Salgari | El corsario negro | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 456 Seiten

Reihe: Literatura universal

Salgari El corsario negro


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-7254-712-4
Verlag: Century Carroggio
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

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Reihe: Literatura universal

ISBN: 978-84-7254-712-4
Verlag: Century Carroggio
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Los piratas y los corsarios se enfrentan entre ellos para conseguir el oro proveniente de las colonias españolas de América. El Corsario Negro es una novela de aventuras del escritor italiano Emilio Salgari y la primera obra del ciclo Piratas del Caribe. La acción se desarrolla en el mar Caribe durante el siglo XVII, en los años posteriores a 1686, época de esplendor de la piratería. Emilio de Roccanera, señor de Ventimiglia, más conocido como el Corsario Negro, ha jurado una terrible venganza por la muerte de sus hermanos (el Corsario Rojo y el Corsario Verde) a manos del gobernador de Maracaibo, el flamenco Van Guld. Y en su cruzada personal, el destino pone en su camino los ojos grises de una mujer de innegable belleza que será su perdición...

Emilio Carlo Giuseppe Maria Salgarin ? (Verona, 1862-Turín, 1911)1? fue un escritor, marino y periodista italiano. Escribió principalmente novelas de aventuras ambientadas en lugares como Malasia, el océano Pacífico, el mar de las Antillas, la selva india, el desierto y la selva de África, el oeste de Estados Unidos, las selvas de Australia e incluso los mares árticos. Tal vez sus personajes más conocidos sean el pirata Sandokán y el Corsario Negro, que alimentaron la imaginación de millones de lectores. Extraordinariamente populares, sus obras fueron llevadas con éxito al cine y televisión.
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EL CORSARIO NEGRO
Capítulo primero
LOS FILIBUSTEROS DE LA TORTUGA
Una voz recia, metálica, se alzó del mar y resonó amenazadoramente en las tinieblas:
—¡Eh, los de la canoa! ¡Deteneos, si no queréis que os hunda!
La pequeña embarcación, ocupada solo por dos hombres, que avanzaba fatigosamente sobre las olas de color de tinta, huyendo de la escarpada orilla que se delineaba apenas a lo lejos, como si de aquella parte temiese un grave peligro, se paró en seco. Los dos marineros retiraron al punto los remos y se levantaron como movidos por un resorte. Sus miradas inquietas se dirigían hacia delante, fijos los ojos en una gran sombra que parecía haber emergido súbitamente de las olas.
Estaban ambos por la cuarentena; sus facciones, enérgicas y angulosas, resaltaban enmarcadas por unas barbas pobladas y ásperas, que quizás no habían conocido el uso del peine y del cepillo.
Dos amplios sombreros de fieltro —agujereados por varios sitios y con las alas despedazadas— les cubrían la cabeza; camisas de franela rasgadas, descoloridas y sin mangas, abrigaban apenas sus robustos pechos, sujetándose en la cintura mediante fajas rojas —también en muy mal estado— que sostenían un par de aquellas grandes y pesadas pistolas usadas a finales del siglo xvi. Llevaban asimismo unos calzones andrajosos, y las piernas y los pies descalzos estaban sucios de un barro negruzco.
Aquellos dos hombres —a quienes se hubiera podido tomar por dos evadidos de alguna penitenciaría del golfo de México, de existir en aquel tiempo las que se fundaron más tarde en las Guayanas— viendo la gran sombra que se destacaba netamente sobre el fondo azul oscuro del horizonte, entre el centelleo de las estrellas, intercambiaron una mirada inquieta.
—Mira, Carmaux —dijo el que parecía más joven—. Fíjate bien, tú que tienes mejor vista que yo. Nos va la vida en ello.
—Es un barco. Y lo tenemos a menos de tres tiros de pistola. Pero no sé decirte si viene de la Tortuga o de las colonias españolas.
—¿Serán amigos? Aunque… ¿Quién va a atreverse a llegar hasta aquí, bajo los mismísimos cañones de los fuertes, con el peligro de tropezar con alguna escuadra de guerra de las que escoltan a los galeones llenos de oro?
—En cualquier caso nos han visto, Stiller. No tenemos escapatoria. Si intentamos huir nos largarán un metrallazo que bastará para enviarnos al infierno.
La misma voz de antes, potente y sonora, tronó por segunda vez en las tinieblas, y su eco fue a perderse en lontananza, por las aguas del Golfo.
—¿Quién vive?
—El diablo —farfulló el que se llamaba Wan Stiller. Pero su compañero se subió al banco y, alzando la voz cuanto pudo, gritó:
—¿Quién es el guapo que quiere saberlo? Si tan curioso es, que se acerque y contestaremos sus preguntas a pistoletazos.
Esta fanfarronada, en lugar de irritar al que preguntaba desde el puente de la nave, pareció alegrarle, porque contestó:
—¡Venid acá, valientes! ¡Venid a dar un abrazo a los Hermanos de la Costa!
Los dos hombres de la canoa lanzaron un grito de alegría.
—¡Los Hermanos de la Costa! —exclamaron.
Luego, el que se llamaba Carmaux, añadió:
—¡Que la mar me trague si no he reconocido la voz que nos ha dado esta buena noticia!
—¿Quién crees tú que es? —preguntó su compañero, que había vuelto a tomar el remo, manejándolo vigorosamente.
—Solo un hombre, entre todos los valientes de la Tortuga, puede atreverse a llegar hasta debajo mismo de los fuertes españoles.
—¿Quién?
—¡El Corsario Negro!
—¡Truenos de Hamburgo!… ¡Él!… ¡Precisamente él!
—Y nosotros tendremos que darle la mala noticia —murmuró Carmaux con un suspiro—. ¡La muerte de su hermano!
—Seguro que él confiaba en llegar a tiempo para librarlo con vida de los españoles, ¿verdad, amigo?
—Sí, Stiller,
—¡Y es el segundo que le cuelgan!…
—El segundo, sí. ¡Dos hermanos, y los dos ahorcados!
—Se vengará, Carmaux.
—Así lo creo; y nosotros estaremos con él. El día que vea estrangular al maldito gobernador de Maracaibo, será el más hermoso de mi vida. Venderé las dos esmeraldas que llevo cosidas a los pantalones y todo lo que saque por ellas lo gastaré con los amigos.
—Hemos llegado. ¿No te lo decía yo? ¡Es el navío del Corsario Negro!…
El barco, que poco antes no se distinguía bien a causa de la profunda oscuridad, se hallaba entonces a medio cable de distancia de la canoa. Era una embarcación rápida de las que empleaban los filibusteros de la Tortuga para dar caza a los grandes galeones españoles que llevaban a Europa los tesoros de América Central, de México y de las regiones ecuatoriales.
Buenos veleros, provistos de alta arboladura para poder aprovechar las más ligeras brisas, de casco estrecho, de proa y popa altísimas, como se usaban en aquella época, y formidablemente armados.
Doce bocas de fuego, doce carronadas, asomaban amenazadoras por las troneras a babor y a estribor, y en el puente más alto dos cañones de caza parecían dispuestos a barrer los puentes a metrallazos.
Los dos marineros de la canoa, ya bajo la borda del velero, cogieron el cable que les habían echado junto con una escala de cuerda y, tras asegurar su embarcación, retiraron los remos y subieron a cubierta con una agilidad sorprendente.
Dos hombres, provistos de arcabuces, apuntaron hacia ellos sus armas, mientras un tercero se acercaba proyectando sobre los recién llegados la luz de una linterna.
—¿Quiénes sois? —les preguntó.
—¡Por Belcebú! —exclamó Carmaux—. ¿Es que no reconoces a los amigos?
—¡Que me parta un rayo si este no es el vasco Carmaux! —gritó el hombre de la linterna—. ¡En la Tortuga se te daba por muerto! ¡Hola!… ¡Otro resucitado! ¿No eres tú el Hamburgués, Wan Stiller?
—El mismo —contestó este.
—¿Así que también has escapado a la soga?
—¡Ajá! La muerte no me quería, y yo pensé que era mejor vivir unos años más.
—¿Y vuestro jefe?
—Silencio —dijo Carmaux.
—Puedes hablar: ¿ha muerto?
—¡Bandada de cuervos! ¿Habéis acabado de graznar? —gritó la voz metálica que había amenazado antes a los hombres de la canoa.
—¡Truenos de Hamburgo!… ¡El Corsario Negro!… —farfulló Stiller con un escalofrío.
Carmaux, alzando la voz, respondió:
—Aquí estamos, capitán.
Un hombre había bajado del puente de mando y se dirigía hacia ellos, con una mano apoyada en la culata de la pistola que le colgaba del cinto.
Iba completamente vestido de negro, con una elegancia desacostumbrada entre los filibusteros del gran golfo de México, hombres que se contentaban con un par de calzones y una camisa y que se cuidaban más de sus armas que de su indumentaria.
Llevaba una rica casaca de seda negra, adornada con encajes del mismo color y con vueltas de piel igualmente negra; calzones también de seda negra, ajustados con una ancha faja franjeada; altas botas de montar y un sombrero grande, de fieltro, adornado con una larga pluma negra que le descendía hasta los hombros.
El aspecto de aquel hombre tenía —como su vestido— algo de fúnebre, con el rostro pálido, casi marmóreo —que resaltaba extrañamente entre los negros encajes del cuello y las anchas alas del sombrero— rematado por una barba corta, negra, cortada a la nazarena y algo rizada.
Sus facciones, sin embargo, eran muy hermosas: nariz regular, boca pequeña de labios muy rojos, frente amplia, surcada por una ligera arruga que daba a su rostro un aire melancólico, ojos negros como carbones, de perfecto dibujo y largas pestañas, vivos y animados por un relámpago tal que en ciertos momentos debía de asustar a los más intrépidos aventureros del Golfo.
De alta estatura, delgado, su porte elegante, sus manos aristocráticas, evidenciaban a primera vista que era un hombre de alta condición social y, sobre todo, un hombre habituado al mando.
Los dos marineros de la canoa, al ver que se acercaba, intercambiaron una mirada algo inquieta, murmurando:
—¡El Corsario Negro!
—¿Quiénes sois y de dónde venís? —preguntó el Corsario, deteniéndose ante ellos, siempre con la mano derecha apoyada en la culata de la pistola.
—Somos dos filibusteros de la Tortuga, dos Hermanos de la Costa —respondió Carmaux.
—¿Y de dónde venís?
—De Maracaibo.
—¿Habéis podido escapar de los españoles?
—Sí, capitán.
—¿A qué embarcación pertenecíais?
—A la del Corsario Rojo.
El Corsario Negro se estremeció al oír aquellas palabras, luego permaneció un instante silencioso, mirando a los dos filibusteros con ojos llameantes.
—¡Al barco de mi hermano! —dijo luego, con voz temblorosa.
Cogió bruscamente a Carmaux por un brazo, y lo condujo hacia popa, llevándolo casi a rastras.
Llegado bajo el puente de mando, alzó la cabeza hacia un hombre que estaba en pie, como esperando órdenes, y le dijo:
—Navegaréis siempre en alta mar, señor Morgan; que todos los hombres permanezcan sobre las armas, que los artilleros tengan las mechas encendidas. Me advertiréis de cualquier cosa que suceda.
—Sí, capitán —contestó el otro—. Ningún navío o chalupa se acercará sin que se os avise de ello.
El...



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