Tedesco / Flores D'Arcais | Hielo | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 144 Seiten

Tedesco / Flores D'Arcais Hielo

Viaje por el continente que desaparece
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17109-98-1
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Viaje por el continente que desaparece

E-Book, Spanisch, 144 Seiten

ISBN: 978-84-17109-98-1
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Una capa ge?lida envuelve el confín del mundo. Un panorama metafísico de viaje y silencio que se extiende sin interrupcio?n bajo un sol inmo?vil como una sentencia. Dentro de esta blancura -divina, pura, violenta- eclosionan energi?as primordiales, y fo?siles prehisto?ricos conviven con microsco?picas criaturas cuya vida desafía lo eterno. Si existe un lugar donde buscar el futuro del planeta e interrogar sobre e?l a la Historia, este lugar es Groenlandia, la isla reina del ci?rculo polar a?rtico. El glacio?logo Marco Tedesco, uno de los mayores expertos en el cambio clima?tico, gui?a al lector por el pai?s del hielo y se lo descubre a trave?s de este relato cienti?fico y lleno de aventuras de la expedicio?n que dirigio? por el A?rtico, entre largos trayectos por la nieve, lagos que en unos minutos desaparecen en la inmensidad azul, increi?bles camellos polares y gigantescos restos de meteorito. Un recorrido que es tambie?n una reflexio?n sobre nuestro man?ana a trave?s de la drama?tica desaparicio?n del presente, desde el aumento del nivel de las aguas y las extenuantes marchas de los osos polares en busca de alimento, hasta la accesibilidad cada vez mayor a rutas en otros tiempos inviolables, como el legendario «paso del Noroeste», y que actualmente surcan incluso cruceros turi?sticos.

Marco Tedesco(1971). Es un cienti?fico italiano y uno de los mayores expertos mundiales en el cambio clima?tico. Es, adema?s, profesor de la Universidad de Columbia e investigador del Goddard Institute for Space Studies de la NASA. Es responsable tambie?n de la seccio?n semanal, titulada «Terra», en el perio?dico La Repubblica. Alberto Flores d'Arcais (1951). Es periodista y escribe regularmente en La Repubblica, L'Espresso, La Stampa y Grazia. Es autor del libro New York (2007).
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1. Las raíces del hielo

Me he despertado antes que los demás, como casi siempre. A mi alrededor, el silencio es absoluto.

Las noches del Ártico tienen algo especial. Nunca olvidaré la primera vez que dormí aquí: la emoción de estar en contacto directo con el hielo majestuoso, la luz del sol que no desaparece nunca, la auténtica compañía de los de mi oficio. Siempre he tenido tendencia a despertarme temprano y, una vez despierto, ya no puedo volver a dormirme; una costumbre que con la paternidad se agudizó aún más y que ya no me ha abandonado.

El primer «ejercicio» matutino en medio de los hielos del Ártico es vestirse, y no resulta tan sencillo como se podría pensar. Para enfrentarse al mundo que nos espera fuera de la tienda, es preciso ponerse más de una capa de ropa. Algunos comparan esta forma de vestirse con una cebolla: varias capas de diferente grosor y con distintas funciones, una exterior para el viento, otra que sirve de base, en contacto con el cuerpo, y una capa intermedia.

Es un ejercicio de contorsionismo puro: como la tienda no mide más de medio metro de alto, es preciso coordinar todas las operaciones. Los pantalones te los pones balanceándote sobre la espalda; luego, sentado con las piernas cruzadas, te pones las diversas capas superiores; por último, los calcetines, dobles y gruesos, que cuesta que se deslicen sobre los pies fríos. Primer mandamiento: no usar nunca prendas de algodón. La ropa que llevamos nos abriga porque atrapa el aire caliente y lo mantiene pegado a la piel, pero el algodón, cuando se moja, no sirve de nada porque las bolsas de aire que se forman en el tejido se llenan de agua. Cuando caminamos y sudamos, la ropa de algodón absorbe el sudor como una esponja, y si el aire es más frío que la temperatura corporal (como sucede en Groenlandia), inevitablemente sentiremos frío con las prendas ya empapadas e incapaces de proporcionar el aislamiento necesario. Por eso, nuestra ropa siempre está confeccionada con material aislante, sea lana o alguna fibra sintética.

Me acerco a la cremallera de la tienda. Llevo muchísimo cuidado para no despertar a mis compañeros de viaje e investigación. En una situación normal, ese sonido metálico sería casi imperceptible, pero aquí cualquier pequeño ruido se amplifica. Las tiendas de campaña que utilizamos en nuestra jerga se conocen como «cuatro estaciones». Son ligeras y se montan en menos de veinte minutos, con material exterior impermeable que nos protege de la lluvia, también presente en Groenlandia. Muchos creen que en las tiendas hace frío, pero en general no es así. El fuerte sol de Groenlandia, sobre todo cuando el cielo está despejado, calienta el interior hasta tal punto, que debemos tenerlas abiertas durante un rato para facilitar la circulación de aire fresco antes de irnos a dormir. Y aún más en pleno verano, cuando el sol no se pone nunca. Nuestro campamento, como decía, está inmerso en un silencio sideral. El ulular del viento —unas veces constante, otras acompasado— es la única fuente de contaminación acústica, si es que puede hablarse de contaminación. Subo por fin la cremallera y tengo la sensación de que el ruido que hace es casi el de una explosión. Es normal: en el fondo, el sonido no es otra cosa que la transmisión de ondas de presión que, una vez que han llegado al oído, son recodificadas por el cerebro. En Groenlandia, la rarefacción del aire y la ausencia de otras fuentes sonoras producen la impresión de que los sonidos más cotidianos adquieren un timbre distinto, inaudible en otro lugar. Tal vez es el cansancio, tal vez solo una alucinación sonora. O quizá el frío, que juega con nuestros sentidos.

Salgo a gatas y me tumbo sobre la alfombrilla de material impermeable que hemos dejado en la entrada. Me siento. Es preciso hacer un último esfuerzo, el de ponerse las botas sobre los calcetines de lana, demasiado gruesos pero necesarios. Ya estoy cansado. Cansado y, al mismo tiempo, excitado ante la idea de lo que nos espera: cualquier peripecia, cualquier imprevisto deberemos resolverlo con la ayuda exclusiva de los objetos que hemos traído. Cuando estás en medio del hielo de Groenlandia, no puedes permitirte el lujo de ir al supermercado o a una ferretería en caso de que alguien se haya olvidado de meter en el equipaje un destornillador o un rollo de cuerda.

Si los demás se han despertado, no lo dan a entender; bajo la tienda solo se percibe el ritmo de diversas respiraciones. Ha sido una de esas noches que me gusta calificar de «interesantes», cuando alguno se despierta y te despierta para hacerte una pregunta a bocajarro, expresar una idea o, lo más probable, porque ha oído algo que lo ha puesto en alerta. Esta noche le ha tocado a Patrick. Ha sido alumno mío durante el doctorado, no había salido nunca de Nueva York y todo lo que ha estudiado sobre Groenlandia ha sido exclusivamente a través de satélites y maquetas. Lo invité a que se uniera a nosotros no solo para ofrecerle una (merecida) oportunidad de desarrollo profesional, sino también para que pudiera experimentarla en vivo. Estoy convencido de que todos lo que estudian esta inmensa y maravillosa extensión polar deben visitarla en persona al menos una vez en la vida. Debían de ser las tres cuando Patrick me ha despertado. Estaba un poco nervioso y me ha preguntado si había oído un ruido fuerte, como un rugido, algo extraño procedente del hielo, debajo de nosotros. «Si necesitas cualquier cosa, no lo dudes, despiértame, aunque sea a media noche», le había dicho en cuanto aterrizamos. Y él me tomó la palabra.

He intentado tranquilizarlo explicándole que el hielo suele generar ruidos, que a veces, debido al silencio absoluto que nos rodea, solo se trata de impresiones. Normalmente, lo que se oye es un ruido sordo, como si algo estuviera resquebrajándose debajo de nosotros; recuerda el sonido de una piedra enorme que se desprende de un terreno montañoso. Le he dicho que vuelva a dormirse, que no tenía de qué preocuparse. Evidentemente, no es que yo esté convencido al cien por cien de lo que digo: en medio del Ártico es preciso estar atentos a cualquier cosa, por mínima que sea. Unos minutos después de haber hablado con Patrick, también yo he oído el ruido al que él se refería: es el hielo que se desliza por debajo de nosotros, poderoso, inexorable, a una velocidad que, en verano, en la superficie, puede alcanzar incluso varios cientos de metros al día. Para comprender hasta qué punto el hielo se desliza con rapidez, es como si estando en Roma plantáramos la tienda en la plaza de España y nos despertáramos al día siguiente en la plaza del Popolo. Patrick ha dado en el blanco. Yo ya no he conseguido conciliar el sueño: por una parte, estaba preocupado, y, por otra, sobreexcitado. Tenía los músculos en tensión, permanecía atento a cualquier ruido, incluso el más imperceptible. Me parecía casi estar auscultando a un dinosaurio con el pensamiento.

El fluir del hielo es un fenómeno poco conocido. Muchos creen que el hielo de Groenlandia (así como el de los demás glaciares) está inmóvil, estático. Materialmente inanimado. En realidad, es todo lo contrario. Como los antiguos griegos nos enseñan, panta rei: todo fluye. Y el hielo también, como un río denso que discurre por efecto de su propio peso. En invierno, cuando está más frío y es menos fluido, va más despacio. Pero en verano es como bajar una colina por una carretera mojada, no hay manera de frenar. Durante la estación «cálida», el agua penetra en el hielo a través de grietas y fisuras, y, una vez que llega a la roca sobre la que este se desliza, lubrica su superficie, favoreciendo una posterior aceleración.

Estaba pensando en esto mientras miraba las botas, que finalmente he conseguido ponerme. Las que llevo ahora no son las mismas que utilizaré para nuestra excursión; estas llegan hasta la pantorrilla y son poco adecuadas para andar, pero perfectas para la vida en el campamento. Están provistas de un forro que protege los pies de temperaturas de hasta cuarenta grados bajo cero. Los míos no atienden a razones y están fríos desde el momento en que salgo de la tienda hasta que vuelvo a entrar en ella al final de la jornada. A menudo la gente me dice: «Tú debes de estar acostumbrado al frío y no le das importancia». Pero lo cierto es que no es así, más bien al contrario: al ser alto y delgado, tengo poca masa corporal que pueda ayudarme a mantener el calor en el cuerpo. El calzado que utilizamos durante las excursiones son botas de montaña o para andar por el hielo. Tienen una estructura más rígida que favorece la estabilidad de los tobillos y reduce el riesgo de torceduras, pero, al mismo tiempo, protegen menos contra el frío.

Ya en el exterior, me siento en la silla plegable que está junto a la entrada de la tienda. Me apetece muchísimo una buena taza de café caliente, pero es mejor esperar a que se hayan despertado todos. Continúo observando lo que me rodea, como si estuviera aún entre sueño y vigilia. Pienso en la imposibilidad de cuantificar, dándole un valor económico, en la suerte —no encuentro una palabra mejor— que tengo de hallarme ante el paisaje que estoy contemplando. Aquí, en silencio, rodeado de nieve y hielo.

A los que no han estado nunca en el Ártico sin duda les sorprenderían algunas cosas, aunque solo en un primer momento. Lo que tengo delante es lo menos parecido a un paisaje monótono o insulso. Dunas de nieve de pocos metros están alineadas en la dirección principal del viento,...



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