E-Book, Spanisch, 515 Seiten
Serrano El camino enterrado
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-57-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 515 Seiten
ISBN: 978-84-19301-57-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
(Santander, 1995). Historiador por la Universidad de Cantabria y Máster en Estudios Medievales por la Universidad Complutense de Madrid. Durante sus años viviendo en Roma descubrió que el Medievo resultaba una fuente inagotable de tramas en las que bucear. Su primer libro, El Foramontano (Universidad de Cantabria, 2017), fue una primera incursión en los injustamente denominados «Siglos Oscuros». Con Mundus novus (Pàmies, 2022), su siguiente novela, buscó dar vida a personajes que nunca han salido de las crónicas medievales y que esperan ser descubiertos. Escritor empedernido y surfista por vocación, trabaja como profesor de Geografía e Historia en un colegio de Santander y como periodista de viajes para Condé Nast Traveler. Cuando no se encuentra viajando o escribiendo, es fácil encontrarlo en las playas del norte, desde Asturias a Cantabria.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
Prefacio
Año 809 d.C., equinoccio de otoño
Colinas de Armórica, Marca de Bretaña (Imperio franco)
Las luces de la tierra despertaban, aún somnolientas, después de una noche gélida de luna nueva. El bosque era un crisol de sombras atravesadas por las agujas de los pinos que caían lentamente sobre las capas de una compañía de jinetes, colándose entre los anillos de las cotas de malla, empujadas por un viento marino que silbaba a través del bosque y transportaba hacia los guerreros el olor familiar del incienso. Estaban cerca de su meta, pero ninguno abrió la boca bajo los yelmos de bronce. La premisa era silencio hasta que tuviesen a la vista la aldea de los bretones.
—Gastón…
El aludido percibió la llamada, y alzó la cabeza. El casco le iba grande, y cubría un rostro juvenil adornado con gruesas espinillas en el mentón. La holgura de su yelmo apenas permitió a Gastón distinguir que quien lo llamaba se encontraba a su lado, tan cerca que sus caballos casi podían rozarse los cuellos. Era otro guerrero, tan joven y lampiño como él, cuya mueca atribulada resumía sus nervios.
—Por la Virgen y los ángeles, me lo he hecho encima.
Gastón observó la entrepierna del jinete, y antes de que sus ojos pudiesen distinguir nada, el olor característico del miedo cuando sale del cuerpo entró en sus narices. Una mancha marrón teñía las ingles de su compañero, cuyos ojos lo miraban temblorosos de miedo.
—Respirad tranquilo, Aznard. El emperador nunca nos enviaría a la muerte…
—Podría ser una trampa. Estos árboles tienen ojos y bocas, y saben comunicarse con los bretones…
—¡Chist!
Uno de los jinetes había vuelto el rostro hacia los jóvenes, y ambos distinguieron la tonsura del único religioso que acompañaba a los guerreros. Era joven también, poco mayor que ellos, y vestía un hábito negro que apenas acertaba a camuflar su cuerpo delgado. La mirada de advertencia que lanzó a Aznard y Gastón hubiese podido hacer arder el musgo.
—Floro de Lyon, siempre vigilando… —murmuró el gascón, alzando, desdeñoso, la nariz hacia el monje.
No debió haberlo hecho. El religioso pegó un codazo al jinete que caminaba a su lado, un guerrero tocado con un yelmo plumado que lo distinguía como capitán de la compañía. Su nombre era Lupo de Gascuña, y su loriga rechinó al girar el torso sobre la silla del caballo y detener los ojos sobre Aznard y Gastón.
—¡Silencio ahí atrás!
Silencio o el plan podría irse al traste. Gastón agachó la cabeza, avergonzado, mientras Aznard frenaba ligeramente al caballo. Sólo fue un momento, antes de alcanzarlo. La única manera de no volver a cagarse encima era seguir hablando.
—Mi primo se cree un conde imperial… —Aznard elevó despectivamente un labio hacia la espalda de Lupo—. Y sólo es un capitán aferrado al hábito del hermano Floro.
—Cerrad vuestra boca, amigo, os lo suplico —rogó Gastón, vigilando la vanguardia—. Si los bretones descubren nuestra marcha, nos meteremos en un buen lío…
—Algún día seré el duque de Gascuña, y entonces yo mandaré callar a Lupo.
Gastón puso los ojos en blanco mientras rezaba para que el hermano Floro no girase de nuevo la cabeza. En el fondo, podía disculpar la locuacidad de Aznard. Su padre solía decirlo: el miedo a la muerte hace brotar palabras peligrosas, porque las consecuencias de pronunciarlas dependen del final de la batalla.
—Ayer, en el campamento, dijisteis que esta es vuestra primera guerra —señaló Aznard, inclinándose sobre el cuello de su caballo.
—Así es. Al igual que vos.
—¿Y no tenéis miedo?
Los ojos grisáceos del muchacho se clavaron en Aznard mientras se colocaba con una mano el holgado yelmo.
—Mi padre siempre decía «Quien antes teme primero muere». —Gastón sonrió, ufano—. En Lyon, mi ciudad, he corrido uros bravos durante las fiestas de San Miguel, y no temo a la muerte más que cualquiera de ellos. —Y sus ojos señalaron a los francos que avanzaban por el bosque, embutidos en hierro.
Aznard sacudió la cabeza.
—Los burgundios tenéis fama de estar chalados.
—De los gascones, en cambio, se dice que sois…
El trote de un caballo interrumpió la conversación, y la imponente figura de Lupo de Gascuña apareció ante los muchachos bajo las miradas del resto. Tras él montaba el hermano Floro de Lyon, cuya mueca airada perforó a Gastón. Los muchachos sintieron cincuenta pares de ojos clavados en sus espinillas.
—Una palabra más y os degüello aquí mismo. —La montura de Lupo bufó al percibir el enfado de su jinete—. Nuestro emperador se encuentra a cuarenta leguas, plantando cara al ejército de los bretones, para que nosotros podamos atravesar este maldito pinar sin que nadie pueda percibirnos. Hay cinco mil cristianos esperando que, por Cristo Pantocrátor y los callos de san Pablo, cerréis vuestras estúpidas bocas. Poco me importa la sangre que compartimos, primo. —El índice del capitán se clavó en Aznard—. Os mataré con mis propias manos como nuestra misión fracase.
Un golpe de fusta devolvió a Lupo de Gascuña a la vanguardia, y la compañía siguió caminando entre altos pinos cuyas copas tapaban la luz del sol. Unos pobres rayos otoñales iluminaban de vez en cuando las águilas pintadas en los escudos de los jinetes, y a pesar de las advertencias de su capitán, se escuchaban susurros inquietos entre los guerreros. Murmuraban en lengua lombarda, franca, gascona y provenzal, porque hombres de todo el Imperio habían acudido a luchar a la guerra de Bretaña. Algunos portaban cruces en la mano, estandarte preferido por los guerreros que servían al emperador Carlos y a su hijo Luis, señores de los cristianos de Occidente. La rebeldía de los bretones duraba más de doce años. Y estaba en su mano terminarla, para gloria del Imperio franco.
—En fila de a uno —circuló la orden de Lupo, de rienda a rienda, y los jinetes formaron.
El suelo del bosque había comenzado a inclinarse bajo los cascos de los caballos, para dar lugar a una ladera arbolada que camufló a los francos. La pendiente terminaba abruptamente ante unas verdes praderas regadas por el curso de una ría donde pescaban garcetas. El olor a marisma y sal marina llegaba hasta el bosque, mezclado con el fuerte aroma a incienso que había guiado sus pasos hasta allí.
—¡Alto, silencio! —susurró, imperativo, Lupo de Gascuña, alzándose sobre la silla, aunque no era necesario.
Todos habían visto los contornos de una aldea de casas de madera cuyos altos tejados, forrados con paja y musgo, se juntaban cerca de las mansas aguas de la ría. Ocultos bajo las copas de los pinos y las sombras que envolvían la colina, los francos también pudieron distinguir la silueta de una iglesia con las paredes forradas de muérdago y rodeada de recios edificios de piedra. Era muy similar a las ordenadas formas de las abadías y monasterios que todos habían contemplado alguna vez en el Imperio.
Había, sin embargo, dos notorias diferencias. Grandes cruces de piedra clavadas en la hierba rodeaban por completo la abadía, pétreos centinelas protegidos por las formas circulares de las estelas. Entre ellas bailaba el humo del incienso, proveniente de unas puertas que en cualquier iglesia franca jamás hubiesen emanado aroma alguno.
—Extraños cristianos estos… —soltó de pronto Aznard, sobresaltando a Gastón.
La mirada del muchacho recorrió la aldea, y se detuvo en un roble enorme cuya copa daba sombra a un círculo de cruces de piedra. Allí se encontraba una heterodoxa multitud: parejas de ancianos envueltas en pieles que portaban a sus nietos en brazos, mujeres de cabellos rubios con joyas de ámbar en los dedos y niños que miraban hacia las puertas abiertas de la iglesia con los dedos cruzados sobre el pecho.
—No hay guerreros, sólo mujeres, niños y viejos… —murmuraron los francos, y sus corazones comenzaron a latir de otra manera.
Lupo de Gascuña ignoró los susurros de sus hombres y prestó atención a cuanto sucedía junto a la abadía. Cuatro figuras envueltas con hábitos blancos avanzaban hacia el roble, abriéndose paso desde las puertas humeantes de la iglesia. Sus cabezas lucían una extraña tonsura hasta la mitad del cráneo, y portaban vasos de vidrio traslúcido que permitía ver su contenido: leche de vaca. Los monjes, porque eran cristianos, también llevaban un racimo de uvas, con el que acariciaban el rostro de los presentes.
Una niña bretona tomó un vaso de manos de un monje y bebió con ansia la leche hasta terminar recibiendo el abrazo de su madre. Gastón pudo ver su blanco bigote iluminando la ceremonia.
—Preparados para cargar —ordenó Lupo de Gascuña.
Los francos, sin embargo, permanecieron en su lugar. Los más veteranos habían vuelto el rostro hacia el gascón, y negaban con la cabeza mientras señalaban con las lanzas hacia la aldea bretona.
—Son cristianos, señor, y están indefensos…
Un clamor interrumpió los reparos de los francos. Abajo, en la aldea, los bretones habían prorrumpido en cánticos y aplausos: acababa de dar comienzo una extraña ceremonia en torno al roble centenario. Unos músicos armados con flautas y tamboriles rompieron a tocar una música alegre que despertó el baile de los aldeanos, y pronto no quedó un bretón que no danzase entre cánticos bajo el roble que presidía el campo de cruces.
—Shamain, shamain! —Hasta ellos llegaban los cánticos de los...




