Pons | Hielo y plata | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 632 Seiten

Pons Hielo y plata


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-17834-94-4
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 632 Seiten

ISBN: 978-84-17834-94-4
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
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Dicen que lo importante es participar... Sí, claro, eso que se lo digan a una patinadora de élite. Para Mariya Vilamarín, llegar a lo más alto del podio es un sueño inalcanzable. Y lo peor es que la persona que la derrota una y otra vez es su propia hermana. Compaginar los estudios con una carrera deportiva, una madre exigente y esa rivalidad fraternal es una misión imposible. Por eso, cuando se le presenta la oportunidad de entrenar en otro país, Mariya decide dar un salto al vacío y compartir pista con estrellas de su deporte. Quizás alguno de sus nuevos compañeros pueda ayudarla a brillar con luz propia... Pero para triunfar patinando tienes que sacrificar tu vida por el hielo. Y cuidado: un solo desliz puede cambiarlo todo.

Alena Pons es editora y traductora. Ha traducido, entre otros, el exitoso webco?mic Sarah's Scribbles; ha colaborado en antologi?as, ha resultado finalista en premios de novela juvenil en catala?n y en 2020 empezara? a publicar una serie fanta?stica. En la actualidad compagina la escritura con su trabajo en Meikabuk, empresa de servicios editoriales de la que es cofundadora. Además, tiene el ti?tulo de te?cnica deportiva de patinaje sobre hielo y realiza sus pra?cticas de entrenadora en el Fu?tbol Club Barcelona. En la novela Hielo y plata (Nocturna, 2020) se sirve de sus conocimientos sobre el patinaje arti?stico para contar los enredos que vive una patinadora de e?lite mientras se entrena para competir.
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Capítulo 4

Transitions (Transiciones)

—¡Hola! —me saluda desde la pequeña pantalla del portátil.

—¡Hey! ¿Qué hora es ahí? —le pregunto.

Nastya desvía la mirada hacia un lado, seguro que para comprobar la hora en el ordenador.

—Las ocho y media. En Andorra son… qué, ¿las dos y media?

—Sí. Vuelvo a la pista en un rato. ¿Tú vas ahora?

Niega con la cabeza.

—Qué va. El genio que es Sally-Anne Taylor-Kinney sólo se activa a mediodía, así que hasta las doce, nada. Pero tengo una clase de contemporánea a las diez.

—Oh —contesto, genuinamente intrigada—. ¿Y qué tal va la coreo?

Nastya se cubre la cara y empieza a menear la cabeza.

—Mariya, ¡es una pasada! ¡Es tan guay! Muy cinematográfica. A ver, es Cisne negro, claro que será cinematográfico, pero me refiero a que te cuenta una historia. No es bonito sin más. Además, su colaboradora de siempre, la que diseña los trajes de todas sus coreos, me ha hecho un esbozo y… ¡me muero!

—¿Sí? —Noto mi sonrisa de oreja a oreja, su entusiasmo es contagioso.

—¡El traje será el negro! En la mayoría del programa seré Odile, el cisne negro, pero al final reenganchamos, como en la peli, con el momento clásico de El lago de los cisnes y acaba con la muerte de Odette. Y quiere que termine tirada por el hielo, de forma muy dramática. Me da un poco de cosa, pero según ella, si lo vendo, puede quedar muy bien.

—Suena espectacular.

Ella asiente con vehemencia.

—Lo que dicen de Sally-Anne es cierto: es muy muy muy peculiar. Pero vale la pena. Te juro que es genial. Deberías est… —Se calla a media palabra y yo noto que, aunque mi sonrisa sigue en su sitio, mis párpados caen un poco—. ¡Cuéntame tú! —salta de pronto con una voz un pelín demasiado aguda—. ¿Qué tal el stage?

Me encojo de hombros.

—Pues como el año pasado. Nada nuevo. Creo que a final de semana vendrá un polaco a hacer un seminario sobre secuencias de pasos. Eso puede estar bien.

—¡Seguro que sí! —dice con un entusiasmo excesivo.

Nos quedamos calladas y sé que, si no le devuelvo la pelota, se habrá acabado la conversación.

—¿Y por ahí? ¿Mucho patinador olímpico suelto?

Se sonroja un poco.

—Pues alguno que otro he visto. —Se ruboriza más—. Pero ayer me llamó Pablo y me dijo que vendrá en unos días… ¡con Jared Black! Se ve que Sally-Anne les va a montar los programas de exhibición. Y Pablo ha dicho que me llevará a cenar con ellos a no sé qué restaurante macrobiótico. ¿No es increíble? Bueno, Pablo y yo somos amigos, pero, ya sabes, con él viviendo en Canadá, lo veo muy poco y sólo tenemos fotos en campeonatos… Estaría bien hacernos una en Estados Unidos.

Como atleta de élite que soy, el control de la musculatura es una de las facultades que trabajo constantemente. Pero, de los doce músculos que forman la sonrisa, creo que consigo mantener tres…

Mi hermana no sólo está en Estados Unidos con una de las mejores coreógrafas del mundo, no sólo le están montando un programa largo de ensueño, no sólo le han diseñado un traje digno de un desfile de moda, no sólo se está codeando con la élite del patinaje, sino que además compartirá pista con dos de mis patinadores favoritos. Y, por supuesto, no pierde la ocasión de recordarme que es muy amiga de nuestra estrella Pablo Estrada; aunque se le olvida que muchas de esas fotos en competiciones las he sacado yo.

Anastasiya está en el paraíso del hielo y, mientras, yo estoy en un stage para patinadores de todos los niveles por el que he tenido que suplicar.

Y no puedo decir nada, porque si lo hago me dirá lo que sé que es cierto: que tengo celos. Unos celos asquerosos de mi hermana.

Debería intentar centrarme en las cosas buenas que tengo. Son tantas…

—Guau —consigo responder.

Ella sonríe, incapaz de ver más allá.

—Intentaré que Jared o Pablo te graben un audio. Eso molaría, ¿no?

—Mucho. —Siento que me empiezan a arder los ojos. Le pego un puntapié a la pata de la mesa sobre la que descansa el ordenador—. Nastya, llaman a la puerta. Tengo que colgar.

—¡Ah, vale! Bueno, disfruta mucho. ¡Y ya te contaré cómo va esto!

Fuerzo esos doce músculos al máximo, como hago para la última flexión de cada sesión de cardio.

—¡Genial! ¡Pásalo bien y hablamos pronto!

Le doy a colgar antes de que ella pueda añadir nada.

Y aunque todavía faltan cuarenta y cinco minutos para la clase, decido coger las cosas y volver a la pista. A ver si el hielo logra quitarme toda esta angustia de dentro.

Me dejo caer en la cama a las nueve y media. Todavía llevo los leggins de entrenar, empapados por las caídas, y una zapatilla de deporte. Me duele todo y lo peor es que mañana me dolerá más. Porque lo que hoy han sido golpes mañana serán bonitos moratones repartidos por diferentes partes de mi anatomía.

Pero lo mejor es que ya no estoy ni enfadada ni siento celos, sólo estoy cansada. Eso es un avance.

El sonido del móvil me obliga a abrir los ojos, que ni recordaba haber cerrado. Alargo la mano hasta cogerlo.

—Dime que estás con un montón de gente maja del stage cenando en un bareto de Canillo mientras os echáis unas risas y criticáis la horrible música que ponen en la pista.

Suelto una risa.

—Todo eso y más —le digo a Julia—. También me han hecho delegada y paso lista cada mañana.

—Estás sola en tu habitación.

—Estoy sola en mi habitación —confirmo.

Se oye un largo suspiro a través de la línea.

—Al menos dime que has empezado a clavar las combinaciones.

Sonrío.

—Estoy clavando las combinaciones —vuelvo a confirmar.

Ahora se oye un grito ahogado.

—¿En serio?

—¡Sí!

—¿Y qué tal?

Me tomo unos segundos para pensar.

—Es genial. Ya sabes, esa sensación de cuando lo imposible se vuelve posible es… —Esta vez el suspiro que sale de mi boca es de ensueño.

—Lo sé —asiente ella con voz dulce—. ¡Ah! ¡Un momento! ¿Lo estás haciendo en clase? ¡La gente estará flipando!

—¡Qué dices, loca! Sólo cuando tengo los veinte minutos de entrenamiento particular. Y después todo lo que puedo fuera de horas.

—¿Y cómo consigues tiempo de hielo fuera de horario?

Me incorporo para quitarme la zapatilla y los leggins; esta conversación va para largo.

—Los encargados de la pista son muy majos.

—¿Tan majos como para dejarte patinar gratis? —dice con incredulidad.

—No. Son majos, pero no tanto. Me dejan ir antes y después de horas a cambio de darles unas clases a los niños locales. Por lo visto, se ganan puntos con los padres si imparte clases alguien de fuera.

—¡Eres más tonta que las piedras! —me suelta—. ¡Claro que salen ganando si tienen a la medallista de bronce del Campeonato de España enseñando a patinar hacia atrás gratis!

—Gratis no —replico—. Me lo pagan con lo que más necesito: horas de hielo. Y no sólo enseño a patinar hacia atrás; también estamos haciendo la patada de la luna.

Julia se parte de risa.

—Pero, bueno —retomo—, ¿qué tal la ruta por Menorca?

—Creo que mi Instagram habla por sí solo.

Pongo los ojos en blanco.

—Sí, la verdad es que das bastante asco. Sobre todo por las fotos artísticas en playas de agua cristalina. ¡Ten piedad de los que tenemos que ponernos manga larga y guantes!

Chasquea la lengua.

—¡No te quejes! Te dije que podías venir con nosotros si querías.

—Tu novio es un sol, pero no creo que le hubiera gustado que me acoplara a vuestro viaje de aniversario —razono.

Julia suelta un ruido de desdén.

—¡Anda ya! Llevamos cinco años, la fase pegajosa se nos pasó hace tiempo. No culpes al pobre Adri. No has querido venir porque en Menorca no hay pistas de hielo y, si estás más de dos días sin patinar, te subes por las paredes.

—Sin comentarios. —Dejo los leggins mojados en el suelo y me pongo los pantalones del pijama mientras aguanto el teléfono con el hombro.

—Mariya, me encantaría seguir hablando de esto, pero estoy alucinando con que te salgan las combinaciones. —Me río—. ¿Cuáles vas a poner?

Se lo cuento. Ella se queda callada.

—¿Qué te parece? —acabo forzando.

Tras un par de segundos, vuelve su voz:

—Me parece una locura sensacional.

—¿Locura?

—¡No te quedes con lo negativo! —me regaña—. Me refiero a que es una pasada. ¿Y cuándo tendrá lugar este maravilloso momento de la historia de tu patinaje? ¡Porque no me lo pierdo por nada del mundo!

—Pues en el Campeonato de España, ¿no?

—¡Ni hablar! ¡No sirve! —pone su mejor voz de maestra estricta—. ¿A qué otras competiciones irás?

Lo pienso un momento.

—Sólo al Open...



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