E-Book, Spanisch, 160 Seiten
Anthony Golpe magistral
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-129676-6-1
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 160 Seiten
ISBN: 978-84-129676-6-1
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Jessica Anthony es autora de tres libros de ficción, entre los que destaca ¡Que entre el oso hormiguero! (2021), finalista del New England Book Award. Aparte de dedicarse a la escritura y a la docencia, ha trabajado como carnicera en Alaska, masajista sin licencia en Polonia, y secretaria en San Francisco. Galardonada con el Premio Capital Creativo de Literatura, Anthony escribió Golpe magistral mientras vigilaba el puente Mária Valéria en ?túrovo, Eslovaquia. Vive en Portland, Maine.
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2
De ocho semanas, calculó Kathleen Beckett. Estaba de unas ocho semanas y, por lo que sabía de sus dos primeros embarazos, todo iba como debía.
Era un domingo de noviembre. Hacía calor para esa época del año.
Kathleen se quedó en la cama hasta que oyó cómo Virgil hacía salir a los chicos y los metía en el Bluebird, y luego se levantó despacio, esperó a que la oleada de náuseas le calentara el cuerpo y corrió al baño a vomitar.
Llevaban nueve años casados y habían sido novios durante la carrera, pero no fue hasta seis meses atrás, momento en que se mudaron de regreso a Delaware, cuando Virgil comentó que quería empezar a ir a la iglesia. Una noche del abril anterior, su marido había llegado a casa del trabajo como de costumbre, se había dado una larga ducha y, cuando salió, secándose la cabeza con una toalla, le dijo que ya no volvería a perderse la cena en casa. Y que le parecía que deberían empezar a ir a la iglesia.
No había pasado ni una semana cuando dejó su trabajo. A Kathleen apenas le dijo que había llegado la hora de cambiar. Y que quizá tendrían que irse de Pawtucket. Y que cómo se sentía ella al respecto.
Kathleen, por su parte, estaba encantada. No le importaría en lo más mínimo dejar Rhode Island, le aseguró. Llevaban casi diez años viviendo en la casa amarilla de South Bend Street, desde el 48, pero los chicos ya eran mayores. Entendía que Virgil quisiera mudarse y se alegraba por ello, si bien le parecía francamente extraño su repentino deseo de acudir a la iglesia. Hasta entonces, todo cuanto su marido había querido hacer era ir a jugar al golf o quedarse tumbado en casa, escuchando o jazz; a Charlie Parker en particular, aunque también le gustaban otros con nombres que Kathleen nunca conseguía recordar: Sonny Rollins, Thelonious Monk, Dizzy Gillespie, Stan Getz. Kathleen siempre sabía cuándo llegaba Virgil del trabajo: uno de sus discos empezaba a girar un instante después de que hubiese entrado por la puerta.
Su marido era un tipo apuesto y bonachón de Monterrey, California. Una vez vio actuar a Charlie Parker en Monterrey, y tiempo atrás le había hablado sobre su deseo de tocar el saxofón, pero hasta la fecha no se había concretado, de modo que, más que nada, lo que sorprendió a Kathleen fue el carácter definitivo del anuncio con respecto a la iglesia.
Empezaron a asistir el primer domingo tras su llegada a Newark.
Se habían decidido por la Primera Presbiteriana de Wilmington, aunque había que recorrer un largo trayecto en coche para llegar. A Virgil le gustaba porque era enorme: un gran edificio neogótico de piedra con un tejado a dos aguas de pendiente pronunciada, ventanas ojivales con vidrieras de colores y arbotantes de granito que le recordaban a una catedral que había visto en Italia. A Kathleen todo eso le daba igual: era la iglesia a la que había ido de niña. El edificio era precioso, coincidía, aunque en cierto sentido anticuado y severo. Los bancos aún estaban tapizados en terciopelo rojo. El panelado de madera blanca con adornos dorados se alzaba hasta un chabacano púlpito también dorado, desde el que hablaba el pastor Andrew Underhill.
Kathleen no lo conocía. El «pastor Andy», como se presentaba ante las damas, era joven y un tanto rechoncho (gordo, para tratarse de alguien tan joven, pensaba Kathleen) y tenía una voz tan suave que no le pegaba en absoluto. Hacía unos años que había sustituido al pastor Wallis, a quien Kathleen y sus padres conocían y apreciaban. El pastor Andrew Underhill sentía debilidad por los Efesios, y leía tan a menudo de ese libro que Kathleen se preguntaba si no le pasaría algo malo:
—«Y caminad por la senda del amor» —entonaba con voz sosegada cada domingo—, «siguiendo el ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante a Dios».
Cada vez que Kathleen le estrechaba la mano, se fijaba en que llevaba las uñas bien recortadas y limadas. Aunque apenas hacía seis meses que asistían a sus misas, el joven ya había abordado a Kathleen en repetidas ocasiones con la esperanza de que lo invitara a cenar.
«Si hubiera alguien que me hiciera la cena todas las noches —pensaba a menudo— me metería a pastora.»
Esa mañana, al salir del cuarto de baño, Kathleen se puso a recoger y limpiar. No le llevó mucho rato. Su apartamento, el 14B, era más pequeño que la casa de Pawtucket, y provisional. La mayoría de sus pertenencias seguían en cajas en la entrada del complejo, bajo llave en el trastero de Acropolis Place. Al principio, Virgil dijo que alquilarían el apartamento solo por un mes, mientras buscaban una casa cerca de su nuevo trabajo en Wilmington, pero un mes se convirtió rápidamente en tres. Luego en seis. «En noviembre, sin falta», había asegurado, y ahora ya andaba pensando en Navidad. Quizá después.
Kathleen hizo las camas. Formó un ovillo con la ropa que los chicos habían dejado en el suelo de la habitación que ahora compartían y se dirigió a la cocina. Cuando descubrió que Virgil había dejado huevos revueltos en la sartén, sufrió dos arcadas incontrolables y vomitó en el fregadero. Después, apoyó la barbilla en la muñeca para recuperar el aliento y abrió el grifo a tope. Lo limpió todo. Entonces recordó que Virgil guardaba una botella de algo detrás de la lata de manteca, en el armario. Apartó el tarro con su ilustración del soldado revolucionario y ahí estaba.
Kathleen desenroscó el tapón y bebió un sorbo de whisky directamente de la botella, y eso la ayudó. Por sus experiencias con Nicholas y Nathaniel, sabía que un poco de alcohol le sentaba bien, sobre todo los días en que se sentía indispuesta.
Sonó el teléfono.
Kathleen se serenó unos instantes y luego contestó. Cuando se percató de quién estaba al otro lado de la línea, expulsó todo el aire por la nariz.
—Buenos días, señor Beckett. ¿Cómo está? —saludó, y miró el reloj de la cocina. Eran las seis y media de la mañana allá abajo. Para Coke Beckett, eran las seis y media de la mañana en el mundo entero.
—Me gustaría hablar con mi hijo —dijo el padre de Virgil.
Cuando Kathleen conoció a Colson Beckett el día de su boda, quedó claro al instante de quién había heredado el aspecto físico su nuevo marido. La cara de Colson parecía un viejo guante de béisbol. Kathleen era incapaz de distinguir entre arrugas y cicatrices. El pelo, que milagrosamente conservaba, le crecía de punta en una mata nívea, y lucía a conjunto una barba blanca e hirsuta que según Virgil nunca se recortaba, y que nunca crecía. Cuando Virgil la informó de que su padre solo tenía cincuenta y dos años, Kathleen se quedó de piedra. Tenía los dientes del color de la mostaza y la voz áspera de flema. Fumaba sin parar. Aquel verano, cuando Virgil y ella fueron a ver , les dio un ataque de risa al ver que Coke era exactamente igual que el viejo buscador de oro.
El mes de julio anterior, justo después de que se instalaran en el nuevo apartamento, Coke había llamado para decir que no se encontraba bien: era algo en el pecho, según Virgil, y quejarse no era propio de él. Irenie, la hermana menor de Virgil, se había casado por fin con alguna clase de operario de Oregón y a Virgil le preocupaba que Coke estuviera solo, de modo que, a principios de agosto, justo después de toda la mudanza y el traslado de Rhode Island a Delaware, la familia al completo emprendió el viaje hacia la otra punta del país para ir a verlo.
Tras el trayecto en coche durante dos largas y calurosas semanas con los niños en su nuevo Buick Bluebird hasta Big Sur, California, se alojaron en la cabaña con tejado de tablillas y un único dormitorio en las montañas donde ahora vivía Coke.
A su llegada, a Kathleen le pareció que el padre de Virgil, de sesenta y un años para entonces, estaba en plena forma. Solo quería compañía. Durante horas, pese a que el sol brillaba y hacía un día inmejorable, y a que ni Kathleen ni los chicos habían estado nunca en California, Coke los retuvo en el interior de la pequeña y humeante zona de estar de la cabaña, contándoles historias sobre lo ocurrido en la Gran Guerra (por lo menos se aseguraba de reservar las anécdotas más truculentas para cuando los chicos estuvieran dormidos, pensó Kathleen). Cuando no hablaba de la guerra, Coke regañaba a Kathleen por tratar de poner orden o bien hablaba sobre sus experiencias cinematográficas en Hollywood: de cómo una vez en que se estaba tomando una cerveza Pabst en un bar, un director lo había seleccionado, allí mismo, para actuar en una película titulada , que ni Kathleen ni Virgil habían visto.
Según él, interpretó a un vaquero con sombrero tejano y a lomos de un jamelgo. Su papel consistía en mirar ceñudo al protagonista y soltar una única frase que cambiaba cada vez que Coke contaba la escena: «¡Parece que anda metido en un buen lío, señor Jephson!» o «¡Mucho cuidado, señor Jephson!» o «¡Alguien te la ha jugado, Jephson!» o «¡Hay una bala que lleva tu nombre, Jephson!».
Coke Beckett hablaba sobre los muchos peces que había pescado: truchas cabeza de acero «sacadas del río Big Sur», o enormes escórporas y bacalaos búfalo de agua salada «ahí mismo, en la playa». En una lata oxidada de café Danker, en el estante, sobre una improvisada bañera metálica que...




