Smith | Una promesa audaz | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 512 Seiten

Reihe: TBR

Smith Una promesa audaz


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19621-64-1
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 512 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-64-1
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La cuenta atrás para la Guerra Final ha comenzado. Tal y como vaticinó la profecía, Calla ha resultado ser la última Guerrera de Sangre. Pero ese no ha sido el único cambio en su vida: ahora su alma está unida a la de uno de los príncipes ónice, en una unión casi imposible de romper que los condena a ambos. Sus destinos están sellados, y saben que deben prepararse para la Guerra Final. Pero antes tienen muchas cosas que resolver. Y la prioridad número uno es rescatar a Delphine del Mar de las Sirenas. Por si esto fuera poco, un pergamino secreto puede cambiar el destino de todas las criaturas mágicas#

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2


Un trueno retumbó en el tormentoso cielo del Bosque Interminable mientras Calla avanzaba, al acecho. La lluvia caía a cántaros, empapándole el pelo y la ropa, que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. El suelo que pisaba se había convertido en barro y el penetrante olor a tierra impregnaba el aire mientras parpadeaba para librarse de las gotas de agua de las pestañas.

El grito de terror no provenía de muy lejos.

Calla se deslizó entre los árboles, esquivando las ramas retorcidas que se interponían en su camino. Sus pisadas producían un chapoteo desagradable y el barro se le pegaba a los zapatos, pero no bajó el ritmo ni por un instante. No hasta que consiguiera encontrar lo que buscaba. O, más bien, a quien.

Allí, a unos metros –atrapada en una trampa que Caspian había elaborado con lianas y meticulosa pericia–, se hallaba una ninfa de pelo verde de lo más familiar.

Calla apretó el ritmo y sus pisadas se volvieron tan atronadoras como la tormenta que caía del cielo. Cuando se detuvo frente a la ninfa que se debatía en la red improvisada, una triunfante descarga de adrenalina corrió por sus venas. Cada vez que la ninfa tiraba de la maraña, las lianas se apretaban más y más.

–¡Suéltame! –gritó, con un asomo de pánico destellando en su mirada.

–No –contestó Calla. Su voz era casi inaudible con la lluvia–. Me debes algo, y estoy aquí para cobrármelo.

El rugido de la tempestad que se arremolinaba sobre ellas sonaba cada vez más fuerte. La ninfa parecía estar a punto de replicar algo cortante cuando sus pupilas se desviaron hacia el hombro de Calla y el alivio sustituyó al pánico.

Antes de que la bruja pudiera darse la vuelta, sintió la fría presión de un cuchillo contra su garganta. Tragó saliva y la hoja de acero le raspó la piel, pero no se movió un ápice.

–No hagas un solo movimiento –siseó una voz desde atrás.

Era la ninfa de pelo rosa –no recordaba su nombre; estaba enterrado en la bruma–, y Calla sonrió satisfecha por haber conseguido atraerlas a ambas más rápido de lo que esperaba.

–¿Has olvidado lo que soy? –Calla ladeó la cabeza, permitiendo que el cuchillo se deslizara sobre su piel húmeda y dejara un corte poco profundo. Notó un hilillo de sangre caliente corriendo por su cuello.

–Te voy a desangrar... –empezó la ninfa, pero, antes de que pudiera concluir la amenaza, Calla alargó la mano y le agarró la muñeca como una tenaza. El cuchillo se le clavó más profundamente durante un breve instante.

Se concentró en cómo se agitaba de terror el pecho de la ninfa contra su espalda mientras su siphon interior se enganchaba en su objetivo. La ninfa forcejeó para liberarse, pero Calla se volvió en redondo, salpicando barro, y le agarró ahora la garganta.

–No sé qué impresión os habréis llevado vosotras dos, este bosque o los propios dioses, pero os garantizo que ya no vais a poder jugar a vuestros jueguecitos conmigo –declaró en tono desapasionado mientras su magia despertaba por completo y se extendía por sus huesos–. Nos debéis un favor a mi amigo y a mí, y no me marcharé hasta que nos lo cobremos.

Como demostración, desplegó cuidadosamente su poder y absorbió un poco de la energía de la ninfa: lo bastante para que su sangre vibrara de anticipación y para que el pulso de la mujer se acelerara de miedo.

Por favor farfulló la ninfa mientras el cuchillo que tenía en la mano caía al suelo, a sus pies–. Saldaremos nuestra deuda. ¡Suelta a Gabi!

Gabi, repitió mentalmente Calla, reconociendo el nombre de la ninfa atrapada. Su primer encuentro había sido demasiado confuso, pero esta noche estaba preparada para cualquier truco que intentaran para manipular su mente. Había ingerido un puñado de las bayas de saúco resistentes al glamour que Caspian había recogido durante el viaje, las mismas que Gideon le había atado a la muñeca antes de entrar en el bosque. Había perdido el brazalete en el caos del enfrentamiento con la hidra, justo antes de que todo fuera de mal en peor.

–Quiero una forma de resucitar a alguien de entre los muertos –ordenó Calla mientras el recuerdo más doloroso de todos intentaba emerger del abismo sombrío de su mente.

Gabi desorbitó los ojos color esmeralda ante la petición.

–No podemos hacer ese tipo de magia...

–Entonces, buscadme a alguien que pueda –exigió Calla.

–Darci y yo no podemos hacer ese tipo de magia –continuó Gabi–, pero tú sí. Eres una bruja escarlata. Tu reina escogió la sangre y los huesos como fuente de su magia: la vida y la muerte.

Calla entrecerró los párpados.

–La nigromancia solo reanima a los muertos; no reconecta el alma. Y no pienso usar magia oscura.

Pensó en Hannah sin poder evitarlo. Después de tantos años de haberse visto obligada a practicar la nigromancia, su magia había entrado en un estado de letargo. Ahora, su amiga se ponía terriblemente enferma solo con intentar acceder a su poder.

–Si lo que buscas es un alma, hay formas de recuperarla, pero no son fáciles de encontrar –masculló Darci, ahogada por la mano de Calla, que le aferraba el cuello con fuerza y hacía que se le quebrara la voz–. Las valquirias, por ejemplo, pueden cosechar almas y llevarlas adonde quieran, así como invocarlas directamente desde el más allá, pero encontrar una dispuesta a semejante tarea no será fácil.

–Imposible –Calla negó con la cabeza–. Otra opción.

–Ninguna, realmente, si el cadáver al que intentas conectarla no tiene corazón –le espetó Darci.

Calla contuvo el aliento.

–¿Cómo infiernos sabes eso?

–Sabemos muchas cosas. Hasta en el último rincón del bosque se habla de lo que pudo haber ocurrido en la cabaña del Devorabrujas, pero casi todos los chismes carecen de interés. Lo importante es la ausencia de la valquiria. Se ha marchado, y eso solo puede significar una cosa: ha pagado la deuda de su exilio. –Los ojos de Darci brillaron de rencor, regodeándose–. Menudo caos has desatado..., incluso para los estándares del Bosque Interminable.

–Tienes mucha suerte de que no te esté pidiendo tu corazón para traerlo de vuelta –bufó Calla, a punto de ceder al impulso de drenarla y borrar la arrogancia de su cara–. No estoy de humor para oír tus críticas.

El brillo de los ojos de Darci se atenuó ante la amenaza tácita. Bien.

–Al grano –continuó Calla–. Corazón aparte, ¿cómo recupero un alma?

Los corazones eran reemplazables. Las almas no.

–El valle de las Almas –respondió Gabi–. Si la valquiria no ha cosechado su alma, entonces habrá acabado allí. Puedes abrir un portal al valle de las Almas con los ingredientes y el hechizo adecuados..., y luego traer un alma de vuelta.

–¿Qué ingredientes? ¿Qué hechizo? –insistió Calla.

–Invocar portales requiere una cantidad de poder sin precedentes y un talismán del lugar al que intentas llegar –dijo Darci–. En cuanto al hechizo, repito... Nosotras no hacemos ese tipo de magia. Te las tienes que ingeniar sola.

–¿Un talismán específico del valle de las Almas?

Las dos asintieron.

–Eso es lo que quiero de vosotras, entonces –exigió Calla.

Darci sonrió de forma malévola.

–Lo siento, pero ya has agotado tu favor. Querías saber cómo resucitar a alguien de entre los muertos y te hemos dado las instrucciones para hacerlo. Deberías escoger tus palabras con más cuidado la próxima vez.

Eso debería haber provocado la ira de Calla, pero no sintió nada. Era como si, durante las últimas veinticuatro horas, sus emociones hubieran sido sustituidas por una apatía gélida que se extendía lentamente por su mente y por su cuerpo como un veneno. Hasta la lluvia torrencial que le pinchaba la piel le daba igual; era poco más que un inconveniente.

Se preguntó si, en el momento en que Ezra había perdido su corazón, ella también habría perdido el suyo.

Finalmente, Calla soltó a Darci y observó, impasible, cómo empezaba a toser. En lugar de discutir, dijo:

–Aún le debes un favor al príncipe ónice. Me aseguraré de que escojamos cuidadosamente nuestras palabras.

Darci arrugó la nariz con desdén.

–Más vale que os andéis con ojo el príncipe y tú. Necesitaréis mucho más que pedir un par de favores para salir del lío en el que os habéis metido. ¿Cómo lleváis lo del vínculo de almas?

Calla entrecerró los ojos.

–¿Qué sabes de eso?

El brillo regresó a los ojos de Darci.

–Ah, así que ese rumor sí es cierto.

Mierda. No debería haberle revelado a una criatura feérica algo personal y le dio rabia haber caído en una trampa tan obvia, pero ya que había metido la pata...

–¿Sabes cómo...? –comenzó Calla, pero la interrumpió la risilla burlona de Darci.

–¿Cómo romper el vínculo? No. No poseemos una magia lo bastante fuerte como para quebrar un enlace tan poderoso. Yo en tu lugar no me molestaría en pedir ese favor –hizo una pausa–. ¿Por qué? ¿Ya te cansaste del primogénito de los príncipes ónice? Creía que lo habías elegido a él; seguramente eso es lo que pensaba su hermano después de veros besaros, vaya.

Esas palabras deberían haberle roto el corazón a Calla...



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