E-Book, Spanisch, Band 4, 248 Seiten
Reihe: Caja Alta
Rejmer Bucarest
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17496-32-6
Verlag: La Caja Books
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Polvo y sangre
E-Book, Spanisch, Band 4, 248 Seiten
Reihe: Caja Alta
ISBN: 978-84-17496-32-6
Verlag: La Caja Books
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Margo Rejmer (Varsovia, 1985) es escritora y periodista. Colabora en los principales periódicos y revistas de Polonia como Gazeta Wyborcza, Polityka o Herito. Ha sido considerada la nueva gran revelación del reporterismo polaco gracias su libro Bucarest. Polvo y Sangre, galardonado con el prestigioso premio TVP Kultura y traducido a cinco idiomas así como por Barro Más dulce que la miel , finalista del prestigioso premio Nike y ganador del Paszport Polityki 2018.
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Polvo y sangre
Hacía un calor infernal cuando llegué aquí por primera vez. La ciudad, reseca como un palo, cubierta de páramos de hierba amarillenta y tierra gris cuarteada por la sequedad, surcada por pasillos de cemento color ceniza, succionaba cualquier rastro de saliva y de sudor. Me encontraba en la plaza de San Jorge, el mismo lugar que más tarde, en mi propio mapa privado, se convertiría en el corazón de Bucarest, y observaba las sucesivas vértebras de los bulevares Magheru y Balcescu, la espina dorsal de la ciudad. No entendía nada. Una sucesión de destartalados edificios, como una mandíbula de dientes arrancados y partidos con un hilo dental de cables resplandecientes al sol que iban envolviendo las calles como si fueran una telaraña o una cinta. Los edificios parecían estar mudando la piel, como si toda la ciudad se desconchara y se transformara, y tan solo aquí y allá, desde debajo de las viejas escamas, asomara algo reciente y liso.
No me gusta demasiado lo nuevo, prefiero las viejas capas que conforman Bucarest y ese desenfreno rumano que ha sabido burlar el sistema desde siempre. En aquel verano de 2009 los autobuses acababan llevándome una y otra vez a los confines de la ciudad, porque en las paradas no hay ninguna información ni rutas ni horarios. Voy conociendo las afueras, donde todo resulta provisional y harapiento. Me siento en el bordillo y me pongo a pensar si alguna vez llegaré a comprender este caos, esta estructura desordenada que me expulsa a la periferia. Al fin y al cabo, deben existir unas reglas del juego que yo desconozco. Percibo la inmensidad de la ciudad, su esplendor decadente, su solapada locura.
Para mí Bucarest es visceral, instintiva e ilógica. Como agua hirviendo arremolinada en un torbellino, alborotada y turbia. A través de sus arterias principales fluye un torrente de coches; a pocos pasos, en los callejones, duermen las viejas villas de jardines muertos donde el silencio se hace piedra. Atributos de la ciudad: marañas de cables negros en los postes como nidos de pájaro abandonados, una atmósfera de tierra removida y desastre junto a escaparates en fiesta y el penetrante olor de los tilos y las uvas aplastadas. La elegancia de la arquitectura de un mundo inmemorial. El traqueteo de los desvencijados tranvías, los cláxones de los enfurecidos taxis un segundo antes del impacto. El canto de los niños y las ancianas gitanas vagando entre las innumerables floristerías regentadas por las madres de esos niños, las hijas de esas ancianas. Y por todas partes los perros, como bultos negros y grises abandonados por alguien que tenía mucha prisa. Percibo Bucarest con una parte subconsciente de mi naturaleza, pero quiero más, quiero llegar a entenderla.
Así que vuelvo. Durante dos años mi vida consiste en volver a Bucarest. La estación Gara de Nord o el aeropuerto de Otopeni. A veces la alegría al ver todo lo que me resulta tan familiar como si fuese mío, a veces la indolencia, a veces la sensación de absurdo. Trenes funerarios, autobuses desvencijados, aviones indiferentes. Un sol rojo y redondo como el orificio de entrada de una bala. La tierra vacía y plana. El recuerdo de las montañas. El aire rígido de las heladas. Los taxis surcando la ciudad de noche, cuando los perros se lanzan bajo las ruedas, locos de desesperación y rabia. Hago siempre la misma ruta, sé lo que veré por el camino: supermercados diseminados, bancos herrumbrosos en las paradas, una casita vieja con un banquito. Miseria y esplendor de la periferia. La fuente Miorita, o sea, la Ovejita, llamada así en honor de la celebérrima balada rumana, alabanza de la muerte humilde. El Arco del Triunfo, símbolo de los difíciles y orgullosos años treinta. En Piata Victoriei el taxi gira por el bulevar Stefan cel Mare, Bucarest se torna más laberíntica y cruel, y la degeneración de la arquitectura de los delirios de Ceausescu impresiona.
Luego el taxi se interna por uno de los callejones laterales de Piata Muncii y todo se vuelve más pequeño. Fin de trayecto. Enfilo la cuasi calle que ni siquiera aparece en los mapas de Google, pese a estar en pleno centro de la ciudad. Piso la tierra batida, lo que queda de una acera que recuerda a huesos esparcidos por una era. A mi alrededor, vallas de madera cubiertas de parras, y sobre las vallas, gatos. Entro en una pequeña casa donde tengo una habitación en la buhardilla, toda revestida de madera, una habitación a la que siempre puedo volver. Eso es lo que dice Cosmin, el propietario de la casa, que lleva muchos años estudiando psicología y que nunca tiene prisa.
En la historia de mis peregrinaciones a Bucarest no siempre tengo tanta suerte como con Cosmin, que aloja bajo su techo a todo tipo de vagabundos, náufragos y artistas de la vida, y a quien nada sorprende. Cuando llego por primera vez para anidar aquí, arrastro un maletón rojo lleno de ropa, montones de apuntes con palabras en rumano como «juncal» o «rendija» y accesorios para organizar la normalidad. Con aquel maletón a duras penas alcanzo la calle Transilvaniei y llego a una desmoronada villa del color de las petequias que se supone que durante un mes y medio será mi agradable morada. Balbuceo en rumano que me alegro mucho, pero Patricia, la muchacha que se ocupa de la casa, me redirige al inglés y, con un aire de cierto nerviosismo cuya razón pronto conoceré, me conduce a una escalera del tamaño de un intestino por donde apenas pasa mi maleta. Voy dando vueltas por la estrecha escalera de caracol… y ya estoy.
La habitación de dieciséis metros del anuncio se ha encogido a cuatro metros cuadrados; mide de largo como la cama y de ancho como la cama, las mesillas y un pequeño escritorio. El cuarto no tiene ventana, solo un tragaluz, y todos los enseres están viejos y muertos, o podridos y estropeados.
Me dirijo a Patricia con expresiones como «¡Eh!», «¿Cómo es esto?», «¡No puede ser!», pero Patricia sostiene que todo está en orden.
–Por este precio –declara con distinguido acento británico– seguro que no encontrarás nada mejor.
Un mes y medio de celda en una cárcel moldava me iba a costar trescientos euros.
–Pero –suaviza el tono Patricia– puedes usar el cuarto de baño y la cocina, que son normales.
Paseo la mirada por la casa: es vieja, está llena de recovecos y vacía, como si la alquilasen muchas personas muertas.
Cierro tras de mí la herrumbrosa verja y me quedo parada en medio de la acera. Realmente estoy aquí, en Bucarest. Me interno por los meandros de los estrechos callejones, ni siquiera sé con qué rumbo. Estamos a finales de octubre, pero la temperatura alcanza los treinta grados y las parras en las vallas y cercas todavía no han empezado a teñirse de rojo.
Me siento en un bar, pido una cerveza Silva bruna, fuerte y dulzona, y envío unos cuantos correos desamparados. Enseguida alguien contesta que alguien conoce a alguien que de buena gana echará una mano, y así es como recalo en un piso en el barrio de Drumul Taberei. Todo me gusta, tendré una habitación cómoda llena de libros y un montón de objetos de lujo, como una lámpara y un espejo, será agradable vivir aquí. También tengo coinquilinos: ella, Oana, vende pollo frito, es bajita y tiene la voz aguda; él, Mihai, es un segurata con el pelo cortado al cepillo y da la impresión de que los estímulos los recibe a ritmo lento.
–Es una escritora –dice Oana a una vecina plantada en la puerta–. De Polonia. No entiende nada de rumano.
–¿Nada? –pregunta la vecina.
–Nada –responde Oana–. Nada de nada.
Después, en mi blanca sábana encuentro un largo cabello negro de Oana que ocupa toda la cama. Empiezo a buscar un nuevo sitio y recalo en la otra punta de Bucarest, en Piata Muncii, donde alquilo una habitación en el piso de Tomek, en la octava planta. Cuando miro por la ventana, veo grandes villas de los años treinta que no han envejecido en absoluto y paredes grises de los bloques de finales de los ochenta que parecen a punto de desmoronarse.
Pero mi última parada estará al otro lado de la calle, en casa de Cosmin, allí donde la ciudad se funde con la aldea, donde tras las hileras de bloques se extienden pequeñas casitas y ampliaciones. Toda Bucarest es así. Piata Unirii: Asia rugiendo rabiosamente, Calea Victoriei: un París chic en medio del lodo. Sin embargo, basta con internarse un poco en las calles laterales para descubrir el campo: mujeres con pañuelo y niños gitanos deambulando, perros vagando por los patios de una iglesia ortodoxa, gallinas picoteando en la arena. La ciudad se rinde a la periferia, se inclinan en humildes reverencias las cabezas de los rascacielos.
No queda nada que dé testimonio del pequeño asentamiento valaquiano de hace seiscientos años que terminaría convirtiéndose en la capital de Rumanía. Al parecer, en el siglo xv, residió aquí Vlad el Empalador, el famoso príncipe de Valaquia a quien todo el mundo acusa de vampirismo, pero que simplemente gustaba de mirar cómo ardía el mundo. Cómo morían centenares de personas al mismo tiempo, muy lentamente. Bastaba con empalarlas. Y con formar luego un bosque con todos aquellos palos. Es posible convertirse en demonio y construirse un infierno propio.
Los turcos, que se hicieron con el poder en Moldavia y Valaquia, dejaron las cosas claras: no habría murallas ni fortalezas, Bucarest tenía vetado defenderse. De forma que la ciudad se extendió como quisieron sus habitantes, sin principio ni fin. El espacio no estaba sujeto a ninguna restricción, todo el mundo podía tener un huerto, y en él, gallinas y vacas. Era difícil...




