E-Book, Spanisch, Band 832, 365 Seiten
Reihe: Colección Popular
Tsirkas Ciudades a la deriva II
1. Auflage 2022
ISBN: 978-607-16-7597-2
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Ariagni. El Cairo
E-Book, Spanisch, Band 832, 365 Seiten
Reihe: Colección Popular
ISBN: 978-607-16-7597-2
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Stratís Tsirkas (El Cairo, 1911-Atenas, 1980), seudónimo de Yanis Jatsiandreas, fue un escritor griego de la generación de la posguerra. Además de novelista, fue también poeta, ensayista, periodista, narrador y traductor de Erasmo, Stendhal, los hermanos Grimm y García Lorca. Dividió su tiempo entre la literatura y las luchas sociales, intereses que se encuentran trenzados a lo largo de toda su obra.
Weitere Infos & Material
I
A CIENTOS de millas detrás del Octavo Ejército, el sargento Mijaíl Saridis y yo “nos apresuramos” para alcanzar —en aquel nefasto domingo del 13 de diciembre de 1942— a la Primera Brigada griega, e incorporarnos a ella antes de que comenzara su ascenso por la orilla occidental del Gran Sirte.1 Rommel estaba en continua retirada.2 Para evitar el encuentro con Montgomery3 hacía todo tipo de maniobras; éstas, marcadas sobre el mapa del cuartel general, recordaban a cada minuto cuánta razón tenían los beduinos cuando hacía unos seis meses lo apodaron “el zorro del desierto”. Pero íbamos demasiado lento. Ni la experiencia como mecánico de Mijalis, ni mi propia resistencia lograban que nuestro medio de transporte avanzara mucho más allá de cien millas por día. Era increíble cuántas cubetas de agua consumía diariamente este baúl de hojalata que por su forma y su color recordaba a un sapo, y, por su paso, a una tortuga. “Si los empresarios de Milán”, decía Mijalis, “le hubieran dado a Mussolini muchas de estas carcachas para remolcar sus antitanques, entonces la medalla de la resistencia pasiva no la llevarían solamente los trabajadores antifascistas de la Fiat”.
A nuestra derecha teníamos el Mediterráneo, luciendo sus mejores galas. Desde anteayer teníamos unos días alciónicos, aun cuando los Aliados, en sus comunicados, informaran sobre las “pésimas condiciones climáticas” en Túnez para justificar el cese del avance. Una o dos veces tomé la cubeta con la intención de bajar por el acantilado hasta el mar para traer agua, pero Mijalis me detenía: “No vale la pena, mi estimado Simonidis, ¡entiéndelo! En media hora el radiador de esta lata estará para la basura”. El Fiat era su botín personal, de El Alamein.4 Él le había cambiado los pistones, parchado las llantas y reparado el agujerado depósito; además le había sacado un permiso oficial para la Brigada, gracias a lo cual ahora yo también me colaba por los puestos aliados y ahogaba mi impaciencia por llegar al frente, por reencontrarme conmigo mismo. La dilación de nuestra gente en Jerusalén me había arruinado la oportunidad de participar en la batalla de El Alamein. Afortunadamente, de contacto en contacto, caí con Mijalis: “¿Al frente, dices?, para allá voy yo también. Por eso ves que la arreglo, a esta desvergonzada carcacha”. La charla se había dado en Marsa Matruh, debajo de las casuarinas de la calle que da hacia los lagos de sal. “Nos viene bien que usas tus charreteras y tu quepis. Los Aliados no son como los nuestros, ellos sí respetan a los oficiales. Eh, bueno, se necesita también un poco de faroleo. Yo voy a hacerla de tu chofer, y ellos creerán que la pequeña limusina salió del garaje expresamente para transportar al señor subteniente hasta el frente.”
Al principio no me dejaba el volante por ningún motivo. “Me la vas a estrellar con tus exabruptos. A ella le gusta que la traten con dulzura, y a ti parece que te hubieran metido aguarrás. Si tienes prisa ve y súbete con alguno de los Aliados que te inclinan la cabeza.” Y en verdad, polacos, ingleses, australianos, franceses libres,5 en limusinas, en camiones y toda clase de vehículos, apenas nos veían agachados sobre el motor del Fiat, se detenían y sugerían llevarme con ellos. Pero Mijalis sabía que yo no podía hacer eso. Se necesitaría un rato para sopesar a cualquiera de ellos. Subirme así, a ciegas, al primer automóvil que se apareciera sería una imprudencia. Finalmente, cuando le entró en la cabeza que si no corríamos incluso durante la noche no alcanzaríamos nunca a la Brigada, se soltó a poner condiciones. Le prometí de todo. Me dejó manejar alrededor de una hora como prueba, y luego echó para atrás la cabeza y así, sentado, se quedó dormido.
Era una noche sin luna, pero iluminaban las estrellas. La arena alrededor brillaba como polvo de gis y el camino se distinguía claramente: una cinta negra e interminable. Apenas percibíamos algún vehículo, le encendíamos las luces bajas de color azul para que no se nos viniera encima, mientras que a nuestras espaldas brillaba ininterrumpidamente una lamparita, como punta de cigarro encendido, señal para aquellos que se acercaran por atrás con prisa. Sin embargo, me atormentaba el frío, y más tarde el sueño. No estoy seguro pero puede que por primera vez me haya dormido con los ojos abiertos, empuñando el volante. Junto al Fiat, un robusto cruzado caminaba con paso lento, arrastrando por el piso su armadura y su coraza. Clavó la mirada en mí y levantó defensivamente la espada con el brazo izquierdo. Yo había visto su armadura colgada sobre la gran chimenea de la torre construida por algún excéntrico francés de Alejandría en el desierto, ubicada a unos sesenta kilómetros antes de llegar a El Alamein. Ahí me habían dado como contacto a otro francés, herido gravemente en Bir-Hakeim,6 quien me llevaría lo más cerca posible de la frontera. Lo encontré sentado en un viejo sillón en la sala de ceremonias, degustando cada minuto de los días o las horas que le quedaban de vida. Levantó sus febriles ojos hacia la armadura y después los posó sobre el escudo de armas con la Cruz de Lorena,7 que adornaba el mármol de la chimenea. “Quién lo diría, camarada. Nosotros también somos cruzados, sólo que en esta ocasión la causa es verdaderamente sagrada.” Le dije que venía de Jerusalén. “Qué camino, qué camino…”, dijo, meditabundo. “Hace algunos años yo era monárquico, un seguidor de Charles Maurras…8 Afortunadamente el No el acontecimiento, sino el cuadro de Picasso en el Pabellón Español.” Asentí celebrando con ese gesto sus palabras, para no interrumpirlo. Me sonrió satisfecho de ver que yo comprendía. “Así es como estamos hechos nosotros los intelectuales. De vez en cuando es necesaria una experiencia intensa para que sintamos la esencia de las cosas… La Victoria Alada de los tuyos, en el Louvre... ¿recuerdas sus alas rotas? Desde aquí, desde este sillón, las escuché cimbrar con su aleteo los cimientos del mundo. Fue a las 9:40 de la noche del 23 de octubre, cuando los ochocientos cañones de El Alamein…” Guardó silencio. “¿Para qué te digo a ti estas cosas? Tengo mucha fiebre. Mejor aprovechemos el instante que se desliza por el cuello de la clepsidra…” Levantó la naranja que sostenía en las manos y aspiró profundamente su aroma, con devoción.
Mientras intentaba recordar su nombre, seguramente las capas más profundas de mi inconsciente se removieron porque salí de la ensoñación. Desde ese momento, apenas volvía a escuchar la armadura arrastrarse por el piso, “¡Manolis, te dormiste de nuevo!”, me gritaba a mí mismo, enojado, y volvía a despertar.
Esto, durante la noche del viernes y del sábado. El domingo amanecimos en algún lugar de la Cirenaica, entre Derna y Apolonia. Avanzábamos sobre un camino ancho y asfaltado, al borde de una accidentada ribera, mientras que a nuestra izquierda se elevaban las colinas, completamente verdes, del Jabal al Akhdar. De repente la cabina se llenó de humo y de un olor a aceite quemado. Menos mal que el que iba conduciendo era Mijalis. Se estacionó a la derecha, cerca de una casita derrumbada debajo de una acacia salvaje. Apagó el motor, bajamos rápidamente y abrimos el cofre.
—Esto me había temido —dijo.
Y a los niños beduinos que se acercaban corriendo:
— —les gritó en árabe.9
Se detuvieron sobre un pequeño promontorio y se quedaron observándonos sin decir palabra.
—¿Sabes qué es lo que harás ahora? Encontrarás un rincón en medio de esas ruinas y prenderás un fuego para que hagamos té. Desde ayer estamos en ayunas. Después puedes echarte una siesta o, si gustas, bajar a nadar al mar. Por mi parte tengo trabajo para cinco, seis horas, pero no te quiero de ayudante. Solamente conseguirás desesperarme.
—¿Cinco o seis horas? —exclamé con desesperanza—. Todo está perdido.
—¿Pero qué dices? Quedé con un amigo de llevarle un remolque porque se quedó con un cañón huerfanito, y se lo voy a llevar, ¡así sea lo último que haga! Con que lleguemos a Bengasi nos basta. Ya estando ahí seguro encontramos repuestos.
No dio pie a más discusiones. Preparé el agua para el té y se lo llevé caliente. Salió de abajo del Fiat, apesadumbrado y cubierto de manchas, y así como tenía los dedos, llenos de aceite, agarró el 10 que le ofrecía y lo sumergió en el té. Lo dejé y comencé a bajar con cuidado hasta la playa. A la mitad del camino me senté sobre una roca y encendí un cigarro. El mar suspiraba suavemente, verde como esmeralda, bajo el sol dorado. Arriba en lo alto, me pareció que cantaban alondras; pero ¿serían de verdad alondras? Más allá los peñascos formaban un anfiteatro. Vi a una pareja de gaviotas sobrevolar, después tomaron impulso rumbo al mar que a lo lejos comenzaba a tornarse índigo.
El mar de invierno suspiraba debajo de mí, haciendo un poco de espuma alrededor de las enormes y deslumbrantes piedras. “¿Por qué, Manos, por qué?” ¿Quién hablaba? ¿Quién me reprochaba así, tan amargamente? ¿Qué estaba yo buscando, qué perseguía en estas playas de mármol de otro mundo hecho pedazos? ¿Me reencontraría conmigo mismo si alcanzaba a la Brigada? ¿Pero estaba yo delante...




