E-Book, Spanisch, Band 424, 188 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Villar El último barco
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17624-81-1
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 424, 188 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-17624-81-1
Verlag: Siruela
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Domingo Villar (Vigo, 1971-2022) inauguró con Ojos de agua la exitosa serie protagonizada por el inspector Leo Caldas. El segundo título, La playa de los ahogados, supuso su consagración en el panorama internacional de la novela negra, obteniendo excelentes críticas y ventas. En 2019 se publica El último barco, el esperado regreso del inspector Caldas. La serie ha sido traducida a más de 15 idiomas y ha cosechado un gran número de premios, entre los que caben destacar el Novelpol en dos ocasiones, el Antón Losada Diéguez, el Premio Sintagma, el Premio Brigada 21, el Frei Martín Sarmiento, Libro del Año de la Federación de Libreros de Galicia. También ha sido finalista de los Crime Thriller Awards y Dagger International en el Reino Unido, del premio Le Point du Polar Européen en Francia y del premio Martin Beck de la Academia Sueca de Novela Negra.
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Nota. 1. Texto breve con el que se avisa de algo. 2. Apunte sobre alguna cosa o materia para extenderse después o acordarse de ella. 3. Papel que detalla los productos consumidos, su cantidad e importe. 4. Calificación en un examen o evaluación. 5. Sonido de la escala musical y signo que lo representa. 6. Fama, concepto o crédito de alguien.
El doctor Víctor Andrade era un hombre alto, enjuto y casi completamente calvo. Tenía los ojos grises, la nariz prominente y la palidez en la piel de quien acostumbra a pasar demasiado tiempo alejado de la luz del sol. Vestía un traje azul marino sobre una camisa de un azul más claro. Por la abertura de la chaqueta asomaban una corbata verde y sus iniciales bordadas en la tela de la camisa.
Cuando conoció al cirujano, Leo Caldas pensó que era algo mayor para tener una hija adolescente. Cerca de sesenta años, calculó.
El comisario Soto invitó al doctor a acompañarle hasta su despacho y Caldas los siguió por el pasillo, con el cuaderno de tapas negras bajo el brazo, viendo brillar con cada paso las hebillas de los zapatos del médico.
Tomaron asiento alrededor de la mesa redonda y el doctor Andrade tamborileó en la madera sin encubrir una inquietud que el inspector ya había percibido en la humedad de su palma al estrecharle la mano. Tenía los dedos largos, rematados en unas uñas anchas muy cuidadas. No llevaba alianza. El reloj que lucía en su muñeca izquierda hacía que el del comisario, a su lado, pareciese de juguete.
—Se llama Mónica —dijo el doctor Andrade cuando el comisario le preguntó el nombre de su hija.
Leo Caldas abrió el cuaderno por la primera hoja en blanco, trazó una línea horizontal y sobre esta escribió con letras grandes: «Mónica Andrade». Mientras, el comisario había comenzado a formular las preguntas rutinarias.
—¿Cuándo la echaron en falta, doctor?
—El domingo habíamos quedado a comer, pero no se presentó. Tenía el móvil desconectado y, después de esperar casi una hora en el restaurante, me marché a casa. Estaba bastante enfadado porque, aunque no era la primera vez que mi hija me daba un plantón, me había asegurado unos días antes que no faltaría. Ayer por la mañana la telefoneé para pedirle explicaciones pero seguía sin responder. No me preocupé hasta que por la tarde llamé a su clase y me dijeron que no había pasado por la escuela desde el viernes ni había llamado como otras veces, cuando por algún motivo no podía ir a trabajar.
—¿A trabajar? —repitió Soto, sorprendido—. ¿En qué trabaja su hija, doctor?
—Es profesora de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios. Siempre tuvo predilección por las cosas que no sirven para nada.
Leo Caldas y el comisario Soto se buscaron con la mirada. Fue el comisario quien expresó en voz alta lo que ambos se preguntaban:
—¿Cuántos años tiene?
—En diciembre cumplirá treinta y cuatro.
Los policías se miraron de nuevo.
—Ya no vive con usted, claro.
—No —contestó el médico. Se restregaba las manos como si frotara una pastilla de jabón—. Mónica se independizó cuando se marchó a Santiago, a la universidad. Luego solo ha vivido en casa alguna temporada.
—Pero ahora vive aquí, en Vigo, ¿no es así?
—Trabaja en Vigo —matizó el doctor—, pero desde hace unos meses vive en Tirán.
—¿Dónde? —intervino por primera vez Leo Caldas.
—En Tirán —repitió el doctor Andrade, y movió la mano como si saltase un obstáculo—. Al otro lado de la ría.
—Supongo que ha estado allí.
—Claro —confirmó el médico—. Ayer por la tarde, después de saber que no había ido a trabajar, me acerqué para ver si le había sucedido algo o si se encontraba mal. No estaba en casa. Esta mañana he vuelto a ir —dijo, con un gesto que daba a entender que el resultado había sido idéntico al del día anterior.
—¿Estaba el coche de su hija aparcado en la casa?
—Mónica no tiene coche —les explicó Andrade—. Cuando se mudó a Tirán lo vendió y se compró una bicicleta. Dice que allí no lo necesita.
Tirán era una de las pequeñas parroquias marineras de la península del Morrazo, al otro lado de la ría. En línea recta, poco más de dos millas de agua la separaban del puerto de Vigo. Desde allí había dos modos habituales de llegar a la ciudad: por carretera, atravesando la ría por el puente levantado en el estrecho de Rande; o por mar, en los barcos de línea que conectaban cada media hora el puerto de Vigo con los muelles de Cangas y Moaña.
—Viene a Vigo en barco, supongo.
—Sí —corroboró Andrade—. Siempre coge el barco en Moaña.
Caldas lo remarcó en su cuaderno y volvió a preguntar:
—¿Vio la bicicleta?
—No me fijé, la verdad.
—¿Su hija vive sola? —quiso saber Soto.
—Sí, sola.
—¿Tiene hijos?
—No.
—¿Pareja?
—Creo que no.
—¿No está seguro? —intervino Leo Caldas.
—No, no estoy seguro —confesó el doctor Andrade—. Mónica es una chica reservada. Pero no vive con un hombre, si es a lo que se refieren.
—¿Le conoce relaciones anteriores? —continuó el inspector.
Andrade miró hacia arriba haciendo memoria y dio un resoplido prolongado.
—Que yo sepa, hace cuatro o cinco años que Mónica no tiene una relación.
Demasiado tiempo como para tener algo que ver con su marcha, pensó Leo Caldas mientras lo escribía, y los ojos grises del doctor siguieron cada uno de sus trazos desde el otro lado de la mesa.
—¿Preguntó en Tirán si habían visto a su hija? —terció el comisario.
Víctor Andrade asintió otra vez:
—Su vecina no la ve desde hace días.
—¿Y sus amigos?
—El mismo domingo por la tarde llamé a Eva Búa. Es su amiga más íntima. Casi su única amiga de verdad.
Caldas escribió el nombre.
—¿Habían estado juntas?
—No. Eva estaba en el coche cuando la llamé, regresaba con su marido y sus niños de pasar el fin de semana en Madrid. Cuando le expliqué que no sabía nada de Mónica se extrañó. Ella le había contado que iba a comer conmigo.
—¿Cuándo se lo contó?
—No lo sé —dijo Andrade—. No se ven tanto como antes, pero siguen llamándose todas las semanas.
—¿Ha vuelto a hablar con ella —preguntó Caldas, y volvió a leer el nombre de la mujer en el papel—, con Eva Búa?
—Ayer me telefoneó para ver si tenía noticias de Mónica. Aunque tratara de tranquilizarme, sé que está tan preocupada como yo.
Caldas se llevó el bolígrafo a la boca y lo sostuvo un instante entre los dientes. Habría agradecido encender un cigarrillo.
—¿Tiene más hijos?
—No.
Según le había contado el comisario, el doctor estaba casado con una de las hijas de Sixto Feijóo, un empresario ya fallecido tan célebre por haber repelido un intento de secuestro fingiendo un ataque cardiaco como por las aportaciones altruistas con que había regado numerosas causas benéficas.
—¿Está usted casado? —preguntó, de todas formas.
Andrade asintió.
—¿Y qué dice su mujer?
—¿Qué dice?
—¿También está preocupada?
El doctor abrió las manos. ¿Cómo no iba a estarlo?
Mientras Caldas anotaba el nombre de la madre de la desaparecida en el cuaderno, los pensamientos que bullían en la cabeza del médico le obligaron a cambiar de postura en la silla. Su intranquilidad no pasó inadvertida para ninguno de los dos policías, pero fue Caldas quien preguntó:
—¿Sigue enfadado con su hija?
Andrade clavó en él sus ojos grises.
—¿Enfadado?
—Por el plantón y eso...
El doctor Andrade suspiró antes de responder.
—No —susurró—. Ahora estoy asustado.
—¿Tiene algún motivo para temer que pueda haberle sucedido algo? —insistió Leo Caldas, y sintió la mirada del comisario reprendiéndole. Soto aún no veía en Andrade al hombre que buscaba a su hija, seguía sentado ante el cirujano que había intervenido a su mujer.
—No lo sé —dijo con otro hilo de voz, y a Caldas le pareció que el médico menguaba al otro lado de la mesa—. Me parece tan raro que desaparezca así, sin decir nada...
—¿Ha llamado a los hospitales? —medió el comisario Soto.
—Hablé con todos los servicios de urgencias antes de llamarle a usted —respondió Andrade—. Mónica no ha ingresado en ninguno.
Caldas intervino para preguntar:
—¿Sabe cuál es el banco en el que tiene el dinero su hija?
—Sí —dijo Andrade—, es mi banco también.
El inspector le sugirió que se pusiese en contacto con ellos para tratar de averiguar los últimos movimientos en la cuenta de Mónica.
—Esa es información confidencial y nosotros necesitaríamos autorización de un juez para requerirla —explicó, mirando al comisario—, pero tal vez alguien pueda facilitársela directamente a usted sin necesidad de tanto trámite.
Antes de que Caldas hubiese terminado la frase, Andrade estaba marcando el número privado del director de la sucursal bancaria en su teléfono móvil. No necesitó insistir para obtener la respuesta.
—El miércoles por la mañana sacó dinero en un cajero en Moaña —dijo, repitiendo lo...




