E-Book, Spanisch, 172 Seiten
Reihe: Ensayo
Vega ¿Amor o maltrato?
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-16496-52-5
Verlag: Ushuaia Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Reflexiones y claves para entender mejor el entorno del perro
E-Book, Spanisch, 172 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-16496-52-5
Verlag: Ushuaia Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Coqui Vega Nacido en Mendoza (Argentina) en 1962, vive desde hace años en Gerona, y trabaja como educador y terapeuta natural canino. Ha creado la metodología de educación canina basada en la energía, el equilibrio y el instinto, un método de aplicación en conductas no deseadas de los perros. Como terapeuta natural, se ayuda de técnicas como el reiki, el cráneo-sacral, el tapping, la aromaterapia, el toque zen y la conexión con el animal. Es, además, ponente en charlas, cursos y talleres dedicados al mejor entendimiento del hombre con el perro. Además de colaborar con protectoras, en 2010 creó el primer hotel canino sin jaulas en España. Tiene un centro canino de relajación y terapias naturales para ayudar a los perros y a sus responsables, tanto física como emocionalmente, y cuenta con la escuela de formación en educación y terapias naturales caninas.
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Un poco de historia personal
Allá por el 2007, cuando comencé con esta apasionante profesión de educador canino, lo hice con mucha ilusión, dedicación y profesionalismo. Creía absolutamente en la ayuda que se le podía brindar a un responsable que tuviera un problema de conducta con su perro. Por entonces no tenía casi conocimientos sobre perros, por lo que me puse a estudiar y hacer todo tipo de cursos.
Lo que sabía hasta entonces era por haber tenido en mi provincia natal, Mendoza (Argentina), los perros en casa. Claro, hablamos de unos 30 o 40 años atrás, donde el perro ni siquiera estaba considerado parte de la familia; vivía en la calle, se le daba de comer y poca cosa más. Pero él, fiel a la casa donde recibía el alimento, era ya parte de esa manada, así que a cambio del alimento que recibía, cuidaba, dando aviso, de alguna amenaza o de alguien que llegara de visita a casa… y no mucho más. Esa era toda la interacción que había con ellos. En contadas ocasiones se les dejaba entrar en casa y podían vivir en el patio: se les ponía una manta en el suelo y ellos se enroscaban como cruasanes y allí pasaban la noche.
La interacción más grande que se tenía (que recuerdo de cuando niño) era que el perro te acompañaba a todas partes, al almacén para hacerlas compras, hasta el colegio o se quedaban esperando al lado de la pista en un partido de fútbol organizado por los chicos del barrio. Si íbamos en bicicleta a algún lado, ellos corrían a la par nuestra, a modo de compañía, pero solo eso; no se les hacían caricias, no se jugaba con ellos, no dormían con nosotros… Es más, casi siempre los perros dormían afuera al raso. Mendoza es una provincia en la que hace mucho frío en invierno y el perro estaba fuera, y no nos plateábamos el hecho de que si tendría frío o no, ni sufríamos por esto; para entonces esto era lo normal, lo natural y nuestros perros vivían muchos años y morían de viejos.
Recuerdo que en la casa del pueblo donde vivían mis abuelos el perro dormía dentro de casa (siempre en el patio, claro), a las 7 de la mañana se le abría la puerta de calle y él se iba a vagabundear (como quien dice), a recorrer el vecindario, a juntarse con otros perros, en fin, a hacer vida de perro, como se decía normalmente. Sí, me dirán: «Claro, pero el tráfico y los coches no eran los mismos que ahora». Sí, por supuesto que los había, y los perros se desenvolvían perfectamente, eran perros de la calle con experiencias de vida muy distintas a las de los perros de ahora. Además, todas las personas respetaban a los perros y no se metían con ellos: el perro era perro (visión de pueblo).
Los perros no ocasionaban problemas, todos los vecinos conocíamos a todos los perros del pueblo, que por cierto, no tenían nombre. Bueno, alguno lo tenía (no nombres, sino apodos), pero a los perros se los conocía diciendo de quién era; a los de mis abuelos la gente les decía: «Este es el perro de los Vega». Y estaba el perro de los Gómez, el de los Pérez… Este mismo perro que había salido por la mañana de casa volvía sobre el mediodía porque era la hora de comer y hacer la siesta. Era en definitiva nuestro perro a pesar de que no estaba dentro de la casa.
La comida era otra cosa a tener en cuenta. No se conocía el pienso o el alimento balanceado para perros, por lo se le daba todo tipo de sobras de lo que nos quedaba a los humanos, pero no en la mesa a la hora de comer nosotros, sino después de que se levantaban todos de la mesa. Era el momento en que me mandaban mis abuelos a mí (en este caso) darle las sobras al perro. Eso era lo normal y lo que sea acostumbraba y no había perros que estuvieran enfermos, ni gordos, pero eso sí, bien alimentados y bien educados en este aspecto estaban, ya que nunca se los vio al lado de la mesa pidiendo comida, ellos tenían su lugar y los humanos el nuestro y había un gran respeto en ello.
Y los nombres (o más bien apodos) de los canes eran acorde a cuestiones la vida diaria de cada casa o de cosas naturales: el Tornado, el Tigre, el Relámpago, la China (la compañera del gaucho), la Niebla… Hoy en día son nombres de cantantes, futbolistas o actores: el Michel, el Leo, la Britney, la Jennifer…, en fin, una desnaturalización global y total, aunque bueno, en definitiva este aspecto no es tan malo, solo que sirva de comparación de una época a otra. Aunque hay que aclarar que aun con nombres de famosos, a muchos responsables les cuesta que sus perros vayan cuando los llaman.
La diferencia de aquella etapa de mi vida, de mi infancia o adolescencia, es que el perro hacía de perro y la gente de gente. Han pasado muchas cosas en nuestra sociedad actual, en la cual se ha cambiado el rol del perro doméstico. Ayer el perro no tenía problemas de conducta, estaba equilibrado, era tranquilo y educado, se relacionaba con todos los perros del barrio y no había peleas ni altercados, eran perros que no subían al sofá, no ladraban de noche, no mordían muebles ni zapatillas, y no sufrían ansiedad por separación. ¿Y todo esto por qué? Porque el perro hacía vida de perro. El hecho de salir temprano a la mañana le servía para estar con otros perros, hablar en su idioma canino, relacionarse con los mismos de su especie, de sensibilizarse de coches, ruidos, bicicletas… y de relacionarse con gente, lo que le permitía todo ello vivir en armonía con el entorno.
Hoy en día un perro que vive en un séptimo piso en Barcelona y sale una hora al día para hacer sus necesidades ¿podemos pretender que sea equilibrado, sociable y sensibilizado como los perros de antaño, que tenían todas estas vivencias y hacían vida de perro? Complicado, ¿verdad? Pues si tu perro lleva esta vida, por favor, replantéate si debes tener en un futuro otro perro. Ahora, si vives en un piso y le das las actividades diarias que un perro necesita y las actividades psicológicas y sociales para que esté equilibrado, enhorabuena hacia ti de mi parte.
Lo único que se tenía en cuenta en la mayoría de los casos en aquellos años en mi pueblo de Mendoza era que en época de celos de las perras no se dejaran sueltas para no tener camadas no deseadas; recuerdo mucho esos tiempos, que se estaba muy pendiente de esto. Todos los vecinos se preocupaban de preservar esta parte, porque había muchos perros como para que vinieran más. Por supuesto que siempre alguna perra se escapaba y era montada, pero créanme, eran casos muy puntuales.
Yo recuerdo que en el pueblo (como en la mayoría de los pueblos) no existía el veterinario para perros; si un perro tenía un problema de enfermedad que no fuera grave solo se atendía con las medicinas del abuelo, antibióticos y poca cosa más, agua jabón para las heridas y al sol para que se les secaran, luego el perro con la lengua y su saliva harían el resto. Y si era realmente grave, había que ir a la ciudad, que allí sí que había veterinarios, pero eran contados con los dedos de las manos, y contadas con los dedos de una sola mano las ocasiones en que se llevaba al perro al veterinario por algo grave.
En la actualidad hay veterinarios en cada esquina y tiendas de animales las que quieras y más, donde venden ropa, juguetes, accesorios, camas, casas, alhajas, trasportines, alimentos tan variados como razas hay (de pelo corto, de pelo largo, de pastores alemanes, , , , esterilizados, no esterilizados, futuros esterilizados), en fin, una variedad de comidas para perros, que al final, como dicen en mi pueblo: «Lo que mata al indeciso es la variedad». Ofrecen un sinfín de cosas que ni siquiera el responsable del perro ni el propio perro necesitan, pero allí están, solo con el propósito de hacer dinero a costa de elementos innecesarios y superfluos, que el animal por su naturaleza no requiere. Y también para que el responsable del perro pueda alardear diciendo: «Yo a mi perro le doy el pienso [tal marca], exclusiva para pastores alemanes», o: «Yo a mi perro lo llevo al hospital veterinario tal», con el solo fin de que piensen «cuánto ama a su perro», sin pensar ni darse cuenta de que la marca, por mucha marca que sea, o el hospital veterinario, por mucho cartel que tenga, solo están allí para sacarles el dinero, cuando igual, el mismo alimento o la calidad de excelentes profesionales los tiene a la vuelta de la esquina, sin gastar un dinero extra en la compra o en ir más lejos para aparentar.
Los veterinarios ofrecen todo tipo de servicios también, y para ellos las enfermedades de los perros son tan importante que han creado un comercio en torno a ellas que ya roza la falta de ética de muchos de ellos.
Quiero aclarar que no en todos los casos que nombro aquí (veterinarios, tiendas de animales, educadores caninos, etc.) son como los describo; hay gente muy profesional y muy comprometida con el bienestar de todos los animales en estos asuntos. Así que quien se sienta ofendido por mis palabras, seguramente por algo será, pero lamentablemente debo hablar claro para que se entienda lo que quiero expresar. La gente debe saber qué está pasando en el mundo de los animales y en el mundo del perro en especial.
Volviendo a los veterinarios, y doy fe porque me ha tocado vivirlo, ellos hacen un voto y un juramento ético de atender en todos los casos intentando primero salvaguardar la vida y el bienestar de los animales (tal cual lo hace un médico de medicina humana), pero muchos de estos profesionales han interpuesto el dinero o el cobro de honorarios antes que la atención de emergencia. No es normal, no es moral ni profesional. ¿Por qué? Porque la vocación por ser veterinario se ha quedado atrás y hoy es un comercio muy bien montado, porque la...




