Robles | Pequen~os combatientes | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 884, 149 Seiten

Reihe: Colección Popular

Robles Pequen~os combatientes


1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7798-3
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 884, 149 Seiten

Reihe: Colección Popular

ISBN: 978-607-16-7798-3
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
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Desde la mirada de dos niños, la tragedia y la esperanza se entremezclan en la Argentina sumergida en un régimen dictatorial. Después de la desaparición de sus padres, con inteligencia y perspicacia, los pequeños hermanos ocultan sus ideales militantes mientras esperan su regreso y buscan Compañeros ocultos en la expectativa de la anhelada Revolución. Robles presenta una novela de debate, reflexión y lucha desde los corazones y la experiencia de dos pequeños combatientes. Una narrativa conmovedora que profundiza en la experiencia lectora y en el dolor, la responsabilidad y el amor de sus personajes frente a la tragedia.

Raquel Robles es escritora, periodista y docente especializada en la gestión de instituciones educativas. Es reconocida por su labor como militante de derechos humanos. Fue ganadora del premio Clarín en 2008 por su novela Perder. Desde entonces ha publicado La dieta de las malas noticias, Papá ha muerto, La política del detalle, Hasta que mueras y La última lectora, de reciente aparición en el FCE.
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II


MUCHAS noches me las pasé pensando qué podíamos hacer mientras esperábamos. Porque no podía ser que nuestra única misión fuera la de ser topos. En una novela de espías que había encontrado entre los libros de los tíos, los protagonistas se pasaban disimulando todo el libro —que duraba la segunda Guerra Mundial entera—, pero al menos cada tanto pasaban información clave a los rusos sobre los movimientos de los alemanes. Me desesperaba que no hicieran algo más drástico, que tuvieran que ver cómo ejecutaban a sus amigos y hacerse los que festejaban, pero entendía que cuando uno tiene una misión lo importante es respetarla y llevarla adelante sin que las emociones le jueguen en contra. Mi problema era que yo no sabía cuál era la información que podía ser importante para los compañeros ni cómo pasarla. Tal vez todavía no me habían contactado. Eso era lo más probable. En esa misma novela los habían mandado a la Alemania nazi muy jovencitos y habían pasado años antes de que los pusieran en actividad. Yo por las dudas tenía un cuaderno secreto en el que iba anotando todos los datos que me parecían relevantes. En realidad todos los datos, porque no sabía cuáles eran los importantes y cuáles no. Yo sabía que mi ignorancia se debía a mi grado bajo en el escalafón, porque, si bien tenía el grado máximo en la casa, lo cierto es que éramos sólo dos, mi hermano y yo. Seguro había otros, los compañeros de la Conducción, que me contactarían cuando fuera el momento y que sabrían separar la paja del trigo entre los datos de mi cuaderno. Cuando me decidí a llevar este registro pormenorizado de todas las cosas que me parecieron valiosas como información para los compañeros, se me presentó el problema de cómo y dónde guardar esa comprometedora documentación. Pero en cuanto apareció el problema apareció la solución, y en esa magia de apariciones yo entendí que había una fuerza muy poderosa manejando mi pequeña vida en el gran mundo.

En la casa de los tíos había una habitación en
el fondo —más bien en el medio del terreno— en la que había una biblioteca. Los libros eran viejos y pesados. Cuando me sentaba en el sillón con alguno encima me quedaban las piernas marcadas. Había uno sobre la segunda Guerra Mundial. No era una novela, como la de los espías, era más bien un libro de Historia. Las páginas eran muy finitas, casi como hojas de calcar, y estaba escrito en columnas, como un diccionario. Tal vez fuera un diccionario o una enciclopedia, no sé. Pero lo importante es que ahí apareció el nombre de la señora que me dio la idea. Me asombró mucho que fuera una asistente social, porque “asistente social” era la sombra que permanentemente estaba encima de nosotros, como una nube de tormenta. La asistente social podía venir en cualquier momento y si no estaba conforme con lo que viera podía mandarnos al orfanato. El orfanato era la cárcel de los niños, eso lo sabía bien. Y era difícil saber exactamente qué podía gustarle a una asistente social y qué podía molestarle. Por las dudas, cuando la nube se hizo más negra y “asistentesocial” era la palabra que se caía de la boca de los tíos casi a diario, ya sea en tono amenazante o suplicante, yo intensifiqué el entrenamiento con mi hermano. Le hacía repetir que éramos felices, que nuestros tíos eran muy buenos —lo cual era bastante cierto— y que no teníamos miedo porque sabíamos que nuestros padres vendrían de un momento a otro. Aunque eso al final se lo saqué, primero porque mi hermano lo decía con tanta pasión que era evidente que se lo creía y le hacía tener unas ilusiones que yo no sabía hasta qué punto le hacían bien, y además cuando yo decía eso, o mi hermano lo repetía en algún momento, mis tíos ponían unas caras tan descompuestas que me pareció que mejor era suprimir esa oración.

Pero esta asistente social, la que salía en el libro de la segunda Guerra Mundial, evidentemente era una compañera. Irina Sendler. La asistente social alemana entraba en las casas de la gente del gueto de Varsovia con la excusa de hacer su trabajo y se llevaba a los niños escondidos en valijas, en carritos o en cajas. Tenía un perro que había entrenado para ladrarles a los soldados y parece que los soldados le tenían un poco de miedo. El perro ladraba y así mantenía alejados a los nazis, y además los ladridos tapaban el ruido de los niños. Así sacó a dos mil quinientos niños del gueto. Pero, claro, un día los de la Gestapo la descubrieron y se la llevaron. La detuvieron y la torturaron. Entonces los de la Resistencia sobornaron a algunos jerarcas nazis y lograron que la devolvieran con vida. La dejaron abandonada en un bosque con los brazos y las piernas rotas. Pero Irina se curó y siguió peleando. Irina había guardado en tarros de cristal enterrados en el jardín el nombre de cada una de las familias que le habían dado un niño para que ella lo rescatara, su nombre verdadero, el nombre falso con el que lo bautizaban y el nombre de la familia católica que había escondido al niño. Cuando leí esto se me iluminó el camino inmediatamente. Primero supe dónde y cómo debía esconder mis documentos secretos. Y, segundo, que una compañera puede estar escondida en cualquier parte, incluso debajo del disfraz de asistente social.

En el libro no decía nada de cuánto tiempo había estado Irina en las garras de la Gestapo, pero por lo que se entendía no había sido mucho. Yo no quería pensar en cómo habían hecho para romperle los brazos y las piernas, pero a veces no podía evitarlo. ¿Con un palo? ¿Golpeándola entre muchos? ¿La habían dejado caer desde alguna altura? Trataba de concentrarme en el hecho de que había aparecido viva. Pero eso también me perturbaba. ¿En qué bosque tendría que buscar a mis padres? ¿Cómo sabría en qué momento buscarlos? Al principio intenté trasladar esas dudas a los tíos, porque si bien me parecían algo inoperantes en algunas cuestiones, lo cierto es que no tenía nadie más a quien recurrir. Pero los tíos, como siempre, se alarmaron. Pero por mí, no por mis padres, que podían estar en ese mismo momento con las piernas y los brazos fracturados esperando en un bosque que alguien llegara a rescatarlos. Pusieron la cara que ponían siempre: “hay que consultarlo con la psicóloga”, decían sus gestos mudos que se trasladaban de una a cara a la otra —primero la tía y después en una afirmación ceñuda el tío—. Me desesperé, eso nunca resolvía nada.

Decidí callar. Los tíos eran muy buenos y entendían bastante de lo que estaba pasando, pero cuando la cosa se pone fulera y alguien no entiende del todo, no entiende nada. Había que buscar otras maneras, seguir esperando. De algún modo se iba a revelar el camino que teníamos que seguir, pero la misión era claramente tener paciencia.

No encontré en ninguna parte de la enciclopedia un lugar donde explicaran el papel de los niños en el levantamiento del gueto de Varsovia, pero yo estaba segura de que las cosas habían sucedido como me las había contado mi abuela. Entre confiar en mi abuela y confiar en el libro, por supuesto me parecía mucho más confiable mi abuela, al menos ella hablaba ídish y era judía, quién sabe quiénes habían escrito esa enciclopedia.

Todos decían que mi abuela estaba loca, o era obvio que lo pensaban, y era bastante cierto. Pero no tanto como los demás creían. Incluso con sus lagunas mentales era la única que entendía de verdad lo que estaba pasando.

A veces podía parecer excesiva la obsesión que tenía con el levantamiento del gueto de Varsovia, pero yo la entendía; hay cosas que pueden llegar a ocupar tu cabeza casi por completo. En realidad fue gracias a ella que fui a buscar en la enciclopedia; nos hablaba tanto del tema que me hizo picar la curiosidad. Cada noche, cuando mi hermano y yo empezábamos a ponernos serios y a sentirnos verdaderamente solos, la abuela de los zapatos enormes nos hacía hacer una pequeña ronda de tres y bailaba la Tijera. La otra abuela nos miraba y a veces sonreía y otras no hacía nada. Bailar no hubiera podido, apenas caminaba agarrándose de las paredes. Después nos contaba cómo los niños habían participado activamente del Levantamiento colándose por las cañerías y yendo a buscar armas al exterior. La imagen de esos niños cargados de armas, arriesgando su vida en mitad de la noche, me llenaba de orgullo y de envidia. Qué no hubiera dado yo por ser útil en el Proceso Revolucionario, en lugar de estar masticando paciencia, esperando que se aclarara qué era lo que tenía que hacer.

Después nos agarraba de las manos y nos recitaba: “Cuarenta y tres días ha durado esta lucha desigual. Francia ha caído en veintidós días; Polonia con su ejército ha luchado veintitrés días; Holanda, Bélgica, Luxemburgo fueron un paseo para los nazis, y el gueto de Varsovia se mantuvo firme cuarenta y tres días”. El hecho de que los hubieran matado a todos después de esos cuarenta y tres días no parecía tener importancia. Yo albergaba mis dudas, porque para mí toda la gracia de una guerra era ganarla, pero ella me explicaba siempre que la cosa no era tan así. “A veces las guerras son muy largas y hay que perder una batalla para que otros, en otro tiempo, puedan ganar la guerra. Lo grave no es perder una batalla, lo grave es perder la dignidad.” La dignidad. Eso era claramente más importante que la vida. Ella nunca me daba la oportunidad de preguntarle qué era exactamente la dignidad, porque enseguida se ponía a cantar el himno de los partisanos judíos. No tardamos mucho en aprendérnoslo de memoria. No parecía muy peligroso cantar una canción sobre un hecho tan antiguo, pero algo me dijo que era mejor mantenerlo en secreto. Ése era nuestro...



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