Prescod-Weinstein | EL cosmos desordenado | E-Book | sack.de
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E-Book, Spanisch, 328 Seiten

Reihe: Ensayo

Prescod-Weinstein EL cosmos desordenado


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-127563-0-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 328 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-127563-0-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



De la mano de una física teórica estrella, un viaje al mundo de la física de partículas y el cosmos, y un llamamiento a una práctica más liberadora de la ciencia. En 'El cosmos desordenado', la Dra. Chanda Prescod-Weinstein comparte su amor por la física, desde el Modelo Estándar de Física de Partículas y lo que hay más allá, hasta la física de la melanina en la piel, pasando por las últimas teorías sobre la materia oscura, todo ello con una perspectiva basada en la historia, la política y la sabiduría de Star Trek. La Dra. Chanda Prescod-Weinstein, una de las físicas más destacadas de su generación, es también una de las menos de cien mujeres afroamericanas que se han doctorado en un departamento de física. Su visión del cosmos es vibrante, alegremente no tradicional y se basa en linajes feministas negros y queer. La Dra. Prescod-Weinstein nos insta a reconocer que la ciencia, como la mayoría de los campos, está plagada de racismo, misoginia y otras formas de opresión. Prescod-Winstein expone un nuevo y audaz enfoque de la ciencia y la sociedad, empezando por la creencia de que todos tenemos el derecho fundamental a conocer y amar el cielo nocturno. 'El cosmos desordenado' sueña con la existencia de un mundo que permita a todos experimentar y comprender las maravillas del universo.

Nació en El Sereno, LA, California, el 23 de agosto de 1982 y fue a la escuela en el Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles. Obtuvo su licenciatura en física y astronomía en la Universidad de Harvard en 2003. Poco después recibió su máster en Astronomía en la Universidad de California en Santa Cruz. En 2010, Prescod-Weinstein completó su tesis doctoral, titulada 'Acceleration as quantum gravity Phenomenology', supervisada por Lee Smolin y Niayesh Afshordi en la Universidad de Waterloo, manteniendo a la vez su labor como investigadora en el Instituto Perimeter de Física Teórica. Esto la convirtió en la mujer afroamericana número 63 en obtener un doctorado en física. Su labor investigadora se ha centrado en varios temas relacionados con la cosmología y la física teórica. Es una defensora del incremento de la diversidad en el ámbito científico y la consideración de la interseccionalidad y la puesta en valor de acuerdo con su importancia de los grupos infrarrepresentados que contribuyen a la producción de conocimiento científico. Ha sido miembro del comité ejecutivo de la National Society of Black Physicists y mantiene una lista de lectura 'Descolonizando la ciencia'.
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En los comienzos

Un cuento para antes de ir a dormir

Érase una vez, hace mucho tiempo, un universo. No estamos seguros de cómo empezó ni de si lo hizo por alguna razón. No sabemos, por ejemplo, si el espacio-tiempo está ordenado o desordenado en las escalas más pequeñas, en las que impera la extrañeza de la mecánica cuántica. Lo que sí sabemos con bastante seguridad es que durante la primera billonésima de segundo se expandió sumamente rápido, de manera que, en su mayor parte, era idéntico en todas direcciones e idéntico desde cualquier perspectiva. Todo uniformidad. Pero al poco comenzaron a surgir partículas de la nada debido a las fluctuaciones aleatorias generadas por efectos cuánticos, puede que en el espacio-tiempo; de eso aún no estamos superseguros. Ni tampoco de esto: por algún motivo, esas partículas formaron más materia que antimateria. Ese proceso, del que nacieron unas partículas llamadas bariones, se conoce como bariogénesis. Los bariones, a su vez, empezaron a formar estructuras, y esas estructuras dieron lugar a las estrellas. Luego las estrellas envejecieron, y algunas murieron con una muerte apoteósica, superépica. Estallaron en forma de supernovas, y por el camino se crearon elementos pesados, como el carbono y el oxígeno: los elementos que se convertirían en los pilares de toda vida en la Tierra. La Tierra es un planeta, una de las diversas estructuras que se formaron en torno a las estrellas a partir de los despojos de las supernovas. Con el tiempo, apareció en la Tierra un tipo más pequeño de estructura que llamamos vida. Una de las formas de vida que se desarrollaron fue la de unos simios relativamente lampiños que se relacionaban mediante una diversidad de métodos de comunicación. Hay hoy en día unos siete mil millones de simios, con sus distintos niveles de eumelanina y feomelanina en la piel y en el pelo, lo que les otorga todo un abanico de colores. Los simios tienen además un montón de texturas distintas de cabello. Algunos de los más escasos en eumelanina han sido desde antiguo crueles con los que presentan más, entre ellos los que conocemos como «personas negras». Aunque sabemos el porqué, no acabamos de entenderlo: puede que sea por pereza o porque envidian nuestro flow. Pese a todo, las vidas negras provienen de la misma bariogénesis, de la misma supernova y de la misma formación de estructuras. Digan lo que digan los bajos en eumelanina, las vidas negras son polvo de estrellas: las vidas negras importan, todas y cada una de ellas.

* * *

Al margen de los hechos que contiene este relato, nos queda mucho por saber del universo. En el mundo científico, no acostumbramos a pensar en estos términos: imaginamos el sujeto (nosotros) y el objeto (el universo) como entidades distintas. Este planteamiento es algo que heredamos del pensamiento europeo, y en concreto de las ideas de René Descartes. Cuando estudiamos la galaxia de Andrómeda, registramos los datos como pensadores cartesianos; la vemos como algo aparte de nosotros mismos y de nuestro hogar en la Vía Láctea. Al mismo tiempo, no obstante, estamos ligados a Andrómeda en un sentido muy técnico de la palabra. Andrómeda tiene también su propio relato: es la más importante de las vecinas de la Vía Láctea, y su existencia no se remonta a un origen común. Sin embargo, en el futuro ambas galaxias se fusionarán, porque están unidas por un potencial gravitatorio, algo así como un pozo en el que ambas van cayendo, girando lentamente en espiral, destinadas a encontrarse. No os preocupéis, no está previsto que esta colisión se ponga de verdad en marcha hasta dentro de otros cuatro mil millones de años, y tampoco será la clase de topetazo caótico que nos viene a la cabeza cuando pensamos en la palabra «colisión». No será como si dos coches chocaran violentamente a toda velocidad, sino estrellas y gases y (¿tal vez?) partículas de materia oscura reorganizándose para dar lugar a una nueva formación, guiados por las relaciones gravitatorias entre unos y otros.

Puede que este relato sea también el nuestro. Y digo «puede» porque para cuando se produzca esta colisión nuestro sol estará moribundo, y nuestro sistema solar, arrasado en sus estertores. Antes de que su vida se extinga por completo, la zona que ocupa el Sol se expandirá, y con ello cambiará lo que constituye hoy día la zona habitable de nuestro sistema solar y la Tierra quedará totalmente destruida. Para entonces, es posible que nos hayamos autoinmolado de todos modos, pero también podría ser que nos hubiésemos trasladado a otro sistema solar de una galaxia muy muy lejana usando una tecnología que a mí, ahora, me resulta inimaginable, inconcebible incluso. O puede que nos quedemos en un sistema solar más cercano, en la misma Vía Láctea, en cuyo caso la colisión nos arrastraría consigo. Las observaciones que llevará a cabo nuestra progenie para ir siguiendo este fenómeno, su lento desarrollo en el transcurso de millones de años, requerirán unos cálculos cuidadosos de su ubicación relativa respecto al escenario de la acción.

Nosotros ya lo hacemos. Aun cuando creemos que solo estamos observando el exterior, más allá de nosotros mismos, andamos siempre estudiando nuestro lugar en el universo. En nuestros esfuerzos por desentrañar la estructura de las galaxias, dedicamos una inmensa cantidad de tiempo a examinar la nuestra, a preguntarnos si es normal. Aún no sabemos con certeza si la Vía Láctea es una galaxia espiral como cualquier otra o si tiene algo que la hace distinta al resto. Pese a que no estamos en el centro del universo, porque el universo carece de un centro, somos nosotros mismos el motivo por el que nos molestamos en entender el universo. Nuestra posición en él importa.

Algunos nos preguntamos más que otros cuál es nuestro lugar. Yo desciendo de indígenas africanos cuyo vínculo con la tierra les fue arrebatado mediante el secuestro y la colonización de sus cuerpos. África occidental es una región enorme habitada por un sinfín de pueblos distintos. No sé, y es posible que nunca sepa con seguridad, a qué comunidad indígena pertenecían mis ancestros, de manera que la ubicación, para mí, sigue siendo una cuestión conflictiva. Pero también soy, de los pies a la cabeza, de East L. A. (al este del centro de Los Ángeles) y me he forjado con las historias de mis antepasados negros norteamericanos, negros caribeños, judíos de Europa oriental y judíos de Estados Unidos. Ahora mismo, tengo un pie en la región costera de New Hampshire, donde vivo, y otro en Cambridge (Massachusetts), donde vive mi pareja. Los Ángeles, Cambridge y New Hampshire son los nombres coloniales de las tierras de los tongva, los pennacook, la Confederación Wabanaki, los pentucket, los abenaki y los massachuseuk. Esos lugares y las personas que hunden ahí sus raíces también importan en este universo.

Por otra parte, soy una científica que de niña intimidaba a mi madre, divorciada, cuestionándolo persistentemente todo. Una empirista nata, alguien que por naturaleza (¡preguntádselo a ella!) creía a pies juntillas que la información debía recopilarse y dispensarse después como un mecanismo con el que explicar por qué el mundo se organiza precisamente así. Este compromiso con un orden racionalizador parecía centrarse a menudo en mis quehaceres domésticos, pero también quería saber cómo era que las matemáticas describían de un modo tan preciso el universo y cuán profundo era ese vínculo. Esta pregunta —junto con la necesidad de buscarme una profesión, porque sabía que las facturas bien habían de pagarse de alguna manera— hizo que con diez años tomase la decisión de convertirme en física teórica y, casi treinta años después, esa cuestión sigue siendo la base de mi labor como física teórica.

Otra cosa que quería saber era por qué mi maestra de tercero había dejado a todos los alumnos negros con ambos progenitores negros fuera del reparto de nuestra próxima obra escolar modernista, Strega Nona (producida y dirigida por la actriz Conchata Ferrell), en la que yo iba a interpretar a una de las tres brujas de Macbeth. La señora M. me echó de clase por preguntarlo, aunque en aquel momento yo no lo vi como un desafío a su autoridad. Solo quería saber si ella era racista. Tenía curiosidad. Había visto a mi madre combatiendo el racismo y el sexismo en organizaciones comunitarias, había sufrido el racismo con ella cuando intentábamos conseguir habitación en algún motel en nuestros viajes por carretera, y quería saber si también yo había topado con aquello.

Cuando tenía diez años, creía que podría mantener separadas mi curiosidad por las matemáticas del universo y la existencia y la acción del racismo. Pero no pudo ser. Cuando salí de casa de mi madre y entré en el ambiente enrarecido del entorno académico (primera parada: Harvard), aprendí una dura lección: el estudio de las matemáticas del universo no sería en modo alguno una evasión de los fenómenos terrenales del racismo y el sexismo (y ahora que la humanidad se adentra cada vez más en nuestro sistema solar, el racismo y el sexismo han dejado de ser terrestres). A medida que avanzaba por la carrera, el doctorado y más tarde la docencia, aprendí rápida y dolorosamente que las aulas de física y matemáticas no son meros escenarios de la cosmología —el estudio de los orígenes y el funcionamiento interno del universo físico—, sino escenarios de la sociedad, con todos los problemas que esta carga consigo allá adonde va. No hay escapatoria.

En física,...



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