E-Book, Spanisch, 248 Seiten
Ruppert Amor, deseo y trauma
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-254-4639-9
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Hacia una identidad sexual sana
E-Book, Spanisch, 248 Seiten
ISBN: 978-84-254-4639-9
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
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Franz Ruppert, psicólogo y psicoterapeuta alemán, es profesor de psicología en Múnich y psicoterapeuta. Es autor de referencia y prestigio internacional en la investigación de traumata. Y es el fundador de las constelaciones de trauma y de la psicotraumatología multigeneracional. Sus libros se han traducido al castellano (3 en Herder), inglés, brasileño, ruso, italiano, polaco, rumano, checo, turco, noruego y neerlandés. Imparte regularmente seminarios sobre su método de constelaciones terapéuticas en Alemania y en el resto del mundo, y tiene numerosas publicaciones sobre constelaciones y psicotraumatología.
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Sexualidad: una fuerza de la naturaleza
¿Clímax de la vida o abismos?
La sexualidad es la mayor alegría de vivir y una enorme fuerza creativa. Pero también puede degenerar en el mayor potencial destructor de un ser humano. La sexualidad nos puede conducir al clímax emocional de nuestras vidas y, asimismo, arrastrarnos al abismo de nuestra existencia. Puede ser lo más deseable y lo más temible en la vida de un hombre o de una mujer. Puede dar alas a la fantasía hasta lo inconmensurable y puede dejarnos totalmente anonadados. La sexualidad humana puede convertirse en el epítome del bien o del mal.
¿De dónde surge este abanico extremo de sensaciones, emociones, ideas, pensamientos y actos cuando se trata de nuestra sexualidad? ¿Hay aquí en acción una fuerza de la naturaleza a la que los seres humanos también estamos totalmente sometidos? ¿Una fuerza primigenia a la que no podemos domeñar, ni con la religión, la moral, constituciones ni leyes, ni con nuestra razón? ¿Estamos sometidos para siempre y sin voluntad a la embriaguez de los sentidos, a las descargas orgiásticas de nuestro cuerpo, a sus procesos hormonales, microbiológicos, macromoleculares inconscientes? ¿Tenemos que resignarnos a las violaciones, las traumatizaciones sexuales de niños, la prostitución y la pornografía y declararlo «normal» para que no nos haga enloquecer?
¿Quién se conoce, si no comprende su sexualidad? ¡Si es manejado por los impulsos y hace cosas que le causan daño a él y a otros! En los veinte años de mi actividad psicoterapéutica he comprendido que la sexualidad impregna el organismo humano desde el principio de su existencia e influye en muchas de sus maneras de comportarse. Ahora sé que hace falta una serie de condiciones previas de desarrollo favorables para que la sexualidad se integre en el desarrollo de la identidad de una persona, sin que la domine y la anule y cause muerte en lugar de vida. Me he encontrado y me encuentro con innumerables ejemplos de traumatización sexual. Me han contado algunas cosas que antes no hubiera podido, ni querido imaginar. He aprendido por qué alguien se convierte en agresor sexual. También comprendo por qué las víctimas del trauma sexual a menudo no logran desprenderse de sus agresores; incluso los aman y los extrañan cuando ya no están.
¿Por qué existe la sexualidad?
Lo que vive nace, crece, se multiplica —o al menos lo intenta— y muere. La vida crea vida nueva de manera constante. En su forma más sencilla, un ser vivo se divide (por ejemplo, un alga, una bacteria, el moho); de ahí surgen nuevos descendientes autónomos. Las plantas se reproducen por medio de brotes y plántulas. Dado que cada ser vivo tiene este propósito de vida, la población sigue creciendo hasta que las condiciones externas le imponen límites (escasez de la cantidad de energía o alimento, cambio del clima, depredadores). La reproducción asexual es simple y sencilla. No requiere un segundo ser vivo. Así, surgen «hijos» genéticamente iguales a sus «padres» (clones).
El término «sexualidad» hace referencia a la reproducción en la que participan dos sexos. Por medio del intercambio de material genético entre los padres surgen hijos que se les parecen, aunque no son idénticos a ellos. De este modo surge la individualidad, eficaz en dos sentidos:
- A los parásitos, que atacan y destruyen el organismo, les resulta más difícil aniquilar a toda una población.
- La continua variación de las características posibilita una mejor adaptación a las condiciones ambientales cambiantes. Esto aumenta las probabilidades de supervivencia de una especie.
Los seres vivos cuyo hábitat cambia muy poco (por ejemplo, el entorno subterráneo de la rata topo desnuda) pueden permitirse la reproducción por medio de la clonación. Las formas más elevadas de seres vivos que pueden sobrevivir en diferentes ecosistemas se reproducen sexualmente, a pesar de la complicación y de los riesgos nada desdeñables que esto conlleva.
El objetivo de generar por medio de la reproducción sexual una nueva combinación de genes y cromosomas como elemento fundamental del organismo vivo implica evitar, en la medida de lo posible, el sexo entre parientes cercanos. En el reino animal (por ejemplo, entre los bonobos, que se aparean indiscriminadamente), parece que actúan parámetros inmunológicos que impiden la fecundación por el propio padre o hermano. Nosotros, los humanos, contamos además con el «tabú del incesto», que proscribe moralmente las relaciones sexuales entre familiares. Además, gracias a estudios de la investigación genética sabemos que los matrimonios entre parientes causan más taras psíquicas y discapacidades en los hijos, ya que un gen defectuoso de un miembro de la pareja no puede ser compensado por el gen sano del otro.
Una mirada a la evolución de la vida nos muestra que el principio de la sexualidad se ha formado paulatinamente. Se expresa de diferentes maneras y formas intermedias, como, por ejemplo, en el hermafroditismo o en la autofecundación (Wickler y Seibt, 1990). Algunas especies de peces incluso pueden cambiar su sexo en repetidas ocasiones dependiendo de su edad y de las condiciones ecológicas en las que viven.
En algunas especies animales, como, por ejemplo, las tortugas, el sexo lo determina el calor con el que se incuban los huevos. En nuestro caso, los humanos, la cuestión de «macho» o «hembra» viene predeterminada por cromosomas especiales en los gametos. Si se unen un óvulo y un espermatozoide, ambos portadores de un cromosoma X, se formará una mujer. Si se une un óvulo con un cromosoma X con un espermatozoide con un cromosoma Y, se formará un hombre. Hasta la sexta semana tras la fusión entre el óvulo y la célula espermática, los hijos recién engendrados portan en sí la disposición de ambos sexos. Solo después los genes los convierten en organismos masculinos o femeninos. Un par de cromosomas XY hace que crezcan los testículos, más tarde el pene; los XX conducen a la formación de ovarios y clítoris. El gen SRY, que se encuentra en el cromosoma Y, determina la dirección de esta diferenciación. Su ausencia permite que las glándulas sexuales se conviertan en ovarios.
Marca una gran diferencia que los huevos fecundados se encuentren fuera o dentro del cuerpo del progenitor. Los peces hembra ponen sus huevos en el agua; los peces macho rocían su esperma sobre ellos y, por lo general, las huevas son abandonadas a su suerte. Las tortugas entierran sus huevos fecundados en la arena y del resto se ocupan el sol y las mareas. Por ello, el éxito de la reproducción depende sobre todo de la cantidad de huevos fecundados. Abandonados a su suerte, la descendencia es presa fácil de otros seres vivos. Por tanto, el principio es crear muchos para que algunos pocos sobrevivan.
En cambio, las especies de aves que ponen sus huevos fuera del cuerpo de la hembra han de incubarlos y, tras la eclosión, cuidar ambos a los polluelos hasta que la descendencia pueda volar y abandone el nido. Esta tarea reduce la cantidad de polluelos que puede criar una pareja. En este caso, la calidad prevalece sobre la cantidad. También en nuestro caso, los humanos, la madre casi siempre gesta, alumbra y cría a un solo hijo. Los gemelos que nacen vivos son más bien la excepción. Si hay dos óvulos fecundados, uno de los hijos es eliminado inconscientemente del organismo materno durante los primeros días o semanas de gestación. El propósito está claro: calidad en lugar de cantidad. A esta tendencia también contribuyen las medidas que toma una comunidad para reducir la mortalidad infantil. Si casi todos los hijos sobreviven, esto limita la cantidad de partos por mujer.
Dimorfismo sexual
Desde el punto de vista biológico solo hay dos sexos. El sexo especializado en la creación de los «huevos» con fin reproductivo se denomina «femenino». El otro, encargado de la producción de espermatozoides, se denomina «masculino». Una mujer puede poner al servicio de la reproducción entre 400 y 500 óvulos de sus dos ovarios a lo largo de la vida. De media, uno al mes. Los hombres, sin embargo, pueden producir diariamente millones de nuevos espermatozoides en sus testículos.
Dado que, en los seres humanos, los óvulos son fecundados dentro de la mujer y la descendencia madura en su vientre entre 37 y 42 semanas, esta división del trabajo de la reproducción tan desigual lleva a fenotipos femeninos y masculinos diferentes:
- La complexión femenina ha de cubrir las necesidades del embarazo (entre otras, pared abdominal elástica, pelvis ancha) y del «cuidado del bebé» tras el parto (entre otros, pecho lactante).
- La complexión masculina puede ser mucho más rígida; los hombres pueden invertir más energía en el crecimiento corporal y muscular. En promedio, son más grandes y fuertes que las mujeres.
- La madurez sexual de los hombres es más tardía que la de las mujeres, lo que se manifiesta, entre otros, en que su capacidad procreativa aparece más tarde. Las mujeres son capaces de reproducirse aproximadamente un año y medio antes que los hombres. En este aspecto, la situación alimentaria desempeña un papel decisivo. Cuanto mejor es la alimentación, antes alcanzan la madurez sexual tanto las chicas como los chicos.
Las diferentes funciones de las mujeres respecto del «cuidado de los hijos» también requieren diferencias psicológicas considerables. Las mujeres han de poder sintonizarse emocionalmente con el hijo. Necesitan empatía y mucho amor por el...




