Torrejón | Brillo de asfalto | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 7, 152 Seiten

Reihe: Ficciones

Torrejón Brillo de asfalto


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17425-58-6
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 7, 152 Seiten

Reihe: Ficciones

ISBN: 978-84-17425-58-6
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Una noche, de regreso a su casa, un hombre atropella a otro y lo mata. Llevado por la curiosidad, el conductor cede al impulso de informarse sobre su víctima: un vagabundo alcohólico cuya muerte no parece tener, en principio, mayores consecuencias o complicación alguna para el homicida. Pero el accidente tiene lugar en un momento delicado de la vida del protagonista, un hombre de éxito que acaba de emprender el camino de su declive personal y económico. Brillo de asfalto es la historia del ascenso y caída de Serafín Orduña, un hombre corriente que se ha hecho a sí mismo, con la dosis de audacia necesaria para jugar sus cartas. En paralelo a las pesquisas que realiza sobre Aurelio, la víctima, se nos irá desvelando la trayectoria de Serafín y sabremos cómo llegó a alcanzar éxito y estatus social junto a su mujer, Carmen, compañera de gesta y copropietaria de Sebarit -la empresa que simboliza sus sueños de expansión y grandeza- junto a la que disfruta de una vida holgada. En su investigación de la vida del vagabundo, Orduña, como Ebeneezer Scrooge en Cuento de Navidad, será testigo de la narración de una existencia en gran medida similar a la suya, en un momento en el que tal vez esté a tiempo de no perderlo todo. Como una especie de broma macabra del destino, Marian Torrejón nos propone, en un juego de espejos, una historia que muchos habrán oído narrar en los últimos tiempos, pero contada de forma original y cruda. Con su estilo ágil y un ritmo trepidante, la autora ha logrado establecer la distancia necesaria con la realidad para convertir en literatura un tema contémporaneo. La dosis justa de simbolismo y un extraordinario manejo de los personajes y las situaciones contribuyen a la construcción de un escenario cotidiano y fácilmente reconocible que ya se ha convertido, sin embargo, en emblema de toda una época, la nuestra.

Marian Torrejón (Sagunto, 1961) es licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Valencia y funcionaria del cuerpo superior de técnicos de la Generalitat Valenciana. Ha publicado el libro de relatos Limones dulces (Ediciones Certeza, 2012), que fue finalista en los premios de la crítica valenciana, y la novela Al pie de una pared sin puerta (Talentura, 2015).
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II


Carmen fue la primera empleada de Sebarit. Había terminado la carrera de Económicas y conocía los productos, si bien —provenía de una familia de charcuteros— en su versión más adocenada. De acuerdo con los planes de Serafín, la persona elegida debía tener capacidad para realizar todas las tareas en la tienda, de principio a fin, desde despachar y asesorar a los clientes hasta cuadrar la caja y presentar las cuentas ante la Hacienda pública, además de tener un grado de refinamiento apto para afrontar con éxito el trato con los compradores de Sebarit. Tal como el propio Serafín decía, sus clientes eran consumidores con paladar selecto y un bolsillo capaz de alimentarlo con sus productos: patés y quesos artesanales, bebidas con numeración en la etiqueta, conservas exquisitas y todo tipo de comestibles y condimentos destinados, en definitiva, al deleite sibarita.

Carmen se involucró en el negocio como si fuera suyo. En los sucesivos establecimientos que se abrieron más adelante, colaboró con Serafín en asuntos prácticos de intendencia, decoración, obras que había que acometer para dejar el local en condiciones, altas de luz y agua, y hasta participó en el proceso de selección de personal para las nuevas tiendas. Fue su mano derecha en todos esos asuntos y continuó al frente de la primera tienda Sebarit hasta que se casaron.

Serafín no recordaba haber tomado una decisión clara en ese sentido. Más bien lo consideraba la culminación de un proceso natural, algo con lo que se había encontrado, sin buscarlo, después de que todas las fuerzas y los vientos le arrastraran de modo espontáneo hasta allí.

Serafín viajaba por toda España y por el resto del mundo en busca de caviar iraní y ruso, whisky destilado en Escocia de manera artesanal y, en general, de los mejores productos de cada lugar. Al mismo tiempo, se ocupaba de asentar vías tanto para la exportación de los productos autóctonos —trufas, aceite de oliva selecto, vinagre de Lérida, vino Vega Sicilia, chocolate de Astorga…— como para la importación del mejor género de otros lugares. Ofrecía sus artículos a los consumidores particulares a través de la tienda y servía a domicilio a un puñado de buenos restaurantes, sin coste adicional, dentro de la ciudad.

Pasados unos veinte meses desde su apertura, la primera tienda Sebarit resultó insuficiente para abastecer la demanda de su mercancía exquisita, que, según palabras del propio Serafín, fue recibida por los compradores con alfombra roja y orquesta, en una época en la que crecía por momentos el número de restaurantes en la ciudad —cada semana se inauguraban varios en todos los barrios— y la gente, tanto la que acudía a Sebarit en busca de productos sofisticados como la que no, había desarrollado una cultura culinaria cada vez más refinada y cosmopolita. En un tiempo récord, sobre todo si se tiene en cuenta el bajo nivel del que se partía, todo el mundo se había convertido en un gran experto en vinos y restaurantes. Gentes alimentadas desde la niñez a base de huevos fritos con patatas, potajes de garbanzos y lentejas ahora sólo probaban platos que sus abuelos jamás habrían reconocido ni por su nombre ni por su aspecto. Los lenguados meunière y las tristes merluzas a la plancha formaban parte de la prehistoria en las cartas de los restaurantes, llenas ahora de lubinas salvajes y rapes acompañados de espumas, caramelizados, terrinas, foies y otros alimentos cocinados con procedimientos propios de un laboratorio. Lo contrario era considerado de gentes ancladas en la miseria o en la antigüedad, cuando no en ambas realidades. Todo eso pensaba Serafín, que vio en ello una oportunidad dispuesta para ser aprovechada.

Desde el principio, Serafín tuvo como objetivo la expansión del negocio. En cuanto se vio desbordado por la demanda no tardó en buscar ubicación para abrir un segundo establecimiento. El local elegido estaba situado en un pueblo del área metropolitana de la ciudad, con gran densidad de población, donde a los residentes habituales se habían venido a sumar los vecinos del núcleo urbano que huían de los precios desorbitados de las viviendas.

El día que inauguraron la segunda tienda Sebarit, Carmen y él se fueron a cenar para celebrarlo. Ella se había puesto un vestido rojo anudado al cuello, con los hombros y la espalda al aire. Mientras Carmen hablaba frente a él, Serafín reparó por primera vez en el brillo acharolado de su melena negra, tupida y lisa, que le recordó a la de Anabel. Brindaron con vino ecológico por la buena marcha del negocio; pidieron pavo trufado (con trufa de Morella, recién servida al restaurante por Sebarit); le preguntaron al camarero —que ignoraba quiénes eran— acerca de sus productos, y todos fueron alabados por el joven. Al pedir la ensalada, Carmen exigió, guiñándole un ojo a Serafín, que la aliñaran con aceite de oliva Molin.

—Por supuesto —contestó el camarero, algo ofendido—, nuestra ensalada aromática siempre viene condimentada con Molin.

Para los postres, teñidos sus dientes de rosa después de muchas copas de vino ecológico, Carmen tenía los ojos entrecerrados y la sonrisa inalterable mientras se quitaban uno a otro la palabra y se contaban aspectos desconocidos de sus vidas fuera de Sebarit.

De lo que hablaron en el pub al que fueron a tomar después la copa, Serafín no fue capaz de recordar ni una sola palabra. Sólo vagas imágenes que comprendían la figura de Carmen y el escaso pedazo de espacio que la rodeaba físicamente: un halo borroso recortado en el aire, como los que llevan las vírgenes en las estampas, y el recuerdo de haber permanecido ambos apoyados en la barra, de pie. Nada acerca de la decoración del local ni del resto del ambiente, personas o cosas. Tampoco de cuántos whiskies se metió él entre pecho y espalda, ni de cuántos gin-tonics se tomó ella antes de que alguno de los dos —quién sabe— le sugiriera al otro que se fueran juntos. Sólo recuerda que se despertaron en su cama, los dos desnudos, y que nunca supo —habría sido imperdonable preguntárselo a Carmen— si habían hecho algo, o qué, aquella noche.

Serafín acababa de cumplir treinta y cuatro años. El que más y el que menos, todos sus amigos estaban colocados. Anabel se había casado hacía poco y sabía por unos amigos comunes que estaba embarazada. Carmen, dos años mayor que él, era atractiva y estaba allí. Además —tal como él solía decir cuando anunciaba la boda a las amistades—, era una oportunidad de dar satisfacción a su padre, un subteniente de la guardia civil, muy patriota, que opinaba que en todo hogar español como Dios manda debía vivir siempre, como mínimo, una Carmen.

—A la Carmen ya la tengo —decía—. No es un mal comienzo.

Tal vez, ella se lo contó en alguna ocasión que él no recordaba. Quizá se lo dijera alguna noche, mientras el licor se deslizaba como dueño y señor por su aparato circulatorio y el centinela de la memoria se encontraba dormido. Pero lo más fácil es que nunca se lo hubiera dicho: que cuando era jovencita la llamaban la Chori —cuando no la Choricera—, y que de pequeña fue una niña gorda que tuvo que sobrellevar ese nombre, entre otras burlas, debido al negocio de sus padres y a que le tocaba ayudarlos los sábados por la mañana a vender embutido en el mercado. Serafín se enteró de todo eso después de casarse, al relacionar comentarios y conversaciones ajenas. Se lo preguntó un día y ella le confesó que sí, que así era. Lo del nombre y lo de su volumen corporal. Había continuado con esas mismas dimensiones hasta que tuvo veinticuatro años y se sometió a un estricto régimen con el que perdió casi tantos kilos como años tenía.

Por la misma época en la que ellos se casaron, año arriba, año abajo, se casaron todos sus conocidos. Acudieron a un buen puñado de bodas en las que Serafín tuvo la oportunidad de conocer a la pandilla de adolescencia de Carmen, esa hermandad que —según él— cristaliza en un mineral eterno y coloca para siempre a los colegas de juventud bajo la categoría de amigos, aunque se trate en algunos casos de personas que con el paso de los años se han convertido en perfectos desconocidos.

Fue en la boda de Inés, una amiga de Carmen. Después del banquete se habían reunido todos en torno a la barra, al calor de las copas gratis y de los flashes que iluminaban de cuando en cuando al clan. Posaban amontonados con los vasos en alto por grupos temáticos: ahora ellas, ahora ellos, ahora los casados, ahora los solteros, ahora todos juntos. Alguien reclamó una nueva foto de chicos:

—Venga, antes de que nos quedemos todos calvos. ¿Quién la hace?

—La Chori, que tiene mucho arte con las manos —soltó José Carlos, un tipo con la nariz aguileña y un flequillo, muy lejos todavía de desaparecer por la calvicie, que le tapaba media cara.

—Venga, Chori, haznos una —contribuyó Toni, un larguirucho con la frente tan grande como el resto de la cara, como una ficha de dominó puesta de pie con la parte de arriba en blanco.

—Iros a tomar por saco —contestó Carmen.

—No te enfades, mujer, que va de coña —insistió la ficha de dominó—. Venga, cógela. La cámara.

Risa general.

—Te ha dicho que te vayas a tomar por saco —interrumpió Serafín—. ¿O es que además de subnormal eres sordo?

—Uy, uy, uy. Vaya humos que se gasta éste.

—¿Sí, no? Pues además de humos traigo alguna hostia para repartir. Si no quieres ser el agraciado, ya estás tardando en pedirle perdón a Carmen.

—Pero ¿éste tío de qué va? Que estamos de risas,...



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