Santos / Calvo Charro / González de Vega | Indomables | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 192 Seiten

Reihe: La espuma de los días

Santos / Calvo Charro / González de Vega Indomables

Diez mujeres frente al feminismo hegemónico
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-128095-9-6
Verlag: Ladera norte
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Diez mujeres frente al feminismo hegemónico

E-Book, Spanisch, 192 Seiten

Reihe: La espuma de los días

ISBN: 978-84-128095-9-6
Verlag: Ladera norte
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Una decena de mujeres unen sus voces en este volumen con un único objetivo: promover que el feminismo regrese a la senda de la razón. España es uno de los mejores países del mundo para nacer mujer, pero el feminismo hegemónico quiere imponer un relato tenebroso, maniqueo, de mujeres víctimas eternas y menores de edad que necesitan ser tuteladas desde el poder. Los postulados de esta ideología no sólo no resuelven los viejos problemas de desigualdad y violencia entre hombres y mujeres, sino que crean nuevos. El más grave, la imposición de un discurso único, irracional y a menudo de espaldas a la ciencia, con ramificaciones en la academia, los medios de comunicación, la empresa y la política. Frente a esta situación, diez mujeres libres, de diversas generaciones y sensibilidades políticas, con estilos de vida y profesiones distintas, rompen el silencio impuesto y, sin miedo a la cancelación, alzan la voz para abogar por la plena igualdad ante la ley. Sin obviar tramposamente las diferencias biológicas entre los sexos, proponen un caleidoscopio de visiones y vivencias que nos ayuda a entender la condición de la mujer española de hoy y sus desafíos reales.

Yaiza Santos (Huelva, 1978) es periodista y editora. Ha publicado, entre otros medios, en Letras Libres, ABC y El Mundo. Actualmente forma parte de la Redacción en Madrid del diario cubano independiente 14ymedio y colabora con Arcadi Espada en su podcast semanal, Yira Yira. Vivió catorce años en México, donde también dio clases de periodismo y redacción en varias universidades. Es coautora de cuatro libros de texto de literatura para el bachillerato mexicano y  de Vidas sin fronteras. 51 historias para derribar los muros (Alfaguara, 2019). En 2018 firmó, junto a otras veintisiete mujeres, el manifiesto «No nacemos víctimas», sin saber que el delirio feminista no había hecho más que empezar.
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El populismo feminista


Guadalupe Sánchez

Guadalupe Sánchez es licenciada en Derecho por la Universidad de Alicante y abogada ejerciente que interviene ante los tribunales de justicia. Tras compaginar sus estudios con las prácticas en despachos multidisciplinares, en 2004 fundó su propio bufete de abogados, Novalex Spain, que sigue dirigiendo en la actualidad y con el que ha alcanzado prestigio a nivel nacional. Conocida activista en las redes sociales (@Proserpinasb) por su defensa de la presunción de inocencia, las garantías procesales y la independencia judicial, compagina su labor como abogada y directora del bufete con la colaboración en distintos programas, como , y la publicación de columnas de opinión en el periódico digital . Es autora de los libros (Deusto, 2020) y (Deusto, 2023).

El populismo nace del descontento, crece entre los que se arrogan la representación social del movimiento, se reproduce en los partidos políticos tradicionales a los que infecta y muere cuando fracasa, dejando tras de sí un reguero de inestabilidad, incertidumbre y miseria. La duración de los ciclos populistas dependerá siempre de la credulidad de los ciudadanos y de su predisposición a consumir un relato inexacto, infantil y moralizante de la realidad. Porque, como tantas otras veces he afirmado, el arte del populismo consiste en evitar que la verdad comprometa la ideología.

Mientras el público trata de deglutir sin atragantarse la narrativa efectista que aboga por el cambio, el populista aprovecha para instrumentalizar la ley y asaltar las instituciones. Porque desde hace ya muchos años las revoluciones no se hacen a pie de calle sino a través del Boletín Oficial del Estado, lo que contribuye a que el ciudadano no sea consciente de que lo que se persigue no son avances sociales, sino un verdadero cambio de régimen. Los cielos ya no se asaltan desde las plazas, sino desde los despachos y ministerios.

Una de las armas a la que los populistas recurren para triunfar en el plano político y consolidarse en el institucional es la del falso consenso, haciendo pasar por tal lo que en realidad no son más que dogmas que se instrumentalizan políticamente para deshumanizar al que disiente o plantea razonadamente sus dudas.

Efectivamente, el feminismo o la ciencia climática se han convertido en el parapeto idóneo para catalizar profundos cambios sociales y legales que no admiten crítica o contestación, so pena de cancelación o muerte civil: rechazar decrecer para combatir el cambio climático o cuestionar el posible origen intencionado de un incendio te convierte en un negacionista. Reprobar determinados aspectos y efectos de la ley de violencia de género, por muy palmarios que sean, te transforma en un peligroso machista, en el abanderado de un mundo donde las mujeres malviven sin derechos, sometidas al yugo patriarcal.

Pero esto es algo profundamente antidemocrático. Como dijo Margaret Thatcher, la confrontación de opiniones es la materia de la que se compone la democracia. Frente a los regímenes autocráticos que no admiten en el espacio público versiones alternativas a aquella que emana de la oficialidad, los Estados democráticos y de derecho se erigen en garantes del pluralismo político, por ser el cauce idóneo para que la voz de los ciudadanos electores llegue a las instituciones.

El recurso a la falacia del consenso no obedece únicamente a un rechazo del debate, sino también al miedo que genera en algunos el tener que prescindir de una herramienta electoral poderosa que permite distraer la atención del personal cuando sea menester. Porque que nadie se lleve a engaño: la insistencia partidista en poner el foco electoral y político en la violencia de género obedece mucho más al oportunismo que a una preocupación sincera por la situación de las víctimas, las verdaderas causas tras este tipo de agresiones o el impacto estadístico de este tipo de violencia en el panorama criminológico español.

En la medida en la que, para el político populista, el plano del relato adquiere una importancia superior al de la realidad, la violencia de género es manipulada y presentada con el embalaje dialéctico que facilita su patrimonialización ideológica y la convierte en un producto comercial apto para el consumo de simpatizantes y militantes. De esta forma, el populista identitario se arroga la legitimidad para hablar en nombre de las víctimas y, cómo no, para plantear las soluciones que coadyuven a la erradicación de la «lacra». Algo que les habilita para valerse de la herramienta legislativa que más codician: el .

Derecho penal de género


En los orígenes del pacto social que propició el nacimiento del Estado se encuentra el instinto de protección del ser humano, la necesidad de defenderse de un eventual ataque por parte de otros grupos o incluso de otros miembros del clan. Por este motivo, una de las primeras potestades que los hombres cedieron a la supraestructura estatal fue la de sancionar o castigar conductas: el .

Los individuos renunciaron al uso de la violencia a favor del Estado, único autorizado a emplearla de forma legítima. Mientras que en los regímenes totalitarios este poder se ejerce de forma arbitraria y omnímoda, en las democracias liberales está sometido al cumplimiento de una serie de normas y principios limitadores cuya finalidad es la de reprimir aquellas conductas que alteren el orden social y atenten contra bienes jurídicos que se estiman dignos de protección, muchos de los cuales encuentran su razón de ser en los derechos humanos y las libertades fundamentales.

Por eso, en los Estados de derecho liberales, el gira en torno al acto, al comportamiento concreto realizado por el autor del delito, mientras que en las autocracias el estatal no sólo pone el foco en la conducta, sino también en determinadas cualidades de la persona, a veces indisponibles, que o bien determinan un agravamiento de su conducta, o directamente la convierten en un peligro social. Éste es el motivo por el que yo suelo a menudo decir que el derecho penal es un termómetro democrático infalible: da igual que seas de derechas o de izquierdas, rico o pobre, guapo o feo, porque pagas por tus actos.

Lamentablemente, las sociedades occidentales se han embarcado en una deriva populista que intenta relegar la importancia del acto objetivamente considerado, mientras se confiere cada vez mayor entidad a determinadas características del sujeto activo o del sujeto pasivo, entre las que destaca especialmente el sexo. Estamos asistiendo a la criminalización colectiva del hombre y a la victimización colectiva de la mujer por razón de su biología. La condición de víctima o de delincuente no la confiere ya el hecho de haber padecido discriminaciones o maltratos o el haberlos cometido, sino la mera pertenencia a un colectivo que, en atención a determinados rasgos genéticos o biológicos, se autopercibe o es percibido como tal. Para que me entiendan: ya no hay mujeres que son víctimas, sino víctimas porque son mujeres. Tampoco hay varones delincuentes, sino delincuentes porque son varones.

Esta genitalización sobre la que se construye la ley de violencia de género ha trascendido a la sociedad de la peor forma posible: consagrando la criminalización colectiva del varón y la victimización colectiva de la mujer. Aunque resulte difícil de creer, nuestra entrepierna pesa más jurídica y socialmente que nuestros actos. Se trata de un derecho penal de autor sexualizado que asola nuestro ordenamiento jurídico y envenena nuestra cotidianeidad.

Pero, ¿de qué hablamos cuando nos referimos al derecho penal de género?

Apuesto a que conocen el famoso refrán que reza «el que la hace la paga». Seguramente no lo saben, pero este dicho popular condensa la esencia de uno de los fundamentos punitivos del orden liberal: los ciudadanos hemos de responder por lo que hacemos y no por lo que somos.

Efectivamente, mientras que nuestro tipifica conductas, otros modelos penales se centran en cualidades personales del autor que se consideran merecedoras de reproche penal. Se trata de dos concepciones contrapuestas: el derecho penal del acto, consustancial a las democracias liberales, frente al derecho penal de autor, propio de regímenes totalitarios en cuanto que antitético a los derechos humanos y libertades fundamentales.

Al menos, eso es lo que a mí, humilde picapleitos, me enseñaron en la facultad cuando estudié Derecho a finales de los años noventa. Recuerdo perfectamente cómo mis profesores, muchos de ellos abiertamente progresistas, recurrían al ejemplo de la Ley de Vagos y Maleantes aprobada por las Cortes de la II República en agosto de 1933 y ampliada posteriormente durante la dictadura franquista. El artículo segundo de aquella norma constituía un auténtico muestrario de lo que implica la criminalización de los individuos y del adelantamiento de la punibilidad en atención a cualidades de su personalidad y su estilo o forma de vida, en lugar de por la comisión de un hecho lesivo concreto.

Tampoco he olvidado cómo nos alertaban contra el llamado «Derecho penal del enemigo», término acuñado por el jurista alemán Gürten Jakobs en la década de los ochenta para referirse a un sistema punitivo que permitiese castigar a determinadas personas, consideradas enemigos del Estado, en atención no a los actos cometidos sino a su peligrosidad. Una auténtica aberración que conducía al catalogado como...



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