Delaney | Cautivada por ti | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Delaney Cautivada por ti


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-24-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

ISBN: 978-84-10070-24-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Tras otra entrevista de trabajo desastrosa, me meto en un bar y pido un buen gin-tonic para ahogar mis penas. Lo que ocurre a continuación es que acabo ahogándome en el hombre fascinante y cautivador que hay sentado a mi lado en la barra. Nuestras indirectas son eléctricas, la química es innegable, y algo parece encajar desde el principio. Cuando me despierto sola en su lujoso ático con vistas a la bahía de Seattle y me encuentro una nota en la que me desea un buen viaje de vuelta a Chicago, su mensaje me queda claro como el agua: no va a haber una segunda vez. Al principio, me siento aliviada al no tener que enfrentarme a ese momento incómodo de la mañana siguiente. Pero después, mientras observo pasar los rascacielos de la ciudad de camino al aeropuerto, su abrupta despedida me duele. Empiezo a deprimirme por lo mal que fue la entrevista, pero al llegar a casa recibo una oferta de empleo inesperada. Cuando llego el primer día a mi nuevo trabajo, adivina quién viene a saludarme: ni más ni menos que el empresario hotelero multimillonario Asher Kingcaid, mi misterioso extraño. Y me deja bien claro que quiere más que solo una noche. Pero a mí rendirme a sus encantos no me parece muy buena idea. Cuando te has quemado una vez, lo lógico es mantenerte alejada del fuego. Sin embargo, Asher parece decidido a arrastrarme hasta las llamas...

Tracie Delaney es una autora «All Star» de Kindle Unlimited con más de veinticinco novelas de romance contemporáneo a sus espaldas, que escribe desde su despacho en el gélido noroeste de Inglaterra. Antes, el despacho era un garaje, pero necesitaba un lugar tranquilo para escribir, así que se lo robó a su pobre marido. Lectora ávida desde que tiene uso de razón, Tracie era además un trasto de pequeña. Solía trepar por los árboles con sus queridos libros de Enid Blyton para leer durante horas, y regresaba a casa solo cuando estaba a punto de oscurecer con el culo dormido y unas cuantas astillas clavadas. Los libros de Tracie suelen contar con mujeres que demuestran que la verdadera fuerza se manifiesta de maneras distintas, y con machos alfa que dan mucha guerra (¡aunque la acaban perdiendo!). Por las noches, le gusta acurrucarse en el sofá con sus dos westies, Murphy y Cooper, y hacer maratones de series de Netflix. Es posible que haya vino de por medio.
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1


Kiana

Chicas, proteged vuestros ovarios

Las puertas de cristal tintado se abrieron al llegar a la salida del establecimiento estrella de Kingcaid Hotels, a orillas del mar de Seattle. Mis tacones repiqueteaban sobre el suelo de mármol, y el sonido reverberaba por el enorme y lujoso vestíbulo.

Atravesé las puertas a toda prisa y bajé corriendo los escalones de piedra hasta llegar a la calle. Los ojos me escocían de lágrimas de rabia, y sentía un nudo ardiente en la garganta. Me cerré la chaqueta y giré a la izquierda. Una mujer con prisas casi se me echó encima. La esquivé, y se me torció el tobillo. Solté un chillido y me fui cojeando hacia un banco que había cerca. Me dejé caer, me examiné el pie y me froté el hueso.

¿Cómo se atrevía?

¿Cómo se atrevía ese cabrón a ponerme la mano en el culo y luego darme un apretón, como si fuera mi dueño?

Como si su actitud fuera normal.

Aceptable.

Aunque, claro, para él seguramente sí que lo era. ¿Por qué creían algunos hombres que podían abalanzarse sobre mí sin permiso? La última vez que pasé por algo parecido me costó Dios y ayuda reunir el valor para hacerle frente, y mira dónde acabé: con un billete de ida al paro y perdiendo a la persona que creí que siempre estaría a mi lado. La persona que pensaba que me quería de verdad.

Pero aprendí la lección, y de la peor manera.

Sentí que ardía de rabia, y los nudillos se me pusieron blancos de tanto apretar los puños mientras el corazón amenazaba con explotarme en el pecho.

Pero eso no era todo. También me sentía enferma. Enferma porque, durante un instante muy breve, pensé en quedarme callada. En dejar que me pusiera sus sucias manos encima, y todo por conseguir el puesto que tanto deseaba.

Sentí que la bilis se me subía por la garganta y me estremecí al pensar que había deseado tanto ese trabajo que estaba dispuesta a aguantar las mierdas de ese tipo. Aunque solo fuera por un segundo. Ningún puesto lo merecía.

Dios, tenía ganas de llorar, pero quedarme sentada gimoteando no iba a solucionar nada. Me había dejado la piel en superar las primeras fases de selección y había preparado una presentación que, aunque estuviera mal que yo lo diga, era una pasada. Después de presentarme a más de cien empleos en prácticas, esa era la primera oportunidad que tenía, y lo había dado todo para prepararme, pero ni siquiera me había dado tiempo a abrir el portátil.

Me fui cojeando por el paseo marítimo hasta mi hotel, una versión mucho menos lujosa del de cinco estrellas que acababa de visitar. Era lo único que podía permitirme, y eso, sumado al precio del billete de avión desde Chicago a Seattle, era lo mejor que iba a poder permitirme en mucho tiempo. Sobre todo después de haber fracasado con el motivo de mi visita.

¡Puf! Qué injusto era. La oportunidad de empezar en prácticas en Kingcaid Hotels no se presentaba todos los días. La marca Kingcaid era enorme. Sus dueños tenían las manos metidas en la masa de diversos pasteles, y no solo en hoteles. Contaban con empresas en todo el mundo, desde cruceros hasta casinos, restaurantes, discotecas e incluso un estudio propio de cine y televisión.

Y si no recordaba mal, también contaban con un sello de música. No es que pudiera rivalizar con los grandes como Sony o Warner, pero tenían algunos buenos fichajes. Bandas con futuro.

Unirme a una organización tan grande como Kingcaid me daría la oportunidad de conseguir la carrera con la que siempre había soñado desde pequeña. Algunos niños quieren, de mayores, ser astronautas, o conductores de tren, o médicos. Yo soñaba con trabajar en un hotel de lujo, donde pudiera hacer que los huéspedes disfrutaran de una estancia memorable. Siempre me gustó estar con gente y hacerla sonreír. Trabajar en el sector hotelero era la carrera perfecta para mí.

Pero ahora, por culpa de un gilipollas que no podía tener las manos quietas, tenía que volver a freír hamburguesas, servir mesas y depender de lo que mis padres pudieran darme. No me malinterpretéis, no me negaban ni un solo dólar, pero tampoco era que nadaran en la abundancia, y con veinticuatro años ya debía ser capaz de cuidar de mí misma. Mi mejor amiga, Gia, lo conseguía. Tenía una vida estupenda en Nueva York, donde trabajaba como chef, y tenía pensado dirigir su propio restaurante un día, mientras que yo volvía de nuevo a la casilla de salida.

Rebusqué mi móvil en el bolso para llamar a mi madre. Seguramente estaría sentada junto al suyo esperando todo el día, a pesar de que le había repetido una y otra vez que la entrevista no sería hasta las cinco y media de la tarde.

El reloj de la pantalla mostraba las cinco y treinta y cinco.

Los documentos que me había enviado el departamento de Recursos Humanos del hotel me decían que la entrevista duraría entre una hora y una hora y media.

Aunque, claro, marcharme sin haberle dado la oportunidad al director del hotel de hacerme ninguna pregunta después de haberme dado un apretón en el glúteo derecho era un claro indicio de la brevedad de mi entrevista.

Estaba furiosa con él, pero también conmigo misma. Debería haberle dado una bofetada, haberle gritado a todo pulmón, haber hecho algo, cualquier cosa. Pero no, me quedé allí parada, con la boca abierta, y luego me fui, sin más. Ni siquiera di un portazo.

Era una mierda. Una mierda. Aunque igual esa no era la palabra adecuada. ¿Podría haberse considerado pluriempleo si me hubiera puesto de rodillas para cumplir la fantasía asquerosa de ese tipo?

Marqué el número de mi madre, pero colgué antes de dar al icono de llamar. Era incapaz de reunir el coraje para hablar con ella. Así que hice lo que todo cobarde sabe hacer mejor: programé el mensaje para que se enviara una hora y media después. Opté por ser breve: le dije que no sabría nada durante un tiempo y que la entrevista me había dejado agotada, y prometí llamarla antes de coger el vuelo al día siguiente. Cuando volviera a casa ya se lo contaría todo. Tener una conversación como esa en mitad de Seattle era lo último que deseaba hacer.

Justo después de dejar que me manosearan en una entrevista para conseguir el trabajo de mis sueños.

Cuando llegué al hotel, la idea de entrar y sentarme en esa habitación deprimente, con sus colchas que picaban, sus paredes blancas rayadas y una moqueta harapienta, se me antojaba de lo más desmoralizador.

La barriga me rugió. Estaba tan nerviosa por la entrevista que solo había conseguido comerme una manzana para desayunar y nada más durante el resto del día. Menos mal que todavía podía comer, a pesar de que los pedazos de mis sueños rotos seguían esparcidos por todo Seattle. Aunque, claro, había muy pocas cosas que me impidieran comer. Era una de esa especie rara de personas que podía tragarse un costillar entero aun teniendo gastroenteritis.

Giré a la izquierda y vagué por las calles en busca de un lugar que me pareciera acogedor. El cielo empezó a oscurecerse, como queriendo poner fin a mi vagabundeo, y me metí en el primer bar que me encontré justo cuando empezó a lloviznar.

El local estaba escasamente iluminado y era demasiado chic para mi gusto, pero parecía lo suficientemente acogedor. A pesar de ser temprano, ya había un montón de gente dentro después del trabajo, todos con una cerveza y seguramente felicitándose a sí mismos por haber sobrevivido otra semana más en la América corporativa. Se quedó libre un asiento frente a la barra y me lancé a por él, colgando mi chaqueta sobre el respaldo de manera posesiva. Me senté y esperé a que el camarero me viera. Treinta segundos después, se acercó, deslizó una servilleta hacia mí, me colocó delante un cuenco de cacahuetes y me saludó con la barbilla.

—¿Qué quieres tomar?

Tenía una norma: no beber nunca antes de las seis. Miré el reloj que había detrás de la barra. Las cinco y cincuenta y nueve.

A la mierda.

—Un gin-tonic, por favor. Que sea grande.

El camarero se rio, cargó hielo en un vaso y le echó un chorro generoso de ginebra.

—¿Has tenido un mal día?

Puse los ojos en blanco.

—Ni te lo imaginas.

Dejó mi copa sobre la barra y le añadió dos rodajas de limón. Le miré la chapa identificativa. Saul.

—Eeeh… ¿Saul?

Él arqueó una ceja. A lo mejor se había sorprendido de que me fijara en su chapa. O de que le hubiera llamado por su nombre.

—¿Sí, señorita?

—¿Puedes hacerme un favor?

Arqueó la ceja todavía más.

—Depende de lo que sea.

Solté una carcajada.

—No te preocupes, no te estoy tirando los trastos. Tienes razón, he tenido un día terrible, y aunque ahogar mis penas en un buen gin-tonic puede parecer una buena idea, en realidad no lo es. Así que solo quiero que me sirvas tres copas. Después me dirás que me vaya, ¿vale?

Pillarme una cogorza y caerme de bruces no iba a ayudarme en mi carrera. Y una resaca, junto con un vuelo de cuatro horas, implicarían un viaje horrible de vuelta a casa.

Saul me guiñó un ojo.

—Entendido.

Se desplazó por la barra para servir al siguiente. Yo cogí mi copa y me bebí un tercio de su contenido un trago, para secarme después la boca con el dorso de la mano.

—Si bebes tan rápido, seguramente sea buena idea que limites la ingesta —anunció una voz ronca a mi lado, arrastrando las palabras y con tono de...



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