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E-Book

E-Book, Spanisch, 408 Seiten

Reihe: Ensayo

Tree Asilvestrados


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-126878-3-5
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 408 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-126878-3-5
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En 'Asilvestración' Isabella Tree cuenta la historia del 'experimento Knepp', un proyecto pionero de rewilding en West Sussex que utiliza animales de pastoreo en libertad para crear nuevos hábitats para la fauna. Wilding es, sobre todo, una inspiradora historia de esperanza. Obligados a aceptar que la agricultura intensiva en la pesada arcilla de sus tierras en Knepp era económicamente insostenible, Isabella Tree y su marido Charlie Burrell dieron un espectacular salto de fe: decidieron dar un paso atrás y dejar que la naturaleza se hiciera cargo. Gracias a la introducción de ganado vacuno, ponis, cerdos y ciervos en libertad -representantes de los grandes animales que antaño vagaban por Gran Bretaña-, el proyecto de 3.500 acres ha experimentado un extraordinario aumento del número y la diversidad de la fauna en poco más de una década. Especies extremadamente raras, como tórtolas, ruiseñores, halcones peregrinos, pájaros carpinteros menores y mariposas emperador púrpura se reproducen ahora en Knepp, y las poblaciones de otras especies se están disparando. Las tierras agrícolas degradadas de los Burrell se han convertido de nuevo en un ecosistema funcional, lleno de vida, por sí mismo.

Escritora y periodista de viajes británica. Isabella estudió clásicas en la Universidad de Londres. Después se convirtió en escritora de viajes. De 1993 a 1995, Tree fue corresponsal de viajes en el Evening Standard. En 1999 ganó el premio Travelex Travel Writers' Awards por un artículo sobre las Kumaris de Nepal, o 'Diosas vivas' - 'Altas y poderosas'- para el Sunday Times. Desde 2016 escribe para el Sunday Times, Evening Standard, Observer, History Today y Conde Nast Traveller. Su trabajo también ha aparecido en Reader's Digest Today's Best Non-Fiction, Rough Guides Women Travel y The Best American Travel Writing. Publicó su primer libro 'The Bird Man - a Biography of John Gould' cuando tenía 25 años. Se casó con Sir Charles Burrell y vive en el castillo de Knepp, en West Sussex. Su padre era hijo de Ronald Tree y miembro de una familia angloamericana muy bien relacionada con la política y la vida pública a ambos lados del Atlántico a finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. Tienen dos hijos.
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Introducción

«Se han mostrado las flores en la tierra,

el tiempo de la canción es venido, y en nuestra tierra

se ha oído la voz de la tórtola».

Cantar de los Cantares 2, 12

Es un día apacible de junio en la reserva de Knepp Castle, en West Sussex. Ya podemos decir que ha llegado el verano. Llevábamos mucho tiempo esperando este momento e incluso llegamos a temer que no llegara nunca, pero aquí está, por fin: entre la maleza de lo que un día fue una linde de setos vivos, el arrullo inconfundible, reconfortante, sugestivo, suavemente melancólico. Con cuidado, sin hacer ruido, cruzamos una zona cubierta de brotes de robles y alisos, henchido de matas de endrinos, espinos, rosales silvestres y zarzamoras. La emoción del reencuentro lleva consigo un matiz de alivio y de triunfo también, aunque evitamos comentarlo para no tentar a la suerte. Nuestras tórtolas han regresado.

A Charlie, mi marido, ese dulce ronroneo lo transporta a África, a las tierras de la granja de sus padres, donde correteaba de pequeño. De allí vienen las tórtolas, bombeando sus diminutos músculos para recorrer los cinco mil kilómetros que nos separan del África Occidental, desde Mali, Níger y Senegal, sobrevolando los épicos paisajes del desierto del Sáhara, el macizo del Atlas y el golfo de Cádiz; cruzando el Mediterráneo para entrar en la península ibérica, atravesar Francia y salvar el canal de la Mancha. Acostumbran a volar bajo el manto de la noche, a una velocidad de unos sesenta kilómetros por hora, y recorren entre quinientos y setecientos kilómetros por jornada para llegar a Inglaterra, habitualmente entre mayo y principios de junio. Célebres por su carácter esquivo, como el ruiseñor —camarada de migraciones africanas—, solo su canto nos revela dónde están. Igual que el cuco o el propio ruiseñor, que suelen ser los primeros en llegar, emprenden tan largo viaje para reproducirse, para criar a sus pichones lejos de los depredadores y de los competidores africanos y para alimentarlos durante las largas horas de sol del verano europeo.

La mayoría de la gente de mi generación, la generación de los sesenta, criada en zonas rurales, asocia el canto de las tórtolas al periodo estival. Su zureo compañero se nos ha alojado ya para siempre en las profundidades del subconsciente. Pero sé que los más jóvenes no comparten esta nostalgia. En los años sesenta había en Gran Bretaña, aproximadamente, unas 250.000 tórtolas. Hoy quedan menos de cinco mil. Al ritmo del actual declive poblacional, en 2050 habrá menos de cincuenta parejas, lo que las dejaría al borde de la extinción como especie reproductora en Gran Bretaña. Aunque estén entre los «regalos que trajo mi verdadero amor» en el popular villancico que se canta por Navidad, son pocos los que hemos oído alguna vez su arrullo, y muchos menos los que las hemos visto. Ignoramos el significado de su nombre, procedente de la hermosa palabra latina turtur (que no está relacionada con las tortugas, sino, onomatopéyicamente, con su sugerente zureo). El simbolismo de las tórtolas o los «tortolitos», la alegoría de ternura y devoción marital de la pareja; el gurgureo apenado con que entonan su canto al amor ausente; el pájaro que puebla las obras de Chaucer, de Shakespeare, de Spenser; todo ello empieza a perderse en los reinos del fénix y el unicornio.

Su territorio de cría se reduce a un área cada vez más pequeña de la esquina suroriental de Inglatera, y Sussex se convierte así en uno de sus últimos reductos. Sin embargo, se calcula que el número de ejemplares del condado no pasa de doscientos. En parte, la culpa la tienen las dificultades a las que se enfrentan durante la migración: las sequías periódicas; las alteraciones en el uso de la tierra; la desaparición de lugares en que descansar; el incremento de la desertificación y la caza en África, o el reto hercúleo de salir indemnes del pelotón de cazadores apostados en el Mediterráneo. La masacre en Malta acaba con más de cien mil tórtolas cada temporada. En España se cobra ochocientas mil al año.

Pero, por difíciles que sean, estos obstáculos no bastan para explicar el colapso casi absoluto de la población de tórtolas en Gran Bretaña. En Francia, donde los cazadores las abaten cuando termina la temporada de cría y vuelven a África, la población ha caído desde 1989 en un 40 por ciento: una pérdida significativa, pero mucho menor que la británica, donde ya no se cazan. En el conjunto de Europa se ha perdido un tercio de la población en los últimos dieciséis años. Ahora quedan seis millones de parejas, lo que llevó a cambiar su estado en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), de «preocupación menor» a «vulnerable». Se trata del comienzo de un preocupante declive.

Ahora bien, si en Europa su evolución demográfica dibuja un ángulo, en el Reino Unido es más bien una caída en picado. Los aprietos de la tórtola en Gran Bretaña se deben a la transformación radical de nuestros campos, algo que ha sucedido en los últimos cincuenta años. Los cambios en el uso de la tierra, y la agricultura intensiva en particular, han modificado el territorio hasta el punto de que nuestros bisabuelos serían incapaces de reconocerlo. Son cambios a todos los niveles, desde el tamaño de los terrenos, que hoy se extienden por valles y colinas enteros, hasta la casi absoluta desaparición de flores y hierbas autóctonas en los terrenos agrícolas y ganaderos. Los fertilizantes y herbicidas químicos han acabado con especies tan comunes como la fumaria o la pimpinela escarlata, de cuyas diminutas semillas, que constituyen una gran fuente de energía, se alimentan las tórtolas; al mismo tiempo, el desbroce de los eriales y la maleza en las tierras marginales, la roturación de las praderas de flores silvestres y el drenaje y contaminación de los cursos de agua y los estanques naturales han arrasado sus hábitats.

La misma revolución agrícola ha tenido lugar en el continente, pero parece que en Europa aún quedan suficientes tierras agrestes —y lo bastante amplias— como para que la caída poblacional de las tórtolas no resulte tan dramática. Pero las escasas zonas silvestres que se conservan aquí, en las tierras bajas de Inglaterra, sea por azar o intencionadamente, son como oasis en el desierto, desconectadas de los procesos, las interacciones y el dinamismo que impulsan el mundo natural. En los cuarenta años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial perdimos más bosques maduros —decenas de miles de ellos— que en los cuatrocientos años anteriores. Entre el comienzo de la guerra y los años noventa acabamos con 120.000 kilómetros de setos vivos. El 90 por ciento de los humedales que había en Inglaterra antes de la Revolución Industrial ya no existen. Desde 1800 se ha perdido el 80 por ciento de las landas de brezo; un cuarto de esa extensión en los últimos cincuenta años. El 97 por ciento de nuestras praderas de flores silvestres desaparecieron tras la guerra. Es una historia de unificación y simplificación implacables, en la que el territorio ha quedado reducido a manchas inmensas de pasto raigrás, cereales y colza, con algunos pocos bosques dispersos, mal atendidos, y los escasos setos vivos que aún sobreviven y dan refugio a numerosas especies de flores silvestres, insectos y aves cantoras.

Las medidas de conservación, en último lugar de importancia y sin apenas financiación, no han impedido el desarrollo y la intensificación de la agricultura. Resulta irónico que Inglaterra, que presume de una gran tradición de estudio de la vida silvestre y cuenta con el mayor número de afiliados a organizaciones conservacionistas de toda Europa, esté entre las naciones que menor extensión de terreno protege en reservas naturales a nivel nacional. Frente a los 2,75 millones de hectáreas de Francia, Inglaterra dedica únicamente 94.400 (menos del 1 por ciento de su territorio) a la conservación de la naturaleza. Estonia, por ejemplo, gestiona 258.000 hectáreas. Nuestros escasos sitios de especial interés científico (SSSI, por sus siglas en inglés), Áreas Especiales de Conservación (SAC) y Áreas de Protección Especial al amparo de la legislación europea (SPA) se encuentran descuidados, vulnerados y en ocasiones completamente ignorados. Cuántas veces quedan supeditados a otros intereses, supuestamente prioritarios, como la construcción de edificios y carreteras. En los diez parques nacionales de Inglaterra hay zonas reservadas a la actividad ganadera o convertidas en cotos para la caza del lagópodo. Frente al modelo estadounidense, donde los parques nacionales protegen grandes extensiones de naturaleza agreste, sagrada e inalterable, nuestros parques se ven, fundamentalmente, como paisajes «culturales» destinados a la recreación humana.

El impacto de la transformación del medio rural y natural ha golpeado a las aves en general, no solo a las tórtolas. En 1966, según la RSPB, había en el Reino Unido cuarenta millones de pájaros más que hoy.[4] Nuestros cielos se han vaciado. En 1970 teníamos veinte millones de parejas de lo que se conoce como «aves de los cultivos» —codornices, pardillos, avefrías, trigueros, escribanos cerillos, alondras, perdices pardillas, tórtolas o gorriones molineros—, aves cantoras, la mayoría de ellas, que dependen de insectos para alimentar a sus polluelos y de arboledas o setos vivos para anidar. En 1990 habíamos perdido la mitad. Y en 2010 su número había vuelto a dividirse por dos. Para hacernos una idea de la...



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