E-Book, Spanisch, 224 Seiten
Reihe: Infantil
Thon Ollis
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18451-05-8
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 224 Seiten
Reihe: Infantil
ISBN: 978-84-18451-05-8
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Ingunn Thon. Es una joven autora noruega, que trabaja como guionista y titiritera en The Norwegian Broadcasting Corporation, además de presentadora de televisión y radio en programas dedicados al público infantil. Licenciada en escritura creativa, Ollis es su primera novela dirigida a jóvenes lectores.
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La bicicleta se abre paso por el sinuoso camino de grava con Ollis en la bandeja trasera y Gro pedaleando. Son los últimos días de mayo y el sol y la lluvia se llevan turnando un par de semanas, por lo que a los abedules les han brotado unas yemas de un color verde ácido en las ramas. Los rayos de sol que consiguen colarse entre las hojas y las ramas de los árboles le hacen cosquillas a Ollis en la cara y se llevan lo que queda del susto que le ha hecho pasar el macho cabrío navideño.
Ollis y Gro han estado en el Bosque de los Abedules antes, pero aún les parece que lo acaban de descubrir. Es enorme. Una vez encontraron allí un viejo tractor con una mamá liebre y cuatro lebratos en la pala. Y al final del camino de grava hay una laguna circular en la que la madre de Ollis no les deja bañarse porque dice que no tiene fondo. Ollis no se lo acaba de creer. Porque si no tuviera fondo, eso querría decir que la laguna llega hasta el centro de la Tierra y además lo atraviesa y sale por el otro extremo del globo, y de ser así no habría laguna porque el agua se habría derramado por el universo. Ollis y Gro han intentado averiguar la profundidad exacta de la laguna. Una vez metieron un palo en el centro de un carrete de hilo, ataron una piedra al hilo y la tiraron dentro de la laguna. El carrete giró y giró hasta que se acabó el hilo, y la piedra aún no había alcanzado el fondo. Bastante guay. Ollis sonríe y piensa que Gro tiene razón, que este es un buen sitio en el que pasar un sábado.
—¿Estuviste con tu padre ayer? —pregunta Gro de repente.
—¡Einar no es mi padre, Gro! —dice Ollis enfadada y le da un manotazo en la espalda a Gro.
—¡Ay! No, no me refiero a Einar, sino a papá Borge. Intenté llamarte, pero no me cogiste el teléfono.
Ollis siente que le late algo más fuerte el corazón y que le empiezan a sudar las manos.
Ollis le ha hablado a Gro de papá Borge. Le ha dicho que lo visita de vez en cuando y que leen periódicos viejos y hacen salchichas a la parrilla y se mueren de la risa. Y que en una cafetería escribieron «¡Ollis y papá Borge son tipos duros!» debajo de la mesa con rotulador permanente.
—¿Qué hicisteis ayer?
Gro se pone de pie en los pedales y pedalea tan fuerte que Ollis se tiene que agarrar aún más fuerte a su cintura. Ollis sabe que Gro está un poco celosa de Ollis porque ella tiene a papá Borge. Gro se queja a menudo de que sus padres son normales y además un muermo. Ollis no está de acuerdo. A ella le parecen muy bien. Así que a veces Ollis también tiene celos de Gro por sus padres. Y además lo que le ha contado Ollis sobre papá Borge no es del todo cierto. Ni lo de los periódicos ni lo de la parrilla. De hecho, nada de todo eso es cierto, así que se apresura a cambiar de tema.
—¡Vamos a la laguna!
—Vale —dice Gro.
Gro acelera hasta que el camino de grava da paso al suelo del bosque y ven brillar la superficie del agua entre las ramas de los abedules. Ollis se baja de un salto.
—Vamos a esconder la bici —propone Ollis—, por si viene Tøger el de las cabras.
Gro sonríe y asiente con la cabeza con energía. Arrastran la bici más allá de la laguna, hacia un corrillo de árboles. Gro tira de las ramas para poder esconder mejor la bici entre ellas. Cuando se disponen a subirla, Ollis se queda parada.
—¿Qué es eso? —pregunta y se agacha hacia algo que está tirado en el suelo y arruga la nariz. Gro mira hacia el mismo sitio.
Contra las raíces del árbol hay un trocito de tabla de madera podrida.
—Pone algo —dice Gro.
Dejan a un lado la bici y se agachan mientras entornan los ojos para tratar de leer la palabra que está casi borrada por completo.
—¿«Diente»? —titubea Gro.
—¿«Delante»? —sugiere Ollis.
—¿«Demente»? —Gro se encoge de hombros. Ollis asiente con la cabeza y se encoge de hombros también.
Gro se dispone a esconder la bici entre las ramas de los abedules cuando de repente Ollis exclama lo siguiente:
—¡Detente!
Gro suelta la bici, sobresaltada.
—¡¿Qué pasa?! ¡¿Hay una víbora?! ¡¿Dónde?!
Pero Ollis niega con la cabeza.
—¡«Detente»! Eso es lo que dice la señal.
Hay muy pocas palabras en el mundo que pueden detener a Gro Gran, pero por desgracia «detente» no es una de ellas y Ollis lo sabe muy bien. En cuanto ve cómo le vibran las aletas de la nariz de entusiasmo, casi se arrepiente de haber descifrado la palabra.
—Dice «detente» y tiene dos exclamaciones. ¡No podría ser mejor!
Gro clava la mirada en el suelo y escarba entre los arbustos y los matorrales y mira detrás de los árboles y debajo de las piedras, pero no encuentra nada hasta que Ollis no la oye gritar: «¡Mira!».
Gro retira unos montoncitos de hierba.
—Parece que por aquí pasaba un camino. —Mira a Ollis con los ojos brillantes.
Ollis se da la vuelta y mira el camino. ¿Tal vez se atreva a volver sola a casa? Así Gro podría jugar a los exploradores por su cuenta. Pero Ollis no quiere que Gro piense que es una cobarde. Usará la regla de la cuenta atrás. Si Gro me llama antes de que cuente hasta cinco, tendré que ir con ella, piensa Ollis y se pone a contar lo más deprisa que puede. «Uno, dos…».
—Vamos —dice Gro y se adentra en el bosque a paso marcial. Ollis suspira y la sigue.
El camino no está muy definido. Apenas se ve su rastro en el suelo, pero algo sí que queda. Gro y Ollis se adentran en el bosque a paso ligero. Después de unos cuantos metros, Ollis descubre que, para su alegría, el camino está cortado por unos frondosos arbustos. Respira aliviada.
—Oh, no —dice e intenta no sonar eufórica—. Qué pena. El camino está cortado. Así que…
Pero antes de que acabe la frase, Gro se tira al suelo y pasa a gatas por debajo. Los pantalones y la chaqueta se le enganchan en las ramas de los arbustos, pero consigue llegar al otro lado. Ollis no puede hacer más que seguirla, pero las ramas de camuflaje que Gro le había metido en los pantalones hacen que le resulte imposible. Le pinchan la cara y no le permiten pegarse bien al suelo. Ollis se las quita y vuelve a intentarlo. No puede quedarse sola a este lado. Se encoge todo lo que puede y pasa por debajo. ¡Funciona! Cuando sale por el otro lado, ve que Gro está rígida como un palo y señala hacia delante, con la mano temblorosa.
—¡Mira! —dice Gro.
—¡Oh! —exclama Ollis.
Ahora se le ha despertado la curiosidad a ella también. A unos cincuenta metros hay una barrera vieja y oxidada con una nueva señal. Se acercan corriendo.
La pintura marrón está vieja y desgastada, y las letras, muy mal hechas.
—«¡¡Prohibido!!» —lee Gro en voz alta.
Ahí están Gro y Ollis, la una al lado de la otra, junto a una barrera oxidada con una señal de prohibido más oxidada aún. Y parece que nadie ha usado ninguna de las dos cosas en los últimos cien años. Han descubierto algo. Algo totalmente desconocido o algo que alguien había olvidado. Ollis siente un cosquilleo por el cuerpo. Desde los dedos de los pies hasta las raíces del pelo. Ahora no puede achantarse.
—¿Qué hacemos? —dice Ollis.
—Descubrir qué es lo que está prohibido —dice Gro y se gira hacia Ollis.
Ollis asiente con la cabeza. Entonces se arrodillan, asoman la cabeza por debajo de la barrera, dan un paso al frente y se vuelven a poner de pie. Se miran muy serias. Ya está. Han incumplido la prohibición. Ollis respira lo más hondo que puede y echa a andar.
El camino está tan cubierto de vegetación que de vez en cuando desaparece y hay que volver a buscarlo. Quitar la hierba y el brezo y ver si hay huellas de ruedas o de pies o de lo que sea que pueda haber dejado un rastro. Gro se saca un paquete de espaguetis de la mochila para dejar un rastro a medida que avanzan. Así les será más fácil regresar. Se adentran más y más en el bosque. Pasan quince minutos. Después, quince más. Más tarde, media hora. Están tan dentro del bosque que se preguntan si pronto saldrán por el otro lado. Ollis se busca el cuentakilómetros en el bolsillo. Marca 2,1. Solo puede avanzar novecientos metros más. Mira a Gro, que se abre paso decidida, con la nariz en la hierba y un montón de espaguetis en la mano.
—¿Tú nunca tienes miedo? —exclama Ollis.
Gro se vuelve hacia ella.
—No. Y de todas formas no pienso mucho en eso —dice y se encoge de hombros—. Creo que he tenido miedo dos veces en la vida y solo he llorado una, pero eso fue…
—… Cuando naciste —le interrumpe Ollis.
—Sí —dice Gro y sonríe orgullosa—. Pero en esos momentos todo el mundo llora.
Siguen...




