Pitaud | Madeleine Delbrêl. Poeta, asistente soci | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Pitaud Madeleine Delbrêl. Poeta, asistente soci


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-288-3491-9
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

ISBN: 978-84-288-3491-9
Verlag: PPC Editorial
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Entrar en contacto con los escritos y con los numerosos testimonios de Madeleine Delbrêl renueva y profundiza el conocimiento que se tenía de ella. Su itinerario, del ateísmo al deslumbramiento de la fe y el compromiso, se perfila con nitidez al hilo de un relato que recorre sus sesenta años de vida, de los cuales más de la mitad suceden en Ivry-sur-Seine, cerca de París, donde, tal y como ella indica, se encontraba una población 'increyente y pobre'.Poeta, asistente social y mística a partes iguales y complementarias, mujer de acción y de oración, Madeleine Delbrêl (1904-1960) ofrece a nuestra sociedad secularizada y a la misma Iglesia un hermoso rostro, rico en inspiración para una vida cristiana en diálogo con el ateísmo y con la miseria en todas sus formas. Su proceso de beatificación está iniciado y su fama de santidad no deja de crecer.Treinta años después de la excelente biografía que sobre ella escribió Christine de Boismarmin, una de las compañeras más cercanas, este libro es fruto de la obstinada investigación de dos hombres apasionados con la figura de la mística francesa, los sacerdotes Bernard Pitaud y Gilles François, este último postulador de la causa de beatificación de Delbrêl.

Bernard Pitaud es sacerdote sulpiciano. Director del Instituto de Formación de Educadores del Clero, es profesor en el Instituto Católico de París. Actualmente es el superior de la Compañía de Sacerdotes de San Sulpicio.
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1

«UNA FAMILIA HECHA A TODO»


«He vivido así, y fue una suerte, salvo por el aislamiento social: mi familia estaba hecha a todo; en consecuencia, yo también»?1.

Estas frases que Madeleine pronunció en su última conferencia a los estudiantes parisinos, algunas semanas antes de su muerte, requieren ser matizadas. Probablemente quiere decir que su familia nunca vivió una distinción social demasiado pronunciada y que estaba abierta a relaciones muy diversas. Pero no estaba de verdad «hecha a todo». Su madre, Lucile Junière, provenía de un linaje de la pequeña burguesía de provincias. Sus abuelos maternos tenían en Mussidan, en Dordoña, una fábrica de cirios, velas y lamparillas que suministraba además al santuario de Lourdes y que prosperaba en una época en que la electricidad estaba lejos de entrar en todos los hogares. La fábrica tenía empleados a una veintena de obreros. El desarrollo del ferrocarril facilitaba las ventas. Los Junière estaban sólidamente establecidos y bien considerados en este pueblo de Mussidan, que contaba con 2.300 habitantes.

La situación de la familia de su padre, Jules Delbrêl, era mucho más compleja. Los Delbrêl emergían de un largo proceso de declive, iniciado con los problemas psicológicos padecidos por el bisabuelo de Madeleine; estos fueron la causa de su internamiento en una residencia psiquiátrica?2. Esta familia de propietarios había caído en la escala social después de este acontecimiento; el abuelo y el padre de Madeleine remontaban lentamente la cuesta gracias al trabajo que tenían en la región por la extensión de la vía de ferrocarril. No es imposible que la atracción que Jules Delbrêl sentía por la asistencia a las reuniones burguesas y cultivadas, algo que encontramos como una constante en su itinerario, sea el origen de su deseo más o menos consciente de recuperar un estatus que su familia había perdido.

Los problemas de salud psíquica del bisabuelo de Madeleine serán para ella una preocupación. Especialmente cuando su padre, hacia los cincuenta años, manifieste un desequilibrio que conducirá a la separación de sus padres. Volveremos sobre este punto a su tiempo. Pero podemos destacar al menos dos momentos en la vida de Madeleine en los que aparece una inquietud de este orden en ella misma.

En diciembre de 1934, cuando ya había iniciado su vida misionera en Ivry hacía más de un año, se pregunta sobre la legitimidad de la orientación que ha tomado y consulta al padre Lorenzo para que la tranquilice: «¿No estoy desquiciada?»?3. Curiosa pregunta que manifiesta una fragilidad, una duda sobre sí misma.

Y en diciembre de 1956, cuando se ve sobrecargada de preocupaciones y de cansancio y pierde el contacto con la realidad durante varias horas, esta inquietud vuelve y la hace tomar la decisión de abandonar la responsabilidad del grupo, decisión que sus compañeras más próximas, afortunadamente, hicieron que no se llevara a cabo. De hecho, el incidente no era, según los psiquiatras, más que el síntoma de un exceso de fatiga. Pero esta obsesión quizá la atormentara más de lo que pudiéramos imaginar.

La realidad es mucho menos inquietante. Madeleine fue una niña y después una joven equilibrada. Fue muy amada por sus padres; las divisiones a las que llegó la pareja se manifestarán en una época en la que su madurez psíquica estaba, si no teminada, al menos ya muy avanzada. Ella sufrió, sin duda, pero el conflicto no llegó a abrir una brecha en su personalidad. De otra forma no hubiera sido capaz de vivir con tal equilibrio las múltiples tensiones a las que tuvo que hacer frente durante toda su vida.

Ella misma devolvió a sus padres el amor con enorme ternura y delicadeza. Las pocas cartas a su madre que se conservan testimonian una relación de una calidad excepcional y de una confianza conmovedora. Y su actitud hacia su padre durante el período de su enfermedad es testigo de una presencia atenta y cariñosa, a pesar de las ofensas que a veces podía recibir. A su llegada a París, Jules Delbrêl estaba no poco orgulloso de su joven hija con una inteligencia tan viva: la llevaba con él al salón parisino del doctor Armaingaud, donde se hablaba de literatura y filosofía, y seguía de cerca sus primeros ensayos poéticos, en los que ella imitaba a su padre. En efecto, Jules Delbrêl se vanagloriaba de ser poeta en sus ratos libres.

La frase de Madeleine: «Mi familia estaba hecha a todo» era, pues, una expresión incisiva que indicaba la capacidad de adaptación de su mundo familiar, su capacidad de entablar relación con personas de estratos sociales muy dispares. Los Delbrêl vivían muy sencillamente, dándole a su única hija una educación burguesa y permitiéndole frecuentar los círculos artísticos e intelectuales.

Pero sería exagerado decir, como se ha hecho a veces, que la madre de Madeleine pertenecía a la burguesía y su padre al mundo obrero. El hecho de que el abuelo de Madeleine hubiera sido calderero en los talleres del ferrocarril París-Orleans no significa que por eso perteneciera a la clase obrera. Era el hijo de un propietario venido a menos cuyo objetivo era ascender rápidamente los peldaños de la escala social, que su generación anterior había descendido brutalmente.

No hay que olvidar que Jules Delbrêl, el padre de Madeleine, que estaba ciertamente dotado de una gran inteligencia y de un eficaz saber hacer, asciende rápido en la jerarquía profesional. Este ascenso fue facilitado por la guerra y la falta de personal disponible: de simple jefe de equipo llega a ser subdirector de estación, para terminar como supervisor de explotación y, finalmente, jefe de estación; en este tipo de función ocupará varios puestos importantes: Châteauroux y Montluçon, terminando su carrera como jefe de las estaciones parisinas de la línea de Sceaux, en Denfert-Rochereau. Este puesto era más bien honorífico, ya que su salud ya empezaba a degradarse, pero esto muestra que Jules Delbrêl disfrutaba de una buena consideración, signo de su éxito profesional y social.

Hay que reconocer que la misma Madeleine pudo sembrar un poco la confusión al escribir en un artículo de la revista Esprit, publicado en julio-agosto de 1951, sobre su abuelo, que «golpeaba durante dieciséis horas los calderos y comía con el agua de haber lavado los platos»?4. Rasgo de un espíritu un tanto acelerado; Madeleine puede que ignorara que la profesión de calderero no consistía en «golpear los calderos»; por otra parte, si era calderero, su esposa era comadrona (profesión que aprendió después de la muerte de su segundo hijo a la edad de 3 años), por lo que los ingresos de la familia debían de ser suficientes.

Y aunque hubieran cambiado varias veces de domicilio en la ciudad de Périgueux, donde vivían, nunca habían residido en un barrio propiamente obrero. Madeleine no se engañaba, ya que reconocía que, a pesar de su larga presencia en Ivry, en su escuchar a la gente, en su participación en la vida de la comunidad, nunca sería, como decía, «naturalizada como proletaria», ya que no pertenecía al mundo del proletariado.

Cuando se habla de la familia de Madeleine, no hay que olvidar a Clémentine Laforêt, una joven de Mussidan empleada a los 25 años al servicio de los Delbrêl, que permanecerá junto a la madre de Madeleine hasta la muerte de esta en 1955. Mentine, como la llamaban familiarmente, terminó por formar parte de la familia; tanto es así que Lucile se lamentará más tarde, en una carta a su hija, de no haber podido hablar con ella sin la presencia de Mentine, que se encontraba allí, con toda naturalidad, impidiendo que las relaciones entre la hija y la madre se expresaran en su intimidad cuando Madeleine, muy ocupada, no podía casi dedicarle tiempo a su madre, a quien ella llamaba «mi querida Miou».

Cuando el matrimonio Delbrêl se separó, Mentine no duda en quedarse con la señora Delbrêl. Es evidente que Jules Delbrêl, en el delirio que a veces le invadía, asociaba a ambas mujeres, reprobándolas por igual. Mentine se lo devolvía haciéndole el bien: ella había elegido su campo.

Lucile Delbrêl y Madeleine, por su parte, vivían esto con una gran discreción. Nunca en su correspondencia o en los ecos que nos han llegado de sus propias palabras y actitudes se percibe que Madeleine criticara a su padre. Mentine, al contrario, se dejaba ganar por una cierta parcialidad, y esto ha de tenerse en cuenta en la interpretación que hizo más tarde de los acontecimientos en los que se había visto envuelta.

Naturalmente, daba pruebas de una gran admiración por Madeleine. Se percibe sobre todo en los recuerdos de sus estancias en Ivry después de la muerte de esta en 1964 y en la correspondencia que mantuvo con el padre Jacques Loew; este intercambio, además, muestra que Mentine estaba lejos de ser una analfabeta. Escribía con cierta soltura; en todo caso, habla de su «pequeña» con verdadera devoción. Cuando está en Ivry, la «encuentra por todas partes». También cuando le envía una postal desde Mussidan, el Mussidan de Madeleine, «su Mussidan», «que es el mío», añade.

Mussidan es donde esta mujer, totalmente dedicada a la familia Delbrêl, terminó sus días; Madeleine le adjudicó una renta de la herencia...



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