Romay | El ascenso de Pericles | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 385 Seiten

Romay El ascenso de Pericles


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-46-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 385 Seiten

ISBN: 978-84-19301-46-8
Verlag: Ediciones Pàmies
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Atenas. Principios del siglo V a. C. Ascender en el escalafón político de su ciudad no fue fácil para Pericles. Vivió una infancia marcada por el destierro de su padre y el desprestigio de su familia materna, acusada de traición. Su juventud transcurrió en el exilio mientras los persas destrozaban su polis, y cuando regresó a Atenas, la ciudad había sido arrasada hasta la última piedra. Ni siquiera la paz cambió su suerte: su padre murió y Pericles vivió la larga posguerra a la sombra de los grandes políticos que intentaban dominar la Asamblea, mientras seguía latente la vieja amenaza de los persas y surgían nuevas tensiones con Esparta. Entonces empezó a cambiar su suerte: decidió unirse al partido demócrata, encontró un mentor que le inició en la política y a la vez comenzó a frecuentar a todos aquellos grandes hombres con los que se relacionaría en años posteriores: los trágicos Esquilo y Sófocles, los filósofos Anaxágoras y Sócrates y los artistas Fidias y Damón. Se aficionó a la música, el teatro, la escultura y la filosofía y se convirtió en un mecenas de las artes. Hubiese sido uno más en las filas de su partido, pero un asesinato le obligó a dar un paso al frente, y una mujer extranjera cambió su vida personal para siempre. De su mano Atenas se convertiría en una ciudad eterna y única.

Nacida en Lugo en 1967, es economista y máster en Historia antigua. Trabaja como profesora en la Comunidad de Madrid y colabora con varias revistas de divulgación histórica. Sus novelas transcurren en el mundo antiguo: la Roma de los últimos días de la República, donde ambientó la novela coral Los hijos del senador (2015), los hechos tras la muerte de Alejandro Magno donde transcurre Cuando fuimos dioses (2020) y la corte de Ptolomeo I en Alejandría en Bajo el cielo de Alejandría (2021). Y para continuar su recorrido por la antigüedad, su última novela nos lleva a la Grecia Clásica de la mano del político Pericles.
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1


La batalla de Samos

Isla de Traiga, costa jonia

Primer año de la 85ª Olimpiada (440 aC.)

Sobre la popa del trirreme, encaramado en su silla de trierarca —aunque más que una silla aquello era un trono—, desde donde gobernaba no solo el trirreme, sino también toda la flota, parecía más imponente de lo que nunca lo llegué a ver en Atenas.

Raras veces se ponía su casco, salvo para entrar en combate, y ahora lo tenía en una mano, lo que era el mejor indicio de que la batalla iba a comenzar. Su yelmo, honor de los estrategas y del cual solo había otros dos que se igualasen en la armada, tenía una cresta púrpura que le imprimía tal solemnidad que oficiales y remeros se volvían una vez que él había pasado para contemplarlo.

La clámide, más propia de un caballero que de un marino, estaba medio oculta por una elaborada coraza de bronce. La coraza tenía un sobrefaldón que ocultaba el bajo vientre, y por debajo colgaba la tela, que se alargaba todavía un poco más y dejaba ver casi al completo las pantorrillas y el resto de las piernas. Estas eran muy musculosas y aportaban a su figura esa marcialidad de la que carecía cuando vestía el himatión con el que acudía a la Asamblea y que le daba ese aire entre solemne y dramático que requería el gobierno de Atenas.

El escudo, cuya divisa era un Eros armado con un rayo, emblema que se repetía en muchos miembros de su familia, descansaba sobre su silla, y su bronce refulgía en la semipenumbra, puesto que sobre la silla se extendía un tejadillo tan ligero como parecía serlo todo en aquel barco, salvo las armas de los hoplitas. Por eso la cubierta había sido fabricada con mimbre y servía a la vez de parapeto frente a las flechas y lanzas, además de constituir la única sombra. Allí era donde se reunían los cinco oficiales y los veinticinco suboficiales del trirreme.

No llevaba puesto el manto en los hombros; el sol no había recorrido ni un cuarto de su periplo, pero el calor de la costa jonia en verano ya se hacía sentir, y, por ello, toda prenda de abrigo era inoportuna.

No era su aspecto de viejo guerrero —tenía cincuenta y ocho años por aquel entonces—, sino aquella mirada suya la que me tenía perplejo. Sentía que podía atravesar los cuerpos y ver nuestras entrañas, navegar sobre el canoso mar hasta la flota enemiga y saber qué estaba sucediendo en el trirreme de Meliso de Samos, astuto navarca de la flota samia, que en aquel momento era el mayor enemigo de Atenas.

Pero Pericles era un hombre mortal y no podía leer la mente de Meliso, aunque intentaba hacerlo con todas sus fuerzas. Sus conjeturas eran casi siempre acertadas, y como era prudente en un mundo donde el ímpetu se valoraba en exceso, eso lo hacía casi invencible, aunque luego él trató de descubrirme todos sus errores para enseñarme el oficio y que viese que no era ni el mejor estratega ni un semidiós.

A menudo lo había visto en la Asamblea en plena actividad, arrojando esas frases que, como venablos, hacían que nos estremeciéramos, esas preciosas y escogidas palabras que brotaban como un torrente de primavera sobre nuestras pétreas cabezas. Por eso nunca había pensado en que detrás de cada acto, palabra, gesto y aflicción que dejaba aflorar —era famoso porque raras veces mostraba en público sus sentimientos— meditaba largamente.

Ahora estaba reflexionando mientras escrutaba el horizonte. No era una mirada perdida, ni un descanso antes de la batalla, sino que realmente el ligero bizqueo se debía a que estaba tratando de averiguar qué era lo que iban a hacer los barcos enemigos.

—Lisicles, ¿cuántos crees que hay? —me preguntó. Su voz también se había transformado; ahora ya no buscaba embaucar a nadie, y desde que se había embarcado, sus frases eran tan lacónicas que no semejaba ser el mismo hombre habituado a la elocuencia.

Los trirremes de los samios estaban distribuidos frente a la isla de Traiga en una formación impecable de veinte barcos alineados en vanguardia. El vigía que se había subido al palo mayor, que todavía no había sido abatido para la batalla, había hecho un gesto con la mano alzando tres dedos para indicar que había tres filas de trirremes esperando tras los veinte que alcanzábamos a ver.

—Hay sesenta naves —le dije cuando observé el gesto del marinero. Cuando bajó del palo, este se abatió completamente.

—Es lo que yo había calculado —contestó Pericles—. De los sesenta barcos al menos cuarenta serán samios, veinte fenicios y el resto los habrán enviado los persas camuflándolos como griegos para que no pensemos que han vulnerado el tratado de paz.

Luego supimos que eran setenta y no sesenta, ya que había diez trirremes esperando tras un islote para atacar por sorpresa por poniente y que fueron los que mayores bajas causaron en la flota.

Entonces, se subió a la silla de trierarca para dar las órdenes. Por lo que sabía de él, raras veces usaba ese privilegio, tan solo cuando entrábamos en batalla, ya que las más de las ocasiones dirigía a los oficiales sobre la cubierta. Todavía había muchas cosas que desconocía de él, aunque me trataba como si ya supiese mucho de mí. Bien sabía yo que había pedido referencias a mis maestros y conocidos antes de reclutarme en su barco.

Aquella era la primera vez que me embarcaba bajo sus órdenes como oficial timonel, que en la jerarquía significaba que era el segundo en el mando, lo cual era el mayor honor que uno podía tener después del capitán de la nave.

Nos convocó a los cinco oficiales y, señalando la flota con la mano derecha, describió gráficamente cómo iba a plantear el ataque.

Pero no era así como debía comenzar la batalla. Pericles lo sabía, y para alargar un poco más la espera, siguió meditando y rumiando algo incomprensible entre dientes.

Llamó al oficial de proa y le dio órdenes de que intentase averiguar a lo largo de la batalla cuáles eran los toques de trompeta tirrénica del enemigo que indicaban las distintas maniobras, y qué significaban las banderas que tenían izadas en la popa y que sin duda eran las claves de la batalla. Era vital adelantarse a las maniobras de los samios.

Era la única misión que se le encomendaba, y el oficial fue los ojos y oídos de los atenienses a partir de aquel momento, y a pesar de sus ansias de combatir no apartó la vista del barco insignia de los samios, intentando descifrar los estandartes del castillo de popa y los toques de trompeta. Si iba a haber una segunda batalla, aquella era la información que valía la victoria.

Hubo entonces una calma tensa; los ciento setenta remeros del trirreme alzaron los ojos para ver qué estaba ocurriendo sobre la borda, y entonces Pericles se bajó de su trono para pasearse por cubierta y que aquellos esforzados hombres pudiesen oírlo. Su voz llegó a los remeros que se distribuían encajonados y con el justo espacio para maniobrar en tres filas que iban desde las cuadernas de la nave hasta la cala del navío, donde el ambiente era sofocante y húmedo. Y usando la firmeza y abusando de ella y de la seguridad de viejo marino, abrió los brazos con las palmas de las manos hacia arriba y dijo:

—Hombres libres de Atenas, sabéis bien que los ojos de Grecia están puestos en nosotros. ¿Dónde estaban los samios cuando los atenienses libraron la batalla de Salamina? ¿Lucharon acaso con los griegos para liberar Grecia del yugo persa? —Hizo una breve pausa, levantó todavía más las dos manos al cielo y luego bajó una de ellas con el puño cerrado como si hubiese atrapado algo mientras decía con voz atronadora—: No. Pelearon con los persas y con los fenicios. Traicionaron a Grecia, como si fuesen cobardes. —Pericles olvidaba, o quería olvidar, que la isla de Samos fue reclutada por Jerjes con una oferta difícilmente rechazable: o se unían a los persas o la arrasaban y esclavizaban a la población—. Y nosotros ¿qué hicimos? Liberamos Grecia cuando todos creían que nos someteríamos. Y después de liberar la Hélade del yugo persa, creamos una liga para combatirles. Y liberamos Samos, y les dejamos unirse a la Liga de Delos. ¿Y tuvieron acaso que pagar el foro? —Aquí Pericles no mentía, ya que Samos era de las pocas ciudades que, a pesar de pertenecer a la Liga de Delos, no estaba obligada a pagar el foro—. ¿Y qué hicieron los samios como pago cuando fuimos tan generosos con ellos?

Nunca había oído hablar así a Pericles. En la Asamblea se comportaba de una forma más moderada, pero en la Asamblea estaba frente a los ciudadanos de Atenas que, en definitiva, esperaban oír una disertación retórica e ingeniosa y no rudas palabras dirigidas a la marinería. Y los remeros, con las cabezas alzadas hacia él —la admiración que sentían era tal que sus rostros estaban iluminados solo con verlo moverse por cubierta—, lo único que querían era que les hablase de la batalla en un lenguaje que pudiesen comprender.

—Los samios nos lo pagaron atacando a nuestra aliada Mileto. La indefensa y siempre fiel Mileto, la que por no someterse a los persas fue devastada y esclavizada, la que siempre fue amiga de Atenas, nuestra mejor aliada en la Jonia. ¿Hay algún milesio entre nosotros?

Un remero alzó la voz desde el fondo del barco. Pericles lo hizo salir de su banco y le pidió que subiese a cubierta. El marinero pestañeó bajo la luz del sol, y, aunque era un hombre libre, agachaba abochornado la cabeza.

Pericles lo conocía; sabía que había estado en Samos un mes antes como soldado de uno de los destacamentos atenienses, y que...



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