Bay | Doctor inalcanzable | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 1, 295 Seiten

Reihe: Doctors

Bay Doctor inalcanzable


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-55-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 1, 295 Seiten

Reihe: Doctors

ISBN: 978-84-19301-55-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



He renunciado a los hombres para centrarme en el trabajo de mis sueños, que empiezo el lunes, pero mi mejor amiga me convence para que me divierta una última noche, así que me organiza una cita a ciegas. Acepto porque él se va a ir a África con Médicos sin Fronteras en unos días. Sin duda, es la mejor cita de mi vida. El doctor África me hace reír y me pone tanto, tanto, que quiero hacerle un examen físico completo. Es así como se convierte en el doctor Aventura-de-una-noche, y no siento el más mínimo remordimiento por ello. El lunes por la mañana me siento entusiasmada y emocionada a la vez, hasta que me topo con... ¿Lo habéis adivinado ya? Al parecer, a nuestra cita no asistió el doctor África, sino que le sustituyó su hermano, también médico, y ahora trabajo en el mismo hospital que el hombre con el que pasé la mejor noche de mi vida. ¿Os he mencionado ya que es mi nuevo jefe? Creo que voy a tener que ir directamente a Urgencias para encontrar cura a lo que siento por el doctor Inalcanzable.

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Doctor Inalcanzable es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, Altas esferas, Alta sociedad, El escándalo y Noches en París, con la serie Mister (Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield, Mister Park Lane, Mister Bloomsbury y Mister Notting Hill), además de la serie The Royals (El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres) y la bilogía The Gentlemen (El caballero implacable y El caballero equivocado).
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1


Sutton

Al cabo de cinco días iba a empezar a trabajar en uno de los hospitales más prestigiosos de Londres, respondiendo al título que tanto me había costado hacer mío: doctora Scott. Era muy probable que la mera idea me llevara a acabar hospitalizada por un ataque de pánico antes de que llegara esa fecha.

—¿Cómo van hoy los porcentajes? —me preguntó Parker.

—No demasiado bien. —Me estremecí al sentir la correa apretada alrededor de la barbilla. Repasé los cierres del casco y, al instante, el arnés que acababa de atarme me pellizcó los muslos. Normalmente, estar al aire libre, en medio de árboles enormes, respirando un aire mucho más fresco que el que teníamos en Londres, habría sido un cambio bienvenido sobre el que habría podido hacer un estudio en profundidad; pero ese día no. Mientras contemplaba los cruces de cables entre los árboles y los supuestos puentes entre ellos por los que debía caminar, decidí que podía vivir sin este tipo de experiencias.

—Las probabilidades de que tenga un ataque de pánico acaban de subir al noventa y dos por ciento.

—Pero ayer habían bajado al cuarenta —dijo Parker, con el mismo tono que una adolescente a la que le han dicho que tiene que estar de regreso en casa a las nueve de la noche.

—La experiencia de ayer consistió en un autobús descapotable, un guía turístico entusiasta y apasionado por la historia de Londres y mimosas, muchas mimosas. Hoy se trata de algo muy diferente. En todos los sentidos.

Mi mejor amiga era muy consciente de la ansiedad que se había apoderado de mí porque iba a empezar en el hospital. Ella había sido testigo de los años que había pasado estudiando, de los largos días que se habían convertido en noches aún más largas, de mi inexistente vida social, sacrificada a los dioses del estudio, de la forma en que solía elevar una pequeña plegaria para que los clientes cancelaran las citas para cortarse el pelo y así poder dedicar cuarenta y cinco minutos más al estudio. A lo largo de los años, mis oraciones habían sido escuchadas las suficientes veces como para superar cada etapa del camino hacia el título de Medicina. Mi nuevo trabajo había tardado mucho en llegar, pero era la culminación de cada segundo de denodado esfuerzo que había invertido en los siete últimos años.

—Pensaba que este circuito de cuerdas estaría a la altura —argumentó Parker—. Vaya juego de palabras me ha salido… —farfulló a continuación.

—Pero no busco mi muerte inminente.

—Supongo que no he pensado en eso. ¿Quieres que vaya primera?

Negué con la cabeza. Siempre había pensado que era mejor no saber lo difíciles que podían ponerse las cosas; mejor arriesgarse que acobardarse antes de intentarlo. Si hubiera sabido a lo que iba a enfrentarme cuando decidí convertirme en médica mientras me dedicaba a hacer cortes de pelo y hablaba con la gente de sus vacaciones seis días a la semana, nunca se me habría ocurrido rellenar la matrícula. Durante los años transcurridos desde entonces, todo había sido muy duro, aunque, si hubiera imaginado antes lo difícil que iba a ponerse, me habría rendido mil veces; así que estaba convencida de que la ingenuidad y la ambición ciega eran una combinación poderosa.

Uno de los instructores enganchó mi arnés al cable de acero y me invitó a avanzar.

—Adelante. Las flechas indican la dirección, y hay instructores colocados a intervalos regulares a lo largo de todo el recorrido.

—¿Vais todos vestidos de negro para que, si nos caemos desde una altura de cincuenta metros y morimos, estar preparados para la fiesta? —pregunté.

Entrecerró los ojos.

—Vaya, toda una optimista, ¿no?

—Es solo una pregunta —respondí.

—Nos vestimos de negro para no distraer a nadie con colores brillantes.

—Ya, claro… —dije sin comprometerme.

—Y nadie ha muerto en este circuito —añadió.

El elefante que me oprimía el pecho decidió levantarse y darse un paseo. «Ningún fallecido» podía parecer un listón bajo en un historial de seguridad, pero podría haber sido peor.

—Al menos hoy. —El instructor me dio un pequeño empujón para que avanzara de la plataforma en la que nos encontrábamos al primer «puente», que llevaba hacia el siguiente árbol. El mal llamado puente era una serie de listones de madera separados entre sí unos cincuenta centímetros y unidos por cadenas que tintineaban con el viento. Una persona más fantasiosa que yo habría podido decir que sonaba como si estuviéramos en una casa de hadas, pero yo sabía que probablemente se trataba de una banda sonora falsa, cuya única utilidad era ahogar el sonido de los gritos.

Di un paso adelante sobre el primer tablón y me agarré a los cables horizontales colocados a ambos lados de mi cabeza.

—Hace años, cuando te planteaste por primera vez formarte para ser médica, ¿sabías que llegarías a este momento? —preguntó Parker.

—¿A qué momento te refieres? ¿A este en el que me veo enfrentada a las fauces de la muerte?

Al dar el siguiente paso, me di cuenta de que, por el momento, solo estaba a un metro del suelo. Lo más probable era que solo me rompiera un dedo del pie si me caía y el arnés de seguridad no cumplía su función. Di los siguientes pasos con más confianza hasta ser consciente de que no era tan malo como pensaba. Los listones se sucedían a una distancia cómoda. No estábamos a demasiada altura y toda la construcción parecía bastante sólida; habría podido describir mi vida de la misma forma después de volver a ponerme en pie tras unos años difíciles. Tenía trabajo, un techo sobre mi cabeza, cereales en la despensa y leche en la nevera.

Subí a la siguiente plataforma y me giré cuando Parker avanzó por el otro extremo del puente.

—¿Estás bien? —le pregunté cuando llegó hasta mí.

—Lo estaré cuando acabemos aquí. —Me sonrió—. Pero al menos estás pensando en tu muerte inminente en vez de en el primer día de trabajo.

—No hay mal que por bien no venga —convine. Ella sabía que yo odiaba ese tipo de frases porque eran una completa tontería. No todas las nubes dejaban ver el sol. Cuando una puerta se cerraba no se abría otra por arte de magia, y yo no quería saber nada de los árboles que no dejan ver el bosque. Odiaba ese tipo de tópicos. Me gustaba la realidad. Y la realidad era que la vida era dura y que para conseguir cualquier cosa hacía falta trabajo duro, dedicación y sacrificio.

—Vale, a por el siguiente —indiqué, siguiendo las flechas—. Este parece un poco más alto, pero no está tan mal. —Los listones del siguiente puente estaban dispuestos de forma más desordenada: algunos, cruzados; unos eran pequeños; otros, grandes. Con un poco más de confianza, crucé y mi amenazante ataque de pánico remitió poco a poco. Eso fue hasta que estuve a punto de subir a la plataforma y todo el puente empezó a temblar.

Entonces grité.

¿Se habían caído las cuerdas metálicas que sujetaban el clip de mi arnés? Giré la cabeza: era Parker, que se había subido al puente antes de que yo terminara.

—¿Es seguro que pasemos las dos a la vez? —pregunté al instructor que tenía delante.

Me ofreció la mano, la cogí y dejé que me ayudara a subir a la plataforma.

—Es perfectamente seguro. Podría haber cien personas al mismo tiempo y estarían perfectamente seguras.

No estaba segura de que cupieran cien personas, pero yo no iba a ser una de las cien locas que se subieran a ese puente para averiguarlo.

—A continuación, tienes que usar ese muro de escalada para llegar a la plataforma de arriba y arrastrarte en modo comando a través de la red hasta la siguiente parada.

Alcé la cabeza para poder ver hacia dónde señalaba. Unos cinco metros por encima de nosotros, la siguiente sección no solo era más alta, sino que tampoco podías ponerte de pie. La gente se arrastraba por una red de cuerdas y se veía obligada a mirar hacia abajo.

—¿Quién ha diseñado esto? ¿Un equipo de sádicos?

—A algunas personas les gusta la presión —dijo Parker, acercándose por detrás—. Como a ti. Siempre te estás presionando para hacerlo mejor.

—La diferencia es que a mí me gusta esforzarme en un escritorio delante de un ordenador. De esa manera no se corre un riesgo mortal. —Me agarré a los pivotes de plástico azul en forma de guijarros del rocódromo e inicié el ascenso.

—Entonces la cena del sábado por la noche te irá como anillo al dedo.

—Nooo… —gemí.

—Solo es una cena. Y será una distracción maravillosa. He visto una foto, y te aseguro que no vas a poder mirar otra cosa ni pensar en nada mientras estés sentada delante de ese tipo. Además, tienes un culo fantástico desde aquí abajo. Tienes que enseñarlo más.

Llegué a lo alto de la pared de escalada y, sin mucha elegancia, me subí a la plataforma. Rodé hasta ponerme a salvo y me quedé tumbada boca arriba, preguntándome si habría una salida de emergencia y si Parker podría perdonarme si la abandonaba.

—Este, para que conste, es un lugar terrible para una cita.

—La noche del sábado es en un restaurante. Con sillas y todo. Y aunque hay una vista preciosa desde las alturas, hay ascensor, no se necesitan arneses.

—Es como si todos mis sueños se hicieran realidad a la vez. Pero no, no voy a tener una cita a ciegas. Lo último que quiero es iniciar una relación con alguien en este momento. Estoy a punto de...



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