E-Book, Spanisch, 160 Seiten
Reihe: Gran Angular
Zafrilla Mensaje cifrado
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-675-5265-2
Verlag: Ediciones SM
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 160 Seiten
Reihe: Gran Angular
ISBN: 978-84-675-5265-2
Verlag: Ediciones SM
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Marta Zafrilla Díaz nació en abril de 1982 en Murcia. Se licenció en 2004 en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad de Murcia con Premio Extraordinario Fin de Carrera. Se diplomó en Estudios Avanzados con el trabajo de investigación 'Aproximación al concepto de turismo. Introducción a la promoción turística', tras disfrutar de una beca Erasmus de Tercer Ciclo en Oporto. También ha realizado estudios de Antropología Cultural en la UNED, así como de Diseño Gráfico, Ilustración y Marketing. Su primer libro de poemas, Toma sostenida, obtuvo el Premio Autora revelación 2006 de la Región de Murcia. A este siguieron los poemarios El suicidio de los relojes, Premio Creajoven 2005, y Pecios, Premio Molajoven 2006. A continuación logró el Premio Gran Angular de Literatura Juvenil 2007 con la novela Mensaje cifrado, editada por SM, y que fue incluida en la lista de honor de los Premios CCEI 2008. También ganó el Premio Ciudad de Getafe con Guijarros. Ha publicado relatos en revistas nacionales e internacionales, y en la actualidad trabaja como profesora de Educación Secundaria en la localidad murciana de Molina de Segura.
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CAPÍTULO 2
Aquella tarde, cuando me senté en la butaca delante del abuelo, tenía en la mano un papel que, supuse, le iba a hacer feliz. No era el Quijote precisamente –apenas cuatro líneas redactadas–, pero me encontraba muy orgulloso, pues resumía dos horas de investigación y búsqueda en la red.
–Abuelo...
–Dime.
–¿Te suena Olivia de Havilland?
Me miró por encima de sus gafas, con expresión de «¿Y esto a qué vendrá ahora?».
–Fue una actriz, ¿no?
–Y de las mejores. Trabajó con Errol Flynn y le dieron dos veces el Oscar de Hollywood.
–Ya, muy bien.
–¿Y a Camilo José Cela, lo conoces?
–Sí, el que escribe. El del Nobel.
–Eso es. El del Nobel. ¿Y Francis Crick?
Observó disimuladamente el papel que yo tenía entre los dedos y se rascó la coronilla.
–No, mira tú por dónde, ahí me has pillado.
–Otro premio Nobel. De Medicina. Formuló la estructura del ADN.
–El ADN.
–Sí, bueno, da igual: una cosa de ciencias. ¿Y a Juanito Valderrama lo conoces?
El abuelo se quitó las gafas con una tremenda parsimonia, se atusó el bigote con el dedo corazón y me interrogó con las cejas y con las pupilas. Tenía una paciencia extraordinaria.
–Santiago, hijo, ¿se puede saber qué te pasa a ti hoy?
–A mí no me pasa nada, abuelo.
–Pues nadie lo diría.
Me quedé un par de segundos callado y, después, volví al ataque.
–Entonces no te suena.
–¿No me suena quién?
–Juanito Valderrama.
Se frotó la mejilla con el dorso de la mano y suspiró.
–Sí, sí me suena, ya lo creo. Cómo no va a sonarme. Me suenan él y Dolores Abril, pero no entiendo esas preguntas tan raras que te traes hoy.
Doblé el folio y me quedé mirándolo.
–¿Sabes lo que todas esas personas tienen en común?
–Que son famosos.
–Bueno, ya; pero aparte de ser famosos.
–No sé. Dime.
–Que todos nacieron en 1916. Como tú .
El abuelo sonrió y volvió a ponerse las gafas.
–¿Y adónde nos lleva eso?
–Pues nos lleva a que una vez me dijiste que 1916, desde el punto de vista humano, había sido de mala cosecha. Yo te acabo de demostrar que exagerabas.
Al abuelo se le pusieron los ojos de almíbar.
–Anda, ven.
Como soy un chico muy perspicaz, supe exactamente lo que iba a ocurrir: el abuelo me besaría y me revolvería el pelo. Era inevitable. Pero, en ?n, la verdad es que estábamos solos y no me importó.
–Tráete la oca, que te voy a dar una paliza.
–Sí, claro. Porque tú lo digas. Hoy te gano yo.
–Eso habrá que verlo.
La oca.
Me parece que debería dedicarle unas líneas a explicar lo importante que era este juego para nosotros.
¿Cuántas partidas llegaríamos a echar con aquel tablero? Pues la verdad es que no lo sé. Muchas. Muchísimas. Cada vez que el abuelo estaba de buenas, o de malas, o preocupado por algo, o hastiado de la televisión, o deprimido, o sencillamente porque sí, me pedía que fuese a su habitación, sacase la caja del armario, volviera al salón con su contenido y nos pusiéramos a jugar. Podíamos pasarnos toda la tarde agitando los cubiletes y haciendo avanzar y retroceder las ?chas –en una ocasión estuvimos cinco horas ininterrumpidas, aunque cueste creerlo–; y ni uno ni otro dábamos signos de aburrimiento o de fatiga. Era nuestro hobby, nuestro relax, nuestro punto de conexión. Todos aquellos que piensan –pues los hay– que entre un hombre de ochenta y tantos y un chico de quince no hay demasiadas posibilidades de relación, tendrían que habernos visto a ambos, delante del tablero, disfrutando, riéndonos, contándonos cosas entre tirada y tirada. Es una lástima que aquellos días no puedan volver.
Ah, un detalle más.
Recuerdo que, cuando cumplí los doce años, mantuve una conversación bastante peculiar con el abuelo, y quisiera reproducirla aquí, para que todos conozcáis mejor nuestros diálogos y para que vayáis colocando en su sitio las piezas del puzle. En aquel momento, algunas de sus re?exiones me parecieron extrañísimas –ya os digo: yo tenía doce años, y él me habló como si fuera un adulto–, pero ahora sí creo haberlas entendido.
–¿Sabes, abuelo? En el colegio se ha formado un club de ajedrez, y mi profe de Matemáticas me ha dicho que debería apuntarme, que yo tengo buena cabeza. ¿Tú sabes jugar al ajedrez?
El abuelo torció el morro.
–No me gusta demasiado el ajedrez.
–Pero sabes jugar...
–Sí, sé mover las piezas, aunque hace años que no practico.
–Ya, pero sería bonito, abuelo. Si tú me enseñas, y practicamos juntos, podríamos echarnos partidas de vez en cuando, y no estar siempre con la oca. Por variar.
Ahora, sabiendo lo que sé del pasado del abuelo, estoy seguro de que con aquellas palabras lo ofendí o lo decepcioné, pero ni el tono de su voz ni los gestos de su cara evidenciaron malestar alguno.
–¿Y para qué queremos variar? La oca es el juego más hermoso y más completo que se ha inventado. Es como un camino, y los participantes van recorriéndolo en dirección a la meta. Te encuentras ayudas, obstáculos, golpes de buena y mala suerte. Un poco de todo, como en la vida. Y además, nadie pierde.
–¿Cómo que nadie pierde? Yo he perdido muchas veces contigo.
–Ah, no, no, Santiago. Te equivocas. En esas partidas yo he llegado antes a la meta, pero eso no signi?ca que tú hayas perdido.
Me eché hacia atrás en el asiento.
–Vaya que no.
El abuelo se atusó el bigote y se me quedó mirando con mucha ternura.
–La oca es como la vida, Santiago, te lo acabo de decir. Quienes llegan al ?nal no perjudican al resto de los participantes. Cuando yo me muera, tú seguirás vivo. ¿He ganado yo, entonces? ¿Has perdido tú ?
–No, pero...
–En el ajedrez, en cambio, sí. Fíjate un poco y lo comprobarás. Yo gano porque tú pierdes. No hay más salida. Acoso a tu rey, pongo en apuros a tu reina, mato a tus peones. Necesito aniquilarte para llegar al ?nal. No puedo sentir lástima. Tengo que ser implacable y mi estrategia se desarrolla contra ti. Es cruel, Santiago. Es como una depredación.
Se encogió de hombros y yo permanecí en silencio.
–La oca, por el contrario, es más civilizada y más respetuosa. Charlamos por el camino, como buenos camaradas; nos acercamos; nos separamos, y al ?nal llegamos a la meta. Unos antes y otros despús. El orden lo dicta el azar.
–O sea, que el dado es Dios.
El abuelo entornó los ojos y dibujó una sonrisa amarga. De repente parecía muy feliz o muy triste.
–Te has hecho un hombre, Santiago –murmuró–. Sí, el dado es Dios. Y nosotros somos caminos que vamos hacia la muerte.
Yo, súbitamente reconocida mi condición de adulto, quise ejercerla.
–Pero hay una cosa que no cuadra: la vida es una línea recta, y la oca se mueve en espiral.
–¿Lo ves? –sonrió–. Hasta en eso, el juego es formidable. Como vas girando, y girando, y girando, la sensación que tienes es de que dura mucho. Alarga la vida.
Durante unos minutos, seguimos jugando en silencio. El abuelo, concentrado, agitaba su cubilete, como si la metáfora del dado le hubiera llegado muy hondo y la estuviese poniendo a prueba. Yo aproveché para mirarlo y para preguntarme por qué tenía aquella ?jación con la oca. Bien, de acuerdo: era un pasatiempo divertido; y además era barato y se podía practicar en casa, y, para colmo, era una metáfora estupenda de la vida; pero empeñarse en jugar a todas horas, una y otra vez, sin descanso, sin aburrimiento, sin variantes, me parecía que rozaba las fronteras de la obsesión. Yo no podía saber entonces –ahora sí lo sé– que el abuelo estaba intentando decirme algo importante, que estaba intentando meterme ese juego en la cabeza y convertirlo en mi obsesión.
Hace una semana descubrí por qué.
–Hablando de «alargar la vida»... ¿Cuántos años tiene este tablero?
No vaciló ni un segundo.
–Lo compré el 16 de marzo de 1938. En Sacedilla.
Lancé una exclamación de asombro, no tanto por la fecha, aunque también, como por la precisión del abuelo.
–Anda que sí. El 16 de marzo de 1938. Luego ve diciendo que te falla la memoria. ¿Te acuerdas igual de todas las fechas?
–No, de todas no. Pero de esa sí. Es una fecha especial.
–¿Especial? Pues vaya. ¿Especial por qué? ¿Por haber comprado un juego de la oca?
El abuelo levantó los ojos –¿he dicho antes que eran grises?– y los clavó en mí. Los clavó. No hay otra forma de expresarlo.
–No, no fue especial por comprar una oca. Fue especial porque ese día me soltaron de la cárcel.
La cárcel.
Tema tabú. «Santiago –pensé–, cierra la boquita». Pero lo sorprendente es que fue él quien continuó hablando.
–A las doce del mediodía, me dieron un trozo de pan, un trozo de...




