Rahimi | Maldito sea Dostoievski | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 223, 216 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Rahimi Maldito sea Dostoievski


1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-9841-945-0
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 223, 216 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-9841-945-0
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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«Atiq Rahimi ataca el oscurantismo, examina la moral, el heroísmo, la culpabilidad y logra una novela accesible, cautivadora.»La Semaine «A la luz del maestro ruso, Rahimi nos ayuda a entender de forma inmejorable su país natal, en una novela de ritmo jadeante, hermosa, fuerte, indispensable.»Le Point Con su estilo lírico y a la vez despojado, su espléndido uso de los relatos de la tradición persa y la firme exposición de sus convicciones, especialmente sobre la condición de la mujer, Rahimi compone una magnífica coreografía. En Maldito sea Dostoievski Atiq Rahimi se inspira en la trama de Crimen y castigo, pero la revisa, la corrige y la traslada a la realidad actual de Afganistán... Rasul, el protagonista, ha matado a una anciana para castigarla por el destino atroz al que ha condenado a su novia Sufia y para robarle y ayudar así a su familia y a la de ésta. Cometido el crimen, Rasul es devorado por el remordimiento y la culpa, pero también intuye que su acto tiene algo de ejemplar en el contexto de la guerra civil y el colapso de todos los valores de Afganistán, en un Kabul donde la brutalidad y la corrupción están más que generalizadas. Así pues, Rasul quiere entregarse a la policía, a la justicia, pero no lo consigue porque su caso no le interesa a nadie. Sin embargo, a fuerza de obstinación y, después, de pasividad, acabará por ser juzgado en unas condiciones casi rocambolescas, aunque muy reveladoras de la desintegración de la sociedad afgana y de la religión que la cimienta.

Atiq Rahimi (Kabul, 1962) cursó estudios secundarios en el Liceo franco-afgano de Kabul, y luego Literatura en la universidad de esa misma ciudad. En 1984, la guerra desatada tras la invasión soviética le obligó a refugiarse en Pakistán, desde donde pidió asilo político en Francia. Allí se doctoró en Comunicación Audiovisual en La Sorbona, vive en París y dedicado a la producción cinematográfica y a la escritura. Sus obras publicadas son Tierra y cenizas, Laberinto de sueño y angustia, La piedra de la paciencia (Premio Goncourt 2008) y Maldito sea Dostoievski. Él mismo ha adaptado y dirigido, con gran éxito, las películas basadas en Tierra y cenizas y La piedra de la paciencia. Desde 2002, cuando finalmente pudo regresar a su país natal, viaja con asiduidad a Kabul.
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De vuelta al lugar del crimen. ¡Qué trampa! Como todo el mundo, de sobra sabes que volver al lugar del crimen es un error fatal. Un error que ha sido causa de la perdición de muchos hábiles criminales. ¿No has escuchado nunca el dicho de los sabios ancianos: «El dinero es como el agua, cuando se marcha, nunca regresa»? Todo ha terminado. Y no olvides nunca que el malhechor sólo tiene una oportunidad: si la deja escapar, está jodido, todo intento por recuperar el momento será, ineluctablemente, nefasto.

Se para, echa un vistazo a su alrededor. Todo está tranquilo y silencioso.

Después de frotarse el tobillo, sigue su camino. No muy convencido de los dichos de los sabios. Con paso rápido y decidido, llega al cruce entre dos calles. Se para de nuevo, brevemente, lo justo para recuperar el aliento antes de tomar la calle que conduce al lugar del crimen.

Esperemos que la mujer realmente se haya desmayado al lado del cadáver de la vieja.

Ya está en la calle de su víctima. Sorprendido por el silencio reinante en la casa, ralentiza el paso. Al verlo, un perro tumbado a la sombra de un muro se levanta torpemente y gruñe con desgana. Rasul permanece inmóvil. Deja pasar el tiempo para convencerse a sí mismo, mal que le pese, de lo estúpido de su curiosidad. A punto ya de marcharse, escucha unos pasos precipitados en el patio de la casa de nana Alia. Aterrorizado, se pega contra la pared. Una mujer tapada con un burka azul cielo sale de la casa y, sin cerrar la puerta tras ella, se apresura a abandonar el lugar. ¿Es ella? Sin duda. Después de haber robado el dinero y las joyas, ahí está, fugándose.

¡Ah, no! ¿Dónde vas, impía? No tienes derecho a tocar ese dinero, esas joyas. Son de Rasul. ¡Alto ahí!

La mujer acelera el paso, desaparece por una calleja. A pesar del dolor de la torcedura, Rasul se lanza a su persecución. Vuelve a encontrarla bajo un oscuro soportal. Un ruido de pasos que bajan por la calleja, acompañado de gritos de adolescentes, lo detiene en su carrera. Se aplasta contra la pared para esconderse. A pesar de las prisas, la mujer se retira para dejarlos pasar. Su mirada, a través de la rejilla del burka, se cruza con la de Rasul, que aprovecha ese momento para volver a frotarse su dolorido tobillo. Ella se pone de nuevo en marcha, detrás de los adolescentes, aún más apresurada y turbada que antes.

Renqueando, sin aliento, él se lanza de nuevo a su persecución. En un cruce, ella toma otra calle, más grande, más transitada. Al llegar a la encrucijada, Rasul frena en seco, estupefacto, al ver docenas de mujeres con burka azul trotando ligeras calle abajo. ¿A cuál seguir?

Desesperado, avanza errante entre la multitud de rostros velados. Acecha el más mínimo indicio: una mancha de sangre en el vuelo de un burka, una caja oculta bajo el brazo, un apresuramiento sospechoso... No nota nada. Presa de un mareo, hace esfuerzos para no desvanecerse. Tiene náuseas otra vez. Sudando, se retira a la sombra de un muro, se dobla en dos y vuelve a vomitar una bilis amarillenta.

Ante su mirada perdida desfilan los pies de los transeúntes. Extenuado, cada vez oye menos ruidos. Todo se sumerge en el silencio: el ir y venir de la gente, las conversaciones, el barullo de los vendedores ambulantes, el ruido de los cláxones y de la circulación.

La mujer ha desaparecido. Perdida en medio de las demás, sin rostro.

Pero ¿cómo ha podido huir y dejar a nana Alia, pariente suya, seguramente, en ese estado? Ha gritado, eso es todo. Ni siquiera ha pedido socorro. Con qué habilidad ha debido de calcular el momento, tomar la decisión y robarlo todo. Y eso sin necesidad de cometer ningún crimen. ¡La muy furcia!

No ha cometido ningún crimen, es verdad, pero ha cometido traición. Ha traicionado a sus parientes. La traición es peor que el crimen.

El momento está mal elegido para elaborar teorías, Rasul. Mira, alguien te da dinero, cincuenta afganis.

¿Por quién me toma este hombre?

Por un mendigo. Penosamente arrodillado sobre la acera, con la ropa sucia y raída, la barba mal afeitada, los ojos hundidos y el cabello mugriento, pareces más un mendigo que un criminal. Pero un mendigo que no se abalanza sobre el dinero.

El hombre, incrédulo, insiste, agitando el billete ante los azorados ojos de Rasul. No hay nada que hacer. Le introduce el dinero en la mano huesuda y se va. Rasul baja la mirada hacia el billete.

¡He aquí el precio de tu crimen!

Una amarga sonrisa hace temblar sus labios exangües. Aprieta el puño, se apresta a levantarse, pero de repente retumba un ruido espantoso, que lo deja clavado en el lugar.

Un misil explota.

La tierra tiembla.

Algunos se tiran al suelo. Otros corren y gritan.

Un segundo misil. Más cerca. Más aterrador. Rasul también se tira al suelo. Alrededor de él, todo gira en el caos, en el estrépito. Una gigantesca hoguera desprende una humareda negra que llena todo el barrio, al pie de la montaña de Asmai, en el centro de Kabul.

Después de algunos minutos, las cabezas, como setas polvorientas, se levantan poco a poco en medio de un silencio oprimente. Estallan las exclamaciones:

–¡Le han dado a la gasolinera!

–No, al Ministerio de Educación.

–No, a la gasolinera...

Justo a la derecha de Rasul, un anciano, boca abajo, busca desesperado algo por el suelo, mascullando entre sus barbas:

–Que os den por culo, con vuestra gasolinera y vuestro ministerio... ¿Dónde están mis dientes? ¿Dios, de dónde ha salido este ejército de Gog y Magog? Mis dientes... –busca en el suelo, por debajo de él–. ¿Has visto mi dentadura? –pregunta a Rasul, que le mira de soslayo, preguntándose si el anciano estará herido–. Se me ha caído de la boca. La he perdido...

–Vamos, , en estos tiempos de hambre y de guerra, ¿de qué sirven los dientes? –le pregunta, riéndose, un barbudo que está tumbado delante de él.

–¿Cómo que de qué? –replica firmemente, con arrogancia, el anciano, indignado ante semejante reflexión.

–¡Pues qué suerte! –dice el barbudo levantándose y sacudiéndose el polvo.

Con las manos en los bolsillos, se aleja bajo la mirada sospechosa del viejo que gruñe:

–, ese hijo de puta me ha robado la dentadura... seguro que ha sido él quien la ha robado –después se vuelve hacia Rasul–: Le había puesto cinco dientes de oro. ¡Cinco dientes! –echa un vistazo en dirección al barbudo, y continúa, con la voz llena de pesar–: Mi mujer me insistía en que los vendiese para pagar los gastos de la casa. Muchas veces tuve empeñada la dentadura. Cuando mi hijo mandaba algo de dinero desde el extranjero, la recuperaba. Hoy a mediodía la había recobrado del prestamista. ¡Maldito día!

Se levanta y se abre paso entre la multitud, quizás siguiendo al barbudo.

A Rasul le ha hecho gracia la ironía del barbudo, no tanto por su cinismo, sino porque detesta los dientes de oro, signo exterior de avaricia en toda su fealdad. Nana Alia también llevaba dos. ¡Si hubiese tenido tiempo, le habría gustado arrancárselos!

Tiempo tuvo, pero no fue listo; si no, no estaría ahí, en ese lamentable estado, con el billete de cincuenta afganis en la mano.

Se levanta en medio de la gente que de nuevo se agita, corre en todas las direcciones, a duras penas intentan recuperarse, mientras se tapan la nariz y la boca para no ahogarse con el humo y el polvo. La mayoría va en dirección al incendio. Las llamas y el humo se elevan cada vez más. Rasul también se acerca. Retrocede ante la vista de los cadáveres abrasados, pero la voz de un hombre que está atravesando la humareda le llama pidiendo ayuda. Intenta cargar a la espalda a una muchacha herida:

–Estoy solo. Esta desdichada todavía está viva.

Rasul va en su ayuda, coge a la muchacha en brazos y se aleja de allí, después se la devuelve.

–¡Hay que marcharse de aquí! ¡Los tanques van a explotar! –grita el hombre, sembrando el pánico entre los que intentan apagar las llamas.

Rasul continúa por el camino que va a la montaña de Asmai. Su mirada fatigada se pierde entre las estrechas callejas que serpentean por el flanco de la colina y forman un verdadero laberinto, una extensión de mil casas, todas de tierra, empotradas unas en otras, escalonadas hasta la cima del monte que divide geográfica, política y moralmente, con sus sueños y pesadillas, la ciudad de Kabul. Parece un vientre a punto de explotar.

Desde abajo se distingue el tejado de la casa de nana Alia. Una gran casa con la fachada verde y las ventanas blancas.

Ahora que la mujer se ha marchado, puede regresar allí, lo justo para echar un vistazo, sólo eso.

Con mucho esfuerzo, remonta la empinada cuesta de la calle, hasta llegar a un soportal, cuando tres hombres armados, furiosos, salen por la esquina de un callejón. Rasul baja la cabeza para esconder el rostro, y sólo escucha sus imprecaciones:

–Los muy cabrones acaban de darle a nuestra gasolinera...

–¡Dos misiles! Nosotros les vamos a tirar ocho, vamos a cargarnos la suya. ¡Su barrio quedará convertido en ruinas y sangre!

Y desaparecen.

Rasul sigue su camino. Antes de llegar a la calle de su víctima, hace una pausa. Le tiemblan las piernas. Respira profundamente. El olor a podrido se mezcla con el...



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