E-Book, Spanisch, Band 312, 196 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
Rossetti El libro de las ciudades
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18859-19-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 312, 196 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
ISBN: 978-84-18859-19-9
Verlag: Siruela
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Ana Rossetti (San Fernando, Cádiz, 1950), escritora de poesía y narrativa, ha obtenido numerosos reconocimientos: en poesía, el premio Gules por Los devaneos de Erato, el premio internacional Rey Juan Carlos I por Devocionario y el premio de El Público por Deudas contraídas. En Siruela ha publicado Una mano de santos.
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LA CIUDAD
SIN CIUDADANAS
En aquellos tiempos, dioses y diosas campaban a sus anchas por el mundo haciendo del destino de los seres humanos la diana de sus iras, sus vanidades o sus caprichos. Las gentes los temían porque eran tan arbitrarios como crueles y su poder era inmenso. Ese temor dio lugar a que continuamente organizaran fiestas y competiciones para entretenerlos, les ofrecían toda clase de regalos para ponerlos de su parte; derramaban vino, miel y la sangre de reses bien cebadas; escogían para ellos sabrosos frutos, quemaban perfumes y se inventaban complicados ritos para asegurarles que los adoraban, los honraban y los respetaban de la forma en que se merecían. A su vez, pretendían que esa liturgia actuara como pases mágicos que disiparan sus malos humores. Casi nunca conseguían ni contentarlos ni calmarlos.
Con la injerencia constante de los inmortales en la vida de las personas no hay libre albedrío que valga. Tuvieron que suceder muchas cosas antes de que el ser humano tuviera un mínimo de responsabilidad para construir su destino. Hasta entonces, tenía la impresión de estar en medio de alguna yincana en la que se le hubiera obligado a participar no se sabe con qué torcido propósito. La vida consistía en sortear encrucijadas con la certeza de que cualquier decisión que se tomara, en el sentido que fuese, se convertiría en una hazaña o en una tragedia no por la elección en sí, sino según el estado anímico de los inmortales que la mitad de las veces se levantaban con el pie equivocado. Por tanto, fuera tragedia o hazaña, los seres mortales, siempre llevaban las de perder. Se definen los dilemas como situaciones en las que se está obligado a elegir entre varias posibilidades, todas igualmente buenas o igualmente malas; pues bien, en esos casos, siempre tocaba elegir entre las peores. Por eso, superar una prueba no significaba una victoria definitiva, sino alejarse provisionalmente del peligro: tarde o temprano se las harían pagar. A Edipo, por ejemplo, no se lo comió la esfinge, pero, visto lo visto, quizá le hubiera traído más cuenta no haber acertado el enigma y ahorrarse todo lo que luego les vino encima a él y a toda su gente.
Cuando un, o una, mortal tenía la desdicha de encender los deseos de un dios, el acoso, rapto y derribo era de obligado cumplimiento. Las biografías de los inmortales están plagadas de estas historias terribles disfrazadas de hermosas fábulas: chicos y chicas que acabaron convertidos en plantas, en constelaciones o dando nombre a un continente, pero que sobre todo fueron asaltados, usados y abusados sin ninguna posibilidad para la negativa o la defensa. Los poetas, aun valiéndose de hermosas palabras para constatar los hechos, se las arreglaron para informarnos de la espantosa verdad. Si quitamos la deslumbrante hojarasca de la retórica, únicamente queda el doloroso y humillante relato tan parecido a las declaraciones que desgraciadamente se prodigan por comisarías y tribunales, aun en nuestra civilización. El padre Zeus era un obseso sexual, por decirlo de forma suave, y Apolo no le iba a la zaga. Pero no fueron los únicos.
Las diosas por su parte también eran peligrosas para los seres humanos, pero, aunque los motivos solían ser más variados, los métodos para resolver la cuestión eran igual de perjudiciales.
Lo que les pasaba a estos seres superiores, sin que la explicación sirva de excusa, es que tenían una vida sin fin y ningún proyecto serio que los ilusionara y les diera satisfacciones; por eso siempre estaban maquinando nuevas formas emocionantes de llenar sus interminables existencias. De lo contrario se aburrirían mortalmente, lo que sería contradictorio para un inmortal y, además, imposible.
También había enredos y rabietas de los dioses entre ellos, de las diosas entre ellas, de los dioses con las diosas y viceversa, es verdad; pero, aun así, la cosa no quedaba en casa, por así decirlo, porque la mayoría de las veces el género humano sufría los daños colaterales. A menudo, los que un día se odiaban a muerte al siguiente se estaban morreando, pero sus iras, sus envidias, sus celos, sus susceptibilidades y demás producían malas vibraciones en la atmósfera. Lo absurdo es que a veces las cuestiones divinas eran meras niñerías que con un poco de buena voluntad se hubieran podido resolver. Quizá no eran más que tempestades en vasos de agua, pero a quien navega en el vaso, esa tempestad no le parece insignificante; una simple gota de rocío puede ahogar a un insecto.
En las historias cantadas por los poetas y representadas en los teatros antiguos, hay numerosos ejemplos de los efectos perniciosos que tenían para la humanidad sus desavenencias. Muchas ya han quedado relegadas a las colecciones de clásicos grecolatinos que prestigian las bibliotecas de las casas, las temporadas operísticas o los festivales de teatro clásico; hace tiempo que de los habitantes del Olimpo no se tienen noticias actualizadas, pero del persistente antagonismo entre Atenea y Poseidón deriva el duro e injusto castigo que aún hoy día estamos pagando las mujeres.
La primera noticia que consta, aunque quizá la cosa viniera de lejos, es sobre el sacrilegio perpetrado en un templo de Atenea por parte del mencionado dios de las aguas. El hecho fue como sigue.
Medusa, antes de ser el horrible monstruo que conocemos, era una joven moradora del templo de Atenea y tan hermosa que era imposible mirarla sin admirarla. Se cuenta que una vez, cuando Medusa tenía apenas un año, su madre la había llevado a una fuente. El agua manaba de la roca cubierta de verdín sobre un charco centelleante. El chorro era una vara de luz que despedía un arco de colores y la pequeña, en los brazos de su madre, miraba hipnotizada el fluir del manantial sin que la presencia de unas chiquillas jugando por los alrededores la distrajese. Las chiquillas, sin embargo, no tardaron en reparar en ella e inmediatamente cesaron en su alboroto y se le acercaron. La estaban contemplando extasiadas cuando Medusa, sin alterar su gesto inexpresivo, parpadeó de repente. Un sobresalto seguido de una exclamación de incredulidad brotó del corro de chiquillas e incluso una de ellas, que era casi tan pequeña como Medusa, rompió a llorar muy asustada. Luego dijeron las chiquillas que esa criatura era tan extraordinariamente bonita y estaba tan extraordinariamente inmóvil que la habían tomado por una muñeca.
—No es natural que una niña sea tan guapa —asintieron las demás mujeres.
—No, no. Mi niña no es guapa —protestó alarmada la madre y cubrió el rostro de la niña con un pañuelo.
Afirmaciones así eran frecuentes en el entorno de la niña, y frecuentes también las negativas de la madre.
—Tú no eres sobrenatural, tesoro. Tú eres hija de dos personas normales y mortales y eres corrientita como todo el mundo —le repetía continuamente a la pequeña.
Aunque la madre quería convencer a la niña y convencerse ella de que no había motivo alguno para jactarse, no por eso lograba apartar de sí el temor de atraer la atención de los dioses sobre su hija. O de las diosas, pues, por extraño que pueda parecer en seres tan sobrados de todo, la envidia solía rondarles muy de cerca. La diosa Hera, como sabía de las constantes infidelidades de su marido, Zeus, estaba siempre un poco mosca, atenta a descubrir en las cualidades sobresalientes de un chico o una chica la prueba de algún antiguo escarceo del dios con la madre de la criatura o con el presentimiento de un escarceo futuro con la criatura en cuestión. No se podía resarcir atacando a su marido, como sería lo esperado, sino que lo pagaba con la víctima, que quedaba atrapada entre el abuso de uno y el desquite de la otra. Existían también los genios maléficos acechando para descubrir cualquier vestigio de felicidad entre los seres humanos para desbaratarlo, porque eran incapaces de dejar a la gente en paz. Por eso, la madre de la pequeña Medusa estaba en vilo incluso en sueños.
Sucedió que un invierno fue muy difícil, con lluvias torrenciales y tormentas de nieve; aunque no había razón para recibir semejante castigo, nadie lo cuestionó. En vez de perder el tiempo reflexionando sobre la justicia divina, se afanaron por aplacar sus furias. Tuvieron lugar numerosos sacrificios y procesiones de ofrendas hasta que las nubes se volvieron tan inocentes como copos de algodón y la primavera, por fin, consiguió abrirse paso. El júbilo estalló como las crisálidas que liberaron a las mariposas, se extendió como las flores que desperezaban sus pétalos y saltó como el sol que entre las ramas hace brillar sus hojas; los pájaros regresaron y acomodaron sus nidos, señal de que el buen tiempo venía para quedarse. A los sacrificios para implorar sucedieron las ceremonias para agradecer.
Como Medusa acababa de cumplir cuatro años y ya tenía edad suficiente para ello, fue elegida como canéfora. Las canéforas eran las que llevaban en la cabeza cestos dorados con todo lo necesario para los rituales y vivían en el templo de Atenea. Cuando Medusa fue seleccionada para este sagrado oficio, su madre se sintió, más que halagada, aliviada, pues consideró que bajo la protección de la diosa estaría a salvo. Medusa salió tranquila de la casa estrenando una túnica bordada y una cinta en el pelo. Al llegar al templo, se separó de su familia sin mostrar ni alegría ni desagrado, como si no comprendiera el cambio que iba a experimentar su existencia; como si no fuera consciente de lo que aquello significaba y que, en cuanto se enfrentara con la realidad de la noche, llamaría a su madre...




