E-Book, Spanisch, 368 Seiten
Reihe: Ensayo
Smith El legado de la esclavitud
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-129530-4-6
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 368 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-129530-4-6
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Escritor, poeta y académico estadounidense, con El legado de la esclavitud, ganó en 2021 el Premio National Book Critics Circle de no ficción. Trabaja como redactor en The Atlantic. Smith creció en Nueva Orleans hasta que tuvo que trasladarse a Texas con su familia debido al huracán Katrina. Se graduó en 2010 con una licenciatura en Filología Inglesa y posteriormente obtuvo un doctorado en la Universidad de Harvard. Sus ensayos, poemas y escritos académicos se han publicado en The New Yorker, The New York Times Magazine, The Paris Review, Harvard Educational Review y otros medios.
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«Toda la ciudad es una
conmemoración de la esclavitud»
Prólogo
El cielo sobre el Misisipi se expandía como una canción. Aquella tarde sin viento, el río estaba en calma y sus aguas eran de un tono amarillento parduzco por el sedimento que transportaba durante miles de kilómetros a lo largo de tierras de cultivo, ciudades y barriadas en su camino hacia el sur. Al atardecer, parpadeaban las luces del Crescent City Connection, un par de puentes metálicos en voladizo que cruzan el río y unen la orilla occidental de Nueva Orleans con la oriental. Las bombillas luminosas que adornaban las vigas de acero de los puentes gemelos eran como un enjambre de luciérnagas posadas sobre el lomo de dos enormes bestias impertérritas. Un remolcador surcaba las aguas río abajo, arrastrando tras de sí un gigantesco barco. Justo detrás de mí, la algarabía del Barrio Francés reverberaba bajo mis pies a través de la acera de adoquines. Una fanfarria improvisada resonaba en el aire de las primeras horas de la noche y sus trompetas, tubas y trombones se combinaban con el entusiasmo de la muchedumbre allí congregada; un joven tocaba el tambor sobre un par de cubos de plástico vueltos del revés, moviendo las baquetas en las manos con velocidad y destreza, y la gente se reunía para hacerse fotos a la orilla del río, con la esperanza de capturar una imagen de ellos mismos rodeados por aquella reconocible estampa de la iconografía neoorleanesa por excelencia.
Después de que se prohibiera el comercio transatlántico de esclavos en 1808, cerca de un millón de personas fueron trasladadas desde el Alto Sur hasta el Bajo Sur. A más de cien mil las trajeron río Misisipi abajo y las vendieron en Nueva Orleans.
Leon A. Waters llegó y se paró junto a mí en el malecón, con las manos en los bolsillos y los labios apretados, contemplando el lento meandro del río entre las dos orillas de la ciudad. Me habían presentado a Waters un grupo de jóvenes activistas negros en Nueva Orleans que formaban parte de la organización Take ‘Em Down NOLA,[3] cuya misión autopropugnada es «la retirada de TODOS los símbolos de supremacismo blanco en Nueva Orleans como parte de un impulso más amplio en pos de la justicia racial y social». Waters ha sido mentor de muchos de los miembros de este grupo. Ellos consideran que es uno de los ideólogos más veteranos de su movimiento y le atribuyen haber sido un pilar fundamental en su educación política.
Waters —con sesenta años bien entrados y un bigotillo grisáceo sobre el labio superior— llevaba puesta una americana negra sobre una camisa de rayas blancas y grises con el último botón desabrochado. Una corbata de color azul marino colgaba holgada del cuello abierto de su camisa y se balanceaba sobre la pretina de unos vaqueros azul descolorido. Llevaba unas gafas de montura fina y forma rectangular bien ajustadas sobre el puente de la nariz y en la parte inferior de la lente izquierda lucía una leve manchita. Su voz era grave, y su tono, monocorde. Podría pensarse equivocadamente que Waters es hosco, pero su actitud no es más que el reflejo de la seriedad con la que se toma el asunto del que suele departir, la cuestión de la esclavitud.
Ambos nos encontrábamos ante una placa, colocada hacía poco por el Comité de Nueva Orleans para Erigir Señalizaciones sobre el Comercio de Esclavos,[4] que explica la relación de Luisiana con el comercio transatlántico de esclavos.
—Hace su labor —comentó Waters sobre la placa—. A lo largo de todo el día la gente viene, se para, la lee, hace fotos… Es otra manera de educarlos sobre este tema.
En los últimos años, se han erigido carteles como este por toda la ciudad, y cada uno de ellos documenta una relación concreta de la zona con la esclavitud y es parte de una toma de conciencia más amplia. Después de varios años de asesinatos de personas negras a manos de la policía y de que sus muertes se hayan retransmitido mediante vídeos caseros por todo el mundo; después de que un supremacista blanco entrara en una iglesia negra en Charleston, Carolina del Sur, y matara a nueve personas que estaban allí rezando; después de que unos neonazis se manifestaran en Charlottesville, Virginia, para proteger una estatua confederada y reclamaran una historia nacida de una mentira; después de que George Floyd fuera asesinado por un agente de policía que le aplastó el cuello con la rodilla, muchas ciudades por todo el país han empezado a tomar plena conciencia de la historia que ha hecho que momentos como esos sean posibles, una historia que muchos hasta ahora no han estado dispuestos a admitir. A Waters, que se identifica como historiador y revolucionario, no le ha pillado por sorpresa. Durante años, él y otros como él han trabajado por esclarecer el legado de opresión de la ciudad y, por extensión, del resto del país.
Apenas ahora, después de varias décadas de esfuerzos de los activistas y en medio de una oleada aún mayor de presiones a escala nacional, los representantes de la ciudad han empezado a escuchar, o tal vez es ahora cuando sienten que por fin cuentan con el capital político para tomar medidas. En 2017, Nueva Orleans retiró cuatro estatuas y monumentos que, según se había decidido, rendían tributo al legado del supremacismo blanco. La ciudad retiró monumentos conmemorativos a Robert E. Lee, el general que capitaneó el ejército más triunfal de la Confederación durante la guerra civil, que poseía esclavos; a Jefferson Davis, el primer y único presidente de la Confederación, que poseía esclavos; a P. G. T. Beauregard, un general del ejército confederado que estuvo al mando de los primeros fusilamientos en la guerra civil, que poseía esclavos, y un monumento dedicado a la batalla de Liberty Place, una insurrección en 1847 en la que los supremacistas blancos intentaron tomar el control del gobierno estatal de Luisiana constituido en la época de la Reconstrucción. Ahora, todos esos monumentos ya no están, pero al menos un centenar de calles, estatuas, parques y escuelas siguen llevando el nombre de personajes históricos confederados, dueños de esclavos y defensores de la esclavitud. Una fría mañana de febrero, Waters, que es fundador de la empresa de visitas guiadas Hidden History Tours en Nueva Orleans, me prometió que me enseñaría dónde se encuentran algunos de estos vestigios del pasado.
Waters condujo por delante de dos escuelas que llevaban el nombre de John McDonogh, un acaudalado comerciante propietario de esclavos que, hasta la década de 1990, daba nombre a decenas de colegios, llenos en su mayor parte de niños negros; pasamos junto a comercios, restaurantes y hoteles donde en su día hubo oficinas, salas de subastas y corrales de esclavos de más de una decena de empresas dedicadas al comercio esclavista que hicieron de Nueva Orleans el mayor mercado de esclavos del Estados Unidos previo a la guerra, como, por ejemplo, el Omni Royal Orleans Hotel, ubicado en la parcela que ocupaba el St. Louis Hotel, donde se vendía, compraba y separaba a hombres, mujeres y niños, y también pasamos por delante de la plaza Jackson Square, en el corazón atestado de turistas del Barrio Francés, donde se ejecutaba a personas esclavizadas que se rebelaron.
Incluso la calle en la que Waters me dejó al final de nuestro recorrido, donde viven ahora mismo mis padres, lleva el nombre de Bernard de Marigny, un hombre que poseyó a más de ciento cincuenta personas esclavizadas a lo largo de su vida. Los ecos de la esclavitud están por todas partes. Están en los diques, construidos inicialmente por el trabajo de personas esclavizadas. También están en la detallada arquitectura de algunos de los edificios más antiguos de la ciudad, esculpidos por manos esclavizadas. Están en las carreteras y las calles, pavimentadas por personas esclavizadas. Tal como el historiador Walter Johnson ha dicho sobre Nueva Orleans, «toda la ciudad es una conmemoración de la esclavitud».[5]
Nueva Orleans es mi hogar. Allí es donde nací y crecí. Es parte de mí de distintas maneras que todavía sigo descubriendo. Sin embargo, me he dado cuenta de que sabía más bien poco sobre la relación de mi ciudad natal con siglos de sometimiento arraigados en su blanda tierra; en las estatuas por delante de las que he pasado a diario; en los nombres de las calles en las que he residido; y en los edificios que, en su momento, no eran para mí más que vestigios de arquitectura colonial. Todo estaba allí, ante mí, incluso aunque no supiera siquiera buscarlo.
En mayo de 2017, después de que se bajara de su pedestal de dieciocho metros la estatua de Robert E. Lee cerca del centro de Nueva Orleans, fue cuando me obsesioné por saber cómo se recordaba y se tomaba conciencia de la esclavitud, por formarme sobre todas las cosas que hubiera deseado que alguien me enseñara hace mucho tiempo. Nuestro país se encuentra en un momento, en un punto de inflexión, en el que existe la voluntad de abordar a fondo el legado de la esclavitud y de qué manera este ha configurado el mundo en el que vivimos ahora mismo. No obstante, cuanto más ahínco han puesto en contar la verdad sobre su estrecha relación con la esclavitud y sus consecuencias algunos lugares, más acérrimamente se han negado a hacerlo otros. Quería visitar algunos de estos lugares —los que cuentan la verdad, los que se zafan de ella y aquellos que se quedan entre una cosa y la otra— para poder comprender esta toma de conciencia.
En El legado de las palabras, he viajado a ocho lugares en Estados Unidos y a otro fuera del país para comprender cómo hace cada uno de ellos...




