E-Book, Spanisch, 432 Seiten
Santos La dama de Jacobsland
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-350-4935-1
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 432 Seiten
ISBN: 978-84-350-4935-1
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
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Es peridista y, desde 1986, ha ejercido su profesión en los más variados medios, tanto en prensa escrita como radiofónica. Desde hace unos años, compagina su trabajo con su verdadera pasión: escribir novelas. Tras Secretos y cenizas (Editorial Cute, 2013), otras dos novelas en Haper Collins y Sitiados (Pàmies, 2019), con La dama de Jacobsland, nos sumerge en los tempestuosos ataques vikingos a nuestras costas.
Autoren/Hrsg.
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Prólogo
«Soy Freyja
Y acabo de clavar mi espada
En el aliento cerrado de tu boca intacta
Y te respiro en la nuca
Acechándote
Observándote
Lista para la emboscada final y decisiva».
La maldición, poema vikingo
Mar de Poniente. Año del Señor de 966
El mal tiempo había llegado. Llovía hacía días, zumbaba el viento, y la mar se había quitado la careta y enseñado los dientes. La borrasca cabalgaba a su popa y, entre sombras, el océano se veía bravo, resacoso, enloquecido como un berserker borracho buscando pelea. Refulgían centellas a lo lejos y los truenos restallaban sobre sus cabezas. Thor, dios de las tormentas, bramaba de furia.
Las rodelas chocaban estrepitosamente contra los laterales del casco. La nave tenía dos vías de agua, las juntas impermeabilizadas con brea se habían descosido, y los gritos del capitán Ivar el Cojo perecían enterrados entre el estruendo de las olas que barrían la cubierta.
–¡Vamooooos! Raesk, raesk, raesk!
Las veinte parejas bogaban sin respiro, tratando de enderezar el rumbo de la embarcación, vapuleada por las hijas de Ran. Junto al timón, el capitán manipulaba los cristales de navegación en un intento desesperado por llegar a algún sitio pronto y salvar la vida. La piedra solar, la calcita pulida que sostenía entre las manos, les permitía determinar la posición del sol aún en días como aquél, en que la bóveda celeste permanecía toda la jornada negra. Pero, incluso con su ayuda, habían perdido la posición hacía rato y se mecían a la deriva en el mar de Poniente.
–¿Estamos llegando, Ulf? –preguntó a su lugarteniente, un grandullón con las greñas deshechas y el brazo sangrando–. ¿Se ve ya el condenado faro de Brigantium? ¡Por todos los dioses, tendríamos que estar llegando a ese maldito sitio ya!
–No... No se ve. La noche se lo debe haber tragado. Tal vez las nornas hayan decidido nuestro destino –añadió fríamente, pensando que aquella noche atravesarían el umbral del Valhalla.
–¡Tiene que estar cerca! ¡Brigantium lleva ahí más inviernos de los que nadie recuerda! –le gritó el capitán. Se mesó la barba y, tras retirarse el agua de la cara, se acercó al codaste.
Dos de sus hombres murmuraron por lo bajo, y el jarl hizo restallar un latigazo sobre la cubierta. No quería que se desconcentraran, les iba la vida en ello. La vida y algo más. La ruina y la reputación. Su fracaso también lo heredarían sus hijos y mujeres.
Se había comprometido ante su señor, el berserker de Danmark, Harald Dientes Negros, a entregar aquel material, y no podían fallar. Tenían noticia de las diferencias entre los magnates de Gallaecia, sus dificultades para admitir como reina a una anciana consagrada al Cristo ese de la cruz, una tiparraca más seca que la boñiga de un reno, y cómo por eso algunos nobles planeaban eliminarla y tomar las riendas del poder.
El astuto Harald había mantenido aquella información en secreto con el fin de ser él quien obtuviera los mayores réditos. Como en ocasiones anteriores, aprovecharía la debilidad de sus adversarios para hacerse –en un descuido de éstos– con sus tierras. Así habían conquistado los normandos casi toda la costa atlántica, perteneciente a los francos, y buena parte de la Anglia. Y ahora llegarían más al sur, hasta la Hispania romana, con parada obligatoria en la rica Jacobsland.
Mientras simulaban venderse como esbirros, introducirían a sus hombres y posicionarían a sus espías en el tablero de juego, hasta que el grueso de las huestes del norte desembarcaran y asestaran el hachazo definitivo. Era frecuente que los reinos creyentes en la cruz contrataran mercenarios normandos para sus correrías, les compraran armas, les pagasen fortunas por aterrorizar comarcas enteras, antes de presentarse como pacificadores y héroes. A veces, la estratagema les salía bien. Otras, no tanto.
Y por eso se habían encaminado hacia la recóndita cala en el faro del fin del mundo, Brigantium, situado en la arista de la kysten av død, la costa de la Muerte, donde desaparecían flotas enteras en las tempestades enviadas por el dios del trueno. A Thor le habían hecho sacrificios antes de partir, y a él rogaban ahora con alaridos espeluznantes para apaciguar su furia.
–Spar oss eller tordenguden og havet! Gud styrke –cantaban a coro mientras el barco cabeceaba, se hundía entre las aguas y volvía a salir a la superficie, destartalado y maltrecho.
El capitán volvió a estudiar la piedra, arrebujado en aquella capa de lana de cordero que en esos momentos tanto le pesaba. Debían estar cerca. No podían naufragar, no cuando tenían por delante una importante misión y sus bodegas iban repletas de costosísimos hierros. Los arcos y flechas se amontonaban en pesados cofres, esperando a ser embreados y disparados; los cascos y los yelmos nasales se golpeaban y abollaban en las cámaras, y las hachas y escudos de madera de tilo anhelaban bañarse en sangre cristiana.
–En, to, tre, gå!
La felag seguía remando, y tres hombres trabajaban sin descanso para taponar la vía en la aleta de estribor, pero la tempestad no cedía, y ninguna luz aparecía en el horizonte. Conocía aquellas corrientes, deberían haberse topado ya con la recortada silueta de la costa. Algo iba mal...
Si se demoraban mucho más, Ivar sabía que lo que les esperaría esa noche no sería una rica jarra de cerveza con la que desentumecer los músculos ateridos de humedad, sino el sueño final. Se besó el diente de ballena que llevaba colgado al cuello y alzó los dedos índices hacia el firmamento. Besó la negrura, la cara cubierta por un velo de lluvia. Si esa noche debían estirar la pata, que así fuera, pero no antes de poder terminar lo que habían empezado.
En tierra
A unas seis leguas de allí, bajo aquel tiempo inclemente, un ramillete de soldados permanecía en sus puestos. Mantenían las hogueras encendidas en la lúgubre torre del ruinoso castillo y a lo largo de la costa para que la nave que esperaban hacía horas pudiera divisarlos. Su señor los despellejaría si el barco no aparecía sano y salvo. Pero la misteriosa nave no daba señales de vida, y el piquete de guardia se impacientaba.
La loriga pesaba, los mantos y tabardos goteaban, el casco hedía y nada les permitía entrar en calor. Los dos hombres que habían salido a caballo a patrullar hasta el Ardobicum Corunium regresaban con las manos vacías. El esbirro al mando escupió una blasfemia. El cielo, como si lo hubiera escuchado, le respondió resquebrajándose. Un ensordecedor strepitus mundi se expandió como una onda expansiva mar adentro y, por unos instantes, un rayo iluminó las tinieblas. El viento, lejos de amainar, aumentó su crudeza contra los muros. La madre naturaleza ignoraba su petición de clemencia. Les robaba la luz, la paciencia y hasta era posible que la vida.
–¡Mantened la posición! –oyeron los soldados, y todos trataron de recomponerse y volvieron a colocarse en posición de firmes.
Las olas, de al menos treinta pies de altura, batían con fuerza, y alguna inundó la boca de la gruta, a punto de llevarse a uno de los centinelas a rastras, salpicándolo todo de una espuma negra y gélida. La soldadesca tuvo que olvidarse de la orden de su capitán y abandonó sus puestos a todo correr para refugiarse en el patio de armas del destartalado y ruinoso fuerte. Los muros tapizados de verdín mostraban el abandono de aquella fortaleza muerta, creando un ambiente siniestro que no invitaba a acercarse a nadie por allí con frecuencia y facilitaba aquel tipo de operaciones encubiertas. Ninguno de ellos sospechaba sin embargo que, no muy lejos de allí, también chorreando agua, congelados e impacientes, otros dos desconocidos los observaban de cerca.
Acantilados próximos
–Es evidente que esperan a alguien. Mirad, ya regresan los que salieron a caballo –comentó el joven, trepando con agilidad a unas rocas para intentar ver lo que ocurría.
Que algo se estaba cociendo, no había duda. Nuño Gonzálvez se parapetó en un hueco, a cubierto, y se dispuso a esperar a su compañero, un ballestero a su servicio. Éste lanzó un juramento al rajarse una mano con una arista cortante.
–Condenada roca –dijo mientras se vendaba la mano con su jubón. La sangre empapó la tela deprisa.
Ajeno a sus protestas, Nuño siguió ascendiendo, pese a las salpicaduras del mar furioso que por debajo se batía contra los altos acantilados. En la oscuridad, no debería de haberse visto nada, pero aquellos hombres del fuerte lo tenían todo profusamente iluminado. Parecía evidente que el asunto se les había ido de las manos.
El vendaval arreció, y el ballestero a punto estuvo de caerse por el cortado que se abría a sus pies. Era un terraplén de esquisto resbaladizo de unos cien pies de altura que daba a una roquería que, con la bajamar, se veía pulida como un espejo. El faro iluminaba la zona a bocanadas, más mortecino que de costumbre por la borrasca; emitía débiles señales a la oscuridad del horizonte infinito sin que nadie respondiera desde éste. No se veía un alma.
Nuño había llegado hasta allí siguiendo las órdenes del jefe de la guardia de la condesa Nunilo Fáñez, la comitissa de Breixos, señora de esas...




