Schaeffer | Ciudad sin sueños | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 432 Seiten

Reihe: TBR

Schaeffer Ciudad sin sueños


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19621-25-2
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 432 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-25-2
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En Newham, la ciudad que nunca duerme, no hay sueños: solo hay pesadillas.Desde hace unos años, una extraña enfermedad se ha extendido entre la población: cualquiera que se quede dormido y sueñe, despertará convertido en aquello que más lo aterroriza. Los monstruos resultantes son tan diversos como los miedos de cada ciudadano: desde criaturas deformes en su apariencia, cuya mente y sentimientos siguen siendo humanos, hasta seres espantosos que causan masacres y arrasan lo que encuentran. Esto último es lo que aterra a Ness desde que, hace ocho años, su hermana mayor se convirtió en una araña gigante que devoró a su padre. Ness no sabe qué le produce más miedo: si el peligro de que alguna otra Pesadilla la asesine, o el de acabar como su hermana. Por si fuera poco, a sus diecinueve años Ness no tiene familia, trabajo ni nadie que se preocupe por ella. Esa es la razón de que se aferre a su puesto en la Sociedad del Alma en Reposo, una dudosa organización que puede -o no- ser una secta. Sin embargo, la cobardía de Ness tiene un coste, y el director de la ¿secta? en la que vive está a punto de echarla tras un incidente en el que su actitud pone en peligro a sus conciudadanos. Para demostrar su valía, Ness consigue que le encarguen lo que debería ser un trabajo sencillo para la organización... y el encargo le explota en la cara. Literalmente.Enredada en las secuelas de un atentado en el que han perecido cientos de personas -y cuyos únicos supervivientes son Ness y un joven vampiro que quizá planee chuparle la sangre-, Ness hará todo lo posible por sobrevivir, averiguar quién está intentando matarla y detener la conspiración criminal que empieza a intuir, antes de perder lo único que le queda: su vida.

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UNO


La peor Pesadilla de mi hermana era una araña asesina gigante.

Lo sé porque eso es en lo que se transformó cuando se quedó dormida por última vez, así que sé lo que se siente cuando un familiar se convierte en un bicho enorme e intenta comerte. En esta ciudad no cuesta encontrar a personas que han perdido a seres queridos por culpa de las Pesadillas, ya sea porque se convirtieron en una o porque perdieron la vida a manos de otra. Sin embargo, resulta sorprendentemente raro que alguien se transforme en un bicho homicida gigante.

Supongo que la mayoría de la gente tiene miedo a cosas mucho peores que los insectos.

-¿Y de qué conocíais a mi marido? -nos pregunta la señora Sanden, una mujer blanca de unos cuarenta años. Las canas empiezan a salpicarle el pelo de color caoba en las sienes, y está tan rígida como la camisa blanca almidonada y la larga falda negra que lleva.

Es bajita, y lo parece aún más dentro de su diminuto apartamento. Como la mayoría de los pisos de Newham, se compone fundamentalmente de una sola habitación: hay una cama de matrimonio en una esquina, una cocina diminuta en la pared de enfrente y una especie de sala de estar con un sofá raquítico y una mesa. Todo el espacio que queda disponible está cubierto de flores.

Desde la pared me observa un gran teléfono de madera, con dos inquietantes campanas de latón que parecen ojos y un largo auricular que cuelga como la trompa de un elefante.

-Me temo que no tuvimos el placer de conocer a su marido -confieso mientras entro en el apartamento.

La puerta permanecerá abierta las próximas horas, y los conocidos del fallecido vendrán a presentar sus respetos. Priya se apoya en la pared del rellano, ya que no hay sitio suficiente para las dos.

La señora Sanden frunce el ceño un instante al observar mi inconfundible chaleco azul pálido y mis pantalones negros. Le cambia la cara cuando reconoce el atuendo.

-Ah, venís de la secta esa.

-No es una secta -niego con los dientes apretados.

-Dejad las flores y marchaos: no quiero saber nada de vosotras ni de la estafa que pretendéis venderme -nos suelta la mujer con la boca tensa.

-Uf, nos ha tocado un público difícil -comenta Priya sonriendo. Es la primera vez que habla desde que hemos llegado.

-Podrías tratar de ayudar -le digo con un gesto de exasperación.

-¿Yo? -pregunta, lanzándome una mirada inocente-. ¿Estás segura?

Se le empieza a dibujar una sonrisa macabra en la comisura de los labios e inclina levemente la cabeza hacia un lado. El pelo, corto y degradado en negro y turquesa, le cae sobre la frente. La luz del rellano hace que sus pómulos parezcan aún más pronunciados de lo habitual y le da un tono rojizo al marrón cálido de su piel, además de reflejarse en sus ojos de forma siniestra.

-Espera, no. Lo retiro, no ayudes -le pido.

-¿De verdad? Podría... -La sonrisa se va volviendo más maliciosa.

-¿Es que quieres que nos echen? -pregunto con suavidad-. Después de lo que ocurrió la última vez, el director nos expulsará sin dudarlo.

Priya cierra la boca y me dedica una mueca irritada, porque he ganado y lo sabe. Puede que no le guste este trabajo, pero lo necesita.

Igual que yo, para qué engañarnos.

-¿Pensáis dejar las flores o no? -espeta la señora Sanden, claramente molesta por nuestra presencia, como suele pasar.

La mayoría de la gente nos ve como vendedores a puerta fría, solo que los productos que ofrecemos son servicios religiosos. En parte tienen razón, pero casi nadie me escucha el tiempo suficiente para dejar que me explique en condiciones.

-Sí -contesto, mientras cojo las flores que he traído y las coloco encima de una pila de ramos similares que descansa en el aparador.

En la pared, sobre las flores, veo una foto en blanco y negro de un hombre blanco con una gran barba negra y espesa y una enorme sonrisa. A pesar de que la foto no está en color, percibo el contorno de las escamas azules que le recorren los pómulos.

Tenía una Pesadilla contagiosa.

Me subo los guantes para asegurarme de que los llevo bien puestos, aunque sé que está muerto y que el cuerpo ni siquiera se encuentra aquí, ya que se convirtió en una Pesadilla mientras dormía. En realidad, daría igual que estuviera en el apartamento, porque las escamas no se contagian al tocarlas, pero aun así necesito cerciorarme de que los guantes me protegen bien.

Esas escamas azules provienen del Dragón del océano Austral, una Pesadilla a la que exterminaron hace una década. Cuando la mataron, su sangre se esparció por el agua del Gran Lago y empezaron a salirles escamas a todos los que la bebían, aunque la gravedad de la infección dependía de cuánta sangre hubieran consumido. Puesto que casi todo el sur del país sacaba el agua de ese lago, hay muchas personas con escamas.

-Venga, ya has dejado las flores. Ahora salid de aquí -exige la mujer.

-Por supuesto, si eso es lo que quiere -le digo con un tono tranquilo y controlado.

Saco un folleto de la mochila y lo dejo encima de las flores.

-Eso sí que no -replica la mujer mientras avanza hacia mí a toda prisa-. Vuelve a guardarlo. No pienso ir a terapia ni hablar de mis sentimientos o cualquier tontería por el estilo, y menos si es con vosotras.

-No tiene que hacerlo si no quiere, señora Sanden -le aseguro al mismo tiempo que le pongo el papel en la mano. Ella se queda mirándolo, como si no supiera cómo ha llegado hasta ahí.

El texto dice: «NO ESTÁS SOLO, PODEMOS AYUDARTE. PAGA LO QUE PUEDAS PERMITIRTE. TERAPIA PARA LOS TRAUMAS CAUSADOS POR PESADILLAS».

-Nuestra única intención es explicarle lo que ofrecemos, pero nadie la va a obligar a hacer nada que no quiera -le aclaro.

Detrás de mí, Priya, inquieta, juguetea con algo debajo de su largo abrigo negro. Un arma, supongo. A juzgar por la forma en que se ha vestido, está deseando que una Pesadilla atraviese la pared en algún momento de esta reunión, para poder derrotarla ella sola con sus botas de combate y su panoplia de armas ocultas.

La señora Sanden arruga el folleto y dice:

-Ya le gustaría a vuestra querida secta que os visitara para que pudierais lavarme el cerebro y convencerme de que la muerte de mi marido ha sido algo bueno.

-No somos una secta -repito de forma automática-, y nadie tiene intención de lavarle el cerebro.

-Eso lo dices porque a ti ya te han comido el coco -afirma con cara de superioridad-. A mi marido lo asesinaron en nuestra propia casa. Seguro que solo queréis convencerme de que no les ponga una denuncia a esos asesinos de Pesadillas.

Me presenté voluntaria para esto, así que intento mantener la paciencia, pero me arrepiento profunda y completamente de haber tomado esa decisión.

Priya entra en el apartamento con unas cejas que recuerdan a cuchillas furiosas:

-El Departamento de Defensa contra Pesadillas le salvó la vida, señora.

-¡Lo que hicieron fue matar a mi marido!

La ira brilla en los ojos de Priya. Aunque quizá sea veneración, porque en su caso tienen el mismo aspecto.

-Acabaron con un monstruo.

La actitud de Priya está haciendo que esto vaya de mal en peor.

- Esto no es una entrevista para ingresar en Defensa contra Pesadillas. No empeores las cosas -le digo entre dientes.

Ella responde con un gesto de irritación: en su mundo, todo es un ensayo para las pruebas de ingreso en Defensa contra Pesadillas.

-Señora Sanden -continúo con voz suave y paciente, algo que he ensayado mucho-, le ofrezco mis más sinceras condolencias. Sé exactamente lo que se siente al perder a un ser querido por culpa de una Pesadilla.

-¡Pero es que no fue por una Pesadilla! ¡Fueron esos asesinos!

-No -repito con delicadeza-. Su marido dejó de existir cuando se transformó en una cucaracha gigante mientras dormía.

-¡Mentira! -grita la mujer mientras agita el brazo con rabia-. Seguía siendo mi marido, ¡pero no podíamos comunicarnos porque no hablo el idioma de las cucarachas gigantes!

Me quedo mirándola, incrédula. A ver, yo entiendo mejor que nadie el deseo desesperado de recuperar a un ser querido después de que una Pesadilla lo convierta en una criatura monstruosa, de verdad que sí. Lo comprendo porque yo deseo todos los días que mi hermana vuelva.

La diferencia es que yo sé que dejó de ser mi hermana en cuanto se convirtió en la Pesadilla.

-Señora, su marido trató de devorarla -le recuerdo.

-¡Eso no fue más que un malentendido! -insiste, sin dejar de agitar el único...



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