E-Book, Spanisch, 384 Seiten
Reihe: TBR
Rhodes Leyendas y mentiras
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19621-30-6
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 384 Seiten
Reihe: TBR
ISBN: 978-84-19621-30-6
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Morgan Rhodes vive en Ontario, Canadá. Desde que era una niña, siempre quiso ser una princesa -de las que sabe cómo manejar una espada para proteger reinos y príncipes de dragones y magos oscuros. En su lugar, se hizo escritora, una cosa igual de buena y mucho menos peligrosa. Además de la escritura, Morgan disfruta con la fotografía, los viajes y los realities en televisión, además de ser una exigente y voraz lectora de toda clase de libros. Bajo otro pseudónimo, es una autora de bestsellers a nivel nacional con diversas novelas paranormales. La Caída de los Reinos es su primer gran libro de fantasía.
Weitere Infos & Material
UNO
LA BRUJA SE DESPLAZABA POR EL RESTAURANTE ATESTADO DE gente, atrayendo todas las miradas. Tenía una larga melena castaña, piel de porcelana y los labios tan rojos como el vestido que ceñía su esbelta figura. En sus orejas, su garganta y sus muñecas refulgían diamantes. Podría haber pasado con facilidad por la joven esposa de un político o un hombre de negocios que hubiera quedado a cenar con unos amigos. Muchos la considerarían una mujer bella, elegante, vestida a la última moda... e inofensiva.
Y cometerían un terrible error.
No miró a su izquierda ni a su derecha. Solo estaba pendiente de una persona.
De mí.
No hice amago de sonreír. No alcé la mano para saludar.
En lugar de eso, me concentré en disimular lo asustada que estaba. Lo último que necesitaba esa noche era mostrar mi miedo.
Mi mirada pasó de la bruja al joven alto que la acompañaba. Ojos negros. Cabello oscuro. Hombros anchos. Mandíbula tensa y cuadrada. Un tatuaje de una daga a un lado del cuello, visible sobre las solapas de su gabán de cuero negro. La bruja podía parecer inofensiva, pero Jericho Nox hacía saltar todas las alarmas de quien lo mirase: su aspecto provocaba la reacción instintiva de huir en dirección contraria. A mí, sin embargo, me alivió tanto ver al Corazón Negro que se me cortó el aliento por un instante.
Poco después de llegar a Cresidia, una ciudad a novecientos kilómetros al norte de Puertoferro, Jericho había desaparecido sin decir una sola palabra. Pasaron cinco largos días en los que no supe nada de él; llegué a convencerme de que su malvada jefa le había castigado por fracasar en su última misión... o, aún peor, que lo había matado. Pero entonces, esa misma mañana, recibí un mensaje: esa noche, debía reunirme con él y con la bruja. Y estaríamos los tres solos.
Jericho escudriñó el restaurante con expresión acerada e impenetrable. Yo me encontraba en un compartimento algo apartado del resto del local, al otro lado de un arco de piedra. Fuera, el restaurante bullía de camareros y, sobre todo, de clientes. Bajo ningún concepto me habría reunido con esa bruja sin contar con un centenar de testigos.
Valery tomó asiento frente a mí. Me tensé aún más. A decir verdad, me habría encantado que la ejecutaran al día siguiente por su larga lista de crímenes; de hecho, si eso ocurría, reservaría un asiento en primera fila. Esa noche, sin embargo, su muerte no me habría servido de nada. Elian necesitaba su ayuda... y yo también, por más que me costara admitirlo.
–Jericho, por favor, haz las presentaciones.
Su voz me tomó por sorpresa: era suave y dulce como la miel. En el fondo, esperaba que sonara tan dañina y cruel como su reputación.
El Corazón Negro tomó asiento junto a su jefa. Intenté leer su expresión, pero no encontré ninguna pista sobre lo que había hecho durante aquellos cinco largos días.
–Valery –dijo, con tono monocorde y desprovisto de emoción–, esta es Josslyn Drake. Josslyn Drake, esta es Valery.
Jericho me había llamado tantas veces por mi apellido que mi nombre de pila sonaba extraño en sus labios. No extraño en el mal sentido; extraño, simplemente.
Valery le hizo un gesto al camarero, que se acercó con una botella de vino tinto en la mano. Nos sirvió dos copas sin que nadie se lo pidiera: una para mí y otra para ella.
–Me he tomado la libertad de pedir esto –explicó Valery.
–Qué detalle –murmuré secamente–. ¿Nada de vino para Jericho?
–Prefiero que mis empleados no beban alcohol.
–No importa –terció Jericho–. No tengo sed.
Deseé que hubiéramos tenido tiempo de hablar antes, porque me hubiera gustado que me orientara antes de conocer a su jefa. Que me dijera lo que sabía, lo que quería, lo que planeaba hacer en el futuro...
–¿Habías visitado alguna vez Cresidia, Josslyn? –me preguntó Valery en cuanto el camarero se apartó de la mesa.
Nada menos adecuado para la ocasión que una conversación trivial. Pero, si no me quedaba más remedio, tendría que aguantarla.
–No –respondí–. Hasta hace muy poco, apenas había salido de Puertoferro.
Puertoferro estaba en el sur de Regara, y Cresidia, al norte. Mientras Puertoferro era una ciudad de negocios conservadora y respetable, con rascacielos grises y plateados y zonas verdes meticulosamente cuidadas, Cresidia era famosa como destino vacacional y contaba con tiendas de lujo, flamantes hoteles y playas de arena dorada. Desde mi llegada, me había pasado la mayor parte del tiempo en una de esas playas, contemplando el brillante mar mientras rememoraba todo lo que había visto y descubierto durante el mes anterior: unas revelaciones que habían roto en mil pedazos la vida que siempre había conocido.
–Así es la vida de la hija de un primer ministro –repuso Valery–. Debe de haberte resultado de lo más limitante.
Luché por mantenerme imperturbable.
–Lo cierto es que mi vida parecía no tener límites... hasta el año pasado, por supuesto.
–Sí, por supuesto –asintió con serenidad–. Mi más sentido pésame por la muerte de tu padre.
Me entraron ganas de agarrar el cuchillo que tenía delante y clavárselo en el globo ocular, directamente en su malvado cerebro.
–Te aseguro que me estoy esforzando mucho por ser educada –mascullé–. Lo intento, de verdad. Pero estoy convencida de que entiendes que me cuesta.
Me estudió un momento, con una copa de vino en su mano de uñas perfectas.
–Jericho me ha dicho que lo sabes todo.
–Sé lo suficiente –le espeté, y centré mi atención en el Corazón Negro en un intento de recuperar el aplomo–. ¿Dónde has estado los últimos cinco días? –le pregunté a bocajarro.
Jericho parpadeó y apretó los dientes.
–Tenía que ocuparme de algo.
–¿De qué?
Sus ojos negros se desviaron hacia los míos, y en el fondo de sus pupilas brilló una advertencia silenciosa.
–De algo.
–Necesitaba que Jericho recuperase esto –zanjó Valery, metiendo la mano en su bolso para sacar un objeto que depositó sobre la mesa: una cajita dorada cubierta de grabados geométricos.
Se me cortó la respiración al verla, y le lancé a Jericho una mirada perpleja.
–Explícaselo, si quieres –accedió la bruja, haciendo un aspaviento despreocupado.
El Corazón Negro asintió, ya no tan tenso.
–Val quería que hiciera una visita rápida a Tobin para recuperar la caja de recuerdos. Se enteró de que tenía pensado venderla porque había estado tanteando el terreno y mirando cuánto podría valer en el mercado negro. Llegué justo a tiempo para recuperarla.
–Creí que habías dicho que la caja no tenía importancia –murmuré, tragándome el doloroso nudo que me atascaba la garganta–. Que la magia de memoria se podía contener dentro de cualquier recipiente.
–Me equivoqué.
Le fulminé con la mirada.
–¿Te equivocaste?
Se encogió de hombros.
–A veces pasa. Al parecer, los símbolos de la caja son específicos para esta magia en particular. Siempre se aprende algo nuevo...
De pronto, me di cuenta de que el gabán de cuero que llevaba Jericho era el mismo que le había arrebatado Tobin, un guardia real que trabajaba en secreto para Valery –es decir, un traidor al imperio–. Tras arrebatarle la caja a Jericho, el guardia se la había guardado en el bolsillo de ese mismo abrigo.
–Bonito gabán –comenté.
–Ya lo creo –asintió–. Me alegro de haberlo recuperado.
No tenía ganas de preguntarlo, pero necesitaba conocer la respuesta:
–Y Tobin..., ¿sigue vivo?
Jericho se quedó callado un instante.
–Estoy seguro de que sigue vivo en los corazones de la gente que le quería. Si es que existe alguien que le apreciara, claro... Aunque, francamente, lo dudo. Pero si me lo preguntas en sentido literal, la verdad es que no: Tobin está totalmente muerto.
No pregunté por qué había muerto; lo sabía perfectamente. Por orden de Valery: así se enfrentaba a los problemas esa bruja. Quería apoderarse de la caja de recuerdos que Jericho había robado en la Gala de la Reina, costara lo que costase. Y ahora estaba en su poder, aunque fuera tres semanas después de la fecha límite que le había impuesto a Jericho. Faltaba su valioso y esencial contenido, por supuesto. Pero había conseguido la caja.
La bruja observó atentamente mi reacción. Quizá esperase que me horrorizara, me estremeciera o me asustara al saber que Jericho había matado a alguien por orden suya. Ya podía esperar: no pensaba darle ese...




