E-Book, Spanisch, 230 Seiten
Serna El pasado no existe
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-16876-93-8
Verlag: Punto de Vista
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Ensayo sobre la Historia
E-Book, Spanisch, 230 Seiten
ISBN: 978-84-16876-93-8
Verlag: Punto de Vista
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Justo Serna (1959) es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia. En su dilatada trayectoria docente e investigadora se ha dedicado sobre todo a la historia social y cultural y a la historiografía. Entre sus obras destacamos Cómo se escribe la microhistoria (Cátedra, 2000), La historia cultural. Autores, obras, lugares (Akal, 2005, 2013) y Los triunfos del burgués. Estampas valencianas del Ochocientos (Tirant Lo Blanc, 2011), todas ellas junto a Anaclet Pons. En el campo de la historia cultural es autor de Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina (Biblioteca Nueva, 2004), Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas (PUV, 2008), La imaginación histórica. Ensayos sobre novelistas españoles contemporáneos (Fundación Lara, 2012), Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos (Fórcola, 2014) y Antonio Muñoz Molina. La letra pequeña (Sílex, 2016). Además, Justo Serna tiene numerosas publicaciones sobre la cultura de masas. Para Punto de Vista Editores escribe la serie CoolTure junto a Alejandro Lillo. De momento tres volúmenes la integran: Young Americans. La cultura del Rock, 1951-1985 (2014), Todo es falso salvo alguna cosa. Observaciones sobre el mundo contemporáneo (2014) y Más acá hay monstruos. Historia cultural (2015). También ha publicado Españoles, Franco ha muerto (Punto de Vista Editores, 2015).
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
Segunda parte
¿Qué es la historia?
La historia depende. ¿De qué depende?
La historia es hoy investigación reglamentada, regulada. No basta con el genio del historiador, su talento, su intuición instintiva, su buena prosa, su capacidad psicológica. No basta tampoco con su capacidad evocadora. El investigador ha de observar en contexto: de hecho, ha de delimitar tal cosa preguntándose cuáles son las circunstancias de los actos humanos que estudia. El contexto no viene dado de antemano, pues el marco de significado, los límites del significado, no son necesariamente los que los historiadores darán el día de mañana.
Quien investiga ha de tener en cuenta la circunstancia en la que creen desenvolverse los sujetos, sus concepciones, sus ideaciones, sus aspiraciones. Eso que llamamos Revolución Francesa no es el marco en el que intervienen quienes toman la Bastilla. Para ellos, no hay porvenir que pueda ser descrito, definido, designado como tal.
Por supuesto, los individuos y los grupos tienen aspiraciones, aspiraciones contradictorias, pero carecen de criterios reguladores que les dicten el curso cierto del porvenir. Hay expectativas, pero varían según los actores que intervienen. Es más, las aspiraciones y las expectativas al sumarse o restarse provocan efectos imprevistos. ¿A qué me refiero? A los efectos de composición o de descomposición de metas y proyectos. Por tanto, los sujetos han de sobreponerse a lo que no esperaban o deseaban.
¿Un historiador puede profetizar? En nuestra profesión, las predicciones son tan inseguras o dudosas como lo son en otras disciplinas. La experiencia y el saber del historiador le dan pistas, por supuesto. Ese mismo observador sabe que los humanos somos menos originales de lo que creemos ser, que somos más rutinarios de lo que nos gustaría admitir, que nuestro comportamiento es computable. Pero el futuro no solo está condicionado por un sujeto excepcional o dos que tuercen el curso del devenir.
Lo venidero depende de las fuerzas sociales en colusión o en colisión, la conducta reflexiva y propiamente predictiva de los individuos y grupos, que complica lo que los sujetos esperan y lo que el historiador puede anticipar razonablemente. La historia no es una caja de bombones, esa de la que nunca sabes qué te va a tocar. Pero la vida es una confusa, una heteróclita mezcla de acciones, reacciones, intenciones, reflexiones, anticipaciones. Los individuos obran de acuerdo con su experiencia y a veces intervienen a tontas y a locas, a ojo y con audacia, sin saber que les deparará el futuro. Hay que imaginar lo complejo que es el porvenir para los sujetos, pues sus deseos no suelen coincidir con la realidad.
Imaginemos lo complejo que resulta no ya el futuro sino el pasado para los historiadores. Determinar cuáles son las intenciones de los antepasados no resuelve la indagación. Hay que averiguar lo que los actores no sabían e incluso lo que no sabían que sabían cuando se pusieron a obrar. Apuntemos brevemente sobre el caso de España.
Ni pintoresca ni fatal
Durante décadas y décadas del siglo XX, la particularidad histórica de España fue vista, concebida y presentada como una anomalía. ¿Acaso por ser el nuestro un caso particular, precisamente? Todo proceso lo es, dado que no hay regla general o modelo normativo al que deban atenerse los países. El capitalismo o la democracia parlamentaria llegan a Europa, por ejemplo, pero tardan en llegar. ¿Porque son la consumación o el fin de la historia, el premio de consolación antes de alcanzar la felicidad universal o antes de disfrutar a la diestra de Dios padre? Evidentemente, no.
No hay meta que nos redima, al menos si la historia la concebimos en un sentido laico y radicalmente ilustrado. No existe el progreso general en el que creyeron numerosos iluministas del setecientos. Tampoco un juicio final en el que igualmente creen, por ejemplo, los católicos. Esas metas escatológicas de redención no son cosa de historiadores, personajes de convicciones más modestas y civiles.
Cada uno de los países europeos, pongamos por caso, tiene su propia historia de conflictos, de revueltas, de motines, de revoluciones, de guerras, de guerras de religión, de guerras dinásticas, de guerras civiles, que hacen muy variable la cronología de los respectivos procesos y que hacen igualmente espantoso un pasado de violencias, triunfos, fracasos, matanzas y todo tipo de sevicias y crueldades. En eso, la historia española no es diferente. Como mucho son distinta la cronología y diversas las consecuencias.
En efecto, la historia no es teología, la verdad revelada que nos manda Dios para que se cumplan sus enseñanzas y el destino final. Pero la historia tampoco es teleología. No es un proceso irrefrenable o fatal cuyas etapas inamovibles cada país deba atravesar hasta la consumación de los tiempos.
Sin embargo, el caso español se ha presentado frecuentemente en términos de anomalía. ¿Anomalía? ¿Acaso por verse como la otra cara del fracaso? Durante años, incluso siglos, nuestro proceso pudo parecer patológico, una morbosidad colectiva, un rompecabezas irracional. La Guerra Civil última y el franquismo parecían certificar ese proceso anómalo, como anómalo era su régimen duradero.
Solo en tiempo reciente los historiadores habrían ido desmontando con tiento esa presunta maldición que sobre nosotros habría recaído. Para ello, dichos investigadores habrían debido desprenderse de anteojeras ideológicas, valiéndose de nuevas técnicas, de variados útiles historiográficos. Y sirviéndose de la comparación, del juicio, del sentido común, que es un instrumento útil contra los espectros del pasado. La historia global nos ayuda mucho a sacudirnos nuestras extravagancias, que no son tantas. ¿He dicho «espectros del pasado»? ¿A qué me refiero?
Durante siglos, la historia de España ha cargado con una leyenda negra, con Trento, con la Antiilustración, con un ochocientos desastroso, ahíto de violencias, con un novecientos de terribles enfrentamientos. La historia de España cargaba también con el particularismo, con el pintoresquismo. Durante décadas y décadas del siglo XIX, viajeros británicos y franceses vieron el país como un lugar de atavismos, cuando no de salvajismos. Gentes brutales pero nobles, cariacontecidas o sandungueras se mataban y a la vez conservaban tipismos de otros tiempos remotos.
Desde luego hay algo de cierto en esas imágenes recias de la España inquisitorial y en la ferocidad de nuestros choques colectivos, pero es un repertorio de tópicos que pueden y deben ser documentalmente desechados. Además, esas imágenes esquemáticas y previas no sirven para analizar episodios concretos recientes o circunstancias cuyos efectos se prolongan en el tiempo.
La historia no es un marco general, un estado normativo, en el que insertar los casos aislados. Es, por el contrario, una suma de vidas, de vías, de particularidades que han de ser analizadas, examinadas, explicadas, interpretadas y finalmente también imaginadas. Imaginar no es saltarse lo factual ni conjeturar fantasiosamente sino pensar razonablemente de acuerdo con la lógica del momento. ¿Para quedarse ahí? ¿En el momento?
No, por supuesto. Conocer lo que hicieron los habitantes de aquel país extraño no te obliga a permanecer en el pasado. Casi todo tiene su explicación, aunque no necesariamente su justificación. Casi todo ha de ser comprendido, aunque no necesariamente para ser salvado. Con ese ánimo hemos de hacer historia, apartándonos de lo típico, de lo pintoresco, de lo esquemático, de lo dogmático. La historia es percepción, análisis y expresión. No puedes investigar sin aguzar tus observaciones, sin conjeturar relaciones, sin postular conexiones. No puedes avanzar sin hábito de escritor: justamente habilidades de las que no estamos sobrados los historiadores.
Pasado y porvenir
El dato primero, el que nos guía durante un tiempo, lo puede experimentar cualquier individuo medianamente consciente. No hace falta haber cursado estudios de historia. Cuando somos mozos, el futuro es un horizonte prácticamente infinito, el porvenir se extiende hasta confines que no divisamos, se prolonga en un más allá siempre incierto y probablemente prometedor.
Lo que está por suceder es un pasaje y un paisaje incierto, un lapso dilatado, larguísimo, una eternidad de varias décadas por vivir en la que aún caben los hechos, los sucedidos y los venideros. Si todo está por consumarse, la historia puede ser objeto de vaticinios, de supercherías, de conjeturas improbables o indocumentadas. Nos abandonamos a todo tipo de fantasías, nos aventuramos, y, seguro, suponemos lo que aún no ha ocurrido: a nuestro alcance se disponen posibilidades variables y aprovechables.
L’avenir dure longtemps (1992) es el título original de la autobiografía que escribiera el filósofo francés Louis Althusser. Bella, excelentemente escrita, desgarradora. Althusser era el pensador del determinismo, de la fatalidad irreparable que acompaña a la marcha de la historia. Era el estructuralista que ahogaba al individuo en su impotencia.
En las páginas de dicho volumen hablaba del pasado, de su pasado, de la historia, de ese tiempo pretérito en el que todo era posible porque el porvenir era eso: exactamente futuro. Siendo muchacho, el autor habitaba un presente eventual, un porvenir abierto y solo probable. Se sabía arrastrado por la marcha del tiempo y por la fatalidad, con una tristeza que no podía sofocar.
Como aquel personaje ficticio que ideara Julio Cortázar en uno de sus cuentos: también Louis Althusser o cualquiera de nosotros podemos...




