Rivas | La morisca de Alajuar | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 371, 158 Seiten

Reihe: Teatro

Rivas La morisca de Alajuar


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9953-233-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 371, 158 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-233-2
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La morisca de Alajuar. Ángel Saavedra. Duque de Rivas Fragmento de la obra Jornada primera La acción pasa en el reino de Valencia a fines del año de 1509 y principios del de 1610 Escena I Representa una amena cañada en las cercanías de la villa de Alajuar, rodeada de ásperos montes. Después de cantar dentro los cuatro primeros versos, salen diez o doce jóvenes aldeanas moriscas, y detrás de ellas, María y Felisa; todas con cantarillos, como que van por agua a la fuente Todas: (En coro, dentro): No tenga fe ni esperanza quien no estuviere en presencia. Todas: (En coro, dentro): Pues son olvido y mudanza las condiciones de ausencia. (Entran todas.) Aldeana 2ª: (Canta): Quien quisiere ser amado, trabaje por ser presente, que cuan presto fuere ausente, tan presto será olvidado. Aldeana 1ª: (Canta): No tenga fe ni esperanza quien no estuviere en presencia. Todas: (En coro cantan): Pues son olvido y mudanza las condiciones de ausencia. (Vanse.) María: (Deteniendo a Felisa.) Déjalas llegar, amiga, al dulce raudal, y aquí queda un rato junto a mí, a consolar mi fatiga. Que esa insensata canción, con que dan vida a este ejido, todo un infierno ha metido en mi roto corazón. Y miente la letra, miente, pues amor que no es vulgar nunca más firme ha de estar que cuando está en un ausente. Felisa: Singular es tu constancia, ¡oh hermosísima María!, y ese amor, que desafía al tiempo y a la distancia. En hora menguada vino don Fernando a este lugar, tu tierno pecho a enredar en tan ciego desatino. María No digas eso, que yo bendigo el feliz momento en que para alojamiento mi casa y mi pecho halló. En aquella temporada que le tuve junto a mí tan venturosa me vi, y tan amante y amada, que con su recuerdo solo soy la más feliz mujer que en el orbe puede haber desde un polo al otro polo. Y un porvenir tan risueño de encanto y felicidad se presentó a mi ansiedad, que voy tras él con empeño.

Ángel Saavedra. Duque de Rivas (Córdoba, 1791-Madrid, 1865). España. Luchó contra los franceses en la guerra de independencia y más tarde contra el absolutismo de Fernando VII, por lo que tuvo que exiliarse a Malta en 1823. Durante su exilio leyó obras de William Shakespeare, Walter Scott y Lord Byron y se adscribió a la corriente romántica con los poemas El desterrado y El sueño del proscrito (1824), y El faro de Malta (1828). Regresó a España tras la muerte de Fernando VII heredando títulos y fortuna. Fue, además, embajador en Nápoles y Francia.
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Jornada segunda


Escena I

Representa una habitación interior del antiguo castillo de Alajuar; tendrá una ventana practicable que da al monte. A un lado se verán armas y municiones: al otro, un lecho de damasco, varios sillones antiguos y un bufete, Aparece María, sentada y pensativa

María¡Cielos!..., Felisa no viene,

y al verme en esta mansión

tan sola, mi corazón

un monte sobre sí tiene.

(Se levanta y se asoma a la ventana, y dice desde ella:)

Nada veo, no oigo nada.

Nadie descubro en la sierra.

Sin duda alguna la guerra,

¡plegue a Dios!, está acabada.

(Se retira de la ventana, vuelve al centro de la escena y se pasea inquieta.)

En tan ciego desconcierto,

en tan borrascoso mar,

¿dónde puedo luz hallar?

¿Dónde se me ofrece un puerto?

Sólo desastres advierto,

hallo sólo confusión

cuando quiere mi razón

anhelosa descubrir

el probable porvenir

de tan dura situación.

Si han los moriscos triunfado

en su intento criminal,

yo cristiana, yo leal,

¿puedo quedar a su lado?

¿A mi padre coronado

veré, y ser restaurador

de la impiedad, del error,

siendo fiel..., siendo cristiana...?

Dadme, ¡oh Virgen soberana!,

en tal conflicto favor.

Y si la justicia santa

de Dios prepara el castigo

a este bando, ¿qué enemigo

contra su ley se levanta?

Si confunde audacia tanta,

y en cadalso inicuo y vil

paga la raza gentil

el crimen de rebelión,

¿yo... a mi padre...? El corazón

se me hace pedazos mil.

(Pausa.)Aunque morisca, abrigando

tan noble sangre, podía

esperar ser algún día

la esposa de don Fernando.

Mas ya..., ¡infeliz!... ¿Cómo o cuándo

de un musulmán, de un traidor,

o vencido o vencedor,

pudiera esperar la hija

que para esposa la elija

un castellano señor?

¡Ay!... Al conseguir mi anhelo,

en el venturoso instante

en que tornaba mi amante

a coronar mi desvelo,

la hermosa luz de aquel cielo

negra nube me robó,

y esta borrasca tronó,

que del solio del Sol mismo

en tan espantoso abismo

mis dichas precipitó.

¡Mísera!... ¡Desventurada!

¡Con qué instinto tan certero

tuve por de infausto agüero

de mi amante la llegada!

Ya seré de él detestada.

Sí; su conciencia, su honor

le harán mirar con horror

mi raza; y ha de anhelar,

combatiéndola, expiar

haberme tenido amor.

Sólo un camino me queda

en tan angustioso apuro,

y lo seguiré, lo juro,

en cuanto seguirlo pueda.

Dios piadoso me conceda

su favor, y buscaré

un claustro, donde hundiré

esta vida sin ventura,

y en donde conserve pura

mi lealtad, mi honra y mi fe.

(Queda en profundo abatimiento, del que la saca repentino y lejano rumor de tiros y de cajas.)

¿Qué escucho...? ¿Nuevo rumor...?

Todo estaba hace un momento

tranquilo.

(Corre a la ventana y continúa desde ella mirando a una parte y otra.)

Gran movimiento

observo ya en rededor.

Crece el estruendo a lo lejos,

y de armados escuadrones

los yelmos y los pendones

deslumbran con sus reflejos.

Van por aquella ladera

tropas... ¡De mi padre son!

¡Cielos!... Nueva confusión

de mi pecho se apodera.

Mas ¿qué miro...? De la villa

nubes espesas de humo

se levantan a lo sumo:

espantoso incendio brilla.

A este castillo, azoradas,

las mujeres, que han bajado

al lugar abandonado,

regresan precipitadas.

Y mi buen ama Felisa...

Allí viene; sí, ella es.

(Agitando un pañuelo y en alta voz:)

Ama mía, corre, pues.

Yo te aguardo..., date prisa.

(Se retira de la ventana. Entra Felisa, muy fatigada y despavorida con una gran cesta llena de ropa y la pone sobre el bufete.)

María (Abrazándola.)¡Ama mía!

Felisa ¡Hija del alma,

hija mía, vengo muerta!

El retirarse las tropas

fue, sin duda, estratagema,

para coger en celada

a los moriscos dispuesta.

Y Dios sabe los peligros,

los afanes y las penas,

que a nosotras, infelices,

su cólera nos reserva

por mantenernos con ellos

en tan inicua revuelta.

MaríaPero ¿qué es esto?

Felisa María,

mis labios a hablar no aciertan,

que de terror y cansancio

vengo que respiro apenas.

Después de tan largos días

de afanes y de miserias,

de zozobras y de angustias,

al ver hoy a la primera

luz que las cristianas tropas

se retiraban con priesa,

abandonando la villa,

fui, cual viste, con diversas

personas a ver si acaso

de nuestras casas desiertas

algo aun salvarse podía,

trayendo a esta fortaleza

los víveres necesarios,

y que ya tanto escasean.

Llegar logré a nuestra casa,

desmantelada y abierta,

donde sólo hallé destrozos,

propios de tan cruda guerra.

Bajé, sin embargo, sola

con una luz a la cueva,

y el depósito hallé intacto

de ropas y de preseas,

que al abandonar la villa

escondimos en la tierra,

y de él traigo cuanto pude

recoger en esta cesta.

Entré a ver si algo quedaba

en la robada despensa,

cuando estruendo repentino

de cajas y de trompetas

me asaltó. Salgo a la calle

y cruzar miro por ella

a todas cuantas mujeres

como yo a dar una vuelta

a sus casas habían ido,

gritando: «¡Traición! ¡Sorpresa!

Y todas, como rebaño

que huye de voraces fieras,

corrimos a refugiarnos

a estas murallas, y apenas

tuvimos tiempo. Las tropas

del rey en la villa entran

de nuevo, y. según he visto

desde esas cercanas cuestas

dando a su justa venganza

atroz principio, la incendian.

María¿Y dónde mi padre...?

Felisa Estaba

con los suyos allí cerca,

y voló como valiente...

(Rumor lejano de cajas y de tiros.)

Y empeñada la pelea...,

sin duda... ¿No escuchas?...

María (Asustada.) ¡Ama!

Felisa¡Hija del alma! Si hubieras,

cual te aconsejé, dejado

a esta canalla perversa

y fugádote conmigo a un convento,

donde conmigo...

María (Afligida.) Ama, cesa;

no me destroces el alma.

¿En desgracia tan horrenda

abandonar yo a mi padre...?

Felisa (Desconcertada.)¿A tu padre...? Me atraviesas

el corazón..., ¡desdichada!

¡Tu padre!...

(Suena un cañonazo a lo lejos.)

María (Aterrada.) ¿Oyes...?

Felisa Sí.

María Se acerca

el estruendo de las armas.

(Corre a la ventana.)¡Ay Dios!... Ya vuela en pavesas

la villa toda... A esta parte

es la espantosa pelea...;

mas sus horrores me ocultan

esas...



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