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E-Book

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Reihe: Libros singulares

Prats Crímenes ibéricos


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19615-63-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Reihe: Libros singulares

ISBN: 978-84-19615-63-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Cada quince días, el podcast Crímenes ibéricos fascina a sus decenas de miles de seguidores con la narración de los casos más negros de la historia de España, que conmocionaron al país y al mundo y que pusieron en vilo a las autoridades e investigadores de todo nuestro territorio.  En este volumen coordinado por Joan Prats, director del podcast, y escrito por los brillantes redactores del programa con la misma garra, tensión e intriga que muestran en cada uno de sus capítulos, se presentan los diez casos reales que no se han abordado en el programa, escritos con una prosa tan adictiva como bien documentada, seguidos por los análisis criminalísticos de nuestros especialistas. Malhechores impunes, misteriosos asesinatos, víctimas indefensas y victimarios despiadados, los más aterradores y escalofriantes crímenes ibéricos, ahora en un libro que mantiene el suspense hasta el final y que no podremos abandonar hasta alcanzar su última página.

Joan Prats, coordinador de este volumen, es director del podcast Crímenes ibéricos y de Abbcast. Marc Truco y Mar Jiménez, del equipo Crímenes Ibéricos, han colaborado escribiendo los casos del presente libro. Para el análisis de cada caso contamos con los inestimables conocimientos de los criminólogos Antonio Sanz, criminólogo de la Fundación Municipal de la Mujer del Excmo. Ayuntamiento de Cádiz y vicepresidente de ANDACRIM, y María Hernández Moreno, Dra. en Ciencias Forenses, criminalista especializada en visualización y análisis de patrones de manchas de sangre, coordinadora de Investigación y docente en el Grado en Criminología de la Universidad Isabel I.'
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1


EL CRIMEN DE LA CLOACA


Cae la noche del 30 de mayo de 1899 en Las Palmas de Gran Canaria. El día exhala sus últimas horas y aunque se está haciendo tarde apetece salir a pasear. El termómetro salvaguarda, en las islas, esos valores suaves que son la envidia de otros puntos del país. Así que a María Martín le parece buena idea salir con la señora para la que trabaja, ya mayor, a estirar las piernas hasta el domicilio de su hija. Esta y su marido viven en Tenerife, pero durante unos meses se trasladan a Gran Canaria para estar más cerca de su madre. Y esta vez con más ilusión que nunca, ya que está embarazada y a punto de dar a luz.

Esa noche de primavera la señora le ha pedido a María que prepare un poco de ropa y sus enseres porque cenará con su hija y su yerno, y pernoctarán en su domicilio en el barrio de Los Arenales. Empieza a retirarse el sol y las dos salen de casa caminando lentamente, ya que la señora es muy mayor y se fatiga con facilidad. Bajando por la calle de Triana junto a la calle de Buenos Aires, mientras las dos van charlando, María observa a su alrededor el color anaranjado del cielo oscureciendo, mientras parejas, viandantes solitarios o en grupos de amigos, y algún que otro vehículo, cruzan la calle en todas direcciones. Hay cierta alegría, rostros de esperanza, música que sale de salones y los olores a guisos, caldos y papas arrugadas de las cocinas del barrio.

Al llegar al parque de San Telmo, al lado de la Capitanía Militar, deciden sentarse en un banco para que la señora descanse. No hay mucha actividad en los jardines y no piensan estar mucho tiempo allí las dos solas, el suficiente para que la señora se reponga un poco y coja fuerzas para el tramo final del trayecto. Bajo esa arboleda hay todavía menos luz que en la calle, pero estando las dos sentadas, divisan a un grupo de cuatro individuos varones arrastrando un bulto y depositándolo en medio de la calle de Triana. Algo de esa imagen no les gusta, algo les incomoda, no saben qué es pero las dos mujeres reaccionan. Se levantan, tan ágiles como las condiciones físicas de la señora lo permiten, y se ponen a caminar de nuevo, sin mirar atrás.

Ese hecho quedó olvidado temporalmente, solo como una mala anécdota, y más después de disfrutar de una velada con la familia, en la que hablan de la próxima llegada del recién nacido. Sin embargo, de vuelta a casa, María y su señora pasaron por el mismo lugar, y cuál fue su sorpresa que, al cruzar por la esquina de las calles de Triana y Buenos Aires, en el mismo punto donde anteriormente estaban esos cuatro hombres en actitud sospechosa, se desliza como un riachuelo en el suelo camino de la cloaca un reguero de sangre que mancha la calzada.

Unas horas antes, entre la una y las dos de la madrugada, un vecino de la zona volvía a su casa, después de haber estado tomado un café con unos amigos. Cruzaba por la zona a oscuras, ya que el alumbrado público se había apagado. De repente divisó cuatro sombras, no era fácil de ver nada en esas condiciones, pero estaba claro que eran cuatro varones. Al acercarse más a ellos pudo vislumbrar que uno portaba una azada y otro un pico. Él siguió su camino pensando que acababa de cruzarse con un equipo de obreros del ayuntamiento que iban a arreglar una avería de urgencia en la vía pública. Lo que no sabía era que, en el consistorio, desde hacía seis años que ya no mandaban a nadie de la brigada a trabajar de madrugada.

Un poco más tarde, Juan Rivero y dos amigos también cruzaron por la zona de la alcantarilla en la calle de Triana. Iban los tres hablando, a oscuras, cuando la noche les regaló un sonido inesperado. Se pararon en seco. De entrada, no vieron nada, pero el sentido auditivo se les agudizó al instante. Otra vez. Era un silbido. Consiguieron llegar a los jardines del parque de San Telmo y se sentaron en uno de los bancos para observar mejor. Estuvieron un rato escudriñando la noche hasta que pudieron ver a dos individuos que salían de la zona cercana a la cloaca de la calle. Los dos amigos de Juan decidieron irse para casa, pero él quiso quedarse para ver qué estaba sucediendo. Lo hizo hasta que observó a tres hombres más, uno de ellos vestido con una capa. En ese momento, Juan decidió que su interés por lo que fuera todo eso acababa en ese instante, no necesitaba saber más y se alejó veloz del parque. A la mañana siguiente, al pasar de nuevo los amigos por la zona de la cloaca, también vieron rastros de sangre por toda la calle.

El 31 de mayo, ya con el sol brillando en lo alto, Manuel Cabral pasó por la calle de Triana y observó que desde la calle de Domingo J. Navarro hasta la de Buenos Aires había un rastro de sangre en la acera y que desembocaba en la alcantarilla. Se quedó atónito. ¿Por qué esa cantidad de sangre en medio de la calle? Después del primer impacto, se quedó curioseando y detectó unas pisadas. Huellas de pies descalzos ensangrentados, que partían de la calla de Buenos Aires, y en un punto concreto se dirigían hacia los jardines del parque de San Telmo. Plantado como un faro en el cruce de las dos calles, mirando a uno y a otro lado, buscando respuestas, Manuel se cruzó con un joven. Este, sin detenerse, le espetó en tono jocoso, aunque más de uno diría que con un leve aire implícito de amenaza: «Amiguito, no es nada. Borracheras, nada más que borracheras».

Aproximadamente al cabo de un mes, la tripulación del crucero español se disponía a abandonar el barco en el puerto e ir a cenar al domicilio del capitán. La guerra contra Estados Unidos era el motivo de la existencia de un navío que, aunque se pretendía clasificar de acorazado, su blindaje dejaba bastante que desear, y su potencial ofensivo era mínimo. Solo se entendía su papel en un conflicto bélico por su rápida velocidad. Así que, ese día de verano, antes de emprender un nuevo viaje a través del Atlántico hasta el Caribe, el capitán Ferrándiz invitó a sus cargos más allegados a un apetitoso almuerzo en su piso en la Comandancia de Marina. El edificio estaba en la zona de los jardines del parque de San Telmo, por donde la calle de Triana y la de Buenos Aires.

Esos momentos eran para hablar de todo menos de la guerra. Para conocerse mejor, para establecer y fortalecer vínculos, pero ese día, en el almuerzo del capitán, el tema de conversación fue otro: «¿Qué era ese horrible olor tan insoportable?». La tripulación y el oficial se sorprendieron del hedor que casi no les dejaba disfrutar del ágape, pero resultó que en el barrio ya hacía días que circulaba la queja. De hecho, el ayuntamiento había actuado días antes y se había echado desinfectante en las cloacas, pero ese día respirar casi provocaba el vómito.

Pero algo más pasó esos días cerca de la cloaca ensangrentada y por las calles de esa parte de la ciudad. Desde la noche de las sombras y los silbidos apareció un perro que durante días merodeó solo cerca del lugar de los hechos. Cruzarse un can por la calle no era motivo de alarma ni misterio, pero ese en concreto, ese animal, un ejemplar de raza inglesa, estuvo muchos días olisqueando, lloriqueando y postrado en la acera cerca de la cloaca. Eso sí que llamó la atención.

Al final, ni las sombras de hombres sospechosos con picos y palas, ni el reguero de sangre por la calle, ni el olor putrefacto hicieron saltar una alarma lo suficientemente intensa como para que la Policía investigara con profundidad.

Eso sí pasó al año siguiente, en 1900, cuando unos restos humanos aparecieron en la cloaca de la calle de Triana, y la prensa local se hizo eco del hallazgo. Un cadáver había aparecido, mejor dicho, sus restos: huesos, algunos con fragmentos de carne putrefacta, un cráneo, diversos ropajes y lo que aparentaban ser fragmentos de lo que en su día habría sido una cartera de cuero.

Desde el principio quedó claro que se trataba de un asesinato. Los huesos estaban fracturados y el cráneo presentaba una herida mortal de catorce centímetros de largo por cinco de ancho sobre la oreja. El esqueleto parecía ser de un hombre de elevada estatura que vestía en su último aliento de azul marino. Se conservaban trozos de la americana y el pantalón; y un pedazo de fieltro del sombrero. Y, además, estaba ese perro, un fox terrier que meses atrás estuvo buscando algo o a alguien por las inmediaciones de la cloaca. En esa época, a las puertas del nuevo siglo XX, las noticias eran mucho más longevas, la información no se quemaba en unas pocas horas como en la actualidad, y faltaban todavía veinticinco años para que la primera emisora de radio empezara a transmitir en Barcelona, así que los periódicos de la isla dedicaron durante años espacio en sus páginas al caso del cadáver encontrado en las cloacas de Las Palmas.

Las primeras informaciones que se publicaron eran filtraciones y declaraciones de la Policía, posibles testigos de los hechos y conclusiones de médicos. Por ejemplo, se sospechaba que el crimen se había cometido mientras se construía la alcantarilla y que el cadáver había sido escondido en la parte ya acabada. A nivel forense se opinaba que la herida mortal no había acabado con la vida de la víctima de forma instantánea, y por tanto el moribundo podría haber sufrido entre dos y tres horas de dolor antes de expirar. También empezó a coger peso la teoría de que el asesinado pudo haber sido enterrado en vida.

Y la pregunta que la Policía y los medios intentaron responder, sin conseguir hallar la respuesta, fue «¿Quién era la víctima?», porque algo sí quedó claro, un grupo de personas había matado y enterrado a un hombre a mediados de 1899; lo habían hecho con el apoyo de la noche y armados con herramientas, y el asesinato o la ocultación provocaron un reguero...



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