañido de una campana exacerbó en Viola la sensación sombría que le había producido Dulcie.
—Creo que debe de ser por la cena —dedujo Viola—. ¿Bajamos?
Seguramente, en algún momento de la velada, podría quitársela de encima.
Aylwin Forbes sacó de la maleta una petaca de ginebra envuelta entre los pliegues de su pijama, donde había viajado sana y salva desde Londres hasta ese remoto pueblo de Derbyshire. La colocó primero sobre el tocador, pero no quedaba bien junto a las pastillas de levadura, el bicarbonato y el tónico capilar, así que, al no haber otro armario, no tuvo más remedio que guardarla en el ropero, el escondite tradicional, aunque algo embarazoso, para las botellas.
El otro objeto importante de su equipaje —las notas para la conferencia que iba a dar sobre «Algunos problemas de un editor»— lo colocó encima de la silla que había junto a la cama.
Se percató entonces de que, en realidad, encima del lavabo había un armarito, cabía suponer que destinado a los medicamentos, así que sacó la petaca de ginebra del ropero y la metió allí. Le vino una idea a la cabeza y se preguntó si las criadas serían honradas, mientras se imaginaba cómo una de ellas se llevaba la botella de ginebra a los labios y le daba un sorbo mientras arreglaba su habitación por la mañana. Bueno, era un riesgo que tendría que asumir, concluyó, e introdujo la ginebra en el armarito, junto a las pastillas de levadura y el bicarbonato; lo que no logró dilucidar fue dónde se situaría al ponerse la loción capilar, así que la dejó sobre el tocador. Después cogió las notas de la conferencia de la silla junto a la cama y las colocó sobre el tocador, al lado de sus cepillos y su cajita de piel florentina.
Lo único que ahora quedaba en la maleta era el último número de la revista literaria de la que era editor y el gran marco, también de piel florentina, que contenía el retrato de su esposa, Marjorie. Sacó la revista y la puso en la silla junto a la cama, con una ligera sensación de desagrado, como si se imaginase a sí mismo leyéndola tumbado en la cama, pero no encontró el lugar adecuado para Marjorie, así que volvió a guardar el marco en la maleta, la cerró y la empujó debajo de la cama. Al fin y al cabo, no tenía ningún sentido tenerla a la vista en este momento.
Abrió la puerta con cautela e inspeccionó el largo pasillo, preguntándose dónde estarían los cuartos de baño. Ya había dado incluso algunos pasos indecisos en una dirección cuando vio a una señora mayor con quevedos, redecilla y una bata guateada, con un estampado de grandes flores rojas, que caminaba decidida hacia él con una toalla y un neceser. Adondequiera que él se hubiese encaminado, de seguro ella llegaría antes. Se batió en retirada a toda prisa hasta refugiarse en su cuarto, en un estado de profunda agitación. ¿Es que ni siquiera iban a segregarlos por sexo?
Los pasos de la mujer siguieron amortiguadamente su camino y tuvo la impresión de que se detenían en el cuarto contiguo al suyo. En ese momento se dio cuenta de que se trataba de la señorita Faith Randall, otra de las ponentes. En su mente apareció el título de la conferencia que ella impartiría: «Algunos problemas de la indexación». ¿Es que el tema de todas las conferencias sería «Algunos problemas de algo?», se preguntó mientras salía al pasillo, esta vez con mayor arrojo.
Al regresar a su habitación, se sirvió un poco de ginebra en el vaso del baño, añadió agua del grifo y lo...




