E-Book, Spanisch, 500 Seiten
Serrano El mudo y la daga
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10070-80-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 500 Seiten
ISBN: 978-84-10070-80-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
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Es historiador por la Universidad de Cantabria, Máster en Estudios Medievales por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Profesor de Secundaria Obligatoria por la Universidad de Valladolid. Durante sus años viviendo y estudiando en Roma, Carlos Serrano descubrió que la Edad Media resultaba una fuente inagotable de tramas para su incipiente afición a la escritura. En 2022 vio la luz su primera novela, Mundus novus. En 2023 publica El camino enterrado, cuya trama se encuentra relacionada con el misterioso hallazgo del cuerpo del apóstol Santiago en Compostela. El mudo y la daga supone la vuelta de Carlos Serrano en la Alta Edad Media para sumergirnos en los avatares del mundo nórdico y de la primera expedición realizada por los vikingos en la península ibérica.
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1
«La vianda más común [entre los daneses] es el pescado. Si alguien tiene un hijo deforme, lo tira al mar para tener de este modo menos gasto».
Ibrahim ibn Ya’cub de Tortosa, viajero judío del siglo x, en una descripción de las costumbres de los daneses recogida por Abu Abdullah al-Bakri en su obra Al-Masalik wal-Mamalik («Libro de rutas y reinos»)
Hältvest, reino de los daneses, invierno del año 819
Mi primera patria fue una isla bañada por el mar y las marismas que rodean la lejana tierra de los daneses. Podría parecerse, señor de musulmanes, a las tierras que atraviesa el ancho Guadalquivir antes de morir en el océano, con sus caños y lagunas rebosantes de aves. Por desgracia, el lugar que me trajo al mundo nunca conocerá el abrazo del sol de al-Ándalus: nací en el norte, donde el frío y la lluvia reinan, allá donde los árabes imaginan el infierno, guarida de las bestias abisales.
—Es un niño: un varón fuerte y sano que sobrevivirá al invierno —fue lo primero que dijo mi padre, según me contó mucho después—. Recibid en Midgard, dioses de nuestra casa, a Sygurd, hijo de Harald Sygurdsson. Otórgame tu fuerza, padre Odín, para protegerlo…
El padre que me dio un nombre y me encomendó a los dioses del norte se llamaba Harald. Sabed de él, valí, que era un danés de sangre vieja, guerrero y heredero de un linaje de jarls, como llamamos en nuestra lengua a los jefes y caudillos que rigen las tierras de aquellos a quienes vosotros llamáis madjus.
—¡Balder luminoso, Thor tonante, Frigg bondadosa! ¡Os muestro en mis brazos a Sygurd, heredero de mi sangre!
El orgullo de mi padre se convirtió en inquietud al observar un extraño apéndice en mi cabeza. Puedo imaginar a Harald palpando el pequeño trozo de carne de apenas un dedo de ancho que ocupaba el lugar donde debería haberse encontrado mi oreja, y también su gesto atribulado.
—Está tullido, Helga.
Unos brazos cálidos me tomaron consigo, y me acercaron a un pecho que emanaba un olor dulce y acogedor.
—Soportará la prueba del frío, esposo; confía en tus dioses.
Mi madre, allá donde se encuentre, aún debe de responder al nombre de Helga. Además de protegerme de las primeras sospechas de mi padre, me legó unos iris verdes como la cebada recién cortada y el cabello pajizo que nunca me cortaron, pues tal es la costumbre entre los daneses.
—«A Frisia llegan las grullas, grullas que vienen del sur, del sur de los sarracenos, donde el cielo es azul…» —decían las primeras nanas que Helga susurró tantas noches en mis oídos, aquellas que nunca se olvidan por mucho que los años pasen.
Aquellos versos supusieron mi primer aprendizaje de la lengua franca que hablan los cristianos del Occidente, la misma que mi madre utilizaba en la más estricta intimidad para enseñarme un lenguaje que nadie más parecía entender en la aldea de Hältvest. Tardé años en saber por qué Helga conocía aquella lengua dulce y suave, tan diferente a la lengua de los daneses, y por qué cada vez que la hablaba sus ojos parecían brillar con un tono diferente. Y cuando por fin lo supe, comprendí por qué Helga nunca hablaba aquella lengua delante de mi padre.
Años más tarde descubrí que durante mi primer mes de vida Harald adoptó la costumbre danesa de exponerme al frío durante el amanecer. Un cesto de cañas a la puerta de nuestra casa bastaba como refugio para mi cuerpo indefenso, sin importar el tiempo que los dioses de Asgard descargasen sobre nuestra aldea. Mi padre me contó años más tarde que nunca lloraba ante la lluvia o la nevada, el viento o la escarcha, y por aquel motivo pronto supo algo que lo llenó de alivio.
—Olvida la oreja tullida, Helga: es un verdadero Sygurdsson.
Al nacer heredé la historia de mi casa y también su destino. Los hombres del norte creemos que nuestra ruta en el mundo se escribe desde el pasado y mucho antes de nuestro nacimiento. De haber venido al mundo en la casa de mis vecinos, un hijo sin oreja hubiese pasado inadvertido, pero la imperfección de mi rostro afectaba más a mi padre que cualquier derrota en la batalla.
—¡Mamá, sopa! —dije un día.
—¡Puede oírnos! —debió de exclamar mi madre—. ¡Está sano, Harald!
Una vez superada la prueba, mi padre me sentó en sus rodillas, y sentí el roce de su barba sobre mi frente.
—Padre Odín y madre Frigg, dueños de nuestros destinos: recibid en Midgard a Sygurd, hijo de Harald, del linaje de los Sygurdsson, y de Helga. —La voz de mi padre sonó ronca y cálida en mis diminutos oídos—. Dale tu protección, padre de los cielos, y tuyos serán mi sangre y mi aliento.
Mi madre, en cambio, esperó a la noche y a los ronquidos de Harald para enseñarme un colgante que pendía de su cuello. Era una cruz de madera, y mis curiosos dedos la buscaron para jugar con ella. Es el primer recuerdo nítido que poseo, valí, porque los ojos de mi madre brillaban mientras me besaba.
—Cristo también te protege, pequeño Sygurd—susurró en mi oído—. Amén.
Verano del año 829
Tal y como mi padre predijo, sobreviví a los fríos inviernos que azotan la tierra de los daneses y alcancé los diez años de edad convertido en un niño fuerte y lozano de gruesos rizos rubios que mi madre dejó crecer para ocultar mi malformación. Una vez comencé a andar con soltura, mis padres me abrieron la puerta de casa para descubrir el mundo que aguardaba fuera y crecí, aprendí a correr e hice mis primeras amistades entre las cabañas de Hältvest moviéndome como uno más entre los niños de la aldea. Había muchos niños en Hältvest por entonces, y todos los hogares alimentaban a tres o cuatro vástagos que llenaban la aldea con sus carreras y risas. No tardé en darme cuenta de las extrañas miradas que mi padre lanzaba a Helga cuando yo retornaba solo a mi casa, sin hermanos que me acompañasen en mis aventuras. Entre todos, mi mejor amiga terminó siendo la hija de la viuda Gertra, nuestra vecina, una niña de mirada aguda y ojos rasgados llamada Idda.
Por motivos que entonces no comprendía, la viuda Gertra servía en mi casa prestando ayuda a mi madre con la comida y la costura. Idda era siempre mi compañera de juegos, y como era una niña divertida y ocurrente, no había tarde en la que no estuviésemos inmersos en alguno de los mundos que los niños crean para entretenerse.
Un día, Idda me preguntó algo en lo que nunca había reparado.
—¿Por qué no tienes hermanos?
Levanté la mirada y pude escuchar los juegos de las decenas de niños que vivían en Hältvest. Los retoños de padres jóvenes abundaban en aquellos días, y los hijos y hermanos se contaban por pares excepto en dos casas que conocía muy bien.
—Tú tampoco tienes hermanos, Idda —contesté con voz aguda.
—Pero mi padre está en el Valhalla… —levantó la vista hacia el cielo antes de seguir— y el tuyo vive en tu casa.
No supe contestarle, y pensé en distraerla.
—¿Y por qué murió tu padre?
—Odín se lo llevó en un lugar que llaman Frisia —contestó Idda con orgullo—. Mi madre me ha contado que luchaba junto a un jarl muy valiente llamado Ragnar, un hombre del rey.
Los niños no suelen hablar del pasado, y pronto continuamos jugando mientras mi pequeño corazón olvidaba al padre de Idda para repetirse una pregunta que me revolvía las tripas. Aguanté sólo unas horas, y cuando la noche dejó atrás al día, junté el valor para hablar con Helga.
—Mi vientre aún está cansado por tu nacimiento —explicó mientras me acariciaba el cabello—. Pero te prometo, Sygurd, que algún día tendrás un hermanito. Vendrá con la primavera, bajo las alas de las grullas de Frisia que visitan la marisma.
Recuerdo cómo acarició mi nariz antes de volver los ojos hacia el guiso que preparaba sobre las brasas con una mirada melancólica.
—¿Qué es Frisia? —pregunté al recordar, de pronto, la historia del padre de Idda.
Helga paró de remover el caldo, y lanzó una veloz mirada a la cortina de lana que cerraba la puerta de nuestra casa. El silbido de una piedra afilando un hacha indicaba que mi padre Harald se encontraba fuera, aprovechando las últimas luces del ocaso.
—Frisia es una tierra lejana, más allá del mar, siguiendo el sol hacia el sur. —Los dedos de mi madre buscaron el colgante con la cruz que pendía de su cuello—. Allí reina un emperador y, también, un dios muy poderoso: Cristo.
—¿Cristo? —pregunté con voz chillona e infantil.
El silbido dejó de sonar en el exterior de nuestra casa, y presencié cómo el gesto de mi madre cambiaba mientras la cortina se movía para dar paso a Harald. Mi padre sostenía con ambas manos su hacha de guerra, y su mirada golpeó a su esposa con un silencio interrogante.
—Haz la cena, mujer.
Helga volvió el rostro hacia el puchero y Harald se aproximó a las brasas para calentar sus manos. La mirada que cruzaron todavía permanece grabada en mi alma, y aunque no supe comprenderla, fue la primera vez que conocí el miedo en los ojos de mi madre.
Mi padre percibió mi atención, y me revolvió los cabellos con una sonrisa forzada.
—Tendrás un hermano, Sygurd, cuando tu madre decida olvidar su pasado.
A la mañana siguiente, el cuello de mi madre estaba diferente, más largo y menos brillante, y pude advertir que la cruz con la que solía jugar antes de dormirme en su regazo había...




