E-Book, Spanisch, 136 Seiten
Scott Caminantes
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-125773-0-3
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Flâneurs, paseantes, walkmans, vagabundos, peregrinos
E-Book, Spanisch, 136 Seiten
ISBN: 978-84-125773-0-3
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
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(1978) nació en Lanús, provincia de Buenos Aires. Fue fundador e integrante del Grupo Alejandría, que hacia 2005 inició en Buenos Aires el movimiento de lecturas y ciclos literarios en narrativa. Es autor de la nouvelle No basta que mires, no basta que creas (2008), los libros de cuentos Los refugios (2010) y Cassette virgen (2021), las novelas El exceso (2012) y Luto (2017), y el ensayo Contacto. Un collage de los gestos perdidos (2021). Es traductor y crítico literario. Colabora con diferentes medios de Europa y Latinoamérica. Vive en Francia.
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Poe parece condenado a ser el mártir de los orígenes, el genio trágico, el artista que paga con su vida el precio de inventar las nuevas formas del porvenir. Nuestra deuda con Poe es infinita. Fundador y agrimensor del relato policial, del relato gótico y de terror, de lo sobrenatural en clave neurótica, de las conciencias febriles y atormentadas, precursoras de Dostoievski y de Kafka y, como bien señaló Borges, inventor de todos los poetas malditos, en especial los franceses.
Por eso, en la genealogía del flâneur, que encuentra en los Cuadros parisinos de Baudelaire y en el análisis de Benjamin su realización definitiva, está «El hombre de la multitud», el extraordinario cuento de Poe, publicado en 1840. ¿Por qué? ¿Qué escribe Poe en «El hombre de la multitud»? Escribe —define, retrata— justamente la multitud. El pulso urbano que aún nos dirige y refleja. Hay un narrador sentado a la mesa de un café contemplando el ir y venir de la gente, como un conjunto específico. Sucede en Londres. La Londres imperial, victoriana, el gran puerto del mundo. Y mientras «la mayor parte de los que pasaban tenían un porte presuroso, como adecuado a los negocios», el narrador ve aparecer, ve surgir un rostro diferente. Una cara que subyuga, que fascina al narrador, que lo arranca de la contemplación hacia la marea de la calle: «Una cara (que era la de un viejo decrépito, de unos sesenta y cinco o setenta años) que enseguida me atrajo y absorbió mi atención, a causa de la hipersensibilidad absoluta de su expresión». El narrador abandona su sitio, se integra en la multitud, y todo para seguir a esa figura, para desentrañar esa expresión, ese nuevo rostro de los tiempos. «Entraba —el hombre, el viejo— tienda por tienda, no preguntaba el precio de nada, ni decía una palabra, y examinaba todos los objetos con una mirada fija y ausente.» El narrador lo sigue a distancia, lo espía. Pero el viejo es un caminante incansable. Sus pasos están hechos de una niebla alada, cruel y vertiginosa. En verdad, seguirlo o perseguirlo es imposible. No en vano, y ya desde el principio de la persecución, Poe lo considera «demoníaco», propio de una imagen de Retzsch.
Hay algo en el cuento de Poe, en esa persecución por la ciudad que anochece y luego alumbra, muy parecido a las calles infernales de la película Amadeus. Cuando el fantasma de su padre muerto (y de la envidia de Salieri: la mediocridad de los vivos) persigue a Mozart, lo acosa, vestido de negro, altísimo, con su ominosa doble cara, para que escriba su réquiem. No lo deja en paz, lo tortura, lo enferma, lo mata. «El hombre de la multitud» también anuncia o prefigura aquella escena infernal y extraordinaria: «Ahora era ya casi el alba; pero aún se apretujaba un tropel de miserables borrachos por dentro y por fuera de la fastuosa puerta. Casi con un grito de alegría se abrió paso el viejo entre ellos […]». Y después: «cuando las sombras de la segunda noche iban llegando, me sentí mortalmente cansado, y deteniéndome bien de frente al errabundo, lo miré con decisión a la cara. No reparó en mí, y reanudó su solemne paseo, en tanto que yo, dejando de seguirlo, permanecí absorto en aquella contemplación». Al hombre de la multitud es imposible seguirlo, es imposible detenerlo, es imposible agotarlo. Pero Poe descubre con pavor el terrible efecto que eso conlleva, el peor crimen: el hombre de la multitud se niega a estar solo.
¿Qué relación hay entre este cuento y el flâneur de Baudelaire, vía Benjamin, el flâneur de los pasajes? No se trata solo de las nuevas metrópolis, de la multitud alienada sobre la que Poe escribe con belleza y precisión. ¿El hombre de la multitud se parece al flâneur o no? El flâneur pasea por la gran ciudad, apacible y presumido. Camina lento, envanecido, con satisfecha presunción. El hombre de la multitud es una ráfaga negra, un torrente insano. Tal vez haya una explicación, al menos una hipótesis: el hombre de la multitud es el mellizo horrible, el gemelo absurdo y desfigurado del flâneur parisino. Tal vez por eso, la sombra deambula por Londres; por las calles de Jack el Destripador, al otro lado del Paso de Calais. Londres, no París. Londres, la ciudad de los incendios, donde los pasajes siempre fueron un poco más oscuros, brumosos y sórdidos.
«Belleza / fugitiva que mira devolviendo la vida, / ¿no he de verte otra vez más que fuera del tiempo? / oh, muy lejos de aquí, tarde ya, ¡tal vez nunca! / yo no sé adónde huyes, donde voy tú lo ignoras / tú a quien yo hubiese amado, tú que bien lo sabías», canta Baudelaire en uno de los poemas más bellos de sus Cuadros parisinos, el segmento inmortal, el segmento más inspirado de sus inspiradas flores del mal. Baudelaire captura la fugacidad del amor a primera vista, el encanto del cruce de miradas, la seducción y sensualidad que la ciudad ofrece a cada paso. Y por lo tanto, la seducción de la ciudad.
Entre la multitud abigarrada de cuerpos y miradas indiferentes, dos se encuentran, dos se miran y, por un instante, son uno. Una comunión improbable en el agitado templo sin fe. Una coincidencia, una detención simultánea en medio del caos y la confusión omnívora. Como un intervalo fugaz —una semicorchea— de silencio, de alivio, en el coro infernal del embotellamiento.
Pero también «traicionado por sus últimos aliados, Baudelaire avanza contra la masa, lo hace con la ira impotente de quien avanza contra la lluvia y el viento». Baudelaire, leído por Walter Benjamin. Baudelaire, que rodeó al flâneur, no deambula, no pasea, avanza. Palabra bélica. Y avanza nada menos que contra la masa, que es lo mismo que avanzar contra las peores fuerzas naturales.
Con Baudelaire como aliado y el flâneur como lazarillo, Benjamin también avanza contra la masa. «La multitud es el velo que sirve al flâneur para ocultarle la visión de la masa.» ¿Camina la multitud de Benjamin, camina la masa? Para Benjamin la masa de las ciudades es un flujo espeso. Un río laberíntico, lleno de meandros, un movimiento aparentemente acelerado, vertiginoso y, sin embargo, pesado, atontado, lerdo. Un pantanoso riacho de llanura. La multitud de Benjamin —la masa— no recorre las calles; las calles son arterias de un mercado, de un circuito mercantil donde los cautivos, enajenados sujetos son moléculas de una densa sangre en transfusión. Un fluido menos enigmático que alelado y zombi y rapaz. La ciudad moderna —todavía nuestra ciudad— es un organismo y un lenguaje a la vez lúbrico y pegajoso. ¿Y el flâneur? «El flâneur sabotea el tráfico. Y es que no es comprador. Es mercancía», dice Benjamin. Tiene razón, una mercancía extraña, como cualquier imagen. El flâneur es un fantasma. ¿Una célula muerta? No. Una molécula falsa y vital. Un traidor.
Sarmiento en París. Un cuyano flâneur. En 1846 —consigna Jorge Fondebrider en su exhaustivo e insoslayable La París de los argentinos— Sarmiento llega por primera vez a París. Fondebrider extrae de los Viajes la impresión de Sarmiento sobre el flâneur, que, en verdad, son impresiones en tiempo real. Sarmiento escribe sobre lo que hoy llamaríamos un hecho o una «nota de actualidad». No otra cosa era el flâneur entonces. Escribe: «el flâneur persigue también una cosa, que él mismo no sabe lo que es». ¿Y qué persigue Sarmiento? Lo de siempre: su propia escritura. Motivos para escribir. Y el sueño voraz del progreso es una inspiración constante para su escritura talentosa y cerril. Sarmiento es Julien Sorel. Debe sucumbir una y otra vez al hechizo o las supersticiones de la Ilustración. La civilización como escenario. O no fue él quien escribió: «¿qué son nuestras mejores manifestaciones comparadas con la producción europea? La suela de un paseante» (la cursiva es mía). Pero a Sarmiento no le interesa ni la producción nacional —faltaba bastante para ese invento— ni el paseante, le interesa la novedad, lo último, el nuevo orden o la nueva moda: le interesa el flâneur. Y como el flâneur es un carácter de la metrópoli, un gesto de ella, Sarmiento sucumbe y escribe sobre el flâneur.
La pasión —la escritura— de Sarmiento es tan analítica, tan estratégica como imperial: quiere escribirlo todo, apropiarse de todo. Y ya mismo. Entonces escribirá sobre el flâneur hasta lograr la imitación perfecta, absoluta: hasta volverse él mismo un flâneur. Por eso escribe con belleza y frivolidad: «Je flâne, yo ando como un espíritu, como un elemento, como un cuerpo sin alma en esta soledad de París».
Aunque las justas reivindicaciones actuales la incluyen en el grupo de las «sin sombrero» de la generación del 27, me gusta imaginar a Rosa Chacel con uno, sea galera o de ala ancha. Me gusta imaginarla entonces como una flâneuse madrileña. O una flâneuse de esa ciudad que atrae a la narradora de «En la ciudad de las grandes pruebas», una ciudad no dicha que atrae por «su renombre de lugar de perdición». Muchos creen, sobre todo en el último tiempo, que fue la ciudad lo que sumió a la humanidad en el extravío. Babel, siempre. O Sodoma,...




