Santamaría | El ateniense | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 480 Seiten

Santamaría El ateniense


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17683-34-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 480 Seiten

ISBN: 978-84-17683-34-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Año 432 a. C. Grecia se precipita hacia una guerra como nunca ha visto ni verá el mundo. La Atenas de Pericles domina los mares, Esparta es invencible en tierra. Y ambas ciudades pugnan por convertirse en la líder indiscutible de la Hélade en un conflicto completamente asimétrico que durará cerca de treinta años y después del cual la Grecia luminosa no será más que un lejano recuerdo. Esta es la historia de uno de los personajes más controvertidos de la antigüedad: Alcibíades, el ateniense. Familiar y protegido de Pericles, discípulo y amigo de Sócrates, omnipresente en la obra de Platón, rival de Nicias, amante de la reina de Esparta. Estratega y demagogo, político y guerrero, traidor y patriota. El más bello de los griegos y el más acaudalado de los atenienses. Cruel en el amor, valiente y decidido en la guerra. Implacable y calculador... Fiel reflejo de una Atenas y de una época que sentó las bases de la sociedad occidental.

Santander 1975. Es licenciado en derecho por la Universidad de Canterbury, Inglaterra, país donde vivió, estudió y trabajó desde los catorce años. Fue profesor de inglés y español en Taiwan y más tarde volvió a su tierra natal para establecerse definitivamente. Es autor de siete novelas, todas ellas publicadas en Pàmies: Okela (2011), El águila y la Lambda (2012), Peña Amaya (2014), Rebeldes (2015), que le valió el premio Hislibris a Mejor Autor Español de Novela Histórica, Godos (2017), Al servicio del Imperio (2018) y El ateniense (2019).
Santamaría El ateniense jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


1


Quilón

El Pireo
447 a. C.

Caía la tarde.

Quilón, el carretero, aguardaba paciente su turno en el muelle. A su alrededor todo eran moscas y bullicio. Olor a sal y a pescado fresco y podrido. Calor. El verano había irrumpido con fuerza en el Ática y la brisa del mar, leve, no lograba mitigar la sensación de práctica asfixia. Por suerte, justo antes de salir de casa, el carretero había cogido su sombrero de ala ancha, aunque había estado a punto de olvidárselo.

Los gritos de los capataces se mezclaban con los de cambistas, estibadores, funcionarios públicos, vendedores ambulantes, capitanes, marineros, gaviotas y prostitutas. Era imposible entenderse sin alzar la voz. Todo era gente y animales, boñiga, ánforas, fardos… En lo alto del promontorio reinaba, orgullosa, una gran columna de mármol blanco rodeada por una veintena de espolones de naves persas, erigidos allí como trofeo. La columna marcaba el lugar donde descansaban los restos del gran Temístocles, el hombre que, tres décadas atrás, había liderado a los atenienses contra Persia, el artífice de la victoria de Salamina.

A su izquierda, una cincuentena de trirremes perfectamente alineados descansaban sobre las aguas calmas del puerto como grandes monstruos mitológicos, con los mástiles plegados y los remos recogidos. Miraban a tierra con sus enormes ojos blancos, azules y negros, hipnóticos, ojos de ceño fruncido, aterradores, impasibles, sobre los recios espolones de bronce. Aquellas esbeltas y bellas naves, una sexta parte de la flota ateniense, si hubieran podido hablar, quizá habrían dicho que estaban ansiosas por hacerse a la mar, por soltar amarras, por recorrer unas aguas que eran suyas por derecho.

A sus cuarenta años Quilón jamás había tomado parte en una batalla naval, siempre había sido carretero, como su padre, y como el padre de su padre. Pero Atenas era su flota, todo el mundo conocía a alguien que servía o había servido en ella: sobrinos, primos, hijos que daban vida a esas bestias de madera, guardianas de la ciudad y dueñas de los mares, que volaban sobre las aguas impulsadas por los robustos brazos de jóvenes atenienses y cuyos remos de madera se movían como uno, como alas, batiendo la líquida llanura para aguijonear brutalmente a cualquiera que osase poner en entredicho la supremacía de la ciudad.

Quilón se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y arreó a su mula, Circe, para que avanzara unos pasos siguiendo a la carreta vacía que tenía delante. Luego tiró de las tiendas para detenerla y seguir esperando. Se inclinó un poco hacia delante y alargó la mano hacia abajo, hacia la escasa sombra del pescante donde guardaba un odre de vino y una cesta con algo de comida, preparada aquella mañana por su esposa para el largo día de trabajo que tenía por delante. Le dio un trago al vino refrescante y volvió a dejar el odre en su sitio.

Ahora que habían comenzado las obras para levantar un nuevo templo en la acrópolis dedicado a Atenea Pártenos, Atenea la Virgen, el trabajo era incesante en la ciudad, si bien era cierto que jamás había faltado tarea.

Quilón hacía entre dos y tres viajes diarios para llevar madera, piedra, mármol o comida hasta la escarpada cima que dominaba la ciudad y sobre la que, antes de las guerras contra los persas, se habían alzado los templos más importantes. Habían pasado más de treinta años desde que las hordas orientales de Jerjes, Rey de Reyes, lo incendiaran y derribaran todo, profanando la sagrada cumbre. Sin embargo, al igual que el Fénix, Atenas había resurgido de sus cenizas, y su corazón latía con más fuerza que nunca.

La riqueza inundaba la ciudad. Los atestados puertos de El Pireo y Falero recibían en su seno, todos los días, naves cargadas con productos del mundo entero: vino de Sicilia, madera de Fenicia y Tracia, alfombras de Persia, sedas de los confines de la tierra, queso de Libia, miel de Macedonia, trigo de las llanuras escitas, joyas de Egipto, especias, almohadas, vasijas, lana, esclavos… Nada de ello hubiera sido posible sin el férreo dominio de los mares.

Como todo ateniense, Quilón estaba orgulloso de serlo, y de que lo fueran también sus dos hijos y su nieto.

Cómo habían cambiado las cosas a lo largo de esos cuarenta años de vida. Su primer recuerdo se remontaba a cuando tenía cuatro o cinco años. Recordaba estar jugando a la puerta de casa con un caballo de madera que le había tallado su padre, recordaba el calor sofocante del verano, la inocente felicidad, la calle seca, polvorienta, los pies descalzos y mugrientos, la túnica raída, los mocos secos, el vivaracho barrio del Cerámico. De pronto vio aparecer un jinete con armadura, al galope, gritando a voz en cuello que venían los persas, ordenando que todo el mundo se dirigiese al puerto, a las naves, que no llevasen más que lo esencial, que así lo ordenaba Temístocles. Recordaba cómo el jinete había pasado ante él levantando el polvo y haciéndole toser, cómo su madre salió de la casa con el rostro desencajado, le cogió del brazo, le arrastró dentro y empezó a meter cosas en un zurrón de cuero: comida y dinero. Luego el camino hacia Falero, donde naves de todo tipo esperaban para evacuar a la población. Recordaba los empujones, los pisotones, los gritos, los llantos de los niños, miles de familias recorriendo el camino que llevaba al viejo puerto, los hoplitas con sus corazas de bronce, sus cascos y sus grandes escudos redondos protegiendo al gentío en su penosa marcha, la gente mirando a su espalda, aterrada, acelerando el paso. Luego, las naves atestadas, el olor a sudor, la corta travesía hasta la isla de Salamina, el rostro inconsolable de su madre, la incomprensión en la cara de los niños. Luego el desembarco, el inmenso campamento, las miles de hogueras, los días de espera, de incertidumbre, el hambre, los soldados repartiendo comida, los trirremes atenienses y peloponesios recorriendo la costa. Luego, una noche, las llamas al otro lado del estrecho, recortadas contra la oscuridad, los llantos de la gente, la desesperación: Atenas, la luminosa Atenas, devorada por el fuego, los templos, las casas… Después, la gran batalla de Salamina de la que todos fueron testigos mudos. Recordaba la fuerza con que sus pequeñas manos habían aferrado el caballo de madera cuando vio, al amanecer, la innúmera flota persa avanzando hacia el estrecho a golpe de remo, volviendo blancas las aguas negras y rosadas de la mañana mientras, al fondo, una columna de humo oscuro surgía de lo que había sido Atenas, como si la ciudad misma hubiera sido entregada en holocausto a los dioses… Y la victoria. La victoria de Atenas y de Temístocles contra las hordas de Oriente, contra el Rey de Reyes, contra el destino, contra la fortuna, contra el viento, con tan solo el tesón y la fe de todo un pueblo que prefería desaparecer de la tierra antes que rendir pleitesía al extranjero. Luego el retorno a una ciudad negra, devastada, a su casa chamuscada.

Pero habían pasado tres décadas. Y, hoy, Atenas deslumbraba al mundo.

Quilón arreó de nuevo a Circe para volver a avanzar y, cuando se detuvo, volvió a darle un trago al vino. Observó la panzuda nave que tenía delante. Un enjambre de esclavos escitas, en taparrabos, con la piel castigada por el sol y la espalda cubierta de cicatrices, subía y bajaba por unas endebles pasarelas descargando tablones y más tablones de madera que otros esclavos iban amontonando en el muelle para que luego otros los apilaran en las carretas. Dos docenas de jóvenes hoplitas, en edad de hacer el servicio militar, observaban el proceso.

Uno de los capataces encargados de contratar el transporte se acercó a Quilón con una tablilla de cera.

—¿Nombre?

—Quilón, hijo de Teofrasto.

El capataz, un hombre enjuto y calvo, escribió en su tablilla.

—¿Tribu?

—Acamantis —dijo Quilón.

El capataz volvió a rasgar la tablilla; luego miró la carreta para calcular la capacidad, escribió algo más, se la entregó a Quilón y le miró a los ojos.

—Madera para el andamiaje de la acrópolis —dijo el capataz—. Y tiene que llegar antes de la puesta de sol. La tablilla me la traes sellada esta noche por Acestórides, el carpintero. Ahí tienes apuntado el número de tablones y el peso aproximado.

—¿Cuánto? —preguntó Quilón.

—Cinco óbolos —dijo el capataz.

—¿Cinco óbolos? ¿Cinco óbolos después de haber venido desde Atenas y haber pasado aquí media tarde?

El capataz miró a un lado y a otro.

—Puedo darte un dracma —dijo.

—¿Un dracma? ¿Me has visto cara de imbécil? —dijo Quilón.

—No puedo darte más. Lo tomas o lo dejas. Hay muchos esperando.

Quilón miró a su espalda. Había una docena de carretas tras él; aunque el capataz las llenara todas, aún necesitaría treinta o cuarenta más y, un poco más adelante, en el muelle siguiente, había otro mercante descargando ánforas. Si algo le había enseñado a Quilón su padre era a calcular a ojo los cargamentos de las naves y el número de carretas necesario para la descarga. Y si algo sabía por experiencia era que los capataces encargados de contratar el transporte solían ofrecer un tercio de lo que estaban dispuestos a pagar. Más aún, con la cantidad de naves que llegaban a puerto todos los días, el transporte siempre era un problema, y aquel hombre tenía cierta prisa.

Quilón cogió la tablilla y se la devolvió al capataz.

—Vete a engañar a otro —dijo el carretero. Y, con las mismas, arreó la mula. Era un viejo truco—. Vamos, Circe —le dijo a la mula...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.