E-Book, Spanisch, Band 1, 320 Seiten
Reihe: Gold Rush Ranch
Silver Ganar a toda costa
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-61-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 1, 320 Seiten
Reihe: Gold Rush Ranch
ISBN: 978-84-19301-61-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Elsie Silver es una autora canadiense de novelas románticas que adora a los novios de novela y a las heroínas descaradas que los ponen de rodillas. Vive en las afueras de Vancouver, en la Columbia Británica, con su marido, su hijo y tres perros, y lee vorazmente novelas románticas desde mucho antes de lo que se suponía que debía hacerlo. Le encanta cocinar y probar nuevas recetas, viajar y pasar tiempo con su hijo, especialmente al aire libre. Elsie también disfruta levantándose a las cinco de la madrugada, que es la hora a la que suele escribir. Afirma que en ese momento puede tomar una taza de café caliente y soñar con un mundo ficticio lleno de historias románticas que compartir con sus lectores.
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1
Vaughn
Gimo y hundo la cabeza entre las manos, derrotado.
—Dios…
Los correos no paran de llenar la bandeja de entrada. Son periodistas lanzándome preguntas…, preguntas interminables.
Llevo horas sentado ante este escritorio escuchando el incesante sonido de los mensajes entrantes mientras pongo patas arriba el despacho de mi abuelo en busca de algo. Reviso página tras página del libro de contabilidad del rancho y hurgo en los archivadores, esperando encontrar alguna pista. Incluso he llegado a golpear las paredes interiores de los cajones del escritorio, como si esto fuera una película y no la vida real, y pudiera abrirse un compartimento oculto donde se encontrara exactamente lo que estoy buscando.
¿Qué estoy pasando por alto?
Tengo que demostrar su inocencia. No puedo dejar que ese sea su legado.
Soy el genio del marketing de la empresa familiar, así que sé que ahora me toca limpiar un montón de mierda. Y eso es lo que debería estar haciendo en este momento: poner mi mejor sonrisa y calmar los ánimos; trazar un plan para seguir adelante; transmitir calma a los medios de comunicación; pedir disculpas a todos los compañeros del sector y hacerles la pelota a nuestros accionistas.
No puedo dejar que un escándalo aquí, en el rancho, ponga en duda el trabajo de Gold Rush Resources. Claro, los dos negocios son nuestros, pero con uno ganamos dinero, mientras que el otro solo alcanza a cubrir gastos. En el fondo, sé que la única manera de inspirar confianza en la empresa minera es echar a los leones a mi abuelo, uno de los hombres más importantes e influyentes de mi vida.
Con un suspiro, hago clic en el ratón para abrir la bandeja de entrada.
«Solicitud de declaración RE: Carreras amañadas».
Cuando me rasco la cara, la barba incipiente me araña los dedos. No quiero responder, pero ya han pasado dos semanas. Tengo que dejar de esconderme en el rancho y de darme cabezazos contra la pared.
Hace dos semanas, mi abuelo, Dermot Harding, el hombre que prácticamente me educó cuando todos los demás se habían rendido, murió de un infarto fulminante. Se desplomó aquí mismo, en este despacho, y un día después los periódicos de todo el país publicaron en primera plana el apellido familiar con su foto para ilustrar un artículo sobre cómo había sido el cabecilla de uno de los mayores escándalos de amaños de apuestas en la historia de las carreras de purasangres.
Un puto desastre, sin duda.
De forma racional soy consciente de que el hombre tenía ochenta años, una edad normal para morir. Pero su repentina pérdida me ha conmocionado hasta lo más profundo de mi ser. Quizá su muerte aún no me haya afectado, porque solo puedo pensar en limpiar su nombre. Han enfangado todo su legado y ni siquiera está presente para defenderse. Es imposible que el hombre que prácticamente me crio haya hecho eso. No puedo aceptarlo.
El teléfono vibra y desvío la atención del correo que tengo delante para mirar cómo baila sobre la superficie brillante del escritorio. El nombre de Cole parpadea en la pantalla con la imagen de un muñeco de G. I. Joe, algo que un día normal me habría hecho sonreír. Pero hoy no. Hoy no estoy de humor para hablar con mi hermano mayor.
No puedo apartar los ojos del teléfono, pero tampoco me animo a cogerlo. Dejo que la llamada vaya al buzón de voz y, unos instantes después de que la pantalla se apague, vuelve a encenderse con otra llamada. Cole es implacable, y yo soy demasiado transigente con mi familia como para ignorar dos llamadas seguidas. Puede haber pasado algo.
Pulso el botón para responder y me acerco el móvil a la oreja.
—¿Qué?
—¿Ya has terminado de jugar a La casa de la pradera?
Pongo los ojos en blanco; Cole es un capullo.
Todos tienen sus propias ideas acerca de cómo debería comportarme después de la muerte de mi abuelo y de la revelación del escándalo. Mi hermano, mi madre, la junta directiva…
—¿Necesitas algo o solo quieres burlarte de mí?
—Tienes que volver. No estás dando la cara, Vaughn —refunfuña, aunque sabe que por ese camino no va a conseguir nada.
Acostumbro a ser el rostro visible de la empresa, pero en esta ocasión necesitan que ofrezca un espectáculo totalmente distinto al habitual, y supongo que no estoy cumpliendo sus expectativas. Quieren sangre salpicada de una pizca de vergüenza, y la quieren públicamente, donde todo el mundo pueda verla.
Pero esta vez no estoy por la labor.
—Sé cuáles son las expectativas, Cole. Pero no me importan.
Le oigo protestar al otro lado de la línea. Soy el único al que no puede tachar de su lista sin más, y eso debe de robarle el sueño. No le preocupa cómo estoy, sino mantener todo limpito y en orden. Como a él le gusta.
—¿Cuánto va a durar esta escapada tuya?
Tenso la mandíbula mientras pienso en la mejor manera de responder a esa pregunta.
A él y a todos los demás implicados les inquieta que los haya dejado en la estacada y haya huido de Vancouver a las tranquilas montañas y valles de Ruby Creek. Debería estar sobrellevando el luto con solemnidad, siguiendo el protocolo de la empresa sobre cómo mostrarme conmocionado, decepcionado y «reconociendo mis sentimientos» de la forma adecuada. Lo que, al parecer, se hace celebrando ruedas de prensa, desfilando de forma concertada, como si yo fuera una especie de escolta glorificado, y luego escribiendo un emotivo editorial para que lo publiquen los periódicos.
Lo lamento por ellos, porque aún no estoy triste.
Estoy enfadado. Cabreado porque el hombre al que quiero más que a nadie murió solo en su despacho tras recibir un impacto tan fuerte que su corazón se rindió.
Y toda esa ira hace que la gente que me rodea se sienta incómoda, y si algo he aprendido en mis veintiocho años de vida, es que la mayoría de los seres humanos son capaces de hacer casi cualquier cosa para mantenerse en su zona de confort. Se aferrarán a ella hasta tener los nudillos blancos y las palmas de las manos sudorosas, con una desesperación frenética. Destrozarán las relaciones familiares, soportarán matrimonios de mierda, apuñalarán a amigos por la espalda… Lo que sea. La comodidad es lo que prima.
Y a mí, por el momento, me importa una mierda lo que piensen los medios de comunicación o lo que mi silencio signifique para la empresa. He sido su niño mimado durante años. Recibí la educación adecuada y luego dejé que me sacaran a pasear como un poni de feria.
—Todo el tiempo que haga falta —respondo antes de colgar. Estoy harto de hacer lo imposible para complacer a los demás. Necesito tiempo para mí.
He sufrido al tener que aguantar a gente a la que no soporto, me he reído de chistes que no tenían gracia y me he codeado con algunas de las personas más influyentes de Vancouver con el único objeto de cumplir con mis obligaciones hacia el negocio familiar. Llevo años siendo el hombre que salía en todas las portadas, el soltero más codiciado de los círculos elitistas de la ciudad sin quejarme. Así que, por lo que a mí respecta, que se jodan todos y que aguanten mis nervios durante unas semanas.
El mundo no va a detenerse si dejo de sonreír unos días. O si me tomo un tiempo lejos de Gold Rush Resources para salvar el rancho.
Sin embargo, el mero hecho de plantear esa idea ha caído como un jarro de agua fría en el núcleo familiar. Cole ha puesto el grito en el cielo. Ha dicho algo sobre que estaba tirando mi carrera y mi futuro a la basura, para después ofrecerme algunos consejos que, en resumidas cuentas, implicaban que dedicarme al rancho no es beneficioso ni productivo para «el negocio principal». Según él, después del funeral del abuelo, debería centrarme en mi trabajo y pasar algún tiempo con la familia para sobrellevar el duelo.
Resoplo. Es una ironía viniendo de él, el hombre que desapareció la última vez que ocurrió una tragedia, como le recordé justo antes de añadir que, de hecho, me iba a tomar una excedencia para dirigir el rancho. Luego me di media vuelta y abandoné lleno de furia nuestras lujosas oficinas en el corazón financiero de la ciudad.
¡A la mierda la jungla de asfalto!
Ese mismo día hice las maletas y me mudé al rancho de mi abuelo. Cuando llegué me sentí reconfortado por el sentimiento de cercanía y me inundaron los recuerdos felices de mi infancia.
El Gold Rush Ranch pertenece a nuestra familia desde hace generaciones. En su momento, fue el rancho ganadero de la familia de mi abuela Ada, y hoy en día es una de las principales instalaciones de cría de caballos de carreras del oeste de Canadá. Este lugar era el sueño de mi abuela, o al menos eso era lo que Dermot me decía siempre. Ella murió cuando yo era pequeño, y mis recuerdos no son muy vívidos, pero me consta que fue la razón por la que mi abuelo se quedó aquí y se centró en el rancho mientras dejaba que otras personas sacaran adelante la compañía minera. Y sé que el amor que se profesaban era digno de un cuento de hadas.
Que mi hermano y mi madre no entiendan mi apego por este lugar no significa que no sea auténtico. Ninguno de ellos me conoce bien, de todos modos, ni siquiera lo han intentado. Nunca se han desvivido por mí. Hablamos, por supuesto, pero a menos que estemos tratando de cómo llevar los negocios familiares, nuestras conversaciones son breves y superficiales. Solo tolero las intromisiones de mi madre porque es la única atención que recibo de ella. Suena...




