Smith | Una suerte cruel | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 416 Seiten

Reihe: TBR

Smith Una suerte cruel


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19621-60-3
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 416 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-60-3
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Calla siempre va contrarreloj, pero ahora se le ha acabado el tiempo. Calliope Rosewood es una bruja. Una bruja maldita y exiliada. Que, por si fuera poco, es medio siphon, la criatura más aborrecida del mundo mágico. Sí, es demasiado para una chica de diecinueve años. Pero eso no es todo: según una profecía, está destinada a ser la última Guerrera de Sangre y a desencadenar la Guerra Final que diezmará a su pueblo y aniquilará su magia.# El único ser capaz de ayudarla mora en lo más profundo del Bosque Interminable, uno de los lugares más peligrosos de Ilustros. Por suerte, Calla cuenta con la ayuda de sus mejores amigas y de una patrulla de brujos# uno de los cuales es la persona más traicionera que ha conocido jamás.

Kaylie Smith creció en Luisiana. Es escritora y amante de todo lo que tenga que ver con la magia y la fantasía. Después de licenciarse en diseño gráfico, decidió perseguir su sueño de ser autora, así que, cuando no está escribiendo o leyendo, se la puede encontrar en casa cuidando de sus animales y de sus plantas o molestando a la gente con la astrología.
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1


Calliope Rosewood miraba al destino directamente a los ojos.

Una sonrisa diabólica caracoleó en los labios de su rival mientras manipulaba las cartas negras que llevaba barajando minutos.

–Tu turno, Calla.

Al oír su nombre, apartó finalmente las pupilas del dado brujo de color rojo que el otro brujo acababa de depositar en el centro de la mesa –con suma precaución de que el cubo mágico no le rozara la piel–. Observó entonces el poco dinero que tenía. Lo justo para apostar la última ronda.

Respiró hondo y acarició con la yema del pulgar los últimos espéctrals dorados que le quedaban mientras meditaba qué hacer. Si perdía y tenía que aceptar el dado, le quedarían exactamente dos tiradas para ser maldecida..., bueno, para ser más maldecida. Por otro lado, si se retiraba ahora, no solo tendría que aceptar el dado, sino que perdería todo el dinero que había apostado. Realmente no tenía opción, considerando que a ella y a sus amigas las iban a desahuciar en tres días. Otra vez.

Calla torció la boca con desdén mientras arrojaba al montón las monedas de oro que le quedaban. Cayeron sobre las demás apuestas con un tintineo metálico. No había vuelta atrás.

La sonrisa de su oponente se hizo más pronunciada.

Calla observó atentamente cómo barajaba unas cuantas veces más; sus ágiles dedos mezclaron las cartas con un ruidoso silbido. De pronto, alargó la mano y colocó el montón frente a ella.

–Corta.

No apartó los ojos del brujo mientras separaba el mazo en dos mitades al azar. Él puso una sobre la otra y finalmente repartió con movimientos rápidos y precisos.

Se hizo un silencio sepulcral. Calla abrió su mano de cartas e hizo un rápido barrido mágico para evaluar a los demás. Lo cual era, por supuesto, hacer trampas. Pero le daba igual.

A juzgar por la velocidad a la que fluía su sangre, Boone, el borracho descomunal que tenía a la derecha, estaba nervioso. El gigante era uno de los jugadores habituales de la posada Luz Estelar y no le hubiera hecho falta la magia para percibir su mirada nerviosa, que intentaba disimular sin éxito que iba de farol. Sin embargo, un atisbo de sonrisa, oculto tras las cartas de su auténtico rival, indicaba, sin lugar a duda, que estaba convencido de que tenía la suerte de su lado.

Enternecedor, pensó Calla, metiéndose un mechón castaño oscuro tras la oreja izquierda.

Calla contaba con dos ases. Aunque no le garantizaran la victoria, tenía todas las de ganar. Le echó un vistazo entre las largas pestañas al brujo ónice que se sentaba enfrente y disimuló su expresión de desdén, habitual en ella cuando lo tenía delante, para reemplazarla por la cara de póquer que había estado perfeccionando.

Ezra Black aún no lo sabía, pero Calla iba a ganar la partida.

En los últimos meses había pasado muchas noches allí, en la misma sala del sótano de la posada, con las mismas personas, jugando al mismo juego. Esa noche, sin embargo, era diferente. Las apuestas, más altas. Más letales. Por una vez, lo que le retorcía las tripas no era el perfume demasiado familiar de la magia oscura, que descendía flotando desde las plantas de arriba.

Calla volvió a mirar las cartas que tenía en la mano. Estaban relucientes y su superficie negra y brillante destacaba contra el monótono paisaje del sótano. Intentaba ignorar el retumbar de su corazón en la garganta mientras aguardaba a que los demás jugadores decidieran cuántas cartas iban a robar. Nunca había deseado tanto ganar una partida. Especialmente si era contra él. Sobre todo, después de su último encuentro.

Tensó momentáneamente los dedos contra las cartas resbaladizas al recordar su última noche juntos de borrachera y, si no hubiera tenido el don de cultivar la paciencia de forma excepcional, Calla era consciente de que le habría lanzado las cartas a la cara como si fueran dagas arrojadizas. No se esperaba encontrar en el alféizar de la ventana una nota cuidadosamente doblada con la firma de Ezra y, desde luego, no esperaba que fuera una invitación a una partida de cartas. Calla sabía que no debería haber permitido que Ezra la pinchara y la obligara a jugar contra él, pero no pudo resistirse a la oportunidad de bajarle los humos a ese cabrón presuntuoso.

Echó otro vistazo al centro de la mesa y casi se estremeció al mirar el dado brujo de color rojo sangre que brillaba sobre la madera. Ni siquiera la luz mortecina del sótano disimulaba el efecto del dado; la cara del cubo con seis puntos negros prácticamente la cegaba. La desafiaba.

Calla odiaba el número seis incluso más de lo que odiaba al brujo ónice que se sentaba frente a ella.

Ramor, un troll mayor, rubio y contrahecho al que le gustaba dar órdenes a Boone como si el gigante fuera su esbirro, gruñó a su izquierda. Calla volvió a mirar las cartas en juego y se dio cuenta de que le tocaba. Observó su mano un último instante y notó un zumbido en la sangre cuando su magia percibió que Ramor se enfurecía de pronto. Boone parecía más derrotado después de cambiar algunas de sus cartas con el brujo.

–¿Cuántas quieres, Calla? –preguntó Ezra en tono desafiante. Ella parpadeó. Él no apartó la mirada.

Todo lo que necesitaba era superar a Ezra. Ezra, que sabía exactamente de lo que era capaz su magia escarlata, estaba esforzándose por controlar su respiración para impedirle leer su presión sanguínea. Por desgracia para él, Calla siempre había sido capaz de leer su expresión.

Calla paseó la mirada por la mesa y entrecerró los ojos hacia el brujo ónice mientras ignoraba la asfixiante presión que ejercía el dado. En cuanto Ezra apretó la mandíbula –un gesto imperceptible para cualquiera que no conociera su rostro tan bien como ella–, le dedicó la sonrisa más altanera que pudo.

–Ninguna. Voy con todo.

Ramor emitió un gruñido de sorpresa indignada.

–Muy bien –murmuró Ezra, entrecerrando los párpados–. Lo veo.

Ramor y Boone mostraron sus cartas, pero ni Calla ni Ezra les prestaron atención. Cuando Calla lanzó sus dos ases, el golpe de las gruesas cartas sobre la áspera madera retumbó como si fuera un trueno.

–Has perdido, Black.

Ezra dejó escapar el aliento ante la declaración de victoria de Calla. Ramor y Boone gimieron con angustia al perder su dinero: sus espéctrals ahora le pertenecían a ella. Ezra palideció al alargar la mano, casi de forma involuntaria, cuando agarró con rigidez el dado brujo. Al ver cómo refulgía en su palma el dado, despidiendo un destello carmesí, Calla se sintió mal y estuvo a punto de arrepentirse, pero contuvo rápidamente la emoción. Se había librado esa noche de estar una tirada más cerca de unos cuantos siglos de esclavitud, y eso era lo único que importaba.

Calla se inclinó sobre la mesa; las monedas tintineaban unas contra otras mientras se apresuraba a guardarlas en la carterita de terciopelo que llevaba colgada del hombro. Ezra se levantó a la velocidad del rayo y arrastró la silla hasta que chocó con la húmeda pared de ladrillo que tenía a su espalda. El chirrido le hirió los oídos. Apretó el puño –cerrado en torno al dado– con una furia manifiesta y los nudillos blancos por la tensión. Calla no vaciló: guardó los últimos espéctrals en la bolsa, sin atreverse a mirarle a la cara. En cuanto la última moneda aterrizó en el interior de la cartera, se volvió en redondo hacia la puerta abierta.

Si Calla había olvidado que Ezra era un brujo ónice, el latigazo anormalmente rápido de su magia le recordó exactamente de lo que era capaz: desplazó una ráfaga de viento por la estancia para cerrar de golpe la puerta e impedirle escapar. Tenía un control férreo de la mayoría de los elementos, y Calla estuvo a punto de perder pie mientras se separaba lentamente de la mesa para acercarse a la puerta. Volvió la cabeza para mostrarle los dientes.

–No puedes hacer eso –afirmó–. ¡He ganado!

–Has hecho trampa, querrás decir –replicó él, fulminándola con la mirada.

–Si alguien ha hecho trampas, ¿no crees que sería el que se encargaba de repartir? –le acusó.

Los ojos de Ezra, del color del carbón, parecieron oscurecerse mientras avanzaba hacia ella, y le dio la impresión de que había dado en el blanco.

–Olvidas lo bien que te conozco, Calla –estiró los labios en una sonrisa siniestra–. Puede que a los demás les engañe tu bonita cara de póquer, pero a mí no. Llevas haciendo trampas toda la noche.

–Me alegro de que me sigas encontrando atractiva –respondió ella con una sonrisa burlona.

Las palabras le quemaron la boca como un ácido, pero suprimió rápidamente el recuerdo de los sentimientos que evocaban y se concentró en acercarse a la salida.

–¿Acaso he sugerido alguna vez que no lo fueras? –preguntó él, enarcando una ceja.

–Ah, error mío –bufó Calla con sarcasmo–. La última vez que nos vimos, me...



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