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E-Book, Spanisch, 288 Seiten

Pajares Crímenes de hambre


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17077-61-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 288 Seiten

ISBN: 978-84-17077-61-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La misteriosa muerte de la prestigiosa activista norteamericana Susan Moore en aguas del puerto de Barcelona desencadenará una investigación que llevará al policía Samuel Montcada a recorrer medio mundo con el fin de desenmascarar un crimen global que va más allá del asesinato. Sin embargo, la muerte de Susan Moore no es más que la punta del iceberg de una trama mundial llevada a cabo por organizaciones de reconocido prestigio que, disfrazadas con sus políticas de ayuda al Tercer Mundo, no solo perjudican al desarrollo, sino que crean desequilibrios socioeconómicos para beneficio de unos pocos. Con la ayuda de un economista, un exagente de la CIA y una policía guatemalteca, Montcada irá desvelando al lector una realidad política, económica y social de muchos países en desarrollo, que a medida que avance el libro lo harán estremecer. Y es que Miguel Pajares, una vez más, nos conduce por un complejo laberinto de instituciones y Gobiernos que están detrás de crímenes en masa de los que, sin saberlo, muchas veces acabamos siendo cómplices.

Miguel Pajares es antropólogo social y presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado. Su primera novela, Cautivas, publicada en el año 2013, fue finalista al Premio Nadal en su 68.ª edición y al premio a la mejor primera novela de género negro en la Semana Negra de Gijón de 2014. El tema que en ella abordó fue la trata de mujeres. Con su segunda novela, La luz del estallido, continuó cultivando el género negro de denuncia social, adentrándose esta vez en el racismo más extremo. Ha escrito varios libros de ensayo y numerosos artículos. El primero de sus libros, La inmigración en España, se publicó en 1998, y después le siguieron otros ocho títulos, centrados en temas como la lucha contra el racismo, la inmigración, el asilo y los derechos humanos. En los veinticinco años que lleva trabajando sobre esos temas, ha sido asesor o miembro de distintas instituciones, como el Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, el Comité Económico y Social Europeo, o el Sistema de Observación Permanente de las Migraciones de la OCDE.
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1


Cada vez que hacía este recorrido, el camino le parecía más intransitable.

Quizás la furgoneta era demasiado vieja.

O acaso se acumulaban nuevas piedras en el terreno. Inexplicablemente, ya que hacía meses que no llovía y tampoco podía decirse que pasaran muchos vehículos por allí como para cambiar las piedras de sitio. De hecho, el mayor temor de Mónica Juárez era que se le averiase la furgoneta y no pudiera pedir socorro a nadie.

Aunque hoy lo malo era el calor. Debió de haber salido más temprano, pensó, porque eran ya las doce del mediodía y aún le quedaba al menos una hora para llegar. El camino de vuelta lo haría cuando se hubiese puesto el sol; no se quedaría a dormir en casa de Valeria, aunque ella insistiera.

Una de esas piedras fortuitas provocó un bote de la furgoneta y se golpeó con la cabeza en el techo. «¡Viejo cacharro! ¡Mierda de amortiguadores!», maldijo en voz alta. Se detuvo a descansar y salió del vehículo con la botella de agua en la mano. Bebió, se echó un poco por el cuello y dejó que su vista se perdiera en el horizonte. Desde el montículo en el que estaba, se veía una amplia extensión de tierras áridas y cuarteadas; pobladas en algunas zonas por tallos secos de maíz que descansaban sobre el suelo, unos tumbados, otros ladeados, cuales víctimas de una batalla. La lluvia no llegaría hasta junio. Mayo, con un poco de suerte. Valeria y su familia no podrían aguantar los meses que aún faltaban para la próxima cosecha. Ni ellos ni todos los demás que vivían en el poblado. Sabía las escenas que la esperaban al llegar. Y, de hecho, hoy hubiera preferido no hacer este viaje. Pero Yolanda había insistido: la semana próxima viajaba a Nueva York y quería llevarse todos los documentos.

Mónica subió a la furgoneta y reinició la marcha. Más piedras; más subidas y bajadas por montículos que parecían estar ahí solo para hacer difícil el camino; más tierras baldías… Corredor Seco, naturalmente.

Un poco molida por el último tramo ascendente, el más irregular de todos, divisó los postes que le anunciaban que había llegado. Unos postes inclinados que amenazaban con desmoronarse en cualquier momento y que aguantaban decenas de cables, de los que, a buen seguro, ninguno llevaba electricidad. Enseguida vio las primeras chabolas y a cuatro niños con escasos harapos que se entretenían arrastrando un destartalado coche de juguete en el que uno de ellos estaba sentado. Avanzó por lo que podía considerarse una calle, dado que tenía casas y chabolas a los lados, y le sorprendió no ver adultos por allí. Solo algunos niños más. Hasta que, en un giro, vio al fondo un numeroso grupo de gente en torno a una casa.

Le dio un vuelco el corazón.

La niña.

La niña de María. De Pedro y María.

Se acercó un poco más, detuvo la furgoneta, se bajó y siguió caminando.

Comenzó a saludar a hombres y mujeres, mencionando sus nombres. Los hombres le respondían al saludo de forma casi inaudible. Ellas, un poco más alto: «Hermana», «Bienvenida, hermana»… Todos con un respetuoso movimiento de cabeza.

Mientras se acercaba a la puerta de la casa, los que había por allí se apartaban para hacerle paso. Era igual de bajita que ellos, vestía unos pantalones y una camiseta casi tan ajada como la ropa que vestían ellos, tenía las mismas arrugas en el rostro y el mismo color de piel tostada por el sol que ellos, estaba casi tan cansada de vivir como ellos, pero ella era la hermana Mónica, y contaba con su devoción.

En la habitación había poca luz y sus ojos necesitaron unos instantes para adaptarse a la penumbra. Unas quince personas se encontraban de pie. María estaba sentada, con Valeria a su lado agarrándole las dos manos.

La niña reposaba sobre la cama.

Pálida. Descarnada. Pero, aun así, bella. Al menos, más bella que el último día que vino Mónica al poblado, hacía poco menos de un mes. Y, sin duda, mejor vestida de lo que había estado nunca.

Se acercó a ella, le acarició su fría cara, le puso sobre el pecho el crucifijo que acababa de descolgarse del cuello y se agachó para besarle la frente.

Fue como una señal para que varios de los presentes rompieran a llorar. Especialmente, María.

Mónica lo entendió como un desahogo colectivo. Al fin y al cabo, esto era lo más parecido a una extremaunción que podía recibir la niña. Aquí no vendría ningún sacerdote. Como tampoco habría venido ningún médico.

María se levantó para recibir el abrazo de Mónica. Esta la estrechó contra su pecho, pero después la condujo de nuevo a la silla. Allí se agachó ante ella, le agarró las manos, como antes había hecho Valeria, y le habló. Le habló de esperanza y le habló del Cielo, pese a que sabía que el Cielo quedaba muy lejos para María, después de haber perdido también a sus otros dos hijos. Sus propias palabras se cruzaban con otras que le pasaban por la mente, tales como justicia e incluso venganza, palabras que no podía decirle a María, ni a ninguna otra persona del poblado, porque la justicia y la venganza estaban a años luz del alcance de esta gente.

Después buscó con la mirada a Pedro y lo encontró encogido en un rincón de la habitación. Se acercó a él.

—Hiciste lo que pudiste, Pedro.

—No.

—Sí, los dos lo hicisteis.

—Era la única que nos quedaba. Debí llevarla la semana pasada al hospital para que nos dijeran lo que tenía. Pero pareció que mejoraba y…

«Para que nos dijeran lo que tenía», repitió Mónica para sí. No se necesitaba ningún médico para saber lo que tenía la niña:

Hambre.

Como muchos otros niños del poblado. Como la mayoría de la gente de los poblados cercanos. Como tantos miles de los habitantes del Corredor Seco.

Hambre que mata.

Mónica Juárez pasó la noche en la casa de María y Pedro. Les habló durante horas, unos ratos en español y otros en quekchí, pero con el alba se tumbó para dormir un par de horas. Después se despidió de ellos y se fue a visitar a Valeria. Otra mujer que había perdido dos hijos, aunque de eso hacía más tiempo.

—He traído los papeles para que les pongas tu huella. Pero antes me gustaría leértelos.

—No hace falta.

No hacía falta, efectivamente. Mónica se había limitado a escribir lo que Valeria le había explicado: cómo había sucedido todo. Pero, aun así, se los leyó, porque cabía la posibilidad de que la historia de Valeria se hubiera mezclado con las de otras familias en las notas de Mónica y que hubiera errores en el escrito. Después de todo, la de Valeria era la historia número ochenta y siete.

Después del entierro de la niña, Mónica se fue con su vieja furgoneta, llevándose los papeles firmados por Valeria, pero dejando en aquel pequeño pueblo un trozo de su alma, como lo había dejado en tantos otros sitios. Volvía a viajar a pleno sol, pero no podía demorar más la marcha, porque Yolanda esperaba esos papeles.

Mientras descendía por el camino, y veía aquel valle seco, inmenso, inmensamente muerto, volvió a pensar en lo que ahora hubieran podido estar viendo sus ojos: un valle verde, lleno de altos tallos de maíz, con huertas alternando con los campos de cereales, con granjas en las zonas cercanas a los pueblos… Todo estaba preparado. Los ingenieros habían dicho dónde había que hacer los pozos, los planos para canalizar agua del río Negro estaban hechos, los proyectos también, las oenegés que participaban habían acabado el diseño de todas las acciones, la venta de las tierras al proyecto estaba apalabrada, la ubicación de las escuelas y los hospitales estaba fijada, se sabía el coste de todas y cada una de las cosas que había que hacer… Decenas de miles de personas tenían, al fin, una vida por delante. Una vida digna. Sin hambre.

Pero pasó aquello.

Y todo volvió a ser como siempre.

No le gustaba pensar en eso, pero era imposible evitarlo cada vez que realizaba este trayecto.

El camino pedregoso dio paso a otro en mucho mejor estado y la furgoneta pudo adquirir más velocidad. También el paisaje cambió. Una enorme plantación de palma llegaba, por ambos lados del camino, hasta donde alcanzaba la vista. Aquello sí estaba irrigado, pero aquellas plantas solo servían para alimentar a los coches, no a las personas. Como las plantaciones que ella sabía que vería un poco más adelante de caña de azúcar, también destinadas a la fabricación de combustible.

Pero tampoco en esto quería pensar ahora.

Prefería pensar en lo que Yolanda Ramos iba a hacer con los papeles que ella llevaba meses proporcionándole. ¡Por fin toda esa documentación se ponía en marcha! Las palabras justicia y venganza volvían a su mente. Pero qué difícil era que todo saliera bien. Se enfrentaban a fuerzas demasiado poderosas.

Así llegó a las carreteras asfaltadas y finalmente a las afueras de la ciudad. Se desvió para coger una calle sin asfaltar que llevaba a la vivienda de Yolanda, una vieja casa de campo que ahora ya no estaba en el campo, porque la urbanización había llegado hasta sus aledaños. Aparcó en un llano al que daba la casa de Yolanda y otras dos cercanas.

Yolanda Ramos la recibió con un abrazo. Una vez más, Mónica se preguntó cómo podían ser tan diferentes y tan iguales al mismo tiempo. Físicamente eran bien distintas: Yolanda era alta, delgada y guapa, mientras que Mónica era lo contrario de todo eso y además le llevaba veinte años. Yolanda vestía de forma elegante, y siempre, fuera la hora que fuese, iba bien arreglada y con un moderado toque de maquillaje, mientras que Mónica no podía...



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