Introducción AL AUTOR, SU ÉPOCA Y LA OBRA
Con la publicación de este volumen, en el cual se incluye una de las obras más famosas e importantes de Julio Verne, coincide prácticamente la celebración en todo el mundo del 190 aniversario del nacimiento de este singular escritor que logró captar como nadie la atención de jóvenes y de adultos, de científicos y de literatos, de investigadores y de idealistas aventureros.
Cuando se conmemoró en 1928 el centenario de su nacimiento, el diario Politiken de Copenhague convocó un concurso entre los jóvenes daneses con el fin de elegir a un muchacho que realizara un viaje semejante al descrito en La vuelta al mundo en ochenta días. Resultó ganador un chico de quince años llamado Paul Huld, el cual llevó a cabo la misma hazaña de Phileas Fogg, el protagonista de la célebre novela, en sólo 43 días, para acabar visitando la tumba de Julio Verne en la población francesa de Amiens.
En esta ocasión, a los 193 años de la venida al mundo del genial autor, no se han promovido hazañas parecidas a las que se narraron en sus fantásticas novelas ni ningún periódico ha lanzado, por ejemplo, la idea de que un muchacho de quince años llevara a cabo un vuelo espacial a la Luna, conforme al itinerario trazado en otra de sus famosísimas obras. Sin embargo, el recuerdo de Julio Verne se ha suscitado actualmente de una forma más profunda y entrañable, como quien celebra en familia el aniversario de un padre ya anciano cuya obra en la vida se valora y se aprecia verdaderamente. Porque, en efecto, precisamente con el paso del tiempo ha ido comprobándose que la poderosa imaginación de Julio Verne podía hacerse una maravillosa realidad y que su talento literario era muy superior a la exigua categoría a la que en su época querían relegarlo.
Los científicos de la segunda mitad del siglo xix afirmaban convencidos que todo lo descrito por el autor de De la Tierra a la Luna y de tantas novelas de idéntica fantasía era una ficción desorbitada, absurda e imposible de realizar. Al mismo tiempo, los críticos literarios se empeñaban en negarle las cualidades más elementales, asegurando que era un escritor de poquísima monta.
La ciencia más moderna, no obstante, se ha encargado de corroborar la perfecta posibilidad de aquella «ficción absurda y desorbitada» y la crítica literaria le ha otorgado finalmente el justo lugar que le correspondía, reconociendo sus méritos y descubriendo en sus obras las cualidades sobresalientes de experto narrador y de potente urdidor de historias. ¿Quién no pensaba con asombro en Julio Verne, viendo hace unos años por la televisión cómo el Apolo XI llegaba realmente a la Luna? ¿Quién puede negar el hecho de que su obra ha ido extendiéndose cada vez más entre el público lector, como prueba fehaciente de su gran viveza y amenidad? A este último respecto, afirmaba muy recientemente el prestigioso ensayista científico Miguel Masriera: «Hay algo en la obra de Verne que, incluso antes de emprender su análisis, se nos impone irrefutablemente y es que en estos últimos tiempos —en que las famas son tan fugaces, la actualidad tan devoradora de hombres y muchas glorias son flor de un día— nos hallamos con el hecho de que la labor de Verne ha encontrado el favor del público, sin desfallecimientos y más bien yendo en aumento, desde antes de su muerte hasta ahora, es decir, en el lapso de tres generaciones.» Ciertamente no fue un Balzac ni un Stendhal, como observa también Miguel Masriera, pero sí que ha sido un hombre con la singularísima cualidad de poder complacer, quizá por su manera clara y directa de escribir, a las generaciones más diversas.
El escritor que quiso nacer en el futuro
Julio Verne nació en Nantes, Francia, el 8 de febrero de 1828, en el seno de una familia burguesa que se disponía a ofrecer a sus hijos una vida agradable y un porvenir asegurado, si aceptaban las directrices generales que se les establecerían. Su padre, un abogado de gran reputación, esperaba que el muchacho cursara los estudios de leyes y que siguiera la misma profesión que tantos beneficios le había reportado a él mismo.
Sin embargo, aquel niño distraído y revoltoso no daba muestras de ser un buen estudiante. Pasaba muchas horas contemplando los barcos que llegaban por el Loire hasta el puerto de Nantes, procedentes de las Antillas y cargados de olorosos toneles de ron de la Martinica, de caña de Jamaica, de café, de monos exóticos y de loros multicolores. Llenaba los cuadernos escolares de mapas y de máquinas extrañas, de aparatos voladores y de paisajes submarinos. Le encantaba oír las historias que le contaba un tío abuelo, que tenía la costumbre de erigirse como protagonista real de unas aventuras fantásticas en Europa y en América. La imaginación del pequeño Julio corría así mucho más de prisa que la breve línea que llevaba simplemente a un despacho de abogado como meta final.
Esta ferviente inquietud por el mar, por los viajes y por las aventuras se manifestó de pronto durante el verano de 1839 de una manera aguda y sorprendente: aquel chico de once años se escapó del cómodo hogar paterno, para embarcarse rumbo a las Antillas en una nave correo que partía del puerto de Nantes. Avisado a tiempo su padre, Pierre Verne logró atrapar al muchacho en Paimboeuf, el último punto donde hacía escala el correo antillano. De regreso a casa, fue castigado sin demasiada severidad e hizo una promesa a su madre que en muchos sentidos sería un presagio: «A partir de hoy no viajaré más que en sueños».
A los veinte años, el joven Verne se trasladó a París, con el fin de comenzar la carrera que tanto complacía a su padre. Cursó, en efecto, los estudios de Derecho y llegó a ocupar un cargo en la Bolsa que le auguraba un buen futuro en el terreno profesional y económico. No obstante, aquella forma de vida le resultaba terriblemente monótona y muy pronto buscó la manera de poder verter en la literatura todas sus ilusiones y toda su desbordante imaginación. Al principio, Julio Verne creyó que el teatro sería el campo propicio para llevar a cabo sus propósitos y, junto con su amigo Michel Carré, llegó a estrenar dos operetas en 1848, así como dos comedias por cuenta propia que le proporcionaron un éxito muy escaso. Al mismo tiempo, empezó a colaborar en la revista Le Musée des Familles, publicando una serie de relatos de viajes fantásticos que eran ya el preludio del género que lo haría verdaderamente famoso.
El triunfo, sin embargo, no llegaría con demasiada facilidad. Escribió una novela dentro del campo de las aventuras y de los viajes prodigiosos por mundos inexplorados que tituló Cinco semanas en globo. Convencido del valor y de las posibilidades de interés y de atracción que tenía su obra, Julio Verne se dedicó a la ardua tarea de encontrar a un editor. Visitó hasta quince. Pero nadie compartía el parecer de que aquella novela llegaría a obtener el favor del público. Consideraban que la empresa era muy arriesgada y rechazaron la oportunidad que les brindaba aquel novel escritor. Pero la tenacidad de Julio Verne era muy semejante a la de sus esforzados protagonistas, empeñados en hazañas mucho más peligrosas que encontrar a un editor favorable, y por fin halló al hombre providencial que lo catapultaría a la fama. Se llamaba Hetzel y dirigía una revista titulada Magasin d’éducation et récréation. Leyó el original y, después de exigir a su autor una mejora de estilo, empezó a publicarlo en su Magasin el 24 de diciembre de 1862.
El éxito de Cinco semanas en globo fue tan resonante en toda Francia, que el editor Hetzel propuso a Julio Verne un contrato extraordinario: veinte mil francos por dos novelas al año durante veinte años. La carrera definitiva ya se había iniciado. Bastaba con ponerse a escribir y dar rienda suelta a la fantasía.
En seguida aparecieron nuevos relatos de aventuras, desarrolladas ahora en los impresionantes parajes polares: El desierto de hielo y Las aventuras del capitán Hatteras, y en 1865 se publicaba la segunda producción sensacional de Julio Verne que superaba con mucho todo lo anterior: De la Tierra a la Luna, una obra inmortal dentro de la historia de la literatura juvenil y recreativa.
Mientras tanto, Julio Verne se había casado con Honorine de Viane, de la cual tuvo un hijo: Michel. La formación de esta familia contribuyó poderosamente a que el escritor pudiera trabajar con sosegada y vital regularidad. Su matrimonio fue un éxito y la felicidad hogareña indujo a Verne a entregarse con total dedicación a su fascinante tarea de «viajar en sueños» y de trasladar a sus escritos el alud trepidante de su maravillosa imaginación. Nuevas obras surgieron con éxito inaudito de su pacífica actividad en Crotoy, un pequeño pueblo de pescadores situado en el estuario del Somme donde se había instalado con su esposa y su hijo. Viaje al centro de la Tierra y Los hijos del capitán Grant absorbían con enorme deleite la atención de niños, jóvenes y adultos. Su publicación por entregas, conforme al uso de la época, mantenía en vilo el interés de los numerosos lectores. A este respecto, se cuenta que el hijo de un buen amigo de Verne se agarró con fuerza a las barbas blanquecinas y apacibles del escritor, diciéndole a la vez: «Te soltaré la barba cuando me digas si Mary Grant y su hermano...