E-Book, Spanisch, Band 237, 384 Seiten
Reihe: Impedimenta
Telfer Maestras del engaño
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18668-16-6
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 237, 384 Seiten
Reihe: Impedimenta
ISBN: 978-84-18668-16-6
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Tori Telfer es escritora y periodista. Sus artículos han aparecido en medios como Rolling Stone, The Believer, The Atlantic y Vice. Ha trabajado como editora en una revista de literatura infantil, como lectora de pruebas, como «negra literaria», como profesora de escritura creativa y como publicista. Actualmente vive en Nueva York con su marido. «Damas asesinas» es su primer libro.
Weitere Infos & Material
Hubo una vez un rey de Francia que decidió comprarle a su amante el collar de diamantes más bonito del mundo.
Sucedió en el año 1772. El rey era Luis XV, un hombre torpe y tímido, y su amante era madame du Barry, cuyo lechoso escote y sonrojadas mejillas eran legendarios. Necesitaba un collar que estuviera a la altura de su belleza, de modo que los joyeros reales se pusieron a trabajar y consiguieron diamantes de países tan lejanos como Rusia o Brasil. Su creación, de 647 diamantes y 2800 quilates, era deslumbrante y un poco aterradora. Estaba diseñada para rodear la garganta de quien la llevara y deslizarse hacia su pecho, mientras unas hebras de diamantes caían desde la parte de atrás del cuello. Había un par de lacitos azules bastante cursis diseminados aquí y allá, pero no lograban suavizar el apabullante efecto que producía el collar. Ese estilo de joya se llamaba collier d’esclavage: un «collar de esclavo».
Tendría que haber sido la joya más esperada del mundo, pero madame du Barry nunca tuvo la oportunidad de probársela. Antes de que Luis XV pudiera pagar los dos millones de libras que costaba —más de diecisiete millones de dólares actuales—, murió de viruela, dejando a su amante sin su regalito y a los alarmados joyeros sin un céntimo. Durante una temporada, los joyeros recorrieron Europa agitando el collar delante de diversas narices reales, pero nadie quedó hechizado por su malicioso brillo y, de todos modos, nadie podía permitirse pagarlo.
Así pues, los joyeros volvieron a casa para probar una última opción. Había una chica nueva en la ciudad, una joven reina procedente de Austria, famosa por la elegancia de su cuello. Se decía que era sumamente frívola y que estaba obsesionada con todo lo que brillara. Tal vez la joya le interesara. Al fin y al cabo, ¿qué mujer no querría tener en sus manos algo tan… preciado?
Dieciséis años antes, nacía una niñita muy luchadora en un mundo sin diamantes. Su padre era alcohólico, su madre la molía a palos y su familia había malgastado su magra fortuna unas cuantas generaciones atrás. ¡Pero qué nombre le pusieron! Se llamaba Jeanne de Saint-Rémy y se sentía muy orgullosa por ser descendiente de la Casa de Valois; su nombre lo era todo para ella. El padre de Jeanne era, en rigor, hijo del tataranieto de Enrique II, que había reinado en Francia a mediados del siglo XVI en calidad de décimo rey de la Casa de Valois. Pero el suyo era un parentesco ilegítimo, pues descendía de la amante de Enrique II, y aunque sus antepasados habían disfrutado de ciertos favores reales, estos nunca dieron para mucho. Durante generaciones, los parientes bastardos de Jeanne habían vivido, dedicándose al robo y a la caza furtiva, en una destartalada casa de campo situada a las afueras del pueblo de Bar-sur-Aube, en Champaña. Poco a poco, la mayor parte de sus tierras se fue vendiendo para pagar distintas deudas, y para cuando nacieron Jeanne y sus tres hermanos ya no quedaba nada del lustre de los Valois. De hecho, los niños eran tan delgados y montaraces que a los lugareños les resultaba doloroso mirarlos. Había un pequeño agujero en la pared de la cabaña donde vivían, y los vecinos les pasaban alimentos a través de él para no ver sus famélicos rostros.
Pero Jeanne creció creyendo que había dinero de los Valois esperándola; lo único que tendría que hacer era convencer a alguien importante de que la escuchara. Sus padres alimentaron estas ilusiones a su envenenada manera. Cuando las deudas alcanzaron un nivel crítico, toda la familia huyó a París, donde la madre de Jeanne la obligó a mendigar y, si no llevaba a casa suficiente dinero, le propinaba unas palizas tremendas. Jeanne se dedicaba a vagar por las calles gritando: «¡Compadezcan a una pobre huérfana de la sangre de los Valois!». En París, el padre de Jeanne murió a causa de su alcoholismo, y ella afirmaba que entre las últimas palabras que le dijo, se encontraba el siguiente ruego: «¡Te suplico que, ante cualquier infortunio, recuerdes que eres una VALOIS!».
Cuando tenía ocho años, sus gritos fueron oídos por la marquesa de Boulainvilliers, una generosa dama que rescató a Jeanne y a sus hermanos, les limpió bien las orejas y los envió a un internado (para entonces, su madre había huido con otro hombre). La marquesa incluso logró que se reconociera que los niños descendían de la Casa de Valois y, no sin esfuerzo, pudo conseguirles una pequeña pensión real, equivalente a unos 8000 dólares actuales al año. Esto debería haber sido algo importante para Jeanne —el reconocimiento, por parte de la monarquía, de que era quien decía ser—, pero aquella niña ambiciosa prácticamente se sintió insultada. Quería dinero de verdad. Quería recuperar la casa de campo de los Valois. Quería que la gente la mirara con fascinación.
Aunque Francia se estaba desmoronando por dentro —inyectaba dinero a la Revolución estadounidense para desestabilizar a sus enemigos ingleses, y solo faltaba una década para que se produjera su propia y sangrienta insurrección—, la clase alta del país era lo bastante glamurosa como para deslumbrar incluso a la joven más sensata. En el centro de todo ese glamur se hallaba la joven reina María Antonieta, que, sin ninguna vergüenza, gastaba más en ropa de lo que estipulaba su presupuesto, llevaba unos enormes peinados esculpidos, tenía un chocolatero personal siempre de guardia y había contratado a una persona para que se encargara de que sus aposentos siempre estuvieran llenos de flores frescas. Con una reina así, ¿quién no querría disfrutar de un poco de glamur? Todo el país anhelaba más, y pisaba sin escrúpulos las cabezas de quienes se hallaban por debajo de ellos con tal de ascender unos milímetros en la escala social. Y no había nadie en toda aquella Francia hambrienta y revuelta que quisiera ascender más alto que Jeanne.
Charles Boehmer estaba rodeado por tantos diamantes que se quería matar.
Él y su socio, Paul Bassenge, eran los joyeros reales que habían diseñado el collar de 647 diamantes para Luis XV, lo cual había resultado ser el mayor error de su vida profesional. Esa joya estaba maldita. ¡Maldita! Se habían pasado los últimos diez años suplicándole a María Antonieta que se quedara con el collar, y la reina todavía no había mostrado el menor interés por él. En cierto momento, Boehmer se había tirado al suelo delante de ella y le había dicho sollozando que, si no le compraba el collar, se arrojaría al río. La reina respondió con una tranquilidad tal que quedó bien claro que su muerte no le pesaría en la conciencia.
Boehmer debería haberse dado cuenta de que estaba pidiéndole peras al olmo. María Antonieta casi nunca llevaba collares, pues estos desviaban la atención de la elegante sencillez de su largo cuello. Pero él tenía una deuda demasiado importante como para pensar en cuestiones estéticas. Bassenge y él habían apostado todo su sustento a esa joya, y ¿para qué? Les había traído mala suerte, les apretaba cada vez más el cuello y temían no poder librarse de ella nunca.
Mientras los joyeros reales se tiraban de los pelos, Jeanne había cumplido veintitrés años y soñaba con su futura grandeza. Aunque la marquesa había sido amabilísima, Jeanne estaba empezando a frustrar cada uno de sus planes para ella. La marquesa intentaba por todos los medios convertirla en una chica trabajadora y bien educada —tal vez pudiese ser costurera—, pero a Jeanne la ofendía profundamente la mera insinuación de que no iba a ser la mayor dama de todos los tiempos. Al final, la muy sufrida marquesa envió a Jeanne y a su hermana a un convento, quizá incitada por la sospecha de que Jeanne había estado tratando de seducir a su marido. Como era de esperar, Jeanne no tenía ningún interés en dedicar su vida a la pobreza y a la castidad y a la caridad, y cuando llegó el otoño de 1779, ya estaba harta de las monjas. Con unas pocas monedas en el bolsillo, su hermana y ella se escaparon del convento y regresaron a su ciudad natal, con la esperanza de impresionar a los lugareños que las recordaban como dos niñitas menesterosas y hambrientas.
La vuelta al hogar de Jeanne no fue tan espectacular como ella había soñado. Algunos de los habitantes de la ciudad pensaron que estaba un poco loca, incluyendo la mujer que la había acogido en su casa y que decía que era «un demonio» (desde luego, el hecho de que Jeanne también estuviera intentando seducir a su marido no ayudaba). Pero otros quedaron atrapados por sus encantos. Y es que, junto a todos sus rasgos de personalidad alarmantes, Jeanne tenía tres atributos muy llamativos: su sonrisa, sus ojos brillantes y su capacidad de persuasión. No tenía una buena formación, pero comprendía de forma instintiva cómo funcionaba la sociedad y no tenía miedo de saltarse las reglas sociales cuando le estorbaban. «Sin ser consciente del peligro que suponía, admiraba su espíritu valiente que no se acobardaba ante nada», escribió un joven abogado llamado Jacques Beugnot, que se había enamorado perdidamente de ella. Le parecía fascinante que la personalidad de Jeanne «contrastara de una manera tan extraña con el carácter tímido y estrecho de las otras damas de la localidad».
A Jeanne le interesaba Beugnot más por sus consejos legales que por su amor: pensaba que podría ayudarla a recuperar la fortuna que le correspondía como heredera de los Valois. El amor lo buscó en otra parte, y a los...




