E-Book, Spanisch, 168 Seiten
Schönborn La escuela de vida de Jesús
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-254-3248-4
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Estímulos para ser sus discípulos
E-Book, Spanisch, 168 Seiten
ISBN: 978-84-254-3248-4
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
¿Cómo debe cambiar la Iglesia para adaptarse al presente? El cardenal Schönborn, reciente candidato al papado, busca la respuesta en los orígenes del cristianismo: la escuela de vida de Jesús con sus primeros discípulos. La Iglesia se encuentra inmersa en un profundo cambio. Las condiciones sociales ya no son las mismas del pasado, la sociedad está cambiando y también la institución necesita renovarse. El cardenal Schönborn dedicó una catequesis específica a cuestiones relacionadas con dicho cambio, las cuales constituyen la base del presente libro: ¿Qué quiere Jesús de nosotros? Él nos llama para que lo sigamos, para convertirnos en sus discípulos, pero, ¿qué significa esto? La obra, que discurre sobre la base de los textos bíblicos, sobre todo los evangelios, intenta mostrar cómo el cambio radical propuesto por Jesús empezó en su escuela de vida, y, sin perder de vista este origen, se pregunta acerca de la situación actual. Christoph Schönborn (Bohemia, actual República Checa, 1945) es cardenal arzobispo de Viena y ordinario para los fieles de rito bizantino en Austria. Ingresó en la orden dominicana en 1963 y se formó en Filosofía, Teología, Psicología, Lenguas Eslavas y Cristianismo Bizantino en diversas universidades europeas. Fue ordenado sacerdote en 1970 y consagrado obispo en 1991. Por su apertura al cambio y al debate, dentro de la línea conservadora de la institución, fue uno de los principales candidatos para suceder a Benedicto XVI. Es autor de una amplia producción escrita. Entre sus traducciones recientes al castellano destacan La alegría de ser sacerdote (2010) y Hemos encontrado misericordia (2011).
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I
«... Y ASÍ MANIFESTÉIS SER MIS DISCÍPULOS»
LA ESCUELA DE VIDA DE JESÚS
Cuando Pedro reprende a Jesús por su anuncio de que padecerá y lo matarán, este le contesta: «Tu pensamiento no es divino, sino humano» (Mt 16,23). Si nosotros queremos ser discípulos o discípulas de Jesús, debemos ir a su escuela para que nuestro pensamiento sea divino, y no humano.
Un plan director. El plan de Jesús para con nosotros
Jesús, el Maestro, nuestro Señor, tiene un plan para nosotros, un «plan director». Si no lo ponemos en práctica, estaremos trabajando en vano. «Si no fuera el Señor quien construye la casa, inútilmente se afanan los canteros», nos advierten los salmos (127,1). Pero ¿quién nos dice cuál es su plan para con nosotros, para con la Iglesia de hoy?
En la carta pastoral con motivo del 4.º Domingo de Pascua de 2011 (15 de mayo) escribí:
Por «plan director», no entiendo una receta preparada, que puedo guardar en el bolsillo. Se trata de volver a preguntar al Señor: «¿Qué quieres que hagamos? ¡La Iglesia no es un fin en sí! ¿Qué nos dices a través de todos los que buscan? ¿Cómo haces para que percibamos tu latido en la vida de tantas personas que no están en nuestras comunidades “nucleares”? ¿No nos quieres conducir a un cambio de mentalidad, a una conversión? ¿No nos llamas de nuevo para que nos pongamos detrás de ti y te sigamos?». ¿No pensamos demasiado a menudo con categorías puramente humanas, de manera que Jesús nos tiene que decir, con la misma energía que a Pedro: «Tu pensamiento no es divino, sino humano» (Mt 16,23)? Yo me pregunto, con espíritu autocrítico: ¿no sueño en secreto con la forma de Iglesia que conocí en mis años jóvenes? ¿No espero en secreto que la Iglesia vuelva a conseguir prestigio, aceptación, aprecio y éxito palpable? ¿Estoy verdaderamente dispuesto a decir sí a la situación actual, a verla como una oportunidad que Dios nos brinda hoy? Yo estoy seguro de que Cristo quiere poner a su servicio a su Iglesia, como señal e instrumento de su unión con Dios y de la redención del hombre (véase Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 1). Cuando el signo se torna impreciso y el instrumento inservible, se deben forjar de nuevo en el fuego de la prueba con golpes poderosos, con un sosegado fundirse del material, hasta tomar la forma venidera. Pues el Espíritu renovará nuestros corazones y, con ellos, la faz de la Tierra.
Debemos pensar como piensa el Señor y no tratar de poner en práctica nuestras propias ideas. «Mis pensamientos no son los vuestros y vuestros caminos no son mis caminos», como dijo el profeta Isaías (55,8). Para mí, en esta época de cambios de rumbo, de nuevas orientaciones, reviste una importancia capital formular la pregunta: ¿qué quiere el Señor? De una cosa podemos estar seguros: de que quiere nuestra vida, nuestra felicidad. «Yo he venido para que tengan vida, una vida plena», proclama Jesús (Jn 10,10). «Como el Padre me amó, así también os amé yo. Permaneced en mi amor. [...] Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea colmada» (Jn 15,9.11). Quiere para nosotros felicidad, vida y alegría. Y nos indica el camino para lograrlo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). De ahí su invitación a que manifestemos que somos sus discípulos (Jn 15,8).
Ser cristianos significa ser discípulos de Jesús. La palabra griega mathetés significa, literalmente, «discípulo, alumno». Venid a mí a la escuela de vida. «Aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Al final del evangelio Jesús nos da su gran encargo misionero:
Id, pues, y haced discípulos [literalmente, alumnos] a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. (Mt 28,19-20)
El encargo de Jesús consiste en ganar a los hombres para su escuela de vida. Si nos ha dado este encargo es porque quiere que vayamos primero a su escuela de vida. Es un encargo para toda la vida.
¿Hasta dónde hemos avanzado en esta escuela? ¿Cuál es nuestro grado de discipulado como cristianos? En los discursos de despedida del cenáculo, Jesús dice: «En esto consiste la gloria de mi Padre: en que deis mucho fruto y así manifestéis ser mis discípulos [alumnos]» (Jn 15,8). ¿Somos ya cristianos los cristianos? Uno de los primeros testigos, san Ignacio de Antioquía, que padeció en Roma, en el año 107, la muerte de los mártires, escribe una carta a la comunidad cristiana de Roma poco antes de morir. Lo han llevado prisionero a Roma, donde será arrojado a las fieras del circo. Temiendo que los cristianos de Roma lo impidan y emprendan algo para que se libre de la pena de muerte, les escribe lo siguiente: «¡Dejad que me arrojen a las fieras!». Está deseando convertirse en «pan puro de Cristo». «Así seré finalmente un verdadero discípulo de Cristo» (Rom 4,1-2). «Permitidme ser imitador del sufrimiento de mi Dios» (6,3), así seré finalmente cristiano. Ser cristiano quiere decir ser discípulo de Jesús. Llegar a ser cristiano significa llegar a ser discípulo de Jesús.
Una cosa es segura; a saber, en esta escuela de vida permanecemos toda la vida. Nunca abandonamos la escuela de vida de Jesús una vez que estamos ya definitivamente con el Señor. Aún recuerdo la sensación de felicidad que experimenté cuando, después de obtener el título de bachiller, dije adiós al instituto. Pero de la escuela de vida de Jesús no se despide uno nunca. Aunque Jesús nos hable como a discípulos y alumnos suyos, él no es simplemente un enseñante sino también un maestro, el maestro por excelencia, el Señor. Esta relación de discípulo a maestro supone algo más que aprender solo algo. Es una relación que involucra toda mi vida, una comunidad de vida que cada vez se vuelve más estrecha, más profunda, hasta la plena unidad con él, así como él es uno con el Padre.
La conversión como camino
Son muchos los ámbitos de la vida en los que nos enfrentamos a cambios. En el mundo de las finanzas, de la economía o de la ecología reina actualmente una gran perplejidad. Nadie tiene recetas para la crisis financiera, ecológica o demográfica. No hace mucho, alguien me dio una tarjetita para dejarla sobre la mesa de mi despacho en la que aparecía escrito el siguiente pensamiento: «No conozco la solución, pero admiro el problema». Creo que esto refleja con cierta ironía nuestra situación.
Los cambios en la Iglesia no deberían abordarse de manera aislada con respecto a los cambios en la sociedad. En muchos aspectos nos dejan completamente perplejos. Yo desconfío de quienes tienen recetas para todo. Pero estoy seguro de una cosa: necesitamos reformas, nuevos caminos. Para salir de la crisis económica solo hay un camino, a saber: que todos nosotros cambiemos de conducta, que acabemos con el endeudamiento, que dejemos de especular con ilusorias promesas de beneficios. Sobre el camino de la reforma de la Iglesia se puede decir que es ante todo el camino personal de la conversión, el camino personal del mayor número de gente posible. «Se ha cumplido el tiempo, el reino de Dios está cerca, convertíos y creed en el evangelio» (Mc 1,15). Con estas palabras empieza Jesús su predicación; unas palabras que son válidas para todos los tiempos. Se trata del reino de Dios, del señorío mismo de Dios.
Hablamos demasiado de la Iglesia en general. Al papa Benedicto XVI le gusta recordar el refrán chino de «quien se mira a sí mismo no irradia luz». Una Iglesia que se ocupe solo de sí misma no tendrá virtud irradiadora. La Iglesia está al servicio del reino de Dios. Esto debe estar siempre en el centro de todas nuestras preocupaciones a fin de que su señorío, su reinado, cobre todo su valor. Al principio de la Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium, el Concilio nos dice lo siguiente: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen Gentium 1). La Iglesia está al servicio de dicha unión. Esto lo puede conseguir en la medida en que sus miembros estén unidos con Dios y entre sí. Así pues, se trata siempre y en primer lugar de entrar de nuevo en la escuela de vida de Jesús.
Las preguntas sobre cómo puede la Iglesia conseguir más prestigio suelen escamotear el problema esencial. No, no se trata de eso. Naturalmente, sería bonito que la Iglesia gozara de buena fama, pero esa no es su misión. De lo que se trata no es del prestigio de la Iglesia sino de que Dios se haga visible y de que, como cristianos, nosotros hagamos visible a Cristo. Para ese fin debemos acudir de nuevo a su escuela.
A mí me gustaría tener nuevas ganas de aprender, una renovada pasión por preguntar al Señor: «¿Qué significa ser cristiano? ¡Ayúdanos a deletrear esto de nuevo!». A mí me gustaría tener un eros del aprendizaje, una verdadera curiosidad por la escuela de vida de Jesús, y redescubrir así el genuino y nuevo cristianismo. De esta pasión depende de manera decisiva que el cristianismo permanezca vivo entre nosotros, o vuelva a estar vivo. Yo veo con emoción la llegada de lo nuevo, de unas dificultades sin duda grandes, pero también de unas oportunidades no menos grandes. En 1939, el jesuita Karl Prümm publicó un libro titulado Christentum als Neuheitserlebnis [El...




