E-Book, Spanisch, 1014 Seiten
Stendhal Rojo y Negro
1. Auflage 2015
ISBN: 978-3-95928-212-3
Verlag: IberiaLiteratura
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Biblioteca de Grandes Escritores
E-Book, Spanisch, 1014 Seiten
Reihe: Biblioteca de Grandes Escritores
ISBN: 978-3-95928-212-3
Verlag: IberiaLiteratura
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Ebook con un sumario dinámico y detallado: Situada en el castizo Chamberí, uno de los barrios del ensanche del Madrid decimonónico, la novela presenta un mórbido triángulo amoroso entre una mujer, un viejo -que confunde honor y provecho- y un 'artista'.4 Al morir su madre, la huérfana Tristana es recogida por un amigo de la familia don Lope, que acabará convirtiéndose en su tutor-seductor. La joven protagonista se rebela ante tan humillante situación y al poco conoce y se enamora de Horacio, un pintor de ideas tradicionales que no acepta el espíritu feminista de Tristana. El pintor tiene que ausentarse de Madrid durante una larga temporada y la relación se enfría (aunque en Tristana sigue viva en un Horacio idealizado). Entretanto, a ella le han tenido que amputar una pierna, quedando así de nuevo atada a don Lope. Cuando Horacio regresa, nada queda entre ellos de las antiguas ilusiones. El pintor acabará casándose con otra mujer y Tristana cambiará sus sueños de ser actriz por una vida estéril y casi autómata, con Dios como único 'objeto del deseo'.5 Con un don Lope, cada día más chocho y arruinado, una boda de conveniencia para ambos precipita el final feliz de la novela. Tristana es una novela del escritor español Benito Pérez Galdós publicada en 1892 que continúa el ciclo 'espiritualista' de las 'Novelas españolas contemporáneas' iniciado un año antes con Ángel Guerra. Abordando el tema de la emancipación de la mujer en la sociedad española de finales del siglo XIX,1 profundiza en el mundo conflictivo físico y emocional de 'una mujer que no quiere ser ni amante ni esposa'.2 Algunos críticos la han visto como una exégesis o adaptación española del drama de Ibsen Casa de muñecas (1879). Benito María de los Dolores Pérez Galdós, conocido como Benito Pérez Galdós, fue un novelista, dramaturgo, cronista y político español.
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La educación del amor, dada por una mujer que era la personificación de la ignorancia, fue para nuestro héroe una dicha. Julián llegó directamente a ver la sociedad tal como es hoy. No fatigó su talento la historia de lo que fuera en otros tiempos, dos mil años antes, o bien sesenta años atrás, en tiempos de Voltaire y de Luis XV. Cayó la venda de sus ojos con alegría verdaderamente inefable, y comprendió lo que en Verrières pasaba.
Parece que se habían puesto en planta intrigas muy complicadas, urdidas dos años antes en torno del prefecto de Besançon. Las apoyaban cartas llegadas de París, firmadas por ilustres personajes. Se trataba de nombrar teniente de alcalde de Verrières al señor Moirod, que era el caballero más devoto de la región, pero tenía un contrincante de fuerza, a quien era preciso inutilizar. El contrincante era un fabricante muy rico.
Julián comprendió, al fin, las indirectas y palabras sueltas que en distintas ocasiones había sorprendido, cuando las personas de la alta sociedad comían en la casa de los señores Rênal. Objeto de las preocupaciones de aquellas personalidades privilegiadas era el nombramiento del teniente alcalde, sin que ni remotamente lo sospechasen los habitantes de la ciudad, y menos los afiliados al partido liberal. La cuestión, que en sí no tenía importancia, la tenía, y muy grande, porque la acera oriental de la calle Mayor de Verrières debía retroceder más de nueve pies para convertirla en calle Real.
Ahora bien: si el señor Moirod, dueño de tres de las casas que debían retroceder, era nombrado teniente alcalde, y como consecuencia, alcalde, en el caso más que probable en que el señor Rênal fuese elegido diputado, cerraría los ojos, y todo el mundo podría llevar a cabo, en las casas que se oponían al ensanchamiento de la calle, ciertas reparaciones que las pusieran en condiciones de durar cien años. Gozaba el señor Moirod fama de piadoso, y todo el mundo le reconocía una honradez intachable, pero como tenía muchos hijos, había la esperanza de que sería manejable. De las casas llamadas a retroceder, nueve pertenecían a las personas más distinguidas de Verrières.
A los ojos de Julián, esta intriga tenía muchísima más importancia que la batalla de Fontenoy, hecho de armas del que jamás oyó hablar, y que vio relatado por primera vez en las páginas de uno de los libros que Fouqué le había enviado. Muchas eran las cosas que intrigaban a Julián desde cinco años antes, es decir, desde que comenzó a frecuentar la casa del cura; pero como la discreción y la humildad de espíritu deben ser las cualidades más salientes de un estudiante de teología, jamás se atrevió a hacer preguntas.
Un día la señora de Rênal daba una orden al criado de su marido que distinguía con su animadversión a Julián.
-Hoy es viernes, último de mes, señora- replicó el criado con expresión singular.
-Está bien; vaya usted- dijo la señora.
-Supongo- observó Julián, luego que se fue el criado- que va a lo que antiguamente fue iglesia, luego depósito de heno, y recientemente volvió a ser dedicado al culto divino. ¿Pero qué va a hacer allí? Es un misterio que nunca he podido penetrar.
-Ha sido establecida allí una especie de cofradía, altamente saludable, pero muy singular- contestó la señora de Rênal-. No son admitidas las mujeres, y lo único que sé es que todo el mundo se tutea. Este criado, por ejemplo, encontrará allí al señor Valenod, y el señor Valenod, con ser tan orgulloso y tan necio, no se molestará cuando le tutee nuestro criado Saint-Jean, a quien contestará como si fuera su igual. Si tienes interés por saber lo que hacen, preguntaré detalles al señor Maugiron y a Valenod. Pagamos veinte francos por criado, a fin de que éstos no nos degüellen el día menos pensado.
Volaba el tiempo. El recuerdo de los encantos de su dama apaciguaba los accesos de negra ambición que torturaban a Julián. Como militaban en bandos opuestos, la necesidad de no hablar de cosas tristes, que podían ser desagradables, aumentaba la dicha de Julián y el imperio que insensiblemente adquiría la señora de Rênal sobre él.
Cuando la presencia de los niños, demasiado inteligentes, obligaba a los amantes a emplear el lenguaje de la fría razón, Julián escuchaba con docilidad perfecta las explicaciones de su amiga, y la contemplaba con ojos chispeantes de pasión. A veces, en medio de una conversación seria y tranquila, se extraviaba el espíritu de la señora de Rênal: Julián se veía en la precisión de regañarle, y entonces se permitía ella los mismos gestos íntimos con su amante que con sus hijos. Y es que en algunas ocasiones se hacía la infeliz la ilusión de que amaba a Julián como si fuese su hijo. ¿No le hacía él con frecuencia preguntas ingenuas sobre mil cosas sencillísimas, que no ignoraba ningún muchacho de quince años? Segundos después de considerarle como un hijo, veía en él a su maestro. Su genio llegaba a asustarla, pues de día en día veía dibujado con líneas más enérgicas al gran hombre del porvenir en la persona del humilde jovenzuelo. Imaginábaselo cardenal, primer ministro, como Richelieu... Papa.
-¿Viviré bastante para verte encumbrado en el pináculo de la gloria?- preguntaba a Julián con frecuencia-. El mundo ansía, suspira por la aparición de un gran hombre: lo necesitan la monarquía y la religión.
XVIII
UN REY EN VERRIÈRES
¿Es que no servís más que para arrojar allá algo semejante a un cadáver de pueblo, sin alma y sin sangre en las venas?
DISCURSO DEL OBISPO, en la capilla de San Clemente.
El día 3 de septiembre, a las diez de la noche, la llegada de un gendarme, que entró en la calle Mayor de Verrières a todo el galope de su caballo, despertó a la población entera. Era martes, y traía la noticia de que Su Majestad el rey de... llegaría a la ciudad el domingo siguiente. El prefecto autorizaba, es decir, exigía la formación de la guardia de honor, pues convenía desplegar toda la pompa posible. Inmediatamente fue despachado un mensajero a Vergy. El señor Rênal llegó durante la noche y encontró la ciudad loca de entusiasmo. Todo el mundo tenía sus pretensiones: los menos curiosos, o más positivistas, alquilaban sus balcones a los que deseaban ver la entrada del rey y carecían de ellos.
¿A quién confiar el mando de la guardia de honor? El señor Rênal comprendió que importaba sobremanera a las casas destinadas a retroceder que el comandante de la guardia fuese el señor Moirod, pues era muy probable que el mando le valiese la tenencia de alcaldía. Había, empero, un inconveniente, y era que si bien es cierto que la devoción del tal señor estaba más que suficientemente probada, y era por todos reconocida, no lo era menos que en su vida había montado a caballo, y por otra parte, era hombre de treinta y seis años, extremadamente tímido, a quien hacían temblar lo mismo las caídas que el ridículo.
El alcalde le mandó llamar a las cinco de la mañana.
-Como ve usted, reclamo sus consejos como si ocupara ya el puesto de honor hasta el cual desean elevarle todos los ciudadanos honrados. En esta desventurada ciudad prosperan escandalosamente las industrias, el partido liberal hace millones, aspira al poder, y, para conseguir sus fines, es indudable que sabrá convertirlo todo en substancia. Nosotros, caballero, debemos poner nuestras miras en los intereses del rey, de la monarquía y, sobre todo, de la religión. Ahora bien: ¿a quién opina usted que debemos confiar el mando de la guardia de honor?
Pese al horrible miedo que al caballo tenía, el señor Moirod concluyó por aceptar el honor indicado, como quien acepta el martirio.
-Procuraré conducirme con dignidad- contestó al alcalde.
Apenas si quedaba tiempo bastante para hacer las reparaciones que exigían imperiosamente los uniformes, que siete años antes habían servido, con motivo del paso por Verrières de un príncipe de la sangre.
A las siete del mismo día llegó de Vergy la señora Rênal, con Julián y con sus hijos. Encontró su casa llena de damas del partido liberal, que predicaban la unión de los partidos y venían a suplicar a la alcaldesa que influyese cerca de su marido para que éste concediera a los suyos un puesto en la guardia de honor. Hubo, una que aseguró que su marido se declararía en quiebra si no conseguía su aspiración. La señora de Rênal despidió pronto a todo el mundo. Parece que estaba muy ocupada.
A Julián, no sólo le sorprendió, sino que también le molestó el hecho de que la alcaldesa guardase con él una reserva impenetrable con respecto al asunto que tanto la preocupaba, al parecer.
-No me sorprende- dijo Julián con amargura-. Tenía previsto que su amor había de eclipsarse ante la dicha de recibir a un rey en su casa. Honras de ese linaje deslumbran. Volverá a amarme cuando dejen de turbar su cerebro las ideas propias de su casta.
¡Cosa extraña! Al creer que era amado menos, amó él más.
Los tapiceros comenzaron a invadir la casa. En vano acechó Julián largo tiempo la ocasión de decir cuatro palabras a su amante: la oportunidad ansiada no se presentó. Al fin, la vio que salía de su habitación, es decir, de la de Julián, y que se llevaba uno de sus trajes. Estaban solos, intentó hablarle, y la señora de Rênal, no sólo no contestó, sino que huyó sin querer escucharle.
-Se necesita ser tan idiota como soy para amar a esa mujer- se dijo nuestro héroe-. La ambición la enloquece en tanto grado como a su marido.
Se engañaba Julián: la señora de Rênal estaba mucho más loca que su marido. Uno de sus anhelos más fervientes,...




