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E-Book, Spanisch, 385 Seiten

Santos Sitiados


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17683-42-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 385 Seiten

ISBN: 978-84-17683-42-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Año 1810. La vizcondesa Blanca de Malvar prepara su boda cuando Cádiz es sitiada. La cercanía de las tropas napoleónicas reabre una herida dolorosa y secreta de su pasado: una relación apasionada con Alexander, un marino francés al que rescató de un acantilado cinco años atrás, en la madrugada de la batalla de Trafalgar, pero que, una vez recuperado de sus heridas, partió; ella, confiada, decidió esperarlo..., pero él no regresó. Alexander Paddon es un oficial de la Royal Navy que regresa a Cádiz después de cinco años. Ahora es viudo, y es un hombre obsesionado por el recuerdo de Blanca, la mujer a la que amó en el pasado. El conocimiento del idioma y de la región le permitirá trabajar para el embajador lord Wellesley y sus servicios secretos en una ciudad sitiada donde se refugian miles de vividores, espías, revolucionarios, traidores e idealistas. Blanca y Alexander se encuentran en medio de un salón de baile repleto de oficiales británicos que acaban de desembarcar en Cádiz como aliados. El antiguo amor francés de Blanca ha vuelto... vistiendo el uniforme de la Royal Navy. ¿Entonces siempre fue un traidor inglés? Esta repentina y extraña aparición pondrá en peligro la nueva vida de Blanca. Narrada en dos tiempos, nos acerca a los días posteriores a la batalla de Trafalgar, en 1805, cuando miles de heridos llegaron a las playas gaditanas -teniendo que ser atendidos en conventos y hospitales improvisados de toda la bahía-, y a cinco años después, durante el sitio a Cádiz: los enemigos de entonces regresarán como aliados y los aliados de antaño, los franceses, como tropas de ocupación extranjeras. Como invasores.

Mercedes Santos es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado en prensa escrita y en radio, en medios como El País, Diario 16, Antena 3, la cadena SER y Onda Aranjuez, localidad donde reside y donde compagina su trabajo actual, en la Librería Aranjuez, con su verdadera pasión: novelar, bucear en otras vidas y otros tiempos, tejer relatos, desenterrar huesos, como dice Stephen King. En su faceta de escritora ha ganado diferentes premios y certámenes literarios de relatos y novela en general, y tiene publicados varios títulos en diversas editoriales. Sitiados es su primera novela en Pàmies.
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1


El trabajo en el huerto había disminuido. Estaban ya a finales de octubre y sor Patrocinio había enviado a un grupo de internas a quitar malas hierbas y preparar las tierras para la próxima siembra. El cielo estaba tormentoso y áspero, y en el claustro la hermana Saturnina se afanaba en enseñar a leer a un racimo de niños, hijos de los pescadores del pueblo, que andaban ese día algo revoltosos. Inesperadamente, las campanas de la iglesia adyacente al convento de la Victoria comenzaron a tocar a rebato. A vocear peligro.

Grupos de monjas con sus hábitos, novicias e internas, dejaron sus tareas y se dirigieron hacia la capilla, donde sabían —cuando tocaban así las campanas era porque algo grave ocurría— que estaría esperándolas la madre superiora. Quedó rota la paz de la congregación y se armó un gran revuelo de chiquillería y faldas. Los alumnos, que habían estado más atentos al estruendo procedente de alta mar que a las enseñanzas de su maestra, se despidieron camino de sus casas. Blanca y sus amigas, Azucena y Candela, se apresuraron a dejar las carretillas llenas de hierbajos junto al muro conventual, se limpiaron las manos de verdín en los mandiles y se sumaron al resto de féminas. Instantes más tarde, sor Patrocinio, con cara circunspecta, les daba la mala nueva:

—¡Ave María Purísima! —dijo santiguándose, inclinada ante la imagen de la Virgen de la Victoria que presidia el pequeño oratorio donde nunca faltaban flores o velas encendidas. Sin perder tiempo, volviéndose hacia el resto de la congregación que la observaba, explicó el porqué de su llamada. Todas se temían lo peor, porque desde primeras horas de la mañana se habían oído disparos de artillería amortiguados por la distancia y el viento.

—Está teniendo lugar una batalla ahí fuera… Esta vez no son maniobras —les aclaró mostrando la dirección con la mano—. Ha empezado hace rato; supongo que muchas de ustedes habrán detectado, como yo, el inusual movimiento de naves esta mañana y las explosiones de hace unas horas. Me temo que lo peor está por llegar. Esta vez no es un mero encontronazo entre barcos enemigos o el corso: es la guerra. Recemos a Nuestra Señora para que proteja a los hombres —dijo sin explayarse mucho sobre quiénes estaban luchando unas millas mar adentro y por qué.

—Por lo menos, a los nuestros —cuchicheó, resuelta, Candela mientras, arrodillada, a imitación de sor Patrocinio, comenzaba a pasar las cuentas del rosario que le colgaba de las manos entrelazadas, balanceándose al borde del abismo, como ellas mismas.

—Recemos por todos, Candela, no seas bruta —dijo con voz casi inaudible Azucena.

—¿Bruta? No es de brutos querer que sean los nuestros quienes se salven. Si tiene que morir alguien, que sea el enemigo. Así son todas las guerras, ¿o no? —contestó la otra, indignada. El tono alto de su voz perturbó el silencio, y dos hermanas del banco de delante, girándose con malas pulgas, le mandaron cerrar el pico. Enseguida, el tenue murmullo de los rezos volvió a sisear en la pequeña nave.

—Regina caeli laetare… Quia quem meruisti portare… Ora pro nobis…

Blanca iba a preguntar si se sabía quién era el adversario con el que se estaban enfrentando, pero al ver la cara de sor Bernardina, que estaba a su lado, guardó silencio. Ya lo aclararían luego, aunque suponía que, dada la situación de tensión con Inglaterra —que durante un tiempo había tenido la entrada a la bahía bloqueada—, sería con ellos.

Una hora después, ya con las rodillas doloridas de tanto orar, varias novicias jóvenes pidieron permiso a la superiora para subir al campanario, desde donde había una vista excelente de la costa, y ver lo que pasaba; Candela y Blanca se sumaron a la propuesta.

Una columna de lugareños se dirigía hacia el promontorio sobre el acantilado, que estaba a escasa media legua de allí. Con catalejos se situarían en el saliente para otear mejor el horizonte y seguir aquella partida de ajedrez marina. Blanca observó el movimiento a lo lejos, pero, decepcionada, tuvo que aceptar que se distinguía poca cosa: solo bultos que debían de ser navíos de guerra en dirección a Barbate y humo, mucho humo.

Una espiral negruzca se alzaba desafiante, recortada contra el horizonte. Refulgía un cielo herido, reflejo del mar que a sus pies se desangraba como un espejo invertido. Bandadas de aves carroñeras comenzaban a sobrevolar el océano. Sus chillidos excitados perforaban la atmósfera, dolían. Dibujaban un paisaje desolador y generaban un clímax terrorífico.

Un brusco cambio en la dirección del viento les permitió oír con mayor claridad el estruendo de los disparos y cañonazos que procedía del fragor de la batalla, que probaba la estúpida pulsión destructora humana, que hacía saltar las lágrimas. Se debía de estar luchando duramente. Mientras ellas seguían allí cotilleando, Blanca pensó, abatida, que montones de hombres jóvenes estarían perdiendo la vida. Invocando a voces a sus madres y a sus novias, cerrando por última vez sus párpados.

Sor Consuelo, que estaba junto a ellas, se persignó asustada y las empujó hacia dentro.

—Será mejor que volvamos a la capilla. Señorita Malvar, haga usted el favor de remeterse bien el pelo dentro del pañuelo. ¡Qué falta de decoro! —le ordenó, estricta.

Blanca se ocultó los mechones que se le habían escapado al aire debajo del pañuelo gris que les confería a las internas aspecto de novicias, aunque no lo fueran. Resignadas, las muchachas volvieron a la capilla; empezaban a caer las primeras gotas. Llovía, y las rachas de viento de poniente amenazaban con un temporal en toda regla. El silbido se colaba por los entresijos de las ventanas, por las rendijas de las puertas, martilleaba el tejado con fuerza y emergía, fogoso, como un pura sangre encabritado, por el hueco del campanario. Producía escalofríos. Sor Patrocinio, que había estado fuera buena parte de la tarde, reapareció a la hora de cenar en el refectorio para dar cuenta de las últimas noticias recogidas en el pueblo.

—Las escuadras francesas y españolas han salido de la bahía de Cádiz esta mañana, a toda prisa, y se han lanzado contra los ingleses que llevaban días esperándolas ahí fuera. Pascual, el cerrajero, dice que la cosa pinta en bastos… Fastidiada, para los nuestros.

—¡Ohhh! —oyó suspirar a las demás, que la miraban con ganas de saber más—. ¿Cuántos son? ¿Podemos hacer algo? —preguntaron algunas.

—No sé cuántos son… Muchos, supongo, tres escuadras enteras. Tendremos que establecer turnos de trabajo y prepararnos para lo que se avecina. Hay muchos barcos, y habrá muchos muertos y heridos que comenzarán a llegar en breve a la costa. Habrá que recoger los cadáveres, enterrarlos o incinerarlos… Y a los heridos, socorrerlos. Tenemos que organizarnos bien; las próximas horas serán críticas. Sor Rufina —dijo dirigiéndose a una monja regordeta con cara de pan candeal y acentuados coloretes—: habilite el claustro y disponga de todo lo necesario en cuanto a vendas, emplastos, camastros y medicamentos… No quiero que se hagan distinciones; todos son hijos de Dios, aunque esos demonios de ingleses se pasen la vida buscándonos las vueltas. ¿Entendido?

Las demás asintieron. Rápidamente se formaron grupos y a Blanca le tocó uno liderado por sor Remedios en el que también estaban otras jóvenes novicias y su íntima amiga Azucena de Bobadilla. Se las instó a hervir decenas de sábanas para hacer vendas y ordenar los tarros con hierbas medicinales, los botes con el alcohol, el material quirúrgico y los serruchos para las amputaciones irreversibles. Después tendrían un rato para descansar y sobre las cinco, una vez comenzara a clarear, empezarían el rastreo por la playa a la búsqueda de supervivientes.

Los cadáveres se los dejarían a otro grupo liderado por sor Rufina. Unos pescadores se encargarían de su transporte hasta el cementerio más próximo, donde don Bartolomé, el párroco de Conil, ofrecería un responso por sus almas antes de darles cristiana sepultura. En las tareas participarían todos los vecinos del pueblo, al igual que harían en otras villas costeras: Barbate, Chiclana, Caños… Aquellos despojos hinchados por el agua podían provocar graves epidemias. Era prioritario impedirlas.

—Les ruego que sean discretas sobre el estado de los heridos que nos lleguen —les dijo sor Patrocinio a los grupos que en unas horas saldrían a patearse las playas—. Habrá más de uno tentado de pasar a cuchillo al enemigo; eso es puro salvajismo, y no lo permitiré. Se les ofrecerá la atención necesaria, y si logran salir adelante, serán puestos a disposición de las autoridades, que sabrán qué hacer con esos prisioneros de guerra. No quiero que nadie se tome la justicia por su mano; ahí fuera hay mucho exaltado. Estén atentas a las señales de procedencia de esos hombres; algunos vendrán sin uniforme, medio desnudos… Sean observadoras, sin caer en la impudicia, e intenten reconocer la nacionalidad de los que lleguen vivos. No quiero que se ejecute a los ingleses, pero tampoco que se vayan de rositas —sentenció la priora, una mujer que en su juventud habría sido agraciada, pero a la que la edad le había abatido las carnes y las sonrisas. La había convertido en un hueso duro de roer.

Azucena, Blanca, las dos novicias —Renata y Gloria— y sor Remedios pusieron rumbo a las cocinas y empezaron a preparar calderos con agua hirviendo. Mientras unas cortaban en tiras las sábanas, otras las hervían removiéndolas con palos. Tenían todos los fuegos encendidos y hacía un calor sofocante...



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