E-Book, Spanisch, Band 479, 448 Seiten
Reihe: El Acantilado
Wiesenthal Las reinas del mar
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19958-36-5
Verlag: Acantilado
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Memorias de una vida aventurera
E-Book, Spanisch, Band 479, 448 Seiten
Reihe: El Acantilado
ISBN: 978-84-19958-36-5
Verlag: Acantilado
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943), además de escritor, ha sido profesor de Historia de la Cultura y conferenciante invitado en varias universidades. Entre sus obras destacan los ensayos «La belle époque del Orient Express» (1979) e «Imagen de España» (1984) y la novela «El testamento de Nobel» (1985). Su pensamiento y su estilo literario son herederos del gran legado cultural europeo, tradición en la que se inscribe su «Trilogía europea» («Libro de Réquiems», 2004; «El esnobismo de las golondrinas», 2007; y «Luz de vísperas», 2008). En esta editorial han aparecido «Siguiendo mi camino» (2013), «Rainer Maria Rilke» (2015), «La hispanibundia» (2018), «Orient-Express» (2020), «El derecho a disentir» (2021) y «Las reinas del mar» (2024).
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1
HUYENDO DE ÍTACA
Hay dos razones importantes para que uno no quiera levantarse: estar deprimido o haber pasado una noche inolvidable. Aquella mañana no me sentía en absoluto deprimido, pero de buen grado me hubiese quedado en la cama, dejándome acariciar por el sol que entraba por las ventanas del camarote.
Medio en sueños alargué la mano para abrazar a Sarah y, al buscar su cuerpo, sólo encontré los reflejos del mar que dibujaban ondas en las sábanas vacías. Me había despertado al sentir unos tímidos golpes, y pensé que el mayordomo nos traía el desayuno. Pero era Sarah, que había salido del baño con el halo de espumas, aceites y vapores perfumados que parecían acompañarla como el oro a las estrellas.
Sentada frente al tocador, con las piernas cruzadas en una postura insinuante—estudiadamente descuidada—, había terminado de peinarse y de cepillar sus cabellos. Comenzó a pintarse los labios. No puedo olvidar aquel rojo de fuego del Revlon Fire and Ice (un carmín de labios que estaba de moda en los años sesenta), pues va unido al brillo de miel y al perfume que dejó en la primera copa de champagne que compartimos.
Cuando se maquillaba, aplicaba sobre su piel clara el color y las sombras y, con arte de miniaturista, difuminaba las luces. Dejaba secar un poco el brillo en los pómulos, suavizaba los fondos mates y, después de perfilar cuidadosamente el carmín en su boca, movía los labios con un gesto voluptuoso, como si rompiese un beso en el aire.
Fire and Ice es mi recuerdo de aquellos días de mar y de champagne. Una historia que había comenzado como un aria romántica con el frío cristal de una copa y una mancha escarlata de carmín. Y, a la media noche, la pasión de sus labios: un diamante en un brasero encendido.
Nuestro camarote en el olía intensamente a rosas. Era el perfume de Sarah. Me incorporé sobre la almohada, espié sus movimientos, y vi cómo perfilaba cuidadosamente la línea del carmín. Me gustaba ver cómo fruncía los labios—pues sé bien que una mujer coqueta se ama también en su reflejo y en sus fotografías—, y creo que ella nunca pudo sospechar cuántas veces robé en el aire esos besos de su boca, antes de que llegasen a la luna plateada del espejo o a la lente de mi cámara.
Había en la atmósfera algo más intenso—embrujador y misterioso—que me recordaba el olor de un bungalow en Darjeeling, en los días de nuestra luna de miel. Lo llamábamos siempre bungalow porque nos parecía así más recoleto y romántico, aunque por sus dimensiones era un viejo palacete de época colonial. Cerré los ojos y me vinieron al ensueño del despertar las imágenes del pasado: la lluvia del monzón que inundaba los patios, y el calor agobiante que entraba por las ventanas y estremecía las cortinas, mientras el viento agitaba las banderas de la plegaria. Las pinturas de los dioses hindúes que decoraban mi despacho parecían llorar con la humedad de los muros antiguos. Los pájaros de Sarah cantaban en las jaulas de las largas galerías. Y las maderas y bastidores de las ventanas, con sus arcos lobulados, sus arabescos y celosías con tallas arcaicas, despedían un olor de incienso y cuento oriental.
Abrí de nuevo los ojos para volver a la realidad. No estábamos en nuestra casa de Darjeeling. Hacía ya más de dos años que aquel bungalow mágico—verdadero palacio encantado y lleno de recuerdos—no nos pertenecía. Las plantaciones de té habían sido expropiadas por el gobierno indio, y las viejas propiedades coloniales de la familia de Sarah se habían convertido en residencias gubernamentales y oficiales de aquel país libre e independiente.
En la mesita de noche cogí el libro que estaba leyendo. Era un viejo manuscrito encuadernado en piel. (‘Diario de bitácora del comodoro Edward C. Melbourne’), se leía en la cubierta con letras doradas que imitaban un poco la barroca tipografía india. Este tesoro contenía los diarios de navegación y de viaje de un tío de Sarah que había sido capitán mercante desde 1910, en los años heroicos de la Marina. Y su descubrimiento—lo hallé por azar en un desván de nuestra casa de Darjeeling—me inspiró este libro que ahora escribo. En sus páginas encontré las historias de los barcos más famosos, especialmente del , del , del , del , y de tantos otros donde él había navegado y cuya historia conocía de primera mano. Porque el Comodoro, como lo llamábamos en familia, tuvo la rara suerte de estar presente en la tragedia y en el salvamento de los náufragos del , y había vivido mil aventuras en la mar.
—Nunca he sabido—me preguntó Sarah—qué diferencia hay en la Marina mercante entre capitán, comandante y comodoro.
Era uno de los muchos detalles náuticos que explicaba perfectamente Edward C. Melbourne en su diario de bitácora:
Las responsabilidades de un barco se dividen en tres departamentos: puente, máquinas y sobrecargo. «Capitán» es el término jurídico que designa nuestro empleo en la Marina, cuando obtenemos el título que nos capacita para gobernar y mandar un barco. «Comandante» se dice del capitán que toma el mando de un navío o de un grupo de navíos, y por eso los dos términos pueden considerarse sinónimos. Y el título honorífico de «comodoro» suele atribuirse al capitán con más años de servicio o que está al mando del barco insignia de una compañía.
Mientras hojeaba el manuscrito, pensando en el libro que quería escribir sobre las «reinas del mar», se oyó en el altavoz el parte del comandante: navegábamos a la altura de Ponta Delgada con el mar en calma y una temperatura de diecinueve grados centígrados. Era la brisa suave del Atlántico la que agitaba las cortinas por barlovento. El aroma de sándalo y maderas orientales no venía de tierra, sino del perfume de Sarah. Yo mismo le había pedido al perfumista que añadiera un sutil toque de incienso a las rosas. Es una nota dulce de fondo que aporta ensueño a los perfumes florales de Oriente, como la maravilla que creó Laroche en J’ai Osé uniendo el jazmín, los aceites cítricos y las maderas. Fue mi homenaje a la pasión de fuego y brasas que nos había unido, y era también un recuerdo de nuestra luna de miel en las montañas de Bengala, en un nido de águilas frente al Himalaya donde sus antepasados tuvieron su residencia y sus plantaciones.
Nunca quise llegar a Ítaca, porque me he pasado la vida huyendo de ella. Escapar fue el estímulo y el horizonte de mi existencia: salvarme de la tribu, de los caciques y costumbres locales, y de todo eso que llaman «dulce hogar». Lo mejor de la vida es el camino y, si queremos que el viaje sea maravilloso, debemos navegar mar adentro y no andar con prisa.
Quizá debo comenzar explicando que mi vida de escritor ha sido bastante aventurera, más divertida y laboriosa que segura, y mucho más arriesgada y tormentosa que rentable. Tampoco es raro, si pensamos que el oficio de escribir es quehacer de horizonte y quesoñar de cielo, como lo son las navegaciones. En principio pensé escribir este libro como un «diario de a bordo», y deseché la idea cuando comprendí que, a mis años, ya los días se me hacen apretados y cortos para un diario. Sé que no volveré a Ítaca, y que venceré en mi empeño por huir de ella. Moriré feliz al no dejar herencias ni rencores en mi epopeya y, sin embargo, siento el resquemor de que no me queden ya alientos para acabar estas páginas noveladas de mis memorias. Sé bien que escribo un libro que parece de memorias y podría ser también de presentimientos. Hay muchos nombres cambiados, muchos escenarios y, al final, el recuerdo de un muelle largo con un barco que está muy lejos.
Cuando evoco los mejores días de mi juventud me veo a bordo de un barco. Me vienen a la memoria los instantes mágicos de la arribada a los puertos. Siempre asomado a la borda, en la bruma ligera del amanecer, sintiendo en la frente el helado rocío de la mañana y con los labios cubiertos de sal. Guardo junto a mi mesita de noche las novelas de Emilio Salgari, de Robert Stevenson, de Julio Verne y de Jack London que leía en mi juventud, y que todavía acompañan mis sueños: voces de hombres y mujeres que narran historias. Conservo las memorias y relatos de aventuras que escribí en mis viajes por África y recuerdo bien los amaneceres en las misiones de Costa de Marfil cuando iba a buscar a los niños bajo la lluvia para vacunarles o para enseñarles a leer y a escribir. Puedo rememorar con detalle mis vuelos sobre el Zambeze y novelé con fantasía romántica en mis años jóvenes las batallas que libramos con mi compañero Theo Odendaal combatiendo al miserable Sultán de los Esclavos, cuando destruimos su maldito mercado negrero y liberamos a sus víctimas y prisioneros. Perdí la cuenta de cuántas páginas escribí con los diarios de mis travesías por todos los mares, pero me emociono al evocar las noches de copal y luna en las pirámides mayas, los ojos de leopardo de Soraya—la mujer más bella y feroz de la selva—, y los campamentos a orillas de un río en Tanzania donde al llegar la noche oía el lamento de los animales que luchaban y se devoraban entre ellos, acechándose en los lamederos de sal; sueños y ensueños de literatura y vida que se funden ya con mis libros y mis lecturas de infancia; días de lluvia en islas lejanas donde mis barcos cargaban especias orientales, y hermosas naves...




