Patiño / Vallhonrat / Marcos | Flujo visual | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 3, 144 Seiten

Reihe: Vegap Contextos

Patiño / Vallhonrat / Marcos Flujo visual


1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-9902714-3
Verlag: Trama Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 3, 144 Seiten

Reihe: Vegap Contextos

ISBN: 979-13-9902714-3
Verlag: Trama Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En FLUJO VISUAL se publican un conjunto de reflexiones, desde una perspectiva fluida y dinámica, en donde la realidad es percibida en perfecto cambio y, al mismo tiempo, ese cambio es a su vez, paradójicamente, un continuo. Valerio Rocco introduce el debate desde una perspectiva filosófico-artística atendiendo a la evolución histórica del arte, en una puja constante del creador contra los límites materiales que cada disciplina artística presenta. En esta confrontación se sitúa la reflexión que plantea Ana Marcos. Los autores aportan razonamientos que parten de lugares de reflexión diferentes. Lois Patiño interviene desde su experiencia personal como creador de imágenes en movimiento, y ello le permite pensar sobre los elementos inmateriales que ordenan e impulsan su actividad, desde un sentimiento oceánico, pero también da cuenta de aspectos muy concretos y materiales del mercado audiovisual y de sus condiciones de trabajo. Valentín Vallhonrat, por su parte, nos describe el flujo histórico de la fotografía desde su origen hasta la actual cultura de la imagen, así como la evolución que va desde los propósitos científicos iniciales de los primeros fotógrafos, la necesidad de precisión y exactitud, a la diversidad y el desarrollo proteico y biogenético de la fotografía en estos momentos. La biogénesis creadora subyace ante el reto de la mal llamada 'inteligencia artificial', pues la vida solo se genera desde la vida y el arte es fruto de seres vivos: los seres humanos.

Lois Patiño. Cineasta, forma parte de la generación de cineastas gallegos 'Novo cinema galego'. Ha estrenado cuatro largometrajes: Costa da Morte (2013, Locarno, Premio a mejor director emergente), Lúa Vermella (2020), Samsara (2023, Berlinale Encounters, Premio especial del jurado) y Ariel (2025). Sus dos últimos cortometrajes son Sycorax (2021) y El sembrador de estrellas (2022). Valentín Vallhonrat. Fotógrafo, comisario artístico y profesor del Máster en estudios curatoriales de la Universidad de Navarra. Su obra ha sido expuesta, entre otros, en el MNCA Reina Sofía, el Museo Nacional de Arte de Cataluña, el Museo de Arte Multimedia de Moscú, el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid... Ha sido director artístico del Museo Universidad de Navarra desde su fundación hasta 2024. Ana Marcos. Licenciada en Bellas Artes e Ingeniería industrial. Sus proyectos de creación digital e instalaciones interactivas se han mostrado, entre otros, en la Korean Foundation Galery, el Museo Universitario de Alicante, el Museo del Arte del Banco de la República en Colombia, el Museo de Narni en Italia y el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Valerio Rocco Lozano. Director del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Profesor de Historia de la Filosofía Moderna en la Universidad Autónoma de Madrid. Tasks Leader del proyecto de investigación Horizonte 2020 de la Unión Europea titulado 'Failure'.
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INTRODUCCIÓN El ?ujo de la vida desde una perspectiva ?losó?co-artística


Valerio Rocco Lozano

El ?ujo da miedo. Más especí?camente, pensar la realidad en términos ?uidos, dinámicos y sujetos al cambio ha provocado desde siempre un notable malestar. Frente a la sabiduría del viejo Heráclito, que condensó su comprensión de la realidad en la conocida fórmula “panta rei” (todo ?uye, nada permanece), Aristóteles asoció indisolublemente la ontología al sustancialismo. Se trató de un repliegue defensivo, una protección contra una verdad difícil de digerir. Contra la sentencia heraclítea según la cual “nunca te bañarás dos veces en el mismo río”, el Estagirita, en consonancia con la búsqueda de seguridad y estabilidad de sus maestros, Parménides y Platón, situó por debajo de la mutabilidad incesante de los atributos la permanencia de una sustancia primera, que de?ne lo que cada ente —necesariamente— es.

Esta ontología sustancialista aristotélica, mediada por el cristianismo y otros teísmos, afectó ante todo a la comprensión del ser humano. Durante mucho tiempo se creyó de manera indiscutible que, por debajo de las transformaciones físicas de nuestro cuerpo y de la variabilidad de nuestros contenidos mentales, existe un alma espiritual que representa no solo lo más valioso de cada individuo, sino también su parte inmutable, que sobrevivirá incluso después de la muerte biológica. Más allá de las legítimas creencias religiosas de cada persona, hoy en día la ?losofía y la ciencia se han alejado notablemente de esta concepción del ser humano. Fue John Locke, el padre del empirismo, quien de?nió el yo como “corriente ininterrumpida de conciencia y memoria”. Esta concepción dinámica de la mente humana ya no necesita el suelo firme de una sustancia, de un alma, para ser concebida. La metáfora del ser humano como un ?ujo de representaciones fue radicalizada por David Hume e incorporada, gracias a Immanuel Kant y su “yo pienso”, a la inmensa mayoría de las corrientes ?losó?cas de los siglos XIX, XX y XXI. Desde la Crítica de la Razón Pura, para la ?losofía, la psicología y las neurociencias, el ser humano es identi?cado como una operatividad, una discursividad, un ?uir de la conciencia, regresando así, en gran medida, a la ?losofía del devenir del viejo Heráclito. Para comprender lo que somos ya no es necesario postular la presencia de un alma como sustrato invariable de nuestra existencia.

A pesar de que nuestra concepción de la mente humana se ha alejado notablemente del sustancialismo, esta teoría ontológica de Aristóteles sigue impregnando, sin embargo, nuestra manera de comprender el mundo exterior y de referirnos a él mediante el lenguaje. Desde niños se nos enseña a hablar identi?cando elementos de la realidad como si fueran ladrillos autónomos: papá, mamá, niño, hermana, árbol, mesa, silla, colegio… Solo una vez que hemos nombrado (y por tanto aislado) estos elementos exteriores, se nos muestran las relaciones que éstos establecen entre sí, así como el carácter cambiante, híbrido y difuso del mundo que nos rodea.

En efecto, nuestro proceso de aprendizaje nos lleva a conocer el mundo en primer lugar como un conjunto de cosas y personas. Solo después se descubren las relaciones entre ellas. Es decir, se nos enseña que, en primer lugar, hay un “yo” y un “tú” que instauran un diálogo siempre posterior, independiente y secundario respecto a la presencia del “yo” y del “tú”. Lo mismo ocurre con la explicación corriente del nacimiento de un hijo con relación a su madre. Para Aristóteles y para toda la tradición sustancialista, esas dos personas estarían desconectadas desde el momento del nacimiento del bebé. Se trataría de dos sustancias separadas que, de manera paulatina, tras el alumbramiento, empiezan a instaurar relaciones entre sí. Esta descripción de los vínculos materno?liales resulta, sin embargo, absolutamente contraintuitiva: la madre y el hijo están interrelacionados de una manera tan profunda antes, durante y después del parto, que es absurdo pensar que, al cortar el cordón umbilical, comiencen a existir dos individuos completamente aislados e independientes.

Frente a Aristóteles y esa idea de los individuos (identi?cados por sustantivos y pronombres) como entidades separadas, ¿por qué no postular la primacía de las relaciones y los procesos, tal y como hicieron Gottfried W. Leibniz o Georg W. Hegel? El tránsito del sustancialismo a una ontología relacional y ?uentista nos permite situar la vida en el centro y comprenderla a la manera del joven Hegel. En su época de Frankfurt, el ?lósofo suabo entendía por “vida” lo que más tarde, en su madurez, denominará “espíritu”: el tránsito, el ir y venir, ese “entre”, que es lo más verdadero y profundo, ya que no está solo en ti o en mí, sino que, en cierto modo, es el vínculo que nos constituye y nos da sentido a ambos. Es el proceso en el que los dos estamos insertos y que hace de nosotros lo que llegamos a ser. Primero son las relaciones y los ?ujos, y éstos van constituyendo en cada momento las cosas y las personas.

Esta primacía de la relación sobre los individuos, de los procesos sobre las sustancias, de los ?ujos frente a las permanencias, está en el corazón del método dialéctico. Para Hegel, al comienzo de la Ciencia de la Lógica, la primera y más relevante categoría para comprender el mundo es la de “devenir”, que media constantemente entre el ser y la nada. Estos dos conceptos abstractos nunca se dan como tales, sino como polos entre los que discurre el ?ujo de la vida y de las relaciones que van constituyendo esos átomos de realidad (precarios e inestables) a los que denominamos sujetos, objetos y, en general, individuos. El ?uir de la nada al ser (nacimiento) y del ser a la nada (desarrollo y muerte), es decir, el devenir, es lo que de?ne y caracteriza nuestras vidas.

El sustancialismo de Aristóteles surge, como ya se ha dicho, del miedo que produce esta manera dinámica de concebir la realidad, que sitúa el devenir, las relaciones y en general los ?ujos en el centro de la ontología. El ser humano, desde siempre, busca la seguridad de la determinación precisa de los límites entre una cosa (o una persona) y otra. Y esa determinación se logra, normalmente, a través de una distinción negativa con lo otro. Como decía Spinoza: “toda determinación es negación”. De este modo, el sustancialismo tiene una serie de consecuencias que, hoy en día, pocos considerarían deseables: el individualismo se transforma a menudo en egoísmo y atomismo social, y en términos económico-políticos da lugar a un neoliberalismo competitivo y generador de desigualdades. Extrapolado a un plano colectivo, el sustancialismo da lugar a racismos, nacionalismos, fanatismos religiosos o machismos, es decir, la exclusión de los diferentes en función de la superioridad del grupo desde el que se habla. Esa misma ontología sustancialista, cuando enfrenta al ser humano al resto de los seres vivos, produce un especismo anti-ecologista, y cuando contrapone al hombre frente a los objetos inanimados da lugar a un consumismo depredador y voraz. Todos estos “-ismos” representan gran parte de los males psicológicos, ecológicos, económicos y sociales de nuestra era, que tienen en su raíz una comprensión sustancialista, rígida y excluyente de la existencia.

Pensar la realidad en términos de ?ujo, de devenir y de relaciones, pone énfasis —en cambio— en las necesarias mezclas e hibridaciones que constituyen todo cuanto existe. Si nos ?jamos en los seres humanos, la ciencia nos enseña que somos seres vivos que se mantienen en la existencia no solo por formar parte de una familia y una sociedad humanas, sino por depender de muchas otras especies —entre ellas, de animales y plantas— y por contener otras formas de vida dentro de cada uno de nosotros. Como la ciencia ha demostrado durante las últimas décadas, más de la mitad de las células de nuestro cuerpo no son de Homo sapiens, sino de la microbiota: el enorme y diverso conjunto de los microorganismos que nos habitan y, a la vez, nos mantienen con vida. Sin estas células “no humanas” que se reproducen en simbiosis con cada “yo humano” nos resultaría imposible vivir, porque ellas nos permiten alimentarnos, protegernos de agresiones externas e incluso, quizá, sentir y pensar. De hecho, recientemente ha comenzado a estudiarse la relación entre la microbiota intestinal —que es capaz de producir determinados neurotransmisores— y algo que parece tan profundamente humano como es la actividad cerebral. Así, aunque aún es un tema abierto, la investigación cientí?ca a favor de la importancia de la microbiota sugiere que lo que sentimos —y, por tanto, lo que somos— se debería en parte a estos humildes compañeros de viaje: los microorganismos que albergamos de forma natural en el cuerpo y nos intercambiamos sin cesar con otros miembros de nuestra especie.

Pero es que incluso nuestro propio ADN es fruto de una mezcla y de una hibridación que pone en seria duda el punto de vista sustancialista. En 2023 —con la secuenciación del esquivo cromosoma Y— se consiguió terminar de descifrar la totalidad del genoma humano. Con ello hemos comprendido, entre otras muchas cosas, que está compuesto por fragmentos ensamblados a lo largo de la evolución, de retazos de otros seres que nos han precedido y de los virus que han facilitado esa transferencia horizontal de genes entre distintas ramas del árbol de la vida. Así se ha originado el genoma de este orgulloso Homo sapiens....



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