E-Book, Spanisch, Band 310, 352 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Ribas Pensión Leonardo
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16396-61-0
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 310, 352 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-16396-61-0
Verlag: Siruela
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Rosa Ribas (Prat del Llobregat, Barcelona, 1963) estudió Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona, y desde 1991 reside en Alemania, en Fráncfort. Ha escrito las novelas: El pintor de Flandes, La detective miope, Miss Fifty y la serie policiaca protagonizada por la comisaria hispano-alemana Cornelia Weber-Tejedor. En Siruela ha publicado, en coautoría con Sabine Hofmann, las novelas policiacas Don de lenguas y El gran frío, traducidas con gran éxito a distintos idiomas.
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1
—El rótulo está torcido.
La voz del hombre que acababa de entrar en la recepción me distrajo de los deberes.
Tenía razón. El rótulo que anunciaba la pensión Leonardo colgaba algo torcido sobre el marco de la puerta del edificio. El lado derecho estaba por lo menos tres centímetros más alto que el izquierdo.
Todos los huéspedes se daban cuenta en algún momento, pero también entendían que si no se había hecho nada para remediarlo, solo podía deberse a dos razones: o el dueño no podía o no le importaba. De ahí que no dijeran nada.
Y hacían bien, porque el hombre que al abrir la puerta de la recepción, en vez de saludar, le dijo a mi madre «El rótulo está torcido», no llegó a ser huésped. Mi madre le respondió que estábamos completos.
—Pues abajo pone que hay una habitación libre.
—La niña, que se olvidó de quitar el cartel.
Era lunes. Desde el miércoles de la semana anterior colgaba el cartelito de «Habitación libre. Solo caballeros».
La habitación libre era la 22, una habitación complicada.
El hombre que no llegó a ser huésped se marchó enfadado. Yo estaba en el comedor, al otro extremo del pasillo, por lo que la distancia me impidió entender sus palabras. La puerta se cerró detrás de él y todo quedó en silencio. Después escuché un suspiro de alivio de mi madre. Tenía que haberle causado un profundo desagrado para que prefiriera dejar la habitación desocupada, ya que tenía pavor a las habitaciones vacías en la pensión. Al suspiro le siguió de inmediato una sintonía de la radio. Era la hora del serial y de la plancha.
En casa había tres aparatos de radio. Uno en la habitación de mis hermanos que, como era más espaciosa que la nuestra, hacía las veces de cuarto de planchar; otro estaba en la cocina y el tercero, el grande, en el comedor.
Mi madre cerró la puerta del cuarto de planchar, las voces de la radio llegaban amortiguadas, ininteligibles; también la suya. En Radio Barcelona, Radio Miramar o Radio Juventud ignoraban que tenían una interlocutora a la que jamás desalentó no recibir respuesta a sus comentarios. Mi madre les hablaba a los actores de los seriales, a los locutores de las noticias, a los cantantes, a los curas que daban sermones, a las mujeres que escribían cartas al consultorio la Señora Francis, a los participantes de los concursos, a la voz que leía la cartelera de espectáculos, a los niños de San Ildefonso en diciembre y a los que anunciaban chocolates, electrodomésticos o pastillas Juanola el resto del año. Cuando mi madre hablaba con la radio, las intrusiones del mundo real, entre ellas las mías, no eran bienvenidas.
Eché un vistazo al largo pasillo oscurecido por las puertas cerradas de las habitaciones. Aparté enseguida la mirada, no fuera a ser que viera algo.
Volví a mis deberes. El raspado del grafito sobre el papel se hizo más regular a medida que el texto empezó a fluir. Como era el borrador, me permití convertir las sucesiones de emes, enes, íes y úes en largos gusanos y clavar la punta del lápiz con fuerza al trazar los palos de las tes y las cus; ya me esmeraría con la caligrafía al pasarlo a pluma. «Si no se lee bien, Fuster, te bajaré la nota por mala letra».
Una hora más tarde, casi había terminado la versión en limpio de la redacción sobre los Reyes Católicos que tenía que entregar al día siguiente, entró Mercedes, mi hermana mayor. Me llevaba cinco años, estaba a punto de cumplir los diecisiete, parecía, sin embargo, que tuviera más de veinte. Incluso en mis primeros recuerdos de ella, cuando yo tal vez tendría unos tres años y ella, por lo tanto, ocho, me parecía una adulta. Con ocho, una adulta en miniatura, pero una adulta a fin de cuentas. Los rasgos de Mercedes nunca cambian en mi memoria, como si se hubiera limitado a aumentar de tamaño con los años, mientras que su forma permanecía invariable. Siempre alta para su edad, delgada, con media melena de color castaño claro, los brazos largos, como los de mi madre, cruzados sobre el pecho y la mirada atenta, siempre alerta a los errores de construcción del mundo. Era la hija mayor y, en palabras de mis padres, la seria y responsable. Dotada de tal madurez innata, nunca la llamaron Merceditas o cualquier otro diminutivo. Bien pensado, la única a la que llamaban con un diminutivo era a mí; ni Jaime, el mayor de los cuatro, el mayor absoluto, era Jaimito o Jaumet ni Mercedes era Merche ni Bernardo, aunque fuera el pequeño, era Bernardito. En cambio yo, Eulalia, era Lali.
A Mercedes le faltaban pocos meses para acabar los estudios de Comercio en una academia ubicada en un piso en la plaza del Surtidor. Había heredado la buena cabeza de mi madre para los números y mis padres querían confiarle por completo la contabilidad de la pensión y de Comidas Luciano, el restaurante de la planta baja, en cuanto terminara la formación. Pero Mercedes no solo era buena en aritmética, sino que desde hacía unos meses parecía haber contraído una especie de hipersensibilidad geométrica. Nada más llegar, entró en el cuarto en el que mi madre planchaba la montaña de servilletas del restaurante y le dijo:
—Tenemos que enderezar de una vez por todas ese rótulo.
Pronto tendría una tarea de responsabilidad en la pensión y parecía sentir la necesidad de cambiar cosas. Desde que había empezado su último año en la academia, se había empecinado también en el odio hacia esa pequeña desviación, a pesar de que ya existía antes de que ella naciera; antes incluso del nacimiento de Jaime. Yo, que detestaba los cambios, aguardaba expectante, con la punta del plumín en el aire, la réplica de mi madre:
—Nadie se da cuenta —le respondió.
Era evidente que no le iba a contar que acaba de rechazar a un posible huésped porque sí lo había notado.
—Hace daño a la vista.
—No exageres.
—Hay que decirle a papá que ya es hora de que lo arregle. Jaime podría ayudar.
Esa conversación se repetía con cierta regularidad, y mi madre había desarrollado diferentes estrategias para evitar que Mercedes le mencionara el rótulo a mi padre.
Unas veces recurría a la nimiedad del asunto:
—No vamos a perder el tiempo con esa tontería con todo lo que hay que hacer.
Otras, apelaba a la inoportunidad:
—Déjalo tranquilo, está revisando las cuentas.
Dado que Mercedes también había heredado de mi madre el miedo a que algún día los números nos dejaran en la calle, las cuentas solían ser un argumento infalible. Se trataba, con todo, de un argumento circunstancial, ya que mi padre no las revisaba al ritmo de la percepción de la falta de paralelismo que tanto la molestaba.
En esa ocasión, a mediados de enero, no tocaba y mi madre tuvo que emplear la razón más contundente:
—¿Cómo quieres que lo pusiera recto con un solo ojo? Bastante hizo ya, el pobre.
A esto Mercedes no tenía réplica. La escuché murmurar algo entre dientes mientras dejaba la chaqueta en la habitación que compartíamos. No presté atención a sus palabras. Mojé el plumín en el tintero y copié las últimas frases con esmerada caligrafía. Mi madre, insalvable dique de contención, volvió a la plancha. El rótulo estaba torcido. Sí. ¿Y qué? Lo había colgado él y tenía solo un ojo.
Pero no era tuerto. Esa era una palabra que no toleraba. Una palabra fea, dura. Sobre todo cuando la pronunciaban despacio, sin diptongo: tu-er-to. ¿Qué costaba escoger palabras más agradables de pronunciar, con más des, con más eles? No. Tuerto, cojo, manco. Palabras que no solo eran objetivamente feas, sino que se pronunciaban con mala intención, como insultos. O mucho peor, con pena, algo que me resultaba insoportable. Mi padre no podía dar pena.
Mi padre no era tuerto. A mi padre le faltaba un ojo.
Le faltaba el ojo izquierdo porque lo había perdido en la guerra. «En el frente del Ebro». Entonces no sabía muy bien qué significaba, pero sí que había que bajar la voz al decirlo, ya que por lo visto había estado en la orilla equivocada. Era, además, una parte de la historia de mi padre que quedó para siempre a oscuras, pues nunca nos contó cómo lo hirieron. Parecía que su vida hubiera empezado en el momento en que despertó en un hospital de campaña en el frente del Ebro con la cabeza vendada y la cuenca del ojo izquierdo vacía. Tampoco nos contó jamás qué hacía antes de la guerra. De él no teníamos anécdotas de la escuela ni nombres de amigos de la infancia ni verbenas y novias de la juventud. No sabíamos a qué había jugado ni si había ranas o lagartijas en su pueblo; si había tenido un perro o una bicicleta; si le enseñó a leer un maestro o una maestra. Si tenía un cuarto para él solo o lo compartió con algún hermano; si ese cuarto tenía ventana y si daba a un río, a un bosque, a una calle. No sabíamos nada de lo que había visto cuando aún tenía dos ojos. Para nosotros su historia empezaba en el momento en que un médico le dijo que había perdido el ojo izquierdo.
Después perdió la guerra. En el penal de Ocaña, casi la vida y varios dientes. Finalmente, seis años y tres simulacros de fusilamiento más tarde, lo soltaron en julio de 1945. Tenía veintisiete años.
Mi padre era de un pueblo del interior de Alicante. Pero, como tantos otros, empezó una nueva vida en Barcelona, adonde llegó con un Fiat 1100.
—¿De dónde sacaste el coche, papá?
—Me lo regalaron.
—¿Un amigo del pueblo?
—¿Por qué dices eso,...




