E-Book, Spanisch, Band 130, 300 Seiten
Reihe: Narrativa
Pajares El legado
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18584-58-9
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 130, 300 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-18584-58-9
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Miguel Pajares es antropólogo social y presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado. Su primera novela, Cautivas, publicada en el año 2013, fue finalista al Premio Nadal en su 68.ª edición y al premio a la mejor primera novela de género negro en la Semana Negra de Gijón de 2014. El tema que en ella abordó fue la trata de mujeres. Con su segunda novela, La luz del estallido, continuó cultivando el género negro de denuncia social, adentrándose esta vez en el racismo más extremo. Ha escrito varios libros de ensayo y numerosos artículos. El primero de sus libros, La inmigración en España, se publicó en 1998, y después le siguieron otros ocho títulos, centrados en temas como la lucha contra el racismo, la inmigración, el asilo y los derechos humanos. En los veinticinco años que lleva trabajando sobre esos temas, ha sido asesor o miembro de distintas instituciones, como el Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, el Comité Económico y Social Europeo, o el Sistema de Observación Permanente de las Migraciones de la OCDE.
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CAPÍTULO SEGUNDO
Algo más que metales en el Congo
1
—Te noto nervioso —dijo Jack Darmond.
Arcadio Rosales no contestó, solo hizo un leve gesto de duda. Ambos estaban sentados en un austero banco de madera, situado en medio de un pasillo anodino y despintado de la sede del Departamento de Minas de la República Democrática del Congo. Pero tras unos segundos decidió dar la razón a Jack:
—Solo llevo una semana en el Congo. No conozco el terreno.
Cosa que era cierta a medias. Siete días era el tiempo que ahora llevaba en Kinsasa, eso era verdad, pero el terreno sí lo conocía. Veinte años atrás había pasado aquí un largo período para hacer su tesis doctoral, y después había seguido informándose constantemente sobre este país. De él lo sabía casi todo, al menos, casi todo lo relacionado con lo que le interesaba: la minería de metales. A Arcadio le gustaba decir que el Congo era el país más rico del mundo. No había otro con tanta abundancia en su subsuelo. Lo tenía todo, y por todas partes. Un monumental tesoro, incluyendo el oro y los diamantes que no pueden faltar en ningún tesoro —el Congo había producido el setenta por ciento de los diamantes que circulaban a nivel mundial—. Aunque eran otros los minerales que le daban más valor. Puede que, salvo el hierro, todos los metales que el mundo había necesitado habían sido proveídos abundantemente por este país. Cuando se necesitó cobre para desarrollar las redes eléctricas por todo el hemisferio occidental, a principios del siglo XX, o para la expansión posterior de los automóviles, de los ejércitos y de la industria en general, ahí estuvieron las enormes reservas del Congo, las mayores del mundo, listas para ser distribuidas entre los países industrializados; cuando se necesitó uranio para las primeras bombas atómicas, resultó que el Congo tenía el principal yacimiento del mundo en aquel momento —de este país procedía el uranio de las bombas que, casi acabada la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos decidieron lanzar sobre Hiroshima y Nagasaki—; cuando se supo lo importante que podía ser el cobalto para las tecnologías más avanzadas, armamentísticas, informáticas o energéticas, el Congo mostró sus reservas: más de la mitad del cobalto que había en el mundo; y ahora que estaba produciéndose la eclosión de los teléfonos móviles y se multiplicaba la necesidad de tantalio para los condensadores, el Congo brindaba generosamente su coltán: nada menos que el ochenta por ciento del que había en el mundo. Otros metales también estratégicos como el tungsteno, el estaño, el zinc, el litio, el germanio y algunos más también eran proveídos de forma abundante por el Congo. Este país había aportado unos sustentos imprescindibles para que en el mundo rico se produjera la segunda revolución industrial a principios del siglo XX y la tercera a finales. De todo esto Arcadio Rosales comenzó a hablar en su tesis doctoral de 1981, pero sobre todo lo había explicado en publicaciones posteriores. Sus contratos de trabajo y su hija Pepa lo habían mantenido más o menos anclado a Barcelona, pero el Congo —o el Zaire, como también lo llamaba hasta el año anterior— siempre ocupó un hueco privilegiado en su corazón. Lo consideraba algo así como el paraíso terrenal de los metales, sin los cuales no existiría la civilización occidental y mucho menos las nuevas tecnologías.
—No te preocupes, ella tampoco conoce el terreno —agregó Jack Darmond—. Solo lleva un mes en el cargo. Ni siquiera debimos aceptar esta reunión. Le pido un encuentro al ministro y me dice que hable con la viceministra recién nombrada. ¡Vaya mierda! ¿Qué puede saber sobre minas una niñata de treinta y cinco años? ¿Cuántos tienes tú, Arcadio?
—Cuarenta y seis.
—Pues entre tú y yo sumamos… ciento uno, casi el triple que ella. —Jack Darmond echó una risotada que acompañó con un rítmico temblor de su prominente barriga. Era un hombre alto y fuerte, y de su barriga decía que era una atracción irresistible para las mujeres. La lucía con orgullo, podría decirse. Aunque, en la semana que Arcadio llevaba aquí, ya había comprobado que las mujeres de las que hablaba Jack eran las prostitutas, muchas de ellas eslavas, de los clubs que frecuentaba. Le había oído decir que los noventa eran unos años maravillosos, que los clubs se habían llenado de preciosas por todas partes, y que Rusia esparcía su belleza femenina por el mundo como el Congo esparcía el brillo de sus metales.
Arcadio Rosales volvió a guardar silencio. Lo que afirmaba Jack sobre la viceministra de Minas no era del todo cierto, pero no tenía ganas de charla. Él había dedicado algunas horas a buscar información sobre esa mujer desde que supo que tenía que participar en esta reunión. Mayuma Nazali tenía treinta y cinco años, eso era verdad, pero de niñata seguramente no tenía nada. En 1993, o sea, con treinta años de edad, lideraba una asociación de mujeres en el sur de Katanga que era bien conocida por los empresarios de las minas: un batallón de mujeres que encabezaba las manifestaciones contra «los imperialistas blancos de la minería», como decían sus panfletos. Paraban los camiones a la salida de las minas, se enfrentaban a pedradas contra la policía… Arcadio no encontró información sobre sus actividades posteriores hasta que en 1996 reaparece muy lejos de Katanga, en Kivu, la región oriental desde la que se inició la rebelión armada contra Mobutu. En Kivu del Sur, ella estaba al mando de un grupo guerrillero —uno de los pocos que tenían una proporción significativa de mujeres— que se unió a la Alianza liderada por Laurent Kabila. Arcadio no había logrado averiguar gran cosa sobre la relación que se había producido entre Nazali y Kabila, pero sabía que ella se enfrentó, tanto a él como a los ruandeses que los apoyaban, por el reclutamiento masivo que hicieron de niños soldado. De cómo acabó esa disputa, Arcadio no tenía ni idea; solo sabía que, en mayo del pasado año, Mayuma Nazali comandaba una de las primeras columnas de guerrilleros que entraron en Kinsasa y derrocaron al dictador Mobutu. No parecía que la negociación con una mujer así fuera a ser pan comido. Además, ahora Nazali lideraba un partido político que o era comunista o algo muy parecido, y que había estado excluido del Gobierno en los meses en los que Kabila estuvo del lado de los Estados Unidos, pero ahora estaba dentro. A saber qué pernicioso sistema económico querrían imponer esta mujer y sus acólitos. Mobutu había sido un dictador, pero sabía lo que era bueno para la economía del país. Trataba bien a las empresas extranjeras, que, al fin y al cabo, eran las que aportaban algo a este país enredado siempre en luchas fratricidas. Una de esas empresas, acaso la mayor de todas, era Barmet Group, para la que ahora trabajaba Arcadio, una corporación minera multinacional de origen canadiense, con la mitad de su dirección en Canadá y la otra mitad en los Estados Unidos y con domicilio fiscal en las Islas Caimán. Barmet Group se había sentido muy cómoda con Mobutu. Kabila, en cambio, no era de fiar. El año pasado conquistó el país apoyado por Ruanda y Uganda, dos fieles aliados de los Estados Unidos, y por ello tuvo una primera fase en la que premió a las empresas mineras norteamericanas en detrimento de las concesionarias francesas y belgas, pero desde agosto estaba en guerra contra sus vecinos del este, y parecía que los Estados Unidos eran los malos de la película y que las empresas norteamericanas tenían que pagar los platos rotos. Ahora eran las empresas de Sudáfrica y de Zimbabue las que tenían el favor del Gobierno.
Un uniformado les dijo que lo acompañaran y tras él recorrieron otros pasillos, no menos despintados y anodinos que el que les sirvió de sala de espera. Aquello parecía, a juicio de Arcadio, un viejo internado más que un ministerio, pero esto le dio confianza, como si una autoridad que ocupara un edificio así no pudiera ser un hueso muy duro de roer.
Confianza que desapareció en cuanto entraron en un despacho y se encontraron delante de la viceministra, que los esperaba de pie, casi en posición de firmes. Frente a Mayuma Nazali, Arcadio Rosales se sintió intimidado, incluso un poco aturdido. Su quietud, sus ropas militares, la intensidad de su mirada inmóvil, su belleza, todo en ella traslucía poder. El poder de la seguridad, el poder de quien domina todos los elementos. Esa fue la sensación de Arcadio, y quizás también lo fue la de Jack Darmond, aunque este la disimuló haciendo movimientos con su voluminoso cuerpo mientras miraba hacia todos los lados de la habitación.
Tras unos interminables segundos en los que, para mayor turbación de Arcadio, Mayuma lo miró especialmente a él, ella se giró, se acercó a una mesa llena de papeles, un ordenador y un teléfono, la bordeó, se sentó en una austera silla y les hizo un gesto para que se acercasen a las otras dos sillas que había frente a la mesa. Ya sentados, Arcadio recuperó un poco la confianza, aunque pensó que Jack y él eran demasiado blancos para tratar con una revolucionaria como la mujer que tenían delante; pero Barmet Group no tenía directivos negros, como no los tenía ninguna otra de las muchas compañías mineras transnacionales que pululaban por el Congo. Todos eran norteamericanos, europeos, o de sitios así, y blancos; incluso los directivos de las empresas sudafricanas eran blancos.
Mayuma permaneció callada unos segundos más, pero finalmente hizo un leve gesto levantando una mano con el que los invitaba a que ellos dijesen algo; algo así como para qué habían solicitado la reunión.
Jack comenzó presentándose como director de Barmet Group en el Congo...




