E-Book, Spanisch, 380 Seiten
Nelson Vikingos
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-16970-07-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Una saga nórdica en Irlanda
E-Book, Spanisch, 380 Seiten
ISBN: 978-84-16970-07-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
James L. Nelson fue marino profesional y es autor de un gran número de obras de ficción y no ficción ampliamente premiadas. Actualmente vive en Maine (Estados Unidos) con su antigua compañera de barco, y ahora esposa, Lisa, y sus cuatro hijos.
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1
«Quien ha viajado
sabe qué espíritu gobierna
a los hombres con los que se encuentra».
Hávamál (antiguo poema nórdico)
La tormenta era feroz e iba ganando fuerza. La espuma, fría como la muerte, soplaba desde el costado, las olas grises y colosales rompían contra el langskip que se bamboleaba.
Ornolf el Incansable estaba borracho perdido.
Estaba de pie a la proa del langskip, de su langskip, al que había llamado Dragón rojo. Uno de sus enormes brazos rodeaba el cuello sinuoso de madera que sobresalía de las aguas describiendo un elegante arco coronado, quince pies más arriba, por la cabeza de un dragón que sonreía y enseñaba los dientes. La cabeza de dragón era terrorífica, aunque, en aquellos momentos, no resultaba ni la mitad de aterradora que Ornolf el Incansable.
Tenía el cabello, rojo y gris, pegado a la cabeza y a la espalda. La barba, calada y enmarañada, parecía compuesta de algas. La túnica acolchada, que llevaba atada a la gruesa cintura con un ancho cinturón de cuero, estaba completamente empapada. Ornolf se encontraba sumido en un duelo de orines con el dios Thor.
—Dios de los truenos y de los relámpagos, ¿eh? —aulló hacia la manta de nubes que pendían bajas y oscuras sobre las aguas—. ¿Esto es todo lo que puedes hacer? ¡Hace falta mucho más para matar a Ornolf!
La proa del langskip subió sobre una ola, como la mano de Odín, elevando a Ornolf hacia los cielos. Este ululó eufórico. Luego la nave se deslizó por la ola, bajó y bajó retorciéndose hasta alcanzar el valle. Se inclinó a babor y, cual si fuera una cuchara, recibió una tonelada de agua que recorrió el centro del barco convertida en marea, rompió contra el mástil, contra las docenas de arcones que estaban asegurados a la cubierta, contra los sesenta y tres empapados y agotados guerreros que no estaban disfrutando de la tormenta ni la mitad que Ornolf.
—¡Ja! —rugió Ornolf a los cielos—. ¿Eso es todo? ¡Hasta yo puedo mear más!
Y para demostrarle a Thor que no bromeaba, Ornolf se soltó del cuello del dragón y metió la mano en las calzas para sacarse el miembro, medio orinó por la borda y medio orinó sobre la cubierta, mientras intentaba mantener el equilibro en una proa que se balanceaba enloquecida.
A sesenta pies de distancia, a popa, Thorgrim Ulfsson aferraba la caña del timón y conducía el langskip a través de ese mar crecido. Giró la cabeza en dirección opuesta a la espuma del mar y escupió el agua que le recorría la cara y se le metía en la boca. Apenas podía oír la ebria retahíla de Ornolf por encima del aullar del viento, pero oyó lo suficiente como para desear que el viejo se callara.
«Hará que la mala suerte caiga sobre nosotros, solo para demostrarle a Thor que ni siquiera tiene miedo a los dioses…». Thorgrim era un devoto del culto a Odín, pero seguía sin creer que fuera una buena idea tentar a Thor de esa manera.
En cubierta, en la sección central de la nave, la mayoría de los sesenta guerreros que habían acompañado a Ornolf en aquel viaje se arracimaban bajo mantas y pieles, soportaban el frío y el agua. Otros achicaban agua frenéticamente por estribor con cubos o con sus yelmos de cuero. El langskip medía sesenta pies de longitud, pero no dejaba de ser una nave abierta a los elementos. Las filas de escudos redondos y de madera que estaban sujetos a los costados ofrecían cierta protección contra el viento, aunque no mucha.
—¡Vamos, Thor, lamentable criatura! —gritó Ornolf—. ¡Si tienes un rayo para mí, aquí estoy, dispuesto a cogerlo! ¡Justo aquí!
Enseñó el culo a los cielos como pudo. A Ornolf le costaba un poco doblarse por la mitad.
Los hombres que había en la sección central de la nave se miraron entre ellos, negaron con la cabeza y observaron a su jarl enfurecidos. Thorgrim no era el único en desear que Ornolf se callara.
El hijo de Thorgrim, Harald Thorgrimson, fue a su puesto entre los hombres. Harald tenía quince años, aunque su tamaño le hacía parecer mayor, y lo que le faltaba en entendederas lo suplía con su fuerza y pasión. Era más bajo que los demás, pero casi tan ancho. No tenía barba, por supuesto, pero, salvo por eso, se parecía mucho al resto de los guerreros. Estaba achicando agua y utilizaba su yelmo de hierro a modo de cubo.
La vela a rayas rojas y blancas del langskip estaba bien sujeta a la verga, y esta se bamboleaba hacia delante y hacia atrás, izada unos cinco pies para permitir que la nave fuera más fácil de gobernar. A su alrededor no había más que olas grises, descoloridas, con las crestas desgarradas de blanco, que surgían monótonas una tras otra alrededor del langskip hasta que no se veían más que montañas de agua a derecha e izquierda. Y luego los mares levantaban el barco, arriba, arriba, y a través de la espuma y de las nubes quebradas podía verse parte de las verdes costas de Irlanda, a unas cuantas millas en la dirección en la que soplaba el viento.
A proa, Ornolf seguía con su diatriba, sin importarle las miradas asesinas, que volaban como la espuma. Un giro de timón, pensó Thorgrim, y podría hundir la proa en el mar y dejar que las olas barrieran a Ornolf como si fuera una mosca. Pero, por supuesto, jamás haría tal cosa. Él era el hombre de Ornolf. Ornolf era su suegro.
—¡Harald! —le gritó Thorgrim a su hijo, y luego más alto, para que le oyera a pesar del viento—: ¡Harald!
El joven Harald alzó la mirada y entrecerró los ojos merced a la espuma. Tenía las mejillas de un rojo brillante y sonreía, pero Thorgrim podía ver el miedo detrás de aquella sonrisa. No le preocupaba que su hijo tuviera miedo. Harald aún era joven, y Thorgrim recordaba haber tenido miedo cuando tenía su edad. Podía recordar el sabor del miedo, como se recuerda algún tipo de comida que comiera hace tiempo, hace mucho tiempo, y que ahora apenas lograba evocar. Ahora no había nada a lo que Thorgrim temiera. Nada del mundo físico, del mundo de los hombres y las tormentas.
—¡Ven a popa! —gritó Thorgrim, y Harald posó su yelmo y fue caminando hacia la popa, sorteando hombres y saltando por encima de los cofres. Era ágil, como solo lo puede ser un muchacho de quince años.
—Sí, padre.
—¡Tu abuelo ya ha probado bastante su suerte! ¡Coge esa cuerda y átalo a la roda!
Harald sonrió al pensarlo. Era el único a bordo que quizá pudiera atar a Ornolf a algún sitio. Si cualquier otro hombre osara hacerlo, Ornolf le lanzaría al mar, pero nunca haría nada que fuese a dañar a su nieto.
Harald cogió la cuerda, hecha de piel de morsa trenzada, y fue hacia la proa con soltura, como si estuviera caminando por el sendero de su granja en Aust-Agder y no sobre la cubierta resbaladiza y medio inundada de una nave que se bamboleaba violentamente.
Thorgrim le observó, maravillado al contemplar su elegancia, y recordó el tiempo en el que él también era capaz de moverse así. Thorgrim tenía treinta y ocho años. Dos décadas y media de luchar, beber, trabajar y embarcarse en duros viajes empezaban a pesar. A veces se preguntaba cómo podía ser que Ornolf, dieciséis años mayor que él, siguiera adelante; pero la resistencia de Ornolf era legendaria.
A proa, Harald sorteó al jarl tambaleante y echó la cuerda alrededor de la roda. Thorgrim podía ver que sus bocas se movían, que hacían aspavientos, pero no podía oír lo que decían. Entonces Harald rodeó la tripa de Ornolf con la cuerda a toda velocidad sin que Ornolf hiciera nada por resistirse.
Harald sabía cómo tratar con su abuelo. El abuelo y el nieto se parecían mucho, y Thorgrim pensaba que eso no siempre era bueno.
Ahora Harald volvía a popa, caminaba firme, pero Thorgrim solo podía dirigirle la mirada de vez en cuando, concentrado como estaba en mantener la proa del barco en línea con las aguas para evitar que este virase a babor, hacia las olas, y se hundiese. Sobre la túnica vestía una capa de piel de oso, bien atada, que había logrado mantenerle seco y abrigado durante un tiempo, pero ahora estaba empapada y pesaba tanto como una cota de malla. Empezaban a dolerle los brazos de luchar contra la caña del timón, pero se había hecho ya con la embarcación y no se atrevía a dejar la navegación en manos de nadie. Y tampoco era que hubiera nadie a bordo con su habilidad y experiencia en tales lides.
—¡Padre!
Harald llegaba a popa. Le gritó a unos pasos de distancia:
—¡¿Qué?!
—¡Dice el abuelo que ha visto un barco! ¡Allí! —Harald señaló a estribor, aunque en aquel momento no se veía nada salvo por una muralla de agua que se enrollaba y alejaba al antojo del viento.
—¿Y?
—¡Pues dice que deberíamos ir a ver de qué se trata!
Thorgrim asintió. Botín. Era lo que más le importaba a todo el mundo, y ningún inconveniente, como pudiera ser una tormenta que amenazara con matarlos a todos, iba a sofocar ese apetito.
Hacía un mes que habían salido de Vik, en Noruega. En ese tiempo habían saqueado una aldea en el noreste de Inglaterra, que les había dado bien poco, y luego habían tomado un mercante danés después de un breve enfrentamiento. El danés, descubrieron, estaba repleto de valiosa mercancía: pieles, cabezas de hacha de hierro, ámbar, fardos de tela, marfil de morsa y piedras de afilar. Ahora Ornolf había ordenado que pusieran rumbo a Dubh-Linn, el puerto noruego de Irlanda, en el que tenían intención de vender todo lo que habían obtenido. Siempre se...




