E-Book, Spanisch, 432 Seiten
Perisic / Peri?i? El último artefacto socialista
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19581-94-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 432 Seiten
ISBN: 978-84-19581-94-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Robert Peri?i?; nació en Split, Croacia, en 1969. Empezó a escribir en la década de 1990, animado por un claro sentimiento antibelicista durante los días posteriores a la guerra que desgarró la antigua Yugoslavia, y trabajó como editor de revistas culturales. Su novela debut, Na? ?ovjek na terenu («Nuestro hombre en Irak», 2007), recibió los más importantes premios literarios en su país. Siguieron El último artefacto socialista (2014), adaptada exitosamente como serie de televisión, y Brod za Issu («El gato en el fin del mundo», 2022). Es autor, además, de diversos libros de relatos y del guion de la película 100 minuta slave («100 minutos de fama», 2004). Actualmente reside en Zagreb.
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1
La voz de la mujer se oía entrecortada.
—Cómo… nues… relación… no sé… he …nsado… de quién…
Las palabras emergían, luchaban por tomar aire, como una persona a punto de ahogarse entre las olas.
—Parece que entramos en una zona sin cobertura —dijo.
—…reces y desapa…
Miró el móvil. La raya más pequeña parpadeó y luego se desvaneció.
El todoterreno japonés tenía buenos amortiguadores, lo que le permitió echar una ojeada al periódico que había comprado a primera hora de la mañana en el quiosco de la frontera.
De vez en cuando le gustaba echar un vistazo a los periódicos de los países en transición. Había algo mágico en ellos, real e irreal. Memoria débil, razonamiento confuso, vestigios de una política muerta. Algo como los lugares señalados con flores de plástico o cruces en los arcenes de las carreteras provinciales.
Aquí y allá aparecía una casita humilde sin tejado, recubierta de la maleza que proliferaba desde la última guerra. En los muros calcinados todavía estaban las firmas de los devastadores, los símbolos, los nombres de las unidades, simplemente para presumir.
Pobrería que hacía saltar por los aires a otra pobrería. Pobrería que se vengaba de otra pobrería y pobrería que se volvía todavía más pobre.
Pobrería en espiral, pensó. Quizá incluso yo he contribuido a ella.
Pero ¿existía la palabra pobrería, o se la había inventado? No lograba recordarlo; llevaba su idioma por el mundo y hacía lo que quería con él.
Ante ellos se extendió de nuevo el valle excavado por la erosión, flanqueado por picos puntiagudos, y una pequeña ciudad encajonada, un municipio que habrían cruzado enseguida si no hubieran ido a paso de tortuga detrás de un autobús que echaba un humo grasiento y, al parecer, llevaba escolares a la ciudad.
En los asientos traseros del autobús un grupo de adolescentes jugaban al viejo juego: un orejudo miraba su todoterreno a través del cristal mugriento, alguien le daba un sopapo en la oreja, todos alzaban la mano y él tenía que acertar quién se lo había dado.
Una vez más, fracasó.
El orejudo miraba desconcertado las lunas tintadas y la matrícula extranjera mientras esperaba el siguiente golpe.
Oleg observaba desde el coche esos ojos aturdidos: los ojos de este pueblo, pensaba.
—Este autobús probablemente gime así desde los años ochenta.
—Igual que todo lo demás.
Mira por dónde, el orejudo por fin había acertado y ahora le tocaba dar sopapos a él.
Cambiaron de sitio, lo sustituyó uno lleno de granos.
El orejudo golpeó al granujiento —no, hombre, no, un poco más de paciencia— y enseguida lo pillaron.
—Te falta estrategia, colega —dijo, y Nikola lo miró—. No era a ti.
De nuevo le tocaba al orejudo recibir los pescozones. La frustración acumulada se le notaba en la cara y a Oleg le entraron ganas de señalarle de algún modo cuál de las manos le había dado, mejor no, pensó; de todos modos, no lo vería… Sin embargo, el chico, como si acabara de reparar en la matrícula extranjera, les sacaba la lengua mientras recibía golpes en las orejas, lo que resultaba hasta peligroso, ya que podía arrancarse de un mordisco este órgano de comunicación.
—Venga, adelanta al autobús, por favor.
—Línea continua. Y límite de velocidad.
El orejudo les señaló a sus compañeros el coche y la matrícula, y todos juntos les hicieron una suerte de saludo nacional suyo. Oleg podía imaginarse lo que gritaban mientras les hacían jeribeques.
—El orejudo ha identificado al enemigo exterior.
—¿Cómo?
—¡Venga, adelántalos, a la mierda los límites!
Siguieron adelante posponiendo la parada hasta llegar a un bar de carretera en la planta baja de una solitaria casa de dos pisos; en el letrero ponía STRADA.
Se sentaron dentro.
But I shot a man in Reno just to watch him die…
—Oye… Aquí alguien escucha a Johnny Cash.
—Pues parece que no hay nadie.
De alguna parte de detrás de la barra surgió por fin una muchacha flaca de pasos largos, con un cigarrillo en la boca.
—Hola, valientes, que Dios os guarde, alabado sea Jesús, salam aleikum… ¿Qué tomáis?
Ella se inclinó entre los dos, ajena al escote que enseñaba, y pasó un paño por la mesa. Mientras lo hacía, la larguísima ceniza del cigarrillo que sujetaba entre los labios cayó en la superficie que acababa de limpiar.
Se quitó el pitillo de la boca por un instante, se agachó un poquito y sopló la ceniza.
—¡Aaasíííí!
Al llevarles la bebida, dijo:
—¿Y adónde vais?
Oleg contestó que iban a la pequeña ciudad de N.
—Ah, ¿y qué vais hacer allí?
—Business.
—¡No me digas!, ¡esta sí que es buena!
—¿No me crees?
—Si es que en esa ciudad no hay nada. Soy de allí.
—¿Quieres volver a casa con nosotros?
—¿No ves que aquí tengo trabajo? —dijo dirigiéndose hacia la barra.
Él hizo como si echara un vistazo por el bar.
—Pues, la verdad, no veo mucho… ¿Cómo te llamas? Yo soy Oleg y él es Nikola.
—Yo soy Lipša, o sea, Bella. La más bella.
—¿Más bella que quién?
—Es mi nombre. ¿Qué tiene de gracioso?
—Nada, nada. Podrías darnos el número de alguna amiga allí. Necesitamos un guía.
Ella exhaló una bocanada de humo y lo miró de pies a cabeza.
—¿Quieres decir una escort?
—No, nosotros somos muchachos decentes —dijo Oleg—. Traemos capital extranjero.
—Entonces te voy a dar mi número. Cuando te pierdas en aquella gran urbe, llámame y yo te explico dónde estás.
Querían llegar a N. antes de que se hiciera de noche, así que apuraron las bebidas.
Ella fue hasta la caja, que era de esas a las que había que darles un golpe en el lateral.
—Tres cincuenta.
Oleg le dio un billete de veinte y se giró para irse.
—Quédate con el cambio.
Con la vuelta en la mano, ella gritó tras él:
—Pero, tío, es demasiada pasta.
Mientras Nikola arrancaba el coche, la chica los observaba desde la puerta con el cigarrillo entre los dientes, los brazos cruzados y las botas negras hasta la rodilla, debajo del rótulo de neón apagado, STRADA.
Unos metros más allá había un coche largo, tal vez un Volvo, cubierto de nieve y con uno de los neumáticos delanteros desinflado.
A través de los árboles sin hojas se vio un relámpago silencioso y nubes de color ceniza que se acercaban flotando desde el oeste.
—Una mujer maravillosa —dijo Oleg cuando se pusieron en marcha.
Nikola suspiró, como si estuviera pensando algo que no le apetecía explicar. Luego, a pesar de todo, replicó:
—Eso no es una mujer.
—¿Y qué si no?
—«Mujer» es un concepto serio.
Oleg estalló en risas. Se reía de todo corazón. Luego dijo:
—¡Eso es, así me gustas!
—¿Cómo?
—Desde que amaneció estabas sombrío. Con lo divertido que tú eres.
—Lo decía en serio.
—Lo sé.
Vaya mierda de conversación, pensó Nikola.
—Eres el mayor romántico que conozco.
Nikola quiso responder que no era ningún romántico. ¿Qué había de romántico en su vida? Y en realidad, ¿qué significaba ser un romántico?
¿Qué quería decir Oleg con eso? ¿Que era tonto, ñoño, o qué? Tal vez fuera realmente un romántico, pero de eso no se podía hablar con Oleg. No obstante, dijo:
—¿Qué hay de romántico en mi vida?
—Ni idea —dijo Oleg—, no he dicho que el romanticismo se pueda concretar.
—Ajá.
—Una vez, en Siberia, cerca de Tobolsk…
—¿Cerca de qué?
—Cerca de Tobolsk, quiero decir, allí nada está cerca, pero Tobolsk es lo más cercano…
—Gracias, me has sido de gran ayuda.
—¿No conoces Tobolsk? Donde Juraj Križanic publicó su gramática. Fíjate, en 1665.
—¡Como para saberlo!
—Yo he estado en Tobolsk y lo sé.
—¿Y cómo hemos llegado a este tema?
—No sé, estamos viajando a tomar por culo y eso me trajo a la memoria…
—¿Qué?
—Pues… lo que había empezado a decir cuando me interrumpiste, que allí cerca de Tobolsk, en aquella ciudad, en unos andurriales todavía peores que este, va un tipo y me dice, no te lo pierdas, que por un millón de dólares me podría conseguir una bomba.
—¿Qué tipo de bomba?
—Atómica.
Tropezaron con un bache bastante grande en el camino y dieron una ligera sacudida. Bordeaban el cauce del río, sobre el que se abría un precipicio. Caía una aguanieve etérea.
—¿Por un millón solo? —preguntó Nikola sujetando con fuerza el volante.
—Lo mismo le pregunté yo al tipo: «¿Por un millón solo?». —Exhaló el humo mirando abajo, a la orilla del río, a lo largo de la cual, como una suerte de muérdago, había innumerables bolsas de plástico enganchadas en los matorrales. Había esperado ver aquí una naturaleza intacta, y por eso contemplaba fijamente el panorama—. ¿Y sabes qué me dijo el tipo? —continuó,...




